Royaume de Dieu sur terre, repentance et loi de Christ
¿Cómo prepararse para el Reino que Jesús Cristo vino a anunciar?
Examinez toutes choses, retenez ce qui est bon.
Par Christophe Binette | Publié le 26 juillet 2026 | Fondateur d’Examine All Things — Études bibliques fondées sur les Écritures
Preámbulo
El mensaje del Reino de Dios está en el corazón de la enseñanza de Jesús Cristo. Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús anunció:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Ce message n’a pas disparu après Sa mort et Sa résurrection. Les apôtres ont eux aussi continué à annoncer le Royaume de Dieu, à prêcher Jésus-Christ, à appeler à la repentance, à la foi et à une vie transformée devant Dieu.
Al final del libro de los Hechos, Pablo es presentado nuevamente como anunciando el Reino de Dios y enseñando lo que concierne a Jesús Cristo:
“Predicando el reino de Dios y enseñando lo que concierne al Señor Jesús Cristo, con toda libertad y sin obstáculos.” (Hechos 28:31)
Le Royaume de Dieu n’est donc pas un sujet secondaire, ni une simple doctrine prophétique. Il est au centre du message de Christ et des apôtres. Il annonce le règne de Dieu, le retour de Jésus-Christ, la restauration de toutes choses, mais aussi l’appel adressé dès maintenant à ceux que Dieu attire à Lui.
Este Reino será plenamente establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Pero ya hoy llama a cada creyente a volver a Dios, a recibir Su gracia, a permanecer en Cristo, a dar fruto y a aprender a vivir según el espíritu del Reino.
Este estudio no busca presentar una nueva organización, ni ejercer una autoridad espiritual sobre las conciencias. Su objetivo es simplemente examinar, a la luz de las Escrituras, cómo responder fielmente al mensaje del Reino que Jesús Cristo y los apóstoles anunciaron.
La pregunta central es, por lo tanto, la siguiente: si el Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús Cristo y de los apóstoles, ¿cómo debemos responder a este mensaje hoy?
I. Introducción — El mensaje que Jesús realmente trajo
Cuando Jesucristo comenzó Su ministerio, no presentó primero una organización, una tradición religiosa o un sistema de prácticas externas. Anunció el Reino de Dios.
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Esta declaración resume lo esencial de Su mensaje. Jesús anuncia que Dios interviene, que Su Reino se acerca, y que este anuncio requiere una respuesta personal. No se trata solo de escuchar una profecía o de aceptar una idea religiosa. Se trata de volver a Dios, de creer en el Evangelio y de dejar que Su voluntad transforme la vida.
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reducido a un tema profético entre otros. Está relacionado con el arrepentimiento, la fe, la gracia, el regreso de Cristo y la manera en que el creyente ya vive hoy ante Dios.
Una pregunta surge entonces naturalmente: ¿cómo debe responder una persona llamada por Dios a este mensaje? La respuesta bíblica no se encuentra ni en la confianza en uno mismo, ni en la pertenencia a una organización, ni en la observancia de la ley mosaica como medio de salvación. Se encuentra en Jesucristo: Dios llama, Cristo salva, el Espíritu transforma, y el creyente aprende a vivir en la fe, el arrepentimiento y la ley de Cristo.
1. Jesús no ha anunciado una simple religión
Muchas personas asocian espontáneamente la fe cristiana con una religión, con ritos, con reglas, con tradiciones o con una pertenencia visible. Estos elementos pueden a veces acompañar la vida de los creyentes, pero no constituyen el corazón del mensaje de Jesús.
Jesús ha anunciado algo más grande: el Reino de Dios. Ha proclamado el reino de Dios, la intervención de Dios en la historia humana, y el llamado dirigido a los hombres para regresar al Padre.
Esto no significa que la comunión entre creyentes no tenga importancia. Los discípulos necesitan aliento, enseñanza, apoyo y fraternidad. Pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar del Reino de Dios, ni ocupar en la conciencia del creyente el lugar que pertenece solo a Jesucristo.
El Reino anunciado por Jesús supera las organizaciones humanas. Dirige la mirada hacia Dios, hacia Su reino, hacia Su justicia, y hacia la transformación interior que Dios quiere realizar en aquellos a quienes llama.
2. El mensaje del Reino demanda una respuesta personal
El Reino de Dios no es solo una verdad que conocer. Es un mensaje que llama a una respuesta.
Jesús no dice simplemente que el Reino está cerca. También llama a la arrepentimiento y a la fe. Esto significa que el anuncio del Reino no debe producir solo curiosidad profética. Debe conducir a un regreso real hacia Dios.
Se puede conocer muchas cosas sobre la profecía y, sin embargo, no responder realmente al llamado de Dios. Se puede hablar del Reino, esperar el regreso de Cristo, defender ciertas doctrinas, y sin embargo no dejar que Dios reine en su propio corazón.
Por eso, el estudio del Reino siempre debe estar ligado al arrepentimiento, a la fe, a la gracia y a la transformación interior. El Reino que Jesús anuncia no solo se refiere al futuro del mundo. También se refiere al estado del corazón ante Dios hoy.
3. El Reino ya toca nuestra vida hoy
El Reino de Dios será plenamente establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Pero eso no significa que no tenga ningún vínculo con la vida presente del creyente.
Aquel que espera el Reino ya debe aprender a vivir según el espíritu del Reino. Esto toca la manera de pensar, de hablar, de corregir, de perdonar, de servir, de ejercer una responsabilidad, de tratar a los débiles, de llevar las cargas y de amar a los hermanos y hermanas.
El Reino de Dios no es, por lo tanto, solo una profecía para mañana. También es una realidad que nos llama hoy a vivir bajo la autoridad de Dios. Esperar el Reino no es solo preguntarse cuándo vendrá. También es pedir a Dios que ya reine en nuestro corazón, en nuestras elecciones y en nuestras relaciones.
↑ Retour au sommaireII. El Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús
1. Jesús vino a anunciar el Reino
Lucas reporta esta palabra de Jesús :
“También debo anunciar a las otras ciudades la buena noticia del reino de Dios; porque para esto he sido enviado.” (Lucas 4:43)
Jesús dice Él mismo que por eso ha sido enviado: anunciar la buena noticia del Reino de Dios. El Reino no es, por lo tanto, un tema secundario. Está en el corazón de Su mensaje.
Jesús sanó, enseñó, corrigió, consoló, perdonó y advirtió. Pero todo esto se inscribía en un mensaje más amplio: Dios reina, Su Reino viene, y los hombres deben volver a Él.
En los Evangelios, el Reino de Dios no es una idea abstracta. Está ligado a la presencia de Cristo, a la autoridad de Dios, al arrepentimiento, a la justicia, a la misericordia y a la transformación de la vida. Jesús no predicaba una fe separada del Reino. Predicaba el Evangelio del Reino.
2. El Reino pertenece a Dios
El Reino de Dios no proviene de una organización humana. No depende de una sede administrativa, de un líder religioso o de un proyecto construido por los hombres.
“Mi reino no es de este mundo.” (Juan 18:36)
Su Reino no tiene su origen en los sistemas humanos. Viene de Dios. Esto no significa que Dios no pueda usar nunca a personas, asambleas o comunidades. Pero ninguna estructura humana puede confundirse con el Reino de Dios mismo.
Esta distinción es importante. Cuando el mensaje del Reino conduce principalmente a depender de una organización, de un hombre o de una estructura única, es necesario detenerse y examinar. El Reino de Dios debe conducir a Dios, al Padre, y a Jesucristo, el Rey anunciado por las Escrituras.
Una organización puede servir, enseñar, apoyar y reunir. Pero nunca debe tomar el lugar de Cristo, ni convertirse en el centro de la fe del creyente.
3. Buscar el Reino comienza ahora
“Buscad primeramente el reino y la justicia de Dios; y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33)
Buscar el Reino no significa solo esperar un evento futuro. Significa colocar a Dios por encima de todo desde hoy.
Buscar el Reino es buscar la voluntad de Dios, desear Su justicia, aceptar que Su palabra corrige nuestra manera de pensar, y aprender a vivir bajo la autoridad de Cristo.
El Reino se refiere al futuro, pero ya toca el presente. Un creyente que espera el Reino no puede vivir como si Dios no tuviera nada que decir sobre su vida actual. No puede separar la esperanza del Reino de la obediencia a Cristo.
Pero esta obediencia debe ser bien entendida. No sirve para comprar la salvación. Es la respuesta de un corazón que Dios ha llamado, tocado y traído de vuelta a Él.
↑ Retour au sommaireIII. El Reino de Dios será establecido en la tierra
1. El Reino de Dios es una realidad futura
La Biblia anuncia que Dios establecerá Su Reino.
“En el tiempo de estos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que nunca será destruido.” (Daniel 2:44)
Los reinos humanos pasan. Cambian, se dividen, se corrompen o desaparecen. Incluso los imperios más poderosos muestran sus límites. El Reino de Dios, en cambio, nunca será destruido.
Daniel también anuncia que un “hijo del hombre” recibirá la dominación, la gloria y el reino:
“Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de todas lenguas le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios no es solo una experiencia interior. Tendrá una realidad visible y concreta. Dios intervendrá en la historia humana, y Su reino será establecido por Jesucristo.
2. El Reino también será un gobierno real
El Reino de Dios no es solo una realidad interior, ni solo una manera espiritual de hablar de la presencia de Dios en el corazón del creyente. La Biblia también lo presenta como un reino real, establecido por Dios, bajo la autoridad de Jesucristo.
Daniel anuncia que este Reino reemplazará los reinos humanos:
“En el tiempo de estos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que nunca será destruido.” (Daniel 2:44)
Este Reino tendrá, por lo tanto, una realidad concreta. No será simplemente una mejora progresiva del mundo actual, ni el resultado final de los esfuerzos humanos. Será establecido por Dios mismo.
Daniel también muestra que el Hijo del hombre recibe un dominio universal:
“Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de todas lenguas le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios será, por lo tanto, un gobierno justo, dirigido por Cristo, en el cual se hará la voluntad de Dios en la tierra. Esto es lo que Jesús nos enseña a pedir en la oración:
“Venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” (Mateo 6:10)
Esta verdad es importante. Nos impide reducir el Reino a una simple experiencia personal. Pero también nos impide confundirlo con una organización humana actual. El Reino pertenece a Dios. Será establecido por Cristo, y aquellos que Dios llama hoy están invitados a prepararse para este reino viviendo ya según el espíritu del Reino.
2. Christ reviendra pour régner
“El reino del mundo es entregado a nuestro Señor y a su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Cristo volverá. El reino de Dios será establecido. Los reinos de este mundo no serán eternos.
Esta esperanza es valiosa en un mundo marcado por la injusticia, la confusión, la violencia y el sufrimiento. Los hombres buscan soluciones, y algunos proyectos pueden aportar mejoras temporales. Pero ningún sistema humano puede establecer de manera duradera la justicia perfecta, la paz real y la verdad completa.
El Reino de Dios no será el resultado del progreso humano. Será la intervención de Dios a través de Jesucristo. Por eso, la esperanza cristiana no se basa en el optimismo humano, sino en la fidelidad de Dios.
3. Dieu seul peut guérir le cœur humain
Los hombres pueden mejorar las condiciones de vida, organizar sociedades, construir, aprender, sanar y desarrollar. No se debe menospreciar lo que puede ser útil. Pero hay que reconocer un límite fundamental: el hombre no puede, por sí mismo, sanar el corazón humano.
“El corazón es engañoso más que todas las cosas, y perverso.” (Jeremías 17:9)
Jesús también enseña que las cosas malas salen del corazón del hombre:
“Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las calumnias.” (Mateo 15:19)
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reemplazado por un proyecto humano. El hombre puede cambiar ciertas estructuras, pero solo Dios puede transformar el corazón. El Reino vendrá sobre la tierra, pero será establecido por Dios, por Jesucristo, y no por la fuerza, el orgullo o la sabiduría limitada de los hombres.
↑ Retour au sommaireIV. El Reino llama primero a la arrepentimiento
1. Jesús liga el Reino a la arrepentimiento
Jesús no solo dijo que el Reino de Dios está cerca. Él añadió :
“Arrepiéntanse, y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
La arrepentimiento está, por lo tanto, directamente relacionada con el mensaje del Reino. No se puede separar el anuncio del reino de Dios de la llamada a cambiar de corazón.
El Reino no es solo una promesa futura. También es una llamada presente. Jesús no pide simplemente a los hombres que esperen lo que Dios hará más tarde. Les pide que regresen a Dios ahora.
Esta arrepentimiento no es un añadido secundario al Evangelio. Es parte de la buena noticia, porque abre el camino de regreso al Padre.
2. La arrepentimiento significa regresar a Dios
La arrepentimiento no es solo lamentarse. No es solo sentirse mal por un momento. Tampoco es unirse a un grupo religioso para sentirse mejor.
La arrepentimiento es regresar a Dios. Es reconocer que Dios tiene razón, aceptar que nuestra manera de pensar y vivir debe ser corregida por Él, y apartarse no solo del pecado visible, sino también del orgullo, del miedo, de la dureza, de la hipocresía y de la confianza en uno mismo.
“Arrepiéntanse, por lo tanto, y conviértanse, para que sus pecados sean borrados.” (Hechos 3:19)
La arrepentimiento bíblica no es una simple emoción. Implica un regreso real a Dios. Toca la dirección de la vida, las motivaciones del corazón y la manera en que una persona se coloca ante Dios.
3. La verdadera arrepentimiento regresa al Padre
El arrepentimiento no debe confundirse con la culpa permanente. Dios no llama a los hombres para aplastarlos, sino para acercarlos a Él. Revela el pecado, pero también abre un camino de perdón, de gracia y de restauración.
“La bondad de Dios te lleva al arrepentimiento.” (Romanos 2:4)
Un arrepentimiento basado únicamente en el miedo puede producir una obediencia exterior, pero no siempre sana el corazón. Puede conducir a la vergüenza, al agotamiento espiritual o a una dependencia excesiva de los hombres.
El arrepentimiento bíblico es diferente. Aleja del pecado, pero acerca a Dios. No deja al creyente encerrado en la condenación; lo lleva al Padre por medio de Jesucristo.
↑ Retour au sommaireV. Solo Dios llama, pero el hombre debe responder
1. Dios toma la iniciativa
“Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae.” (Juan 6:44)
Nadie viene a Dios por sus propias fuerzas. Es Dios quien llama, quien atrae, quien abre la mente y el corazón.
Esta verdad debería hacernos humildes. Si entendemos algo de Dios, no es porque seamos superiores a los demás. Es porque Dios ha actuado. El llamado de Dios es una gracia, no una razón para gloriarse.
Esto también cambia nuestra perspectiva sobre los demás. Aquél que ha recibido una comprensión espiritual no debería usarla para menospreciar a quienes aún no ven. Debería recibir este llamado con gratitud, seriedad y humildad.
2. El llamado de Dios no es un mérito
Si Dios nos llama, no es porque hayamos merecido este llamado.
“Dios nos ha salvado, y nos ha dirigido una santa vocación, no por nuestras obras, sino según su propio propósito, y según la gracia.” (2 Timoteo 1:9)
El llamado de Dios comienza por Su gracia, no por el desempeño humano. Esto protege al creyente del orgullo espiritual, pero también de la desesperación. Dios no llama porque el hombre ya sea digno. Llama para restaurar, salvar, transformar y formar.
Este llamado es precioso. No debe ser tomado a la ligera. Pero nunca debe convertirse en una fuente de superioridad religiosa. Quien ha sido llamado no ha recibido un motivo para elevarse por encima de los demás; ha recibido una responsabilidad ante Dios.
3. El llamado requiere una respuesta
El llamado de Dios no elimina la responsabilidad humana. Quien escucha el llamado debe responder.
“Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.” (Mateo 22:14)
Ser llamado es, por lo tanto, serio. Esto requiere una respuesta real: fe, arrepentimiento, obediencia, perseverancia y una vida que busca permanecer en Cristo.
“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes.” (Juan 15:4)
Pablo expresa este equilibrio con profundidad:
“Ocúpense de su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien produce en ustedes el querer y el hacer, según su buena voluntad.” (Filipenses 2:12-13)
Dios actúa en nosotros, pero esta acción no anula nuestra respuesta. La hace posible. La vida cristiana no es, por lo tanto, una confianza en uno mismo, ni una pasividad espiritual. Es un caminar con Dios, en el cual Su gracia produce en nosotros una respuesta viva.
↑ Retour au sommaireVI. La salvación es por gracia, no por mérito religioso
1. La salvación es un don
Cuando se habla de prepararse para el Reino, hay que evitar una confusión peligrosa: nadie gana la salvación por sus propios méritos.
“Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe. Y esto no de vosotros, es don de Dios.” (Efesios 2:8)
La salvación es un don. No se merece por actuaciones religiosas. Dios salva por gracia, mediante la fe en Jesucristo.
Esta verdad no hace que la obediencia sea innecesaria, sino que le da su lugar justo. La obediencia no sirve para comprar la salvación. Es el fruto de una fe viva y de un corazón que Dios transforma.
2. Una organización no salva
La salvación no se basa en la pertenencia a una organización, en la lealtad a un líder, en el diezmo, en el sábado, en las fiestas o en la observancia de la ley mosaica como sistema de justificación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
Un creyente puede tener convicciones personales sobre ciertos temas. Puede respetar el sábado ante Dios, participar en ciertas fiestas bíblicas, dar generosamente o vivir de manera disciplinada. Pero estas prácticas no deben convertirse en la base de la salvación, ni en criterios absolutos para decidir quién pertenece realmente a Dios.
El centro de la salvación no es una práctica religiosa. El centro de la salvación es Jesucristo.
3. Las obras son el fruto de la salvación
“Somos su obra, creados en Jesucristo para buenas obras.” (Efesios 2:10)
Las buenas obras no son la raíz de la salvación. Son el fruto de ella.
No obedecemos para comprar nuestro lugar en el Reino. Obedecemos porque Dios nos ha llamado, porque Cristo nos salva, y porque el Espíritu de Dios transforma nuestro corazón.
La religión humana puede empujar a alguien a obedecer por miedo, para probar su valor o para mostrar que pertenece al buen grupo. La gracia de Dios produce una obediencia diferente: una obediencia nacida de un corazón tocado, perdonado, levantado y llevado de nuevo a Dios.
↑ Retour au sommaireVII. La ley de Cristo: el modo de vida de aquellos que esperan el Reino
1. La ley de Cristo toca las relaciones
Si la salvación es por gracia, eso no significa que el creyente viva sin dirección. El Nuevo Testamento habla claramente de la ley de Cristo.
« Llevad las cargas los unos de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo. »
Justo antes, habla de restaurar con suavidad a quien ha caído:
“Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restaurenlo con un espíritu de mansedumbre.” (Gálatas 6:1)
Estos versículos muestran que la ley de Cristo toca nuestra manera de tratar a los demás. No se trata solo de reglas externas. Se trata del corazón, las relaciones, la actitud, la manera de corregir, de llevar, de restaurar y de amar.
Se puede tener mucho conocimiento bíblico y, sin embargo, faltar a la ley de Cristo si se trata a los demás con dureza, desprecio o dominio.
2. Se manifiesta a través del amor y la suavidad
“Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros; así como yo los he amado.” (Juan 13:34)
El amor según Cristo no es un simple sentimiento. Es una manera de vivir. Se ve en la suavidad, la paciencia, el perdón, la misericordia, el servicio y la restauración.
Este amor no niega la verdad. No justifica el pecado. No borra la necesidad de arrepentimiento. Pero se niega a usar la verdad para aplastar a los débiles.
La ley de Cristo une, por lo tanto, la verdad y el amor. Llama a la fidelidad, pero con dulzura. Corrige, pero para levantar. Conduce a la obediencia, pero sin reemplazar la gracia por el miedo.
3. Revela a los discípulos de Cristo
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros.” (Juan 13:35)
La señal de los discípulos de Cristo no es, por lo tanto, primero el nombre de una organización, un conocimiento profético o una observación exterior. Según Jesús, la señal visible de Sus discípulos es el amor.
Este amor no es débil. No cierra los ojos ante el mal. No reemplaza el arrepentimiento. Pero refleja el carácter de Cristo. Sirve en lugar de dominar, perdona en lugar de alimentar el rencor, y levanta en lugar de aplastar.
Eso es la ley de Cristo. Y esta ley es el modo de vida de aquellos que se preparan para el Reino.
↑ Retour au sommaireVIII. La ley mosaica no es el marco legal de la salvación
1. La ley mosaica ha tenido un papel real
Es necesario distinguir claramente la ley mosaica, la ley de Cristo y la salvación por gracia.
La ley mosaica ha tenido un papel real en el plan de Dios. Fue dada a Israel. Reveló la santidad de Dios, la realidad del pecado y la necesidad de un Salvador.
Por lo tanto, no se trata de menospreciar la ley dada a Israel. Se trata de entender su papel a la luz de Jesucristo y de la Nueva Alianza. El creyente debe leer el Antiguo Testamento con respeto, pero también debe reconocer que Cristo ha cumplido lo que la ley anunciaba.
La pregunta no es si la ley mosaica ha tenido importancia. La ha tenido. La pregunta es si constituye el marco legal de la salvación para el creyente en Cristo. El Nuevo Testamento responde claramente que no.
2. El creyente no es salvado por la ley mosaica
“No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14)
Esto no significa que Dios ya no tenga voluntad moral. Significa que el creyente no está bajo la ley mosaica como marco legal de la salvación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
El creyente no está sin ley ante Dios. Pero no está bajo la ley mosaica como sistema de justificación. Está llamado a vivir bajo la gracia, guiado por el Espíritu, según la ley de Cristo.
La ley de Cristo no disminuye la exigencia espiritual. Al contrario, va más profundo. Toca el corazón, las motivaciones, las relaciones, el amor, la verdad y la transformación interior.
3. Las prácticas no deben convertirse en condiciones de la salvación
El sábado puede ser observado por convicción personal ante Dios. Pero no debe convertirse en una condición de la salvación, ni en un criterio absoluto para decidir quién realmente pertenece a Dios.
De igual manera, el Nuevo Testamento no presenta el diezmo como una obligación impuesta al creyente bajo la Nueva Alianza. Más bien, enfatiza una generosidad libre, sincera y alegre.
“Que cada uno dé como lo ha resuelto en su corazón, sin tristeza ni por necesidad; porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7)
La donación cristiana no debe venir del miedo, la presión o la culpa. Debe venir de un corazón libre ante Dios.
Esta distinción protege la conciencia del creyente. Permite tomar a Dios en serio sin transformar prácticas externas en condiciones de salvación.
↑ Retour au sommaireIX. ¿Qué significa estar “calificado” para el Reino?
1. Dios capacita
En ciertos círculos religiosos, a veces se habla de estar “calificado” para el Reino de Dios. Esta expresión puede ser útil si se entiende bien, pero también puede volverse peligrosa si da la impresión de que el hombre se hace digno del Reino por sus obras.
“Den gracias al Padre, que los ha capacitado para participar en la herencia de los santos en la luz.” (Colosenses 1:12)
Es Dios quien capacita. Es Dios quien prepara. Es Dios quien actúa. No nos calificamos a nosotros mismos como si pudiéramos merecer el Reino.
La preparación para el Reino no comienza, por lo tanto, con el orgullo religioso, sino con la gracia. Dios llama, Cristo salva, y el Espíritu transforma. El creyente, por su parte, responde a esta obra de Dios con fe y fidelidad.
2. El creyente responde al llamado de Dios
Estar listo para el Reino no significa acumular actuaciones religiosas para probar su valor. Significa responder fielmente al llamado de Dios.
El creyente no debe vivir en la ilusión de que puede ganar el Reino por sus obras. Pero tampoco debe vivir como si el llamado de Dios no requiriera ninguna respuesta.
La gracia no produce indiferencia. Produce una vida transformada. Conduce al arrepentimiento, a la fe, a la obediencia, al amor, a la perseverancia y a los frutos del Espíritu.
Por lo tanto, hay un equilibrio importante: la salvación no es ganada por el hombre, pero la gracia recibida no queda sin efecto. Transforma progresivamente la manera de vivir.
3. Dios transforma el carácter
“Por eso, hermanos, esfuércense aún más por afirmar su vocación y elección.” (2 Pedro 1:10)
Esta palabra muestra que el creyente debe tomar su llamado en serio. Pedro no habla de una fe muerta o puramente teórica. Habla de una vida que crece en la fe, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, el amor fraternal y el amor.
En otras palabras, Dios prepara a aquellos a quienes llama transformando su carácter. No busca solo personas capaces de recitar una doctrina correcta. Forma hombres y mujeres que aprenden a reflejar el carácter de Cristo.
“El que persevere hasta el fin será salvo.” (Mateo 24:13)
La perseverancia cuenta. Pero no es una perseverancia en el miedo. Es una fidelidad viva a Dios, alimentada por la fe, la gracia, el amor y la esperanza del Reino.
↑ Retour au sommaireX. Los frutos esperados en aquellos que esperan el Reino
1. Jesús invita a examinar los frutos
“Los reconocerán por sus frutos.” (Mateo 7:16)
Los frutos cuentan. Se puede hablar del Reino, de profecía, de verdad y de obediencia. Pero si los frutos no reflejan el Espíritu de Dios, es necesario detenerse y examinar.
Jesús no nos invita a juzgar según las apariencias, los títulos o las reivindicaciones de autoridad. Nos invita a mirar los frutos. ¿Qué frutos produce una enseñanza? ¿Qué frutos produce una práctica? ¿Qué frutos produce una autoridad en la vida de las personas?
Estas preguntas son necesarias, porque el Reino de Dios no solo prepara un mundo nuevo. También prepara un pueblo transformado.
2. El fruto del Espíritu revela la obra de Dios
“El fruto del Espíritu es el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la benignidad, la fidelidad, la dulzura, la templanza.” (Gálatas 5:22)
Estos frutos no son secundarios. Muestran la obra de Dios en una vida.
Dios busca la fe, pero no una fe dura y orgullosa. Busca el arrepentimiento, pero no una culpa permanente. Busca la obediencia, pero no una obediencia basada en el miedo a los hombres. Busca la verdad, pero no una verdad utilizada para aplastar. Busca el amor, pero no un amor separado de Su palabra.
La transformación cristiana no se refiere solo a lo que hacemos exteriormente. También se refiere a lo que nos convertimos interiormente.
3. El conocimiento no reemplaza al amor
El conocimiento es importante. La doctrina es importante. La verdad es importante. Pero sin amor, incluso un gran conocimiento puede volverse vacío.
“Si tuviera el don de profecía, la ciencia de todos los misterios y todo el conocimiento [...] si no tengo amor, no soy nada.” (1 Corintios 13:2)
Esta palabra debería hacernos sobrios. El conocimiento profético no reemplaza al amor. La verdad bíblica nunca debe ser separada del carácter de Cristo.
Aquel que espera el Reino puede, por lo tanto, hacerse preguntas simples: ¿me acerca mi fe a Cristo? ¿Estoy creciendo en amor, dulzura, paciencia y perdón? ¿Cargo con las cargas de los demás? ¿Obedezco a Dios por amor, o solo por miedo?
Estas preguntas no son secundarias. Afectan directamente la manera en que Dios forma a aquellos que esperan Su Reino.
↑ Retour au sommaireXI. El peligro: anunciar el Reino sin vivir la ley de Cristo
1. Se puede hablar del Reino mientras se olvida el espíritu del Rey
Hay un peligro real: hablar mucho del Reino de Dios mientras se olvida el espíritu del Rey.
Se puede anunciar el Reino, pero gobernar por miedo. Se puede hablar de verdad, pero no soportar las preguntas sinceras. Se puede predicar la obediencia, pero descuidar la misericordia. Se puede hablar del regreso de Cristo, pero presionar las conciencias con presión, urgencia y fijación de fechas.
El Reino de Dios no puede ser separado del carácter de Jesucristo. Si se habla del Reino mientras se abandona el amor, la dulzura, la paciencia, la misericordia y la verdad, algo debe ser examinado.
El mensaje del Reino debe conducir a Cristo, no al miedo de los hombres. Debe producir un arrepentimiento sincero, no una culpa permanente. Debe formar discípulos, no personas aplastadas o dependientes de una autoridad humana.
2. La autoridad según Cristo se asemeja al servicio
“Ustedes saben que los jefes de las naciones los oprimen, y que los grandes los someten. No será así entre ustedes.” (Mateo 20:25-26)
Esta palabra es fuerte: “No será así entre ustedes.” La autoridad según Cristo no debe parecerse a la dominación de los hombres. Debe parecerse al servicio.
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.” (Mateo 20:26)
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide como en los sistemas humanos. Se reconoce en el servicio, la humildad, la fidelidad, el amor y el cuidado hacia los demás.
Una autoridad espiritual que aplasta, aísla o domina no refleja el espíritu de Cristo. La corrección según Cristo debe buscar restaurar. La verdad según Cristo debe conducir a la luz, al arrepentimiento y a la libertad ante Dios, no a un miedo servil.
3. Todo mensaje del Reino debe ser examinado
“El temor no está en el amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.” (1 Juan 4:18)
“No nos ha dado Dios un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de sabiduría.” (2 Timoteo 1:7)
Si un mensaje del Reino produce sobre todo miedo, confusión, aislamiento, culpa constante o dependencia de un hombre, merece ser examinado a la luz de las Escrituras.
Esto no significa que todo temor de Dios sea malo. La Biblia habla de un temor respetuoso, relacionado con la humildad y la reverencia. Pero este temor no es un miedo servil que destruye la paz y encierra las conciencias.
El mensaje del Reino debe producir el arrepentimiento, la fe, el amor, la verdad, la libertad ante Dios, la vigilancia espiritual y la transformación del corazón.
↑ Retour au sommaireXII. Velar por el regreso de Cristo sin caer en el miedo
1. Cristo volverá
Cristo volverá. El Reino de Dios será establecido en la tierra. Los discípulos deben velar.
Esta esperanza es esencial. El mundo actual no es el cumplimiento del plan de Dios. La injusticia, el sufrimiento, la confusión y la muerte no tendrán la última palabra. El regreso de Cristo anuncia la victoria de Dios, la restauración de todas las cosas y el establecimiento de Su reino.
Pero esta esperanza debe ser mantenida con sobriedad. No debe convertirse en una fuente de miedo permanente, de cálculos humanos o de presión espiritual.
Esperar a Cristo es vivir en la esperanza y la fidelidad, no en la agitación o el pánico.
2. Velar no significa fijar fechas
“En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe.” (Mateo 24:36)
“Por tanto, velad, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.” (Mateo 24:42)
Después de Su resurrección, los discípulos preguntaron a Jesús :
“Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6)
Jesús les respondió :
“No os toca a vosotros conocer los tiempos o las sazones que el Padre ha puesto en su sola potestad.” (Hechos 1:7)
Cette réponse doit nous maintenir dans l’humilité. Veiller ne signifie pas prétendre connaître ce que le Père n’a pas révélé. Veiller ne signifie pas vivre d’une date à l’autre. Veiller ne signifie pas placer les consciences sous pression.
La profecía debe conducir al arrepentimiento, a la esperanza y a la fidelidad, no al miedo o al control.
3. Velar significa permanecer fiel a Cristo
Velar es permanecer unido a Cristo. Es arrepentirse cuando Dios nos muestra algo, mantener la fe, amar a los hermanos y hermanas, dar fruto, mantenerse sobrio, y no dejar que el miedo reemplace la paz de Dios.
“Así que, dado que todas estas cosas han de ser deshechas, ¿qué no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad?” (2 Pedro 3:11)
La espera del regreso de Cristo debe producir una vida sobria, fiel y llena de esperanza. El verdadero discípulo no busca ser más preciso que su Maestro. Escucha lo que Cristo ha dicho, acepta los límites dados por Dios, y permanece fiel.
Velar, por lo tanto, no es vivir bajo la constante presión de una fecha. Es caminar con Dios hoy, en la fe, el arrepentimiento, el amor y la ley de Cristo.
↑ Retour au sommaireXIII. Conclusión — Responder al llamado de Dios hoy
El mensaje de Jesucristo no era simplemente que un Reino vendría algún día. Su mensaje era más directo, más urgente y más personal:
“Le royaume de Dieu est proche. Repentez-vous, et croyez à la bonne nouvelle.”
El Reino de Dios será establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Esta esperanza permanece en el corazón del Evangelio. Pero la espera del Reino no debe convertirse en una simple curiosidad profética, ni en una fuente de miedo, ni en un medio de presión sobre las conciencias. Debe conducir a una respuesta viva ante Dios.
Solo Dios llama. Nadie viene al Padre por sus propias fuerzas. La salvación se da por gracia, mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, esta gracia nunca es estéril. Ella trae al creyente de vuelta a Dios, lo invita al arrepentimiento, le enseña a permanecer en Cristo, y produce poco a poco los frutos de una vida transformada.
Estar listo para el Reino no significa, por lo tanto, salvarse a uno mismo por sus obras. Significa recibir la llamada de Dios con humildad y dejar que Cristo forme en nosotros un corazón nuevo. La ley de Cristo se convierte entonces en el camino concreto de esta transformación: amar, perdonar, servir, llevar las cargas, restaurar con suavidad, caminar en la verdad y rechazar que el miedo reemplace el amor de Dios.
El Reino de Dios no es solo una profecía que conocer. Es una realidad que buscar. No se trata solo de saber lo que Dios hará en la tierra mañana, sino también de dejar que Dios reine en nuestro corazón hoy.
La verdadera pregunta no es solo: “¿Cuándo vendrá el Reino?” También es: “¿Cómo respondo a la llamada de Dios ahora?”
Esta respuesta no se mide por el orgullo religioso, el miedo o el rendimiento. Se reconoce en una vida que busca primero el Reino de Dios y Su justicia, por amor a Dios, por fe en Jesucristo, y por la obra de transformación que Dios realiza en aquellos a quienes Él llama a Sí mismo.
↑ Retour au sommaireNota sobre las citas bíblicas
Sauf indication contraire, les citations bibliques sont principalement issues de la Bible Louis Segond 1910. Dans les versions traduites, des traductions reconnues sont utilisées et certaines formulations peuvent être légèrement adaptées pour la lisibilité.
Kingdom of God on earth, repentance and law of Christ
How to prepare for the Kingdom that Jesus Christ came to announce?
Examine all things; hold fast what is good.
By Christophe Binette | Published on 26 July 2026 | Founder of Examine All Things — Biblical studies based on the Scriptures
Preamble
The message of the Kingdom of God is at the heart of the teaching of Jesus Christ. From the very beginning of His ministry, Jesus announced:
“The time is fulfilled, and the kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
This message did not disappear after His death and resurrection. The apostles also continued to proclaim the Kingdom of God, to preach Jesus Christ, and to call people to repentance, faith, and a transformed life before God.
At the end of the book of Acts, Paul is still presented as proclaiming the Kingdom of God and teaching concerning Jesus Christ:
“Preaching the kingdom of God and teaching concerning the Lord Jesus Christ, with all boldness and without hindrance.” (Acts 28:31)
The Kingdom of God is therefore not a secondary subject, nor merely a prophetic doctrine. It announces the reign of God, the return of Jesus Christ, the restoration of all things, but also the call addressed even now to those whom God draws to Himself.
This Kingdom will be fully established on earth at the return of Christ. But it already calls every believer today to return to God, to receive His grace, to abide in Christ, to bear fruit, and to learn to live according to the spirit of the Kingdom.
This study does not seek to present a new organisation, nor to exercise spiritual authority over consciences. Its purpose is simply to examine, in the light of the Scriptures, how to faithfully respond to the message of the Kingdom that Jesus Christ and the apostles announced.
The central question is therefore this: if the Kingdom of God was at the centre of the message of Jesus Christ and the apostles, how should we respond to this message today?
I. Introduction — The message that Jesus truly brought
When Jesus Christ began His ministry, He did not first present an organisation, a religious tradition, or a system of outward practices. He announced the Kingdom of God.
“The time is fulfilled, and the kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
This statement summarises the essence of His message. Jesus announces that God is intervening, that His Kingdom is approaching, and that this announcement requires a personal response. It is not just about hearing a prophecy or accepting a religious idea. It is about returning to God, believing in the Gospel, and allowing His will to transform life.
That is why the Kingdom of God cannot be reduced to one prophetic subject among others. It is linked to repentance, faith, grace, the return of Christ, and the way in which the believer already lives today before God.
A question naturally arises: how should a person called by God respond to this message? The biblical answer is found neither in self-confidence, nor in belonging to an organisation, nor in observing the Mosaic law as a means of salvation. It is found in Jesus Christ: God calls, Christ saves, the Spirit transforms, and the believer learns to live in faith, repentance, and the law of Christ.
1. Jesus did not announce a simple religion
Many people spontaneously associate the Christian faith with a religion, rites, rules, traditions, or a visible affiliation. These elements may sometimes accompany the lives of believers, but they do not constitute the heart of Jesus’ message.
Jesus announced something greater: the Kingdom of God. He proclaimed the reign of God, God’s intervention in human history, and the call for people to return to the Father.
This does not mean that fellowship among believers is unimportant. Disciples need encouragement, teaching, support, and fellowship. But no human structure should take the place of the Kingdom of God, nor occupy in the believer’s conscience the place that belongs to Jesus Christ alone.
The Kingdom announced by Jesus surpasses human organisations. It directs our eyes toward God, His reign, His righteousness, and the inner transformation God wants to accomplish in those He calls.
2. The message of the Kingdom requires a personal response
The Kingdom of God is not merely a truth to know. It is a message that calls for a response.
Jesus does not simply say that the Kingdom is near. He also calls for repentance and faith. This means that the announcement of the Kingdom should not merely produce prophetic curiosity. It must lead to a genuine return to God.
One can know many things about prophecy and yet not truly respond to God’s call. One can speak about the Kingdom, await Christ’s return, defend certain doctrines, and yet not allow God to reign in one’s own heart.
That is why the study of the Kingdom must always remain linked to repentance, faith, grace, and inner transformation. The Kingdom Jesus announces concerns not only the future of the world, but also the state of the heart before God today.
3. The Kingdom already touches our life today
The Kingdom of God will be fully established on earth at the return of Christ. But this does not mean that it has no connection with the believer’s present life.
Those who await the Kingdom must already learn to live according to the spirit of the Kingdom. This touches the way we think, speak, correct, forgive, serve, exercise responsibility, treat the weak, bear burdens, and love our brothers and sisters.
The Kingdom of God is therefore not only a prophecy for tomorrow. It is also a reality that calls us today to live under God’s authority. Awaiting the Kingdom is not only asking when it will come. It is also asking God to reign already in our hearts, choices, and relationships.
↑ Back to contentsII. The Kingdom of God was at the centre of Jesus’ message
1. Jesus came to announce the Kingdom
Luke records these words of Jesus:
“I must also preach the good news of the kingdom of God to the other towns, because that is why I was sent.” (Luke 4:43)
Jesus Himself says that this is why He was sent: to proclaim the good news of the Kingdom of God. The Kingdom is therefore not a secondary theme. It is at the heart of His message.
Jesus healed, taught, corrected, comforted, forgave, and warned. But all of this belonged to a larger message: God reigns, His Kingdom is coming, and people must return to Him.
In the Gospels, the Kingdom of God is not an abstract idea. It is linked to the presence of Christ, God’s authority, repentance, righteousness, mercy, and the transformation of life. Jesus did not preach a faith separated from the Kingdom. He preached the Gospel of the Kingdom.
2. The Kingdom belongs to God
The Kingdom of God does not come from a human organisation. It does not depend on an administrative headquarters, a religious leader, or a project built by human beings.
“My kingdom is not of this world.” (John 18:36)
His Kingdom does not originate in human systems. It comes from God. This does not mean that God cannot use people, assemblies, or communities. But no human structure can be confused with the Kingdom of God itself.
This distinction matters. When the message of the Kingdom mainly leads to dependence on an organisation, a man, or a unique structure, we must stop and examine. The Kingdom of God must lead us to God, to the Father, and to Jesus Christ, the King announced in Scripture.
An organisation can serve, teach, support, and gather. But it must never take Christ’s place or become the centre of the believer’s faith.
3. Seeking the Kingdom begins now
“Seek first the kingdom of God and His righteousness, and all these things will be added to you.” (Matthew 6:33)
Seeking the Kingdom does not simply mean waiting for a future event. It means putting God above everything from today onward.
To seek the Kingdom is to seek God’s will, desire His righteousness, accept that His word corrects our way of thinking, and learn to live under Christ’s authority.
The Kingdom concerns the future, but it already touches the present. A believer who awaits the Kingdom cannot live as though God has nothing to say about present life. The hope of the Kingdom cannot be separated from obedience to Christ.
But this obedience must be rightly understood. It does not buy salvation. It is the response of a heart God has called, touched, and brought back to Himself.
↑ Back to contentsIII. The Kingdom of God will be established on earth
1. The Kingdom of God is a future reality
The Bible announces that God will establish His Kingdom.
“In the time of those kings, the God of heaven will set up a kingdom that will never be destroyed.” (Daniel 2:44)
Human kingdoms pass away. They change, divide, become corrupt, or disappear. Even the most powerful empires reveal their limits. The Kingdom of God, however, will never be destroyed.
Daniel also announces that a “son of man” will receive dominion, glory, and a kingdom:
“He was given dominion, glory, and a kingdom; and all peoples, nations, and men of every language served him.” (Daniel 7:14)
The Kingdom of God is therefore not merely an inner experience. It will have a visible and concrete reality. God will intervene in human history, and His reign will be established through Jesus Christ.
2. The Kingdom will also be a real government
The Kingdom of God is not only an inner reality or a spiritual way of speaking about God’s presence in the believer’s heart. The Bible also presents it as a real reign, established by God under the authority of Jesus Christ.
Daniel announces that this Kingdom will replace human kingdoms:
“In the time of those kings, the God of heaven will set up a kingdom that will never be destroyed.” (Daniel 2:44)
This Kingdom will therefore have a concrete reality. It will not merely be a gradual improvement of the present world or the final result of human effort. It will be established by God Himself.
Daniel also shows that the Son of Man receives universal dominion:
“He was given dominion, glory, and a kingdom; and all peoples, nations, and men of every language served him.” (Daniel 7:14)
The Kingdom of God will therefore be a just government led by Christ, in which God’s will is done on earth. This is what Jesus teaches us to ask in prayer:
“Your kingdom come; your will be done on earth as it is in heaven.” (Matthew 6:10)
This truth keeps us from reducing the Kingdom to a personal experience, but also from confusing it with a present human organisation. The Kingdom belongs to God. It will be established by Christ, and those whom God calls today are invited to prepare for that reign by already living according to the spirit of the Kingdom.
3. Christ will return to reign
“The kingdom of the world has become the kingdom of our Lord and of His Christ, and He will reign for ever and ever.” (Revelation 11:15)
Christ will return. God’s reign will be established. The kingdoms of this world will not last forever.
This hope is precious in a world marked by injustice, confusion, violence, and suffering. People seek solutions, and some projects may bring temporary improvements. But no human system can permanently establish perfect justice, true peace, and complete truth.
The Kingdom of God will not be the culmination of human progress. It will be God’s intervention through Jesus Christ. Christian hope therefore rests not on human optimism, but on God’s faithfulness.
4. God alone can heal the human heart
People can improve living conditions, organise societies, build, learn, heal, and develop. We should not despise what is useful. But we must recognise a fundamental limit: human beings cannot heal the human heart by themselves.
“The heart is deceitful above all things, and desperately wicked.” (Jeremiah 17:9)
Jesus also teaches that evil things come from the human heart:
“For out of the heart come evil thoughts, murders, adulteries, sexual immorality, thefts, false witness, slanders.” (Matthew 15:19)
That is why the Kingdom of God cannot be replaced by a human project. People can change certain structures, but God alone can transform the heart. The Kingdom will come to earth, but it will be established by God through Jesus Christ, not by human force, pride, or limited wisdom.
↑ Back to contentsIV. The Kingdom first calls for repentance
1. Jesus links the Kingdom to repentance
Jesus did not only say that the Kingdom of God is near. He added:
“Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
Repentance is therefore directly linked to the message of the Kingdom. The announcement of God’s reign cannot be separated from the call to a change of heart.
The Kingdom is not only a future promise. It is also a present call. Jesus does not simply ask people to wait for what God will do later. He asks them to return to God now.
Repentance is not a secondary addition to the Gospel. It belongs to the good news because it opens the way back to the Father.
2. Repentance means returning to God
Repentance is not merely regret. It is not simply feeling bad for a while. Nor is it joining a religious group for reassurance.
Repentance means returning to God. It means recognising that God is right, accepting that our way of thinking and living must be corrected by Him, and turning away not only from visible sin but also from pride, fear, hardness, hypocrisy, and self-reliance.
“Repent therefore and turn back, that your sins may be blotted out.” (Acts 3:19)
Biblical repentance is not merely an emotion. It involves a real return to God. It touches the direction of life, the motives of the heart, and the way a person stands before God.
3. True repentance brings us back to the Father
Repentance must not be confused with permanent guilt. God does not call people in order to crush them, but to bring them back to Himself. He reveals sin, but He also opens a way of forgiveness, grace, and restoration.
“God’s kindness leads you to repentance.” (Romans 2:4)
Repentance based only on fear may produce outward obedience, but it does not always heal the heart. It can lead to shame, spiritual exhaustion, or excessive dependence on people.
Biblical repentance is different. It turns us away from sin, but draws us closer to God. It does not leave the believer trapped in condemnation; it brings the believer to the Father through Jesus Christ.
↑ Back to contentsV. God alone calls, but man must respond
1. God takes the initiative
“No one can come to me unless the Father who sent me draws him.” (John 6:44)
No one comes to God by their own strength. God is the One who calls, draws, and opens the mind and heart.
This truth should make us humble. If we understand something of God, it is not because we are superior to others. It is because God has acted. God’s calling is grace, not a reason to boast.
It also changes the way we look at others. Those who have received spiritual understanding should not use it to despise those who do not yet see. They should receive their calling with gratitude, seriousness, and humility.
2. God’s calling is not a merit
If God calls us, it is not because we have earned that calling.
“God has saved us and called us with a holy calling, not because of our works but according to His own purpose and grace.” (2 Timothy 1:9)
God’s calling begins with His grace, not human performance. This protects the believer from spiritual pride, but also from despair. God does not call because a person is already worthy. He calls in order to bring back, save, transform, and form.
This calling is precious and must not be treated lightly. But it must never become a source of religious superiority. The one who has been called has not received a reason to rise above others, but a responsibility before God.
3. The call requires a response
God’s call does not remove human responsibility. The one who hears the call must respond.
“Many are called, but few are chosen.” (Matthew 22:14)
Being called is therefore serious. It requires a real response: faith, repentance, obedience, perseverance, and a life that seeks to abide in Christ.
“Abide in me, and I will abide in you.” (John 15:4)
Paul expresses this balance deeply:
“Work out your own salvation with fear and trembling; for it is God who works in you both to will and to do, according to His good pleasure.” (Philippians 2:12-13)
God works in us, but His action does not cancel our response. It makes that response possible. The Christian life is neither self-reliance nor spiritual passivity. It is a walk with God in which His grace produces a living response in us.
↑ Back to contentsVI. Salvation is by grace, not by religious merit
1. Salvation is a gift
When speaking about preparing for the Kingdom, we must avoid a dangerous confusion: no one earns salvation through personal merit.
“For it is by grace that you have been saved, through faith. And this is not from yourselves; it is the gift of God.” (Ephesians 2:8)
Salvation is a gift. It is not earned through religious performance. God saves by grace, through faith in Jesus Christ.
This truth does not make obedience unnecessary, but gives it its proper place. Obedience does not buy salvation. It is the fruit of living faith and of a heart God is transforming.
2. An organisation does not save
Salvation does not rest on belonging to an organisation, loyalty to a leader, tithing, the Sabbath, festivals, or observing the Mosaic law as a system of justification.
“A man is not justified by the works of the law, but by faith in Jesus Christ.” (Galatians 2:16)
A believer may hold personal convictions on certain matters. They may observe the Sabbath before God, take part in certain biblical festivals, give generously, or live a disciplined life. But these practices must not become the foundation of salvation or absolute criteria for deciding who truly belongs to God.
The centre of salvation is not a religious practice. The centre of salvation is Jesus Christ.
3. Works are the fruit of salvation
“We are His workmanship, created in Christ Jesus for good works.” (Ephesians 2:10)
Good works are not the root of salvation. They are its fruit.
We do not obey in order to buy our place in the Kingdom. We obey because God has called us, because Christ saves us, and because the Spirit of God transforms our hearts.
Human religion can push someone to obey out of fear, to prove their worth, or to show that they belong to the right group. God’s grace produces a different obedience: one born from a heart that has been touched, forgiven, lifted up, and brought back to God.
↑ Back to contentsVII. The law of Christ: the way of life for those who await the Kingdom
1. The law of Christ touches relationships
If salvation is by grace, this does not mean that the believer lives without direction. The New Testament speaks clearly of the law of Christ.
“Bear one another’s burdens, and so fulfil the law of Christ.” (Galatians 6:2)
Just before this, Paul speaks of gently restoring the one who has fallen:
“Brothers, if someone is caught in any wrongdoing, you who are spiritual should restore such a person with a spirit of gentleness.” (Galatians 6:1)
These verses show that the law of Christ touches the way we treat other people. It does not concern only external rules. It concerns the heart, relationships, attitude, and the way we correct, bear with, restore, and love.
A person can have much biblical knowledge and yet miss the law of Christ if they treat others with harshness, contempt, or domination.
2. It is manifested through love and gentleness
“I give you a new commandment: Love one another; just as I have loved you.” (John 13:34)
Love according to Christ is not merely a feeling. It is a way of life. It is seen in gentleness, patience, forgiveness, mercy, service, and restoration.
This love does not deny truth. It does not justify sin. It does not erase the need for repentance. But it refuses to use truth to crush the weak.
The law of Christ therefore unites truth and love. It calls for faithfulness, but with gentleness. It corrects, but in order to lift up. It leads to obedience without replacing grace with fear.
3. It reveals the disciples of Christ
“By this everyone will know that you are my disciples, if you have love for one another.” (John 13:35)
The sign of Christ’s disciples is therefore not primarily the name of an organisation, prophetic knowledge, or outward observance. According to Jesus, the visible sign of His disciples is love.
This love is not weak. It does not close its eyes to evil. It does not replace repentance. But it reflects Christ’s character. It serves instead of dominating, forgives instead of nurturing bitterness, and lifts up instead of crushing.
This is the law of Christ. And this law is the way of life for those preparing for the Kingdom.
↑ Back to contentsVIII. The Mosaic law is not the legal framework for salvation
1. The Mosaic law had a real role
We must clearly distinguish the Mosaic law, the law of Christ, and salvation by grace.
The Mosaic law had a real role in God’s plan. It was given to Israel. It revealed God’s holiness, the reality of sin, and the need for a Saviour.
The point is not to despise the law given to Israel, but to understand its role in the light of Jesus Christ and the New Covenant. The believer should read the Old Testament with respect, while also recognising that Christ fulfilled what the law pointed toward.
The question is not whether the Mosaic law was important. It was. The question is whether it constitutes the legal framework of salvation for the believer in Christ. The New Testament clearly answers no.
2. The believer is not saved by the Mosaic law
“You are not under the law, but under grace.” (Romans 6:14)
This does not mean that God no longer has a moral will. It means that the believer is not placed under the Mosaic law as the legal framework of salvation.
“A man is not justified by the works of the law, but by faith in Jesus Christ.” (Galatians 2:16)
The believer is not without law before God. But the believer is not under the Mosaic law as a system of justification. The believer is called to live under grace, led by the Spirit, according to the law of Christ.
The law of Christ does not reduce the spiritual requirement. On the contrary, it goes deeper. It touches the heart, motives, relationships, love, truth, and inner transformation.
3. Practices must not become conditions of salvation
The Sabbath may be observed out of personal conviction before God. But it must not become a condition of salvation or an absolute criterion for deciding who truly belongs to God.
Likewise, the New Testament does not present tithing as an obligation imposed on the believer under the New Covenant. It emphasises free, sincere, and joyful generosity.
“Let each one give as he has decided in his heart, not reluctantly or under compulsion, for God loves a cheerful giver.” (2 Corinthians 9:7)
Christian giving must not arise from fear, pressure, or guilt. It should come from a heart that is free before God.
This distinction protects the believer’s conscience. It allows us to take God seriously without turning outward practices into conditions of salvation.
↑ Back to contentsIX. What does it mean to be “qualified” for the Kingdom?
1. God makes capable
In some religious circles, people sometimes speak of being “qualified” for the Kingdom of God. The expression can be useful if properly understood, but it can also become dangerous if it gives the impression that a person makes themselves worthy of the Kingdom through works.
“Give thanks to the Father, who has made you capable of sharing in the inheritance of the saints in the light.” (Colossians 1:12)
God is the One who makes capable. God prepares. God acts. We do not qualify ourselves as though we could earn the Kingdom.
Preparation for the Kingdom therefore does not begin with religious pride, but with grace. God calls, Christ saves, and the Spirit transforms. The believer responds to God’s work with faith and faithfulness.
2. The believer responds to God’s call
Being ready for the Kingdom does not mean accumulating religious performance to prove one’s worth. It means responding faithfully to God’s call.
The believer must not live under the illusion that the Kingdom can be earned through works. But neither should the believer live as though God’s call required no response.
Grace does not produce indifference. It produces a transformed life. It leads to repentance, faith, obedience, love, perseverance, and the fruit of the Spirit.
There is therefore an important balance: salvation is not earned by human beings, but the grace received does not remain without effect. It progressively transforms the way we live.
3. God transforms character
“Therefore, brothers, make every effort to confirm your calling and election.” (2 Peter 1:10)
This shows that the believer must take the calling seriously. Peter is not speaking of a dead or purely theoretical faith. He speaks of a life growing in faith, knowledge, self-control, patience, godliness, brotherly affection, and love.
In other words, God prepares those He calls by transforming their character. He is not merely looking for people who can recite correct doctrine. He forms men and women who learn to reflect the character of Christ.
“The one who endures to the end will be saved.” (Matthew 24:13)
Perseverance matters. But it is not perseverance in fear. It is living faithfulness to God, nourished by faith, grace, love, and the hope of the Kingdom.
↑ Back to contentsX. The expected fruits in those who await the Kingdom
1. Jesus invites us to examine the fruits
“You will recognise them by their fruits.” (Matthew 7:16)
Fruits matter. One can speak about the Kingdom, prophecy, truth, and obedience. But if the fruits do not reflect the Spirit of God, we must stop and examine.
Jesus does not invite us to judge by appearances, titles, or claims of authority. He invites us to look at the fruits. What fruit does a teaching produce? What fruit does a practice produce? What fruit does an authority produce in people’s lives?
These questions are necessary because the Kingdom of God does not only prepare a new world. It also prepares a transformed people.
2. The fruit of the Spirit reveals the work of God
“The fruit of the Spirit is love, joy, peace, patience, kindness, goodness, faithfulness, gentleness, self-control.” (Galatians 5:22)
These fruits are not secondary. They reveal God’s work in a life.
God seeks faith, but not a hard and proud faith. He seeks repentance, but not permanent guilt. He seeks obedience, but not obedience founded on fear of people. He seeks truth, but not truth used to crush. He seeks love, but not love separated from His word.
Christian transformation concerns not only what we do outwardly, but also what we become inwardly.
3. Knowledge does not replace love
Knowledge is important. Doctrine is important. Truth is important. But without love, even great knowledge can become empty.
“If I have the gift of prophecy and understand all mysteries and all knowledge [...] but do not have love, I am nothing.” (1 Corinthians 13:2)
This should make us sober. Prophetic knowledge does not replace love. Biblical truth must never be separated from Christ’s character.
Those who await the Kingdom can therefore ask simple questions: Does my faith bring me closer to Christ? Am I growing in love, gentleness, patience, and forgiveness? Do I bear the burdens of others? Do I obey God out of love, or only out of fear?
These questions are not secondary. They directly concern the way God forms those who await His Kingdom.
↑ Back to contentsXI. The danger: proclaiming the Kingdom without living the law of Christ
1. One can speak of the Kingdom while forgetting the spirit of the King
There is a real danger: speaking much about the Kingdom of God while forgetting the spirit of the King.
One can proclaim the Kingdom but govern by fear. One can speak of truth but refuse sincere questions. One can preach obedience but neglect mercy. One can speak of Christ’s return but pressure consciences through urgency and date-setting.
The Kingdom of God cannot be separated from the character of Jesus Christ. If we speak of the Kingdom while abandoning love, gentleness, patience, mercy, and truth, something must be examined.
The message of the Kingdom must lead to Christ, not to fear of people. It must produce sincere repentance, not permanent guilt. It must form disciples, not crushed people or people dependent on human authority.
2. Authority according to Christ resembles service
“You know that the rulers of the nations lord it over them, and their great ones exercise authority over them. It shall not be so among you.” (Matthew 20:25-26)
These words are strong: “It shall not be so among you.” Authority according to Christ must not resemble human domination. It must resemble service.
“Whoever would be great among you must be your servant.” (Matthew 20:26)
In the Kingdom of God, greatness is not measured as it is in human systems. It is recognised in service, humility, faithfulness, love, and care for others.
Spiritual authority that crushes, isolates, or dominates does not reflect the spirit of Christ. Correction according to Christ should seek restoration. Truth according to Christ should lead to light, repentance, and freedom before God, not servile fear.
3. Every message of the Kingdom must be examined
“There is no fear in love, but perfect love casts out fear.” (1 John 4:18)
“God has not given us a spirit of timidity, but of power, love, and self-control.” (2 Timothy 1:7)
If a message of the Kingdom mainly produces fear, confusion, isolation, constant guilt, or dependence on a man, it deserves to be examined in the light of Scripture.
This does not mean that every fear of God is wrong. The Bible speaks of a reverent fear linked to humility and reverence. But this is not servile fear that destroys peace and imprisons consciences.
The message of the Kingdom should produce repentance, faith, love, truth, freedom before God, spiritual watchfulness, and transformation of the heart.
↑ Back to contentsXII. Watching for the return of Christ without falling into fear
1. Christ will return
Christ will return. The Kingdom of God will be established on earth. The disciples must watch.
This hope is essential. The present world is not the fulfilment of God’s plan. Injustice, suffering, confusion, and death will not have the final word. Christ’s return announces God’s victory, the restoration of all things, and the establishment of His reign.
But this hope must be held with sobriety. It must not become a source of permanent fear, human calculations, or spiritual pressure.
Waiting for Christ means living in hope and faithfulness, not agitation or panic.
2. Watching does not mean setting dates
“As for the day and the hour, no one knows.” (Matthew 24:36)
“Therefore keep watch, because you do not know on what day your Lord will come.” (Matthew 24:42)
After His resurrection, the disciples asked Jesus:
“Lord, are you at this time going to restore the kingdom to Israel?” (Acts 1:6)
Jesus answered:
“It is not for you to know the times or dates the Father has set by His own authority.” (Acts 1:7)
This answer should keep us humble. Watching does not mean pretending to know what the Father has not revealed. It does not mean living from one date to another. It does not mean placing consciences under pressure.
Prophecy should lead to repentance, hope, and faithfulness, not fear or control.
3. Watching means remaining faithful to Christ
Watching means remaining attached to Christ. It means repenting when God shows us something, keeping the faith, loving brothers and sisters, bearing fruit, remaining sober, and refusing to let fear replace the peace of God.
“Since all these things are to be dissolved, what sort of people ought you to be in lives of holiness and godliness?” (2 Peter 3:11)
The expectation of Christ’s return should produce a sober, faithful, hope-filled life. The true disciple does not try to be more precise than the Master. The disciple listens to what Christ said, accepts the limits God has given, and remains faithful.
Watching, therefore, is not living under the constant pressure of a date. It is walking with God today in faith, repentance, love, and the law of Christ.
↑ Back to contentsXIII. Conclusion — Responding to God’s call today
The message of Jesus Christ was not merely that a Kingdom would come one day. His message was more direct, more urgent, and more personal:
“The Kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
The Kingdom of God will be established on earth at the return of Christ. This hope remains at the heart of the Gospel. But waiting for the Kingdom must not become mere prophetic curiosity, a source of fear, or a means of pressuring consciences. It should lead to a living response before God.
God alone calls. No one comes to the Father by their own strength. Salvation is given by grace, through faith in Jesus Christ. Yet this grace is never sterile. It brings the believer back to God, invites repentance, teaches the believer to abide in Christ, and gradually produces the fruits of a transformed life.
Being ready for the Kingdom does not mean saving ourselves by our works. It means receiving God’s call with humility and allowing Christ to form a new heart in us. The law of Christ then becomes the concrete path of this transformation: loving, forgiving, serving, bearing burdens, restoring gently, walking in truth, and refusing to let fear replace the love of God.
The Kingdom of God is not only a prophecy to know. It is a reality to seek. It is not only about knowing what God will do on earth tomorrow, but also allowing God to reign in our hearts today.
The real question is therefore not only, “When will the Kingdom come?” It is also, “How am I responding to God’s call now?”
This response is not measured by religious pride, fear, or performance. It is recognised in a life that seeks first the Kingdom of God and His righteousness, out of love for God, through faith in Jesus Christ, and by the transforming work God accomplishes in those He calls to Himself.
↑ Back to contentsNote on biblical quotations
Unless otherwise stated, biblical quotations are based on recognised Bible translations. The French source uses primarily the Louis Segond 1910; translated versions use recognised translations and some wording may be lightly adapted for readability.
Reino de Dios en la tierra, arrepentimiento y ley de Cristo
¿Cómo prepararse para el Reino que Jesucristo vino a anunciar?
Examinadlo todo; retened lo bueno.
Por Christophe Binette | Publicado el 26 de julio de 2026 | Fundador de Examine All Things — Estudios bíblicos basados en las Escrituras
Preámbulo
El mensaje del Reino de Dios está en el corazón de la enseñanza de Jesucristo. Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús anunció:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Este mensaje no desapareció después de Su muerte y resurrección. Los apóstoles continuaron anunciando el Reino de Dios, predicando a Jesucristo y llamando al arrepentimiento, a la fe y a una vida transformada ante Dios.
Al final del libro de los Hechos, Pablo sigue siendo presentado anunciando el Reino de Dios y enseñando acerca de Jesucristo:
“Predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, con toda libertad y sin impedimento.” (Hechos 28:31)
El Reino de Dios no es, por tanto, un tema secundario ni una simple doctrina profética. Anuncia el reinado de Dios, el regreso de Jesucristo, la restauración de todas las cosas, pero también el llamado dirigido ya ahora a aquellos a quienes Dios atrae hacia Sí.
Este Reino será plenamente establecido en la tierra al regreso de Cristo. Pero ya hoy llama a cada creyente a volver a Dios, recibir Su gracia, permanecer en Cristo, dar fruto y aprender a vivir según el espíritu del Reino.
Este estudio no busca presentar una nueva organización ni ejercer autoridad espiritual sobre las conciencias. Su propósito es simplemente examinar, a la luz de las Escrituras, cómo responder fielmente al mensaje del Reino que Jesucristo y los apóstoles anunciaron.
La pregunta central es, por tanto, la siguiente: si el Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesucristo y de los apóstoles, ¿cómo debemos responder hoy a este mensaje?
I. Introducción — El mensaje que Jesús realmente trajo
Cuando Jesucristo comenzó Su ministerio, no presentó primero una organización, una tradición religiosa o un sistema de prácticas externas. Anunció el Reino de Dios.
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Esta declaración resume lo esencial de Su mensaje. Jesús anuncia que Dios interviene, que Su Reino se acerca y que este anuncio exige una respuesta personal. No se trata solamente de escuchar una profecía o aceptar una idea religiosa. Se trata de volver a Dios, creer en el Evangelio y dejar que Su voluntad transforme la vida.
Por eso, el Reino de Dios no puede reducirse a un tema profético entre otros. Está relacionado con el arrepentimiento, la fe, la gracia, el regreso de Cristo y la manera en que el creyente vive ya hoy ante Dios.
Surge entonces una pregunta natural: ¿cómo debe responder a este mensaje una persona llamada por Dios? La respuesta bíblica no se encuentra en la confianza en uno mismo, ni en pertenecer a una organización, ni en observar la ley mosaica como medio de salvación. Se encuentra en Jesucristo: Dios llama, Cristo salva, el Espíritu transforma y el creyente aprende a vivir en la fe, el arrepentimiento y la ley de Cristo.
1. Jesús no anunció una simple religión
Muchas personas asocian espontáneamente la fe cristiana con una religión, ritos, reglas, tradiciones o una pertenencia visible. Estos elementos pueden acompañar a veces la vida de los creyentes, pero no constituyen el corazón del mensaje de Jesús.
Jesús anunció algo mayor: el Reino de Dios. Proclamó el reinado de Dios, la intervención de Dios en la historia humana y el llamado a los hombres para volver al Padre.
Esto no significa que la comunión entre creyentes carezca de importancia. Los discípulos necesitan ánimo, enseñanza, apoyo y fraternidad. Pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar del Reino de Dios ni, en la conciencia del creyente, el lugar que pertenece solamente a Jesucristo.
El Reino anunciado por Jesús supera las organizaciones humanas. Dirige la mirada hacia Dios, hacia Su reinado, Su justicia y la transformación interior que Dios quiere realizar en aquellos a quienes llama.
2. El mensaje del Reino exige una respuesta personal
El Reino de Dios no es solamente una verdad que hay que conocer. Es un mensaje que exige una respuesta.
Jesús no dice simplemente que el Reino está cerca. También llama al arrepentimiento y a la fe. Por tanto, el anuncio del Reino no debe producir solamente curiosidad profética. Debe conducir a un verdadero regreso a Dios.
Se pueden conocer muchas cosas sobre la profecía y, sin embargo, no responder realmente al llamado de Dios. Se puede hablar del Reino, esperar el regreso de Cristo, defender determinadas doctrinas y, aun así, no dejar que Dios reine en el propio corazón.
Por eso, el estudio del Reino debe permanecer siempre ligado al arrepentimiento, la fe, la gracia y la transformación interior. El Reino que Jesús anuncia no se refiere solamente al futuro del mundo. También se refiere al estado del corazón ante Dios hoy.
3. El Reino ya toca nuestra vida hoy
El Reino de Dios será plenamente establecido en la tierra al regreso de Cristo. Pero eso no significa que no tenga relación con la vida presente del creyente.
Quien espera el Reino debe aprender ya a vivir según el espíritu del Reino. Esto toca la manera de pensar, hablar, corregir, perdonar, servir, ejercer responsabilidades, tratar a los débiles, llevar las cargas y amar a los hermanos y hermanas.
Por tanto, el Reino de Dios no es solamente una profecía para mañana. También es una realidad que nos llama hoy a vivir bajo la autoridad de Dios. Esperar el Reino no es solamente preguntarse cuándo vendrá. También es pedir a Dios que reine ya en nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestras relaciones.
↑ Volver al índiceII. El Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús
1. Jesús vino a anunciar el Reino
Lucas recoge estas palabras de Jesús:
“También debo anunciar a las otras ciudades la buena noticia del reino de Dios, porque para esto he sido enviado.” (Lucas 4:43)
Jesús mismo dice que para esto fue enviado: para anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Por tanto, el Reino no es un tema secundario. Está en el corazón de Su mensaje.
Jesús sanó, enseñó, corrigió, consoló, perdonó y advirtió. Pero todo ello formaba parte de un mensaje más amplio: Dios reina, Su Reino viene y los hombres deben volver a Él.
En los Evangelios, el Reino de Dios no es una idea abstracta. Está ligado a la presencia de Cristo, a la autoridad de Dios, al arrepentimiento, a la justicia, a la misericordia y a la transformación de la vida. Jesús no predicó una fe separada del Reino. Predicó el Evangelio del Reino.
2. El Reino pertenece a Dios
El Reino de Dios no proviene de una organización humana. No depende de una sede administrativa, de un dirigente religioso o de un proyecto construido por los hombres.
“Mi reino no es de este mundo.” (Juan 18:36)
Su Reino no tiene su origen en los sistemas humanos. Viene de Dios. Esto no significa que Dios no pueda utilizar personas, asambleas o comunidades. Pero ninguna estructura humana puede confundirse con el Reino de Dios mismo.
Esta distinción es importante. Cuando el mensaje del Reino conduce principalmente a depender de una organización, de un hombre o de una estructura única, debemos detenernos y examinar. El Reino de Dios debe conducir a Dios, al Padre y a Jesucristo, el Rey anunciado por las Escrituras.
Una organización puede servir, enseñar, apoyar y reunir. Pero nunca debe ocupar el lugar de Cristo ni convertirse en el centro de la fe del creyente.
3. Buscar el Reino comienza ahora
“Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33)
Buscar el Reino no significa solamente esperar un acontecimiento futuro. Significa poner a Dios por encima de todo desde hoy.
Buscar el Reino es buscar la voluntad de Dios, desear Su justicia, aceptar que Su palabra corrija nuestra manera de pensar y aprender a vivir bajo la autoridad de Cristo.
El Reino se refiere al futuro, pero ya toca el presente. Un creyente que espera el Reino no puede vivir como si Dios no tuviera nada que decir sobre su vida actual. No puede separar la esperanza del Reino de la obediencia a Cristo.
Pero esta obediencia debe entenderse correctamente. No sirve para comprar la salvación. Es la respuesta de un corazón que Dios ha llamado, tocado y hecho volver a Él.
↑ Volver al índiceIII. El Reino de Dios será establecido en la tierra
1. El Reino de Dios es una realidad futura
La Biblia anuncia que Dios establecerá Su Reino.
“En los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido.” (Daniel 2:44)
Los reinos humanos pasan. Cambian, se dividen, se corrompen o desaparecen. Incluso los imperios más poderosos muestran sus límites. El Reino de Dios, en cambio, nunca será destruido.
Daniel también anuncia que un “hijo de hombre” recibirá dominio, gloria y reino:
“Le fue dado dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de toda lengua le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios no es, por tanto, solamente una experiencia interior. Tendrá una realidad visible y concreta. Dios intervendrá en la historia humana y Su reinado será establecido por Jesucristo.
2. El Reino será también un gobierno real
El Reino de Dios no es solamente una realidad interior ni una manera espiritual de hablar de la presencia de Dios en el corazón del creyente. La Biblia también lo presenta como un reinado real, establecido por Dios bajo la autoridad de Jesucristo.
Daniel anuncia que este Reino reemplazará a los reinos humanos:
“En los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido.” (Daniel 2:44)
Este Reino tendrá, por tanto, una realidad concreta. No será simplemente una mejora progresiva del mundo actual ni el resultado final de los esfuerzos humanos. Será establecido por Dios mismo.
Daniel muestra también que el Hijo del Hombre recibe un dominio universal:
“Le fue dado dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de toda lengua le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios será, por tanto, un gobierno justo dirigido por Cristo, en el que la voluntad de Dios se hará en la tierra. Esto es lo que Jesús nos enseña a pedir en oración:
“Venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” (Mateo 6:10)
Esta verdad impide reducir el Reino a una simple experiencia personal, pero también confundirlo con una organización humana actual. El Reino pertenece a Dios. Será establecido por Cristo, y aquellos a quienes Dios llama hoy están invitados a prepararse para ese reinado viviendo ya según el espíritu del Reino.
3. Cristo volverá para reinar
“El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Cristo volverá. El reinado de Dios será establecido. Los reinos de este mundo no serán eternos.
Esta esperanza es preciosa en un mundo marcado por la injusticia, la confusión, la violencia y el sufrimiento. Los hombres buscan soluciones y algunos proyectos pueden aportar mejoras temporales. Pero ningún sistema humano puede establecer de manera duradera una justicia perfecta, una paz verdadera y una verdad completa.
El Reino de Dios no será la culminación del progreso humano. Será la intervención de Dios por medio de Jesucristo. Por eso, la esperanza cristiana no descansa en el optimismo humano, sino en la fidelidad de Dios.
4. Solo Dios puede sanar el corazón humano
Los seres humanos pueden mejorar las condiciones de vida, organizar sociedades, construir, aprender, curar y desarrollar. No debemos despreciar lo que puede ser útil. Pero debemos reconocer un límite fundamental: el hombre no puede, por sí mismo, sanar el corazón humano.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso.” (Jeremías 17:9)
Jesús también enseña que las cosas malas salen del corazón del hombre:
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las inmoralidades, los robos, los falsos testimonios y las calumnias.” (Mateo 15:19)
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reemplazado por un proyecto humano. El hombre puede cambiar ciertas estructuras, pero solo Dios puede transformar el corazón. El Reino vendrá a la tierra, pero será establecido por Dios, por medio de Jesucristo, y no por la fuerza, el orgullo o la sabiduría limitada de los hombres.
↑ Volver al índiceIV. El Reino llama primero al arrepentimiento
1. Jesús vincula el Reino con el arrepentimiento
Jesús no dijo solamente que el Reino de Dios está cerca. Añadió:
“Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
El arrepentimiento está, por tanto, directamente ligado al mensaje del Reino. No se puede separar el anuncio del reinado de Dios del llamado a cambiar de corazón.
El Reino no es solamente una promesa futura. También es un llamado presente. Jesús no pide simplemente a los hombres que esperen lo que Dios hará más adelante. Les pide volver a Dios ahora.
El arrepentimiento no es un añadido secundario al Evangelio. Forma parte de la buena noticia, porque abre el camino de regreso al Padre.
2. Arrepentirse significa volver a Dios
El arrepentimiento no es solamente lamentarse. No es simplemente sentirse mal durante un momento. Tampoco consiste en unirse a un grupo religioso para tranquilizarse.
Arrepentirse es volver a Dios. Es reconocer que Dios tiene razón, aceptar que nuestra manera de pensar y vivir debe ser corregida por Él y apartarse no solamente del pecado visible, sino también del orgullo, el miedo, la dureza, la hipocresía y la confianza en uno mismo.
“Arrepiéntanse, pues, y conviértanse, para que sean borrados sus pecados.” (Hechos 3:19)
El arrepentimiento bíblico no es una simple emoción. Implica un verdadero regreso a Dios. Afecta a la dirección de la vida, las motivaciones del corazón y la manera en que una persona se presenta ante Dios.
3. El verdadero arrepentimiento nos lleva de vuelta al Padre
El arrepentimiento no debe confundirse con una culpa permanente. Dios no llama a los hombres para aplastarlos, sino para traerlos de vuelta a Él. Revela el pecado, pero también abre un camino de perdón, gracia y restauración.
“La bondad de Dios te guía al arrepentimiento.” (Romanos 2:4)
Un arrepentimiento basado únicamente en el miedo puede producir obediencia exterior, pero no siempre sana el corazón. Puede conducir a la vergüenza, al agotamiento espiritual o a una dependencia excesiva de los hombres.
El arrepentimiento bíblico es diferente. Aleja del pecado, pero acerca a Dios. No deja al creyente encerrado en la condenación; lo lleva al Padre por medio de Jesucristo.
↑ Volver al índiceV. Solo Dios llama, pero el hombre debe responder
1. Dios toma la iniciativa
“Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae.” (Juan 6:44)
Nadie viene a Dios por sus propias fuerzas. Es Dios quien llama, atrae y abre la mente y el corazón.
Esta verdad debería hacernos humildes. Si comprendemos algo de Dios, no es porque seamos superiores a los demás. Es porque Dios ha actuado. El llamado de Dios es una gracia, no un motivo para jactarse.
También cambia nuestra mirada sobre los demás. Quien ha recibido comprensión espiritual no debería utilizarla para despreciar a quienes todavía no ven. Debe recibir ese llamado con gratitud, seriedad y humildad.
2. El llamado de Dios no es un mérito
Si Dios nos llama, no es porque hayamos merecido ese llamado.
“Dios nos salvó y nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia.” (2 Timoteo 1:9)
El llamado de Dios comienza con Su gracia, no con el rendimiento humano. Esto protege al creyente del orgullo espiritual, pero también de la desesperación. Dios no llama porque el hombre ya sea digno. Llama para traer de vuelta, salvar, transformar y formar.
Este llamado es precioso y no debe tomarse a la ligera. Pero nunca debe convertirse en una fuente de superioridad religiosa. Quien ha sido llamado no ha recibido una razón para elevarse por encima de los demás, sino una responsabilidad ante Dios.
3. El llamado exige una respuesta
El llamado de Dios no elimina la responsabilidad humana. Quien oye el llamado debe responder.
“Muchos son llamados, pero pocos escogidos.” (Mateo 22:14)
Ser llamado es, por tanto, algo serio. Exige una respuesta real: fe, arrepentimiento, obediencia, perseverancia y una vida que busca permanecer en Cristo.
“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes.” (Juan 15:4)
Pablo expresa profundamente este equilibrio:
“Ocúpense en su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:12-13)
Dios actúa en nosotros, pero Su acción no anula nuestra respuesta. La hace posible. La vida cristiana no es ni confianza en uno mismo ni pasividad espiritual. Es un caminar con Dios en el que Su gracia produce en nosotros una respuesta viva.
↑ Volver al índiceVI. La salvación es por gracia, no por mérito religioso
1. La salvación es un don
Al hablar de prepararse para el Reino, debemos evitar una confusión peligrosa: nadie gana la salvación por sus propios méritos.
“Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe; y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios.” (Efesios 2:8)
La salvación es un don. No se merece mediante actuaciones religiosas. Dios salva por gracia, por medio de la fe en Jesucristo.
Esta verdad no hace inútil la obediencia, sino que le da su lugar correcto. La obediencia no compra la salvación. Es el fruto de una fe viva y de un corazón que Dios transforma.
2. Una organización no salva
La salvación no descansa en pertenecer a una organización, en la lealtad a un dirigente, en el diezmo, el sábado, las fiestas o la observancia de la ley mosaica como sistema de justificación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
Un creyente puede tener convicciones personales sobre ciertos asuntos. Puede guardar el sábado ante Dios, participar en determinadas fiestas bíblicas, dar generosamente o vivir de manera disciplinada. Pero estas prácticas no deben convertirse en el fundamento de la salvación ni en criterios absolutos para decidir quién pertenece realmente a Dios.
El centro de la salvación no es una práctica religiosa. El centro de la salvación es Jesucristo.
3. Las obras son el fruto de la salvación
“Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.” (Efesios 2:10)
Las buenas obras no son la raíz de la salvación. Son su fruto.
No obedecemos para comprar nuestro lugar en el Reino. Obedecemos porque Dios nos ha llamado, porque Cristo nos salva y porque el Espíritu de Dios transforma nuestro corazón.
La religión humana puede empujar a alguien a obedecer por miedo, para demostrar su valor o para mostrar que pertenece al grupo correcto. La gracia de Dios produce una obediencia diferente: una obediencia nacida de un corazón tocado, perdonado, levantado y devuelto a Dios.
↑ Volver al índiceVII. La ley de Cristo: el modo de vida de quienes esperan el Reino
1. La ley de Cristo toca las relaciones
Si la salvación es por gracia, eso no significa que el creyente viva sin dirección. El Nuevo Testamento habla claramente de la ley de Cristo.
“Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2)
Justo antes, Pablo habla de restaurar con dulzura al que ha caído:
“Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales restáurenlo con espíritu de mansedumbre.” (Gálatas 6:1)
Estos versículos muestran que la ley de Cristo toca la manera en que tratamos a los demás. No se refiere solamente a reglas externas. Se refiere al corazón, las relaciones, la actitud y la manera de corregir, llevar, restaurar y amar.
Se puede tener mucho conocimiento bíblico y, sin embargo, faltar a la ley de Cristo si se trata a los demás con dureza, desprecio o dominación.
2. Se manifiesta por el amor y la dulzura
“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado.” (Juan 13:34)
El amor según Cristo no es un simple sentimiento. Es una manera de vivir. Se ve en la dulzura, la paciencia, el perdón, la misericordia, el servicio y la restauración.
Este amor no niega la verdad. No justifica el pecado. No elimina la necesidad del arrepentimiento. Pero se niega a utilizar la verdad para aplastar a los débiles.
La ley de Cristo une, por tanto, la verdad y el amor. Llama a la fidelidad, pero con dulzura. Corrige, pero para levantar. Conduce a la obediencia sin reemplazar la gracia por el miedo.
3. Revela a los discípulos de Cristo
“En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tienen amor los unos por los otros.” (Juan 13:35)
La señal de los discípulos de Cristo no es, por tanto, primero el nombre de una organización, el conocimiento profético o una observancia externa. Según Jesús, la señal visible de Sus discípulos es el amor.
Este amor no es débil. No cierra los ojos ante el mal. No reemplaza el arrepentimiento. Pero refleja el carácter de Cristo. Sirve en lugar de dominar, perdona en lugar de alimentar el rencor y levanta en lugar de aplastar.
Eso es la ley de Cristo. Y esta ley es el modo de vida de quienes se preparan para el Reino.
↑ Volver al índiceVIII. La ley mosaica no es el marco legal de la salvación
1. La ley mosaica tuvo un papel real
Debemos distinguir claramente la ley mosaica, la ley de Cristo y la salvación por gracia.
La ley mosaica tuvo un papel real en el plan de Dios. Fue dada a Israel. Reveló la santidad de Dios, la realidad del pecado y la necesidad de un Salvador.
No se trata, por tanto, de menospreciar la ley dada a Israel, sino de comprender su papel a la luz de Jesucristo y de la Nueva Alianza. El creyente debe leer el Antiguo Testamento con respeto, pero también reconocer que Cristo cumplió aquello hacia lo que apuntaba la ley.
La pregunta no es si la ley mosaica tuvo importancia. La tuvo. La pregunta es si constituye el marco legal de la salvación para el creyente en Cristo. El Nuevo Testamento responde claramente que no.
2. El creyente no es salvado por la ley mosaica
“No están bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14)
Esto no significa que Dios ya no tenga una voluntad moral. Significa que el creyente no está colocado bajo la ley mosaica como marco legal de la salvación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
El creyente no está sin ley ante Dios. Pero no está bajo la ley mosaica como sistema de justificación. Está llamado a vivir bajo la gracia, guiado por el Espíritu, según la ley de Cristo.
La ley de Cristo no disminuye la exigencia espiritual. Al contrario, va más profundo. Toca el corazón, las motivaciones, las relaciones, el amor, la verdad y la transformación interior.
3. Las prácticas no deben convertirse en condiciones de salvación
El sábado puede ser observado por convicción personal ante Dios. Pero no debe convertirse en una condición de salvación ni en un criterio absoluto para decidir quién pertenece realmente a Dios.
Del mismo modo, el Nuevo Testamento no presenta el diezmo como una obligación impuesta al creyente bajo la Nueva Alianza. Pone más bien el acento en una generosidad libre, sincera y alegre.
“Que cada uno dé como lo ha decidido en su corazón, no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7)
La ofrenda cristiana no debe venir del miedo, la presión o la culpa. Debe venir de un corazón libre ante Dios.
Esta distinción protege la conciencia del creyente. Permite tomar a Dios en serio sin transformar prácticas externas en condiciones de salvación.
↑ Volver al índiceIX. ¿Qué significa estar “calificado” para el Reino?
1. Dios capacita
En ciertos círculos religiosos, a veces se habla de estar “calificado” para el Reino de Dios. La expresión puede ser útil si se entiende correctamente, pero también puede volverse peligrosa si da la impresión de que el hombre se hace digno del Reino por sus obras.
“Den gracias al Padre, que los ha capacitado para participar de la herencia de los santos en la luz.” (Colosenses 1:12)
Es Dios quien capacita. Dios prepara. Dios actúa. No nos calificamos a nosotros mismos como si pudiéramos merecer el Reino.
La preparación para el Reino no comienza, por tanto, con el orgullo religioso, sino con la gracia. Dios llama, Cristo salva y el Espíritu transforma. El creyente responde a esta obra de Dios con fe y fidelidad.
2. El creyente responde al llamado de Dios
Estar preparado para el Reino no significa acumular actuaciones religiosas para demostrar el propio valor. Significa responder fielmente al llamado de Dios.
El creyente no debe vivir con la ilusión de que puede ganar el Reino por sus obras. Pero tampoco debe vivir como si el llamado de Dios no exigiera ninguna respuesta.
La gracia no produce indiferencia. Produce una vida transformada. Conduce al arrepentimiento, la fe, la obediencia, el amor, la perseverancia y los frutos del Espíritu.
Existe, por tanto, un equilibrio importante: la salvación no es ganada por el hombre, pero la gracia recibida no queda sin efecto. Transforma progresivamente la manera de vivir.
3. Dios transforma el carácter
“Por eso, hermanos, esfuércense aún más por afirmar su vocación y elección.” (2 Pedro 1:10)
Esta palabra muestra que el creyente debe tomar en serio su llamado. Pedro no habla de una fe muerta o puramente teórica. Habla de una vida que crece en la fe, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, el amor fraternal y el amor.
En otras palabras, Dios prepara a quienes llama transformando su carácter. No busca solamente personas capaces de recitar una doctrina correcta. Forma hombres y mujeres que aprenden a reflejar el carácter de Cristo.
“El que persevere hasta el fin será salvo.” (Mateo 24:13)
La perseverancia importa. Pero no es una perseverancia en el miedo. Es una fidelidad viva a Dios, alimentada por la fe, la gracia, el amor y la esperanza del Reino.
↑ Volver al índiceX. Los frutos esperados en quienes esperan el Reino
1. Jesús invita a examinar los frutos
“Por sus frutos los reconocerán.” (Mateo 7:16)
Los frutos importan. Se puede hablar del Reino, de profecía, de verdad y de obediencia. Pero si los frutos no reflejan el Espíritu de Dios, hay que detenerse y examinar.
Jesús no nos invita a juzgar por las apariencias, los títulos o las reivindicaciones de autoridad. Nos invita a mirar los frutos. ¿Qué fruto produce una enseñanza? ¿Qué fruto produce una práctica? ¿Qué fruto produce una autoridad en la vida de las personas?
Estas preguntas son necesarias, porque el Reino de Dios no prepara solamente un mundo nuevo. También prepara un pueblo transformado.
2. El fruto del Espíritu revela la obra de Dios
“El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.” (Gálatas 5:22)
Estos frutos no son secundarios. Revelan la obra de Dios en una vida.
Dios busca la fe, pero no una fe dura y orgullosa. Busca el arrepentimiento, pero no una culpa permanente. Busca la obediencia, pero no una obediencia basada en el miedo a los hombres. Busca la verdad, pero no una verdad utilizada para aplastar. Busca el amor, pero no un amor separado de Su palabra.
La transformación cristiana no se refiere solamente a lo que hacemos exteriormente. También se refiere a lo que llegamos a ser interiormente.
3. El conocimiento no reemplaza al amor
El conocimiento es importante. La doctrina es importante. La verdad es importante. Pero sin amor, incluso un gran conocimiento puede quedar vacío.
“Si tuviera el don de profecía y entendiera todos los misterios y todo conocimiento [...] pero no tengo amor, nada soy.” (1 Corintios 13:2)
Esta palabra debería hacernos sobrios. El conocimiento profético no reemplaza al amor. La verdad bíblica nunca debe separarse del carácter de Cristo.
Quien espera el Reino puede hacerse preguntas sencillas: ¿me acerca mi fe a Cristo? ¿Estoy creciendo en amor, dulzura, paciencia y perdón? ¿Llevo las cargas de los demás? ¿Obedezco a Dios por amor o solamente por miedo?
Estas preguntas no son secundarias. Tocan directamente la manera en que Dios forma a quienes esperan Su Reino.
↑ Volver al índiceXI. El peligro: anunciar el Reino sin vivir la ley de Cristo
1. Se puede hablar del Reino olvidando el espíritu del Rey
Existe un peligro real: hablar mucho del Reino de Dios mientras se olvida el espíritu del Rey.
Se puede anunciar el Reino y gobernar por miedo. Se puede hablar de verdad y no soportar preguntas sinceras. Se puede predicar obediencia y descuidar la misericordia. Se puede hablar del regreso de Cristo y presionar las conciencias mediante la urgencia y la fijación de fechas.
El Reino de Dios no puede separarse del carácter de Jesucristo. Si se habla del Reino abandonando el amor, la dulzura, la paciencia, la misericordia y la verdad, algo debe ser examinado.
El mensaje del Reino debe conducir a Cristo, no al miedo a los hombres. Debe producir arrepentimiento sincero, no culpa permanente. Debe formar discípulos, no personas aplastadas o dependientes de una autoridad humana.
2. La autoridad según Cristo se parece al servicio
“Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y que los grandes ejercen autoridad sobre ellas. No será así entre ustedes.” (Mateo 20:25-26)
Esta palabra es fuerte: “No será así entre ustedes.” La autoridad según Cristo no debe parecerse a la dominación humana. Debe parecerse al servicio.
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.” (Mateo 20:26)
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide como en los sistemas humanos. Se reconoce en el servicio, la humildad, la fidelidad, el amor y el cuidado de los demás.
Una autoridad espiritual que aplasta, aísla o domina no refleja el espíritu de Cristo. La corrección según Cristo debe buscar restaurar. La verdad según Cristo debe conducir a la luz, al arrepentimiento y a la libertad ante Dios, no a un miedo servil.
3. Todo mensaje del Reino debe ser examinado
“En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.” (1 Juan 4:18)
“Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)
Si un mensaje del Reino produce principalmente miedo, confusión, aislamiento, culpa constante o dependencia de un hombre, merece ser examinado a la luz de las Escrituras.
Esto no significa que todo temor de Dios sea malo. La Biblia habla de un temor reverente, relacionado con la humildad y la reverencia. Pero no es un miedo servil que destruye la paz y encierra las conciencias.
El mensaje del Reino debe producir arrepentimiento, fe, amor, verdad, libertad ante Dios, vigilancia espiritual y transformación del corazón.
↑ Volver al índiceXII. Velar por el regreso de Cristo sin caer en el miedo
1. Cristo volverá
Cristo volverá. El Reino de Dios será establecido en la tierra. Los discípulos deben velar.
Esta esperanza es esencial. El mundo actual no es el cumplimiento del plan de Dios. La injusticia, el sufrimiento, la confusión y la muerte no tendrán la última palabra. El regreso de Cristo anuncia la victoria de Dios, la restauración de todas las cosas y el establecimiento de Su reinado.
Pero esta esperanza debe conservarse con sobriedad. No debe convertirse en una fuente de miedo permanente, cálculos humanos o presión espiritual.
Esperar a Cristo significa vivir en la esperanza y la fidelidad, no en la agitación ni el pánico.
2. Velar no significa fijar fechas
“En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe.” (Mateo 24:36)
“Por tanto, velen, porque no saben qué día vendrá su Señor.” (Mateo 24:42)
Después de Su resurrección, los discípulos preguntaron a Jesús:
“Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” (Hechos 1:6)
Jesús les respondió:
“No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o las ocasiones que el Padre ha fijado por Su propia autoridad.” (Hechos 1:7)
Esta respuesta debe mantenernos en la humildad. Velar no significa pretender conocer lo que el Padre no ha revelado. No significa vivir de una fecha a otra. No significa poner las conciencias bajo presión.
La profecía debe conducir al arrepentimiento, la esperanza y la fidelidad, no al miedo ni al control.
3. Velar significa permanecer fiel a Cristo
Velar significa permanecer unido a Cristo. Significa arrepentirse cuando Dios nos muestra algo, mantener la fe, amar a los hermanos y hermanas, dar fruto, permanecer sobrios y no dejar que el miedo reemplace la paz de Dios.
“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas deben ser ustedes en santa conducta y piedad!” (2 Pedro 3:11)
La espera del regreso de Cristo debe producir una vida sobria, fiel y llena de esperanza. El verdadero discípulo no intenta ser más preciso que su Maestro. Escucha lo que Cristo dijo, acepta los límites dados por Dios y permanece fiel.
Velar, por tanto, no es vivir bajo la presión constante de una fecha. Es caminar con Dios hoy, en la fe, el arrepentimiento, el amor y la ley de Cristo.
↑ Volver al índiceXIII. Conclusión — Responder al llamado de Dios hoy
El mensaje de Jesucristo no era simplemente que un Reino vendría algún día. Su mensaje era más directo, más urgente y más personal:
“El Reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
El Reino de Dios será establecido en la tierra al regreso de Cristo. Esta esperanza permanece en el corazón del Evangelio. Pero esperar el Reino no debe convertirse en una simple curiosidad profética, una fuente de miedo o un medio de presionar las conciencias. Debe conducir a una respuesta viva ante Dios.
Solo Dios llama. Nadie viene al Padre por sus propias fuerzas. La salvación es dada por gracia, por medio de la fe en Jesucristo. Sin embargo, esta gracia nunca es estéril. Hace volver al creyente a Dios, lo invita al arrepentimiento, le enseña a permanecer en Cristo y produce poco a poco los frutos de una vida transformada.
Estar preparado para el Reino no significa salvarse a uno mismo por las obras. Significa recibir el llamado de Dios con humildad y dejar que Cristo forme en nosotros un corazón nuevo. La ley de Cristo se convierte entonces en el camino concreto de esta transformación: amar, perdonar, servir, llevar las cargas, restaurar con dulzura, caminar en la verdad y negarse a dejar que el miedo reemplace el amor de Dios.
El Reino de Dios no es solamente una profecía que hay que conocer. Es una realidad que hay que buscar. No se trata solamente de saber lo que Dios hará mañana en la tierra, sino también de dejar que Dios reine hoy en nuestro corazón.
La verdadera pregunta no es solamente: “¿Cuándo vendrá el Reino?” También es: “¿Cómo estoy respondiendo ahora al llamado de Dios?”
Esta respuesta no se mide por el orgullo religioso, el miedo o el rendimiento. Se reconoce en una vida que busca primero el Reino de Dios y Su justicia, por amor a Dios, por la fe en Jesucristo y por la obra de transformación que Dios realiza en aquellos a quienes llama.
↑ Volver al índiceNota sobre las citas bíblicas
Salvo indicación contraria, las citas bíblicas se basan en traducciones bíblicas reconocidas. La fuente francesa utiliza principalmente Louis Segond 1910; en las versiones traducidas se utilizan traducciones reconocidas y algunas formulaciones pueden adaptarse ligeramente para facilitar la lectura.
Regno di Dio sulla terra, ravvedimento e legge di Cristo
Come prepararsi al Regno che Gesù Cristo è venuto ad annunciare?
Esaminate ogni cosa; ritenete ciò che è buono.
Di Christophe Binette | Pubblicato il 26 luglio 2026 | Fondatore di Examine All Things — Studi biblici basati sulle Scritture
Premessa
Il messaggio del Regno di Dio è al centro dell’insegnamento di Gesù Cristo. Fin dall’inizio del Suo ministero, Gesù annunciò:
“Il tempo è compiuto e il regno di Dio è vicino; ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Questo messaggio non scomparve dopo la Sua morte e risurrezione. Anche gli apostoli continuarono ad annunciare il Regno di Dio, a predicare Gesù Cristo e a chiamare al ravvedimento, alla fede e a una vita trasformata davanti a Dio.
Alla fine del libro degli Atti, Paolo è ancora presentato mentre annuncia il Regno di Dio e insegna ciò che riguarda Gesù Cristo:
“Predicando il regno di Dio e insegnando le cose riguardanti il Signore Gesù Cristo, con ogni franchezza e senza impedimento.” (Atti 28:31)
Il Regno di Dio non è quindi un argomento secondario né una semplice dottrina profetica. Annuncia il regno di Dio, il ritorno di Gesù Cristo, la restaurazione di tutte le cose, ma anche la chiamata rivolta già ora a coloro che Dio attira a Sé.
Questo Regno sarà pienamente stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Ma già oggi chiama ogni credente a tornare a Dio, a ricevere la Sua grazia, a dimorare in Cristo, a portare frutto e a imparare a vivere secondo lo spirito del Regno.
Questo studio non cerca di presentare una nuova organizzazione né di esercitare un’autorità spirituale sulle coscienze. Il suo scopo è semplicemente esaminare, alla luce delle Scritture, come rispondere fedelmente al messaggio del Regno annunciato da Gesù Cristo e dagli apostoli.
La domanda centrale è dunque questa: se il Regno di Dio era al centro del messaggio di Gesù Cristo e degli apostoli, come dobbiamo rispondere oggi a questo messaggio?
I. Introduzione — Il messaggio che Gesù ha realmente portato
Quando Gesù Cristo iniziò il Suo ministero, non presentò anzitutto un’organizzazione, una tradizione religiosa o un sistema di pratiche esteriori. Annunciò il Regno di Dio.
“Il tempo è compiuto e il regno di Dio è vicino; ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Questa dichiarazione riassume l’essenza del Suo messaggio. Gesù annuncia che Dio interviene, che il Suo Regno si avvicina e che questo annuncio richiede una risposta personale. Non si tratta soltanto di ascoltare una profezia o accettare un’idea religiosa. Si tratta di tornare a Dio, credere al Vangelo e lasciare che la Sua volontà trasformi la vita.
Per questo il Regno di Dio non può essere ridotto a un tema profetico tra gli altri. È legato al ravvedimento, alla fede, alla grazia, al ritorno di Cristo e al modo in cui il credente vive già oggi davanti a Dio.
Sorge quindi una domanda naturale: come deve rispondere a questo messaggio una persona chiamata da Dio? La risposta biblica non si trova nella fiducia in se stessi, nell’appartenenza a un’organizzazione o nell’osservanza della legge mosaica come mezzo di salvezza. Si trova in Gesù Cristo: Dio chiama, Cristo salva, lo Spirito trasforma e il credente impara a vivere nella fede, nel ravvedimento e nella legge di Cristo.
1. Gesù non ha annunciato una semplice religione
Molte persone associano spontaneamente la fede cristiana a una religione, a riti, regole, tradizioni o a un’appartenenza visibile. Questi elementi possono talvolta accompagnare la vita dei credenti, ma non costituiscono il cuore del messaggio di Gesù.
Gesù ha annunciato qualcosa di più grande: il Regno di Dio. Ha proclamato il regno di Dio, l’intervento di Dio nella storia umana e la chiamata rivolta agli uomini affinché tornino al Padre.
Questo non significa che la comunione tra credenti non sia importante. I discepoli hanno bisogno di incoraggiamento, insegnamento, sostegno e fraternità. Ma nessuna struttura umana deve prendere il posto del Regno di Dio né occupare nella coscienza del credente il posto che appartiene soltanto a Gesù Cristo.
Il Regno annunciato da Gesù supera le organizzazioni umane. Rivolge lo sguardo verso Dio, il Suo regno, la Sua giustizia e la trasformazione interiore che Dio vuole compiere in coloro che chiama.
2. Il messaggio del Regno richiede una risposta personale
Il Regno di Dio non è soltanto una verità da conoscere. È un messaggio che richiede una risposta.
Gesù non dice semplicemente che il Regno è vicino. Chiama anche al ravvedimento e alla fede. L’annuncio del Regno non deve quindi produrre soltanto curiosità profetica. Deve condurre a un vero ritorno a Dio.
Si possono conoscere molte cose sulla profezia e tuttavia non rispondere realmente alla chiamata di Dio. Si può parlare del Regno, attendere il ritorno di Cristo, difendere certe dottrine e tuttavia non lasciare che Dio regni nel proprio cuore.
Per questo lo studio del Regno deve rimanere sempre legato al ravvedimento, alla fede, alla grazia e alla trasformazione interiore. Il Regno annunciato da Gesù non riguarda soltanto il futuro del mondo, ma anche lo stato del cuore davanti a Dio oggi.
3. Il Regno tocca già oggi la nostra vita
Il Regno di Dio sarà pienamente stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Ma ciò non significa che non abbia alcun rapporto con la vita presente del credente.
Chi attende il Regno deve già imparare a vivere secondo lo spirito del Regno. Questo riguarda il modo di pensare, parlare, correggere, perdonare, servire, esercitare responsabilità, trattare i deboli, portare i pesi e amare i fratelli e le sorelle.
Il Regno di Dio non è quindi soltanto una profezia per domani. È anche una realtà che ci chiama oggi a vivere sotto l’autorità di Dio. Attendere il Regno non significa soltanto chiedersi quando verrà, ma anche chiedere a Dio di regnare già nel nostro cuore, nelle nostre scelte e nelle nostre relazioni.
↑ Torna all’indiceII. Il Regno di Dio era al centro del messaggio di Gesù
1. Gesù è venuto ad annunciare il Regno
Luca riporta queste parole di Gesù:
“Bisogna che io annunci la buona notizia del regno di Dio anche alle altre città, perché per questo sono stato mandato.” (Luca 4:43)
Gesù stesso dice che per questo è stato mandato: per annunciare la buona notizia del Regno di Dio. Il Regno non è quindi un tema secondario. È al centro del Suo messaggio.
Gesù guarì, insegnò, corresse, consolò, perdonò e ammonì. Ma tutto questo faceva parte di un messaggio più ampio: Dio regna, il Suo Regno viene e gli uomini devono tornare a Lui.
Nei Vangeli, il Regno di Dio non è un’idea astratta. È legato alla presenza di Cristo, all’autorità di Dio, al ravvedimento, alla giustizia, alla misericordia e alla trasformazione della vita. Gesù non predicava una fede separata dal Regno. Predicava il Vangelo del Regno.
2. Il Regno appartiene a Dio
Il Regno di Dio non proviene da un’organizzazione umana. Non dipende da una sede amministrativa, da un dirigente religioso o da un progetto costruito dagli uomini.
“Il mio regno non è di questo mondo.” (Giovanni 18:36)
Il Suo Regno non ha origine nei sistemi umani. Viene da Dio. Questo non significa che Dio non possa usare persone, assemblee o comunità. Ma nessuna struttura umana può essere confusa con il Regno di Dio stesso.
Questa distinzione è importante. Quando il messaggio del Regno conduce soprattutto a dipendere da un’organizzazione, da un uomo o da una struttura unica, bisogna fermarsi ed esaminare. Il Regno di Dio deve condurre a Dio, al Padre e a Gesù Cristo, il Re annunciato dalle Scritture.
Un’organizzazione può servire, insegnare, sostenere e riunire. Ma non deve mai prendere il posto di Cristo né diventare il centro della fede del credente.
3. Cercare il Regno comincia ora
“Cercate prima il regno di Dio e la sua giustizia, e tutte queste cose vi saranno date in aggiunta.” (Matteo 6:33)
Cercare il Regno non significa soltanto attendere un evento futuro. Significa mettere Dio al di sopra di tutto già da oggi.
Cercare il Regno significa cercare la volontà di Dio, desiderare la Sua giustizia, accettare che la Sua parola corregga il nostro modo di pensare e imparare a vivere sotto l’autorità di Cristo.
Il Regno riguarda il futuro, ma tocca già il presente. Un credente che attende il Regno non può vivere come se Dio non avesse nulla da dire sulla sua vita attuale. Non può separare la speranza del Regno dall’obbedienza a Cristo.
Ma questa obbedienza deve essere compresa correttamente. Non serve a comprare la salvezza. È la risposta di un cuore che Dio ha chiamato, toccato e ricondotto a Sé.
↑ Torna all’indiceIII. Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra
1. Il Regno di Dio è una realtà futura
La Bibbia annuncia che Dio stabilirà il Suo Regno.
“Al tempo di questi re, il Dio del cielo farà sorgere un regno che non sarà mai distrutto.” (Daniele 2:44)
I regni umani passano. Cambiano, si dividono, si corrompono o scompaiono. Anche gli imperi più potenti mostrano i loro limiti. Il Regno di Dio, invece, non sarà mai distrutto.
Daniele annuncia anche che un “figlio d’uomo” riceverà dominio, gloria e regno:
“Gli furono dati dominio, gloria e regno; tutti i popoli, nazioni e uomini di ogni lingua lo servirono.” (Daniele 7:14)
Il Regno di Dio non è quindi soltanto un’esperienza interiore. Avrà una realtà visibile e concreta. Dio interverrà nella storia umana e il Suo regno sarà stabilito da Gesù Cristo.
2. Il Regno sarà anche un governo reale
Il Regno di Dio non è soltanto una realtà interiore né un modo spirituale di parlare della presenza di Dio nel cuore del credente. La Bibbia lo presenta anche come un regno reale, stabilito da Dio sotto l’autorità di Gesù Cristo.
Daniele annuncia che questo Regno sostituirà i regni umani:
“Al tempo di questi re, il Dio del cielo farà sorgere un regno che non sarà mai distrutto.” (Daniele 2:44)
Questo Regno avrà dunque una realtà concreta. Non sarà semplicemente un miglioramento progressivo del mondo attuale né il risultato finale degli sforzi umani. Sarà stabilito da Dio stesso.
Daniele mostra anche che il Figlio dell’uomo riceve un dominio universale:
“Gli furono dati dominio, gloria e regno; tutti i popoli, nazioni e uomini di ogni lingua lo servirono.” (Daniele 7:14)
Il Regno di Dio sarà quindi un governo giusto guidato da Cristo, nel quale la volontà di Dio sarà fatta sulla terra. È ciò che Gesù ci insegna a chiedere nella preghiera:
“Venga il tuo regno; sia fatta la tua volontà in terra come in cielo.” (Matteo 6:10)
Questa verità ci impedisce di ridurre il Regno a una semplice esperienza personale, ma anche di confonderlo con un’attuale organizzazione umana. Il Regno appartiene a Dio. Sarà stabilito da Cristo, e coloro che Dio chiama oggi sono invitati a prepararsi a quel regno vivendo già secondo lo spirito del Regno.
3. Cristo ritornerà per regnare
“Il regno del mondo è passato al nostro Signore e al suo Cristo, ed egli regnerà nei secoli dei secoli.” (Apocalisse 11:15)
Cristo ritornerà. Il regno di Dio sarà stabilito. I regni di questo mondo non saranno eterni.
Questa speranza è preziosa in un mondo segnato dall’ingiustizia, dalla confusione, dalla violenza e dalla sofferenza. Gli uomini cercano soluzioni e alcuni progetti possono portare miglioramenti temporanei. Ma nessun sistema umano può stabilire durevolmente una giustizia perfetta, una pace vera e una verità completa.
Il Regno di Dio non sarà il compimento del progresso umano. Sarà l’intervento di Dio per mezzo di Gesù Cristo. Perciò la speranza cristiana non si fonda sull’ottimismo umano, ma sulla fedeltà di Dio.
4. Solo Dio può guarire il cuore umano
Gli uomini possono migliorare le condizioni di vita, organizzare società, costruire, imparare, curare e sviluppare. Non dobbiamo disprezzare ciò che può essere utile. Ma dobbiamo riconoscere un limite fondamentale: l’uomo non può, da solo, guarire il cuore umano.
“Il cuore è ingannevole più di ogni altra cosa e insanabilmente maligno.” (Geremia 17:9)
Gesù insegna anche che le cose malvagie escono dal cuore dell’uomo:
“Dal cuore vengono pensieri malvagi, omicidi, adulteri, immoralità, furti, false testimonianze e calunnie.” (Matteo 15:19)
Per questo il Regno di Dio non può essere sostituito da un progetto umano. L’uomo può cambiare alcune strutture, ma solo Dio può trasformare il cuore. Il Regno verrà sulla terra, ma sarà stabilito da Dio, per mezzo di Gesù Cristo, e non con la forza, l’orgoglio o la saggezza limitata degli uomini.
↑ Torna all’indiceIV. Il Regno chiama anzitutto al ravvedimento
1. Gesù collega il Regno al ravvedimento
Gesù non disse soltanto che il Regno di Dio è vicino. Aggiunse:
“Ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Il ravvedimento è quindi direttamente legato al messaggio del Regno. Non si può separare l’annuncio del regno di Dio dalla chiamata a cambiare cuore.
Il Regno non è soltanto una promessa futura. È anche una chiamata presente. Gesù non chiede semplicemente agli uomini di aspettare ciò che Dio farà più tardi. Chiede loro di tornare a Dio ora.
Il ravvedimento non è un’aggiunta secondaria al Vangelo. Fa parte della buona notizia, perché apre la via del ritorno al Padre.
2. Ravvedersi significa tornare a Dio
Il ravvedimento non è soltanto rimpianto. Non è semplicemente sentirsi male per un momento. E non significa nemmeno entrare in un gruppo religioso per sentirsi rassicurati.
Ravvedersi significa tornare a Dio. Significa riconoscere che Dio ha ragione, accettare che il nostro modo di pensare e vivere debba essere corretto da Lui e allontanarsi non soltanto dal peccato visibile, ma anche dall’orgoglio, dalla paura, dalla durezza, dall’ipocrisia e dalla fiducia in se stessi.
“Ravvedetevi dunque e convertitevi, affinché i vostri peccati siano cancellati.” (Atti 3:19)
Il ravvedimento biblico non è una semplice emozione. Implica un vero ritorno a Dio. Riguarda la direzione della vita, le motivazioni del cuore e il modo in cui una persona si pone davanti a Dio.
3. Il vero ravvedimento ci riporta al Padre
Il ravvedimento non deve essere confuso con un senso di colpa permanente. Dio non chiama gli uomini per schiacciarli, ma per ricondurli a Sé. Rivela il peccato, ma apre anche una via di perdono, grazia e restaurazione.
“La bontà di Dio ti spinge al ravvedimento.” (Romani 2:4)
Un ravvedimento basato soltanto sulla paura può produrre un’obbedienza esteriore, ma non sempre guarisce il cuore. Può portare alla vergogna, all’esaurimento spirituale o a un’eccessiva dipendenza dagli uomini.
Il ravvedimento biblico è diverso. Allontana dal peccato, ma avvicina a Dio. Non lascia il credente prigioniero della condanna; lo conduce al Padre per mezzo di Gesù Cristo.
↑ Torna all’indiceV. Solo Dio chiama, ma l’uomo deve rispondere
1. Dio prende l’iniziativa
“Nessuno può venire a me se il Padre che mi ha mandato non lo attira.” (Giovanni 6:44)
Nessuno viene a Dio con le proprie forze. È Dio che chiama, attira e apre la mente e il cuore.
Questa verità dovrebbe renderci umili. Se comprendiamo qualcosa di Dio, non è perché siamo superiori agli altri. È perché Dio ha agito. La chiamata di Dio è grazia, non un motivo per vantarsi.
Questo cambia anche il nostro sguardo sugli altri. Chi ha ricevuto comprensione spirituale non dovrebbe usarla per disprezzare chi ancora non vede. Dovrebbe ricevere la propria chiamata con gratitudine, serietà e umiltà.
2. La chiamata di Dio non è un merito
Se Dio ci chiama, non è perché abbiamo meritato quella chiamata.
“Dio ci ha salvati e ci ha rivolto una santa chiamata, non in base alle nostre opere, ma secondo il suo proposito e la sua grazia.” (2 Timoteo 1:9)
La chiamata di Dio comincia con la Sua grazia, non con la prestazione umana. Questo protegge il credente dall’orgoglio spirituale, ma anche dalla disperazione. Dio non chiama perché l’uomo è già degno. Chiama per ricondurre, salvare, trasformare e formare.
Questa chiamata è preziosa e non deve essere presa alla leggera. Ma non deve mai diventare una fonte di superiorità religiosa. Chi è stato chiamato non ha ricevuto un motivo per elevarsi sopra gli altri, ma una responsabilità davanti a Dio.
3. La chiamata richiede una risposta
La chiamata di Dio non elimina la responsabilità umana. Chi sente la chiamata deve rispondere.
“Molti sono chiamati, ma pochi eletti.” (Matteo 22:14)
Essere chiamati è quindi una cosa seria. Richiede una risposta reale: fede, ravvedimento, obbedienza, perseveranza e una vita che cerca di dimorare in Cristo.
“Dimorate in me e io dimorerò in voi.” (Giovanni 15:4)
Paolo esprime profondamente questo equilibrio:
“Adoperatevi al compimento della vostra salvezza con timore e tremore; poiché Dio è colui che opera in voi il volere e l’operare secondo il suo beneplacito.” (Filippesi 2:12-13)
Dio opera in noi, ma la Sua azione non annulla la nostra risposta. La rende possibile. La vita cristiana non è né fiducia in se stessi né passività spirituale. È un cammino con Dio nel quale la Sua grazia produce in noi una risposta viva.
↑ Torna all’indiceVI. La salvezza è per grazia, non per merito religioso
1. La salvezza è un dono
Quando si parla di prepararsi al Regno, bisogna evitare una confusione pericolosa: nessuno guadagna la salvezza con i propri meriti.
“È per grazia che siete stati salvati, mediante la fede; e ciò non viene da voi, è il dono di Dio.” (Efesini 2:8)
La salvezza è un dono. Non si merita attraverso prestazioni religiose. Dio salva per grazia, mediante la fede in Gesù Cristo.
Questa verità non rende inutile l’obbedienza, ma le assegna il suo giusto posto. L’obbedienza non compra la salvezza. È il frutto di una fede viva e di un cuore che Dio trasforma.
2. Un’organizzazione non salva
La salvezza non si fonda sull’appartenenza a un’organizzazione, sulla lealtà verso un dirigente, sulla decima, sul sabato, sulle feste o sull’osservanza della legge mosaica come sistema di giustificazione.
“L’uomo non è giustificato per le opere della legge, ma mediante la fede in Gesù Cristo.” (Galati 2:16)
Un credente può avere convinzioni personali su certi argomenti. Può osservare il sabato davanti a Dio, partecipare ad alcune feste bibliche, dare generosamente o vivere in modo disciplinato. Ma queste pratiche non devono diventare il fondamento della salvezza né criteri assoluti per decidere chi appartiene realmente a Dio.
Il centro della salvezza non è una pratica religiosa. Il centro della salvezza è Gesù Cristo.
3. Le opere sono il frutto della salvezza
“Siamo opera sua, creati in Cristo Gesù per le buone opere.” (Efesini 2:10)
Le buone opere non sono la radice della salvezza. Ne sono il frutto.
Non obbediamo per comprare il nostro posto nel Regno. Obbediamo perché Dio ci ha chiamati, perché Cristo ci salva e perché lo Spirito di Dio trasforma il nostro cuore.
La religione umana può spingere qualcuno a obbedire per paura, per dimostrare il proprio valore o per mostrare di appartenere al gruppo giusto. La grazia di Dio produce un’obbedienza diversa: un’obbedienza nata da un cuore toccato, perdonato, rialzato e ricondotto a Dio.
↑ Torna all’indiceVII. La legge di Cristo: il modo di vivere di coloro che attendono il Regno
1. La legge di Cristo riguarda le relazioni
Se la salvezza è per grazia, ciò non significa che il credente viva senza direzione. Il Nuovo Testamento parla chiaramente della legge di Cristo.
“Portate i pesi gli uni degli altri e adempirete così la legge di Cristo.” (Galati 6:2)
Poco prima Paolo parla di rialzare con mansuetudine chi è caduto:
“Fratelli, se uno viene sorpreso in qualche fallo, voi che siete spirituali rialzatelo con spirito di mansuetudine.” (Galati 6:1)
Questi versetti mostrano che la legge di Cristo riguarda il modo in cui trattiamo gli altri. Non riguarda soltanto regole esteriori. Riguarda il cuore, le relazioni, l’atteggiamento e il modo di correggere, portare, restaurare e amare.
Si può avere molta conoscenza biblica e tuttavia mancare la legge di Cristo se si trattano gli altri con durezza, disprezzo o dominio.
2. Si manifesta nell’amore e nella dolcezza
“Vi do un comandamento nuovo: amatevi gli uni gli altri; come io vi ho amati.” (Giovanni 13:34)
L’amore secondo Cristo non è un semplice sentimento. È un modo di vivere. Si manifesta nella dolcezza, nella pazienza, nel perdono, nella misericordia, nel servizio e nella restaurazione.
Questo amore non nega la verità. Non giustifica il peccato. Non cancella la necessità del ravvedimento. Ma rifiuta di usare la verità per schiacciare i deboli.
La legge di Cristo unisce quindi verità e amore. Chiama alla fedeltà, ma con dolcezza. Corregge, ma per rialzare. Conduce all’obbedienza senza sostituire la grazia con la paura.
3. Rivela i discepoli di Cristo
“Da questo conosceranno tutti che siete miei discepoli, se avete amore gli uni per gli altri.” (Giovanni 13:35)
Il segno dei discepoli di Cristo non è quindi anzitutto il nome di un’organizzazione, una conoscenza profetica o un’osservanza esteriore. Secondo Gesù, il segno visibile dei Suoi discepoli è l’amore.
Questo amore non è debole. Non chiude gli occhi davanti al male. Non sostituisce il ravvedimento. Ma riflette il carattere di Cristo. Serve invece di dominare, perdona invece di nutrire amarezza e rialza invece di schiacciare.
Questa è la legge di Cristo. Ed è il modo di vivere di coloro che si preparano al Regno.
↑ Torna all’indiceVIII. La legge mosaica non è il quadro giuridico della salvezza
1. La legge mosaica ha avuto un ruolo reale
Occorre distinguere chiaramente la legge mosaica, la legge di Cristo e la salvezza per grazia.
La legge mosaica ha avuto un ruolo reale nel piano di Dio. Fu data a Israele. Rivelò la santità di Dio, la realtà del peccato e il bisogno di un Salvatore.
Non si tratta quindi di disprezzare la legge data a Israele, ma di comprenderne il ruolo alla luce di Gesù Cristo e della Nuova Alleanza. Il credente deve leggere l’Antico Testamento con rispetto, riconoscendo anche che Cristo ha adempiuto ciò che la legge annunciava.
La domanda non è se la legge mosaica abbia avuto importanza. L’ha avuta. La domanda è se costituisca il quadro giuridico della salvezza per il credente in Cristo. Il Nuovo Testamento risponde chiaramente di no.
2. Il credente non è salvato dalla legge mosaica
“Non siete sotto la legge, ma sotto la grazia.” (Romani 6:14)
Questo non significa che Dio non abbia più una volontà morale. Significa che il credente non è posto sotto la legge mosaica come quadro giuridico della salvezza.
“L’uomo non è giustificato per le opere della legge, ma mediante la fede in Gesù Cristo.” (Galati 2:16)
Il credente non è senza legge davanti a Dio. Ma non è sotto la legge mosaica come sistema di giustificazione. È chiamato a vivere sotto la grazia, guidato dallo Spirito, secondo la legge di Cristo.
La legge di Cristo non diminuisce l’esigenza spirituale. Al contrario, va più in profondità. Tocca il cuore, le motivazioni, le relazioni, l’amore, la verità e la trasformazione interiore.
3. Le pratiche non devono diventare condizioni di salvezza
Il sabato può essere osservato per convinzione personale davanti a Dio. Ma non deve diventare una condizione di salvezza né un criterio assoluto per decidere chi appartiene veramente a Dio.
Allo stesso modo, il Nuovo Testamento non presenta la decima come un obbligo imposto al credente sotto la Nuova Alleanza. Sottolinea piuttosto una generosità libera, sincera e gioiosa.
“Ciascuno dia come ha deliberato in cuor suo, non di malavoglia né per forza, perché Dio ama un donatore gioioso.” (2 Corinzi 9:7)
Il dono cristiano non deve nascere dalla paura, dalla pressione o dal senso di colpa. Deve venire da un cuore libero davanti a Dio.
Questa distinzione protegge la coscienza del credente. Permette di prendere Dio sul serio senza trasformare pratiche esteriori in condizioni di salvezza.
↑ Torna all’indiceIX. Che cosa significa essere “qualificati” per il Regno?
1. Dio rende capaci
In alcuni ambienti religiosi si parla talvolta di essere “qualificati” per il Regno di Dio. L’espressione può essere utile se compresa correttamente, ma può diventare pericolosa se dà l’impressione che l’uomo si renda degno del Regno attraverso le proprie opere.
“Ringraziate il Padre, che vi ha resi capaci di partecipare all’eredità dei santi nella luce.” (Colossesi 1:12)
È Dio che rende capaci. È Dio che prepara. È Dio che agisce. Non ci qualifichiamo da soli come se potessimo meritare il Regno.
La preparazione al Regno non comincia quindi con l’orgoglio religioso, ma con la grazia. Dio chiama, Cristo salva e lo Spirito trasforma. Il credente risponde all’opera di Dio con fede e fedeltà.
2. Il credente risponde alla chiamata di Dio
Essere pronti per il Regno non significa accumulare prestazioni religiose per dimostrare il proprio valore. Significa rispondere fedelmente alla chiamata di Dio.
Il credente non deve vivere nell’illusione di poter guadagnare il Regno con le proprie opere. Ma non deve neppure vivere come se la chiamata di Dio non richiedesse alcuna risposta.
La grazia non produce indifferenza. Produce una vita trasformata. Conduce al ravvedimento, alla fede, all’obbedienza, all’amore, alla perseveranza e al frutto dello Spirito.
Vi è dunque un equilibrio importante: la salvezza non è guadagnata dall’uomo, ma la grazia ricevuta non rimane senza effetto. Trasforma progressivamente il modo di vivere.
3. Dio trasforma il carattere
“Perciò, fratelli, impegnatevi sempre più a rendere sicura la vostra vocazione ed elezione.” (2 Pietro 1:10)
Questa parola mostra che il credente deve prendere sul serio la propria chiamata. Pietro non parla di una fede morta o puramente teorica. Parla di una vita che cresce nella fede, nella conoscenza, nell’autocontrollo, nella pazienza, nella pietà, nell’affetto fraterno e nell’amore.
In altre parole, Dio prepara coloro che chiama trasformando il loro carattere. Non cerca soltanto persone capaci di recitare una dottrina corretta. Forma uomini e donne che imparano a riflettere il carattere di Cristo.
“Chi avrà perseverato sino alla fine sarà salvato.” (Matteo 24:13)
La perseveranza conta. Ma non è una perseveranza nella paura. È una fedeltà viva a Dio, nutrita dalla fede, dalla grazia, dall’amore e dalla speranza del Regno.
↑ Torna all’indiceX. I frutti attesi in coloro che attendono il Regno
1. Gesù invita a esaminare i frutti
“Li riconoscerete dai loro frutti.” (Matteo 7:16)
I frutti contano. Si può parlare del Regno, di profezia, di verità e di obbedienza. Ma se i frutti non riflettono lo Spirito di Dio, bisogna fermarsi ed esaminare.
Gesù non ci invita a giudicare secondo le apparenze, i titoli o le pretese di autorità. Ci invita a guardare i frutti. Quali frutti produce un insegnamento? Quali frutti produce una pratica? Quali frutti produce un’autorità nella vita delle persone?
Queste domande sono necessarie, perché il Regno di Dio non prepara soltanto un mondo nuovo. Prepara anche un popolo trasformato.
2. Il frutto dello Spirito rivela l’opera di Dio
“Il frutto dello Spirito è amore, gioia, pace, pazienza, benevolenza, bontà, fedeltà, mansuetudine, autocontrollo.” (Galati 5:22)
Questi frutti non sono secondari. Mostrano l’opera di Dio in una vita.
Dio cerca la fede, ma non una fede dura e orgogliosa. Cerca il ravvedimento, ma non un senso di colpa permanente. Cerca l’obbedienza, ma non un’obbedienza fondata sulla paura degli uomini. Cerca la verità, ma non una verità usata per schiacciare. Cerca l’amore, ma non un amore separato dalla Sua parola.
La trasformazione cristiana non riguarda soltanto ciò che facciamo esteriormente. Riguarda anche ciò che diventiamo interiormente.
3. La conoscenza non sostituisce l’amore
La conoscenza è importante. La dottrina è importante. La verità è importante. Ma senza amore, anche una grande conoscenza può diventare vuota.
“Se avessi il dono di profezia, conoscessi tutti i misteri e tutta la conoscenza [...] ma non avessi amore, non sarei nulla.” (1 Corinzi 13:2)
Questa parola dovrebbe renderci sobri. La conoscenza profetica non sostituisce l’amore. La verità biblica non deve mai essere separata dal carattere di Cristo.
Chi attende il Regno può quindi porsi domande semplici: la mia fede mi avvicina a Cristo? Sto crescendo nell’amore, nella dolcezza, nella pazienza e nel perdono? Porto i pesi degli altri? Obbedisco a Dio per amore o soltanto per paura?
Queste domande non sono secondarie. Toccano direttamente il modo in cui Dio forma coloro che attendono il Suo Regno.
↑ Torna all’indiceXI. Il pericolo: annunciare il Regno senza vivere la legge di Cristo
1. Si può parlare del Regno dimenticando lo spirito del Re
Esiste un pericolo reale: parlare molto del Regno di Dio dimenticando lo spirito del Re.
Si può annunciare il Regno ma governare con la paura. Si può parlare di verità ma non tollerare domande sincere. Si può predicare l’obbedienza ma trascurare la misericordia. Si può parlare del ritorno di Cristo ma mettere le coscienze sotto pressione con l’urgenza e la fissazione di date.
Il Regno di Dio non può essere separato dal carattere di Gesù Cristo. Se si parla del Regno abbandonando l’amore, la dolcezza, la pazienza, la misericordia e la verità, qualcosa deve essere esaminato.
Il messaggio del Regno deve condurre a Cristo, non alla paura degli uomini. Deve produrre un ravvedimento sincero, non un senso di colpa permanente. Deve formare discepoli, non persone schiacciate o dipendenti da un’autorità umana.
2. L’autorità secondo Cristo assomiglia al servizio
“Voi sapete che i capi delle nazioni le signoreggiano e che i grandi esercitano autorità su di esse. Non sarà così tra voi.” (Matteo 20:25-26)
Questa parola è forte: “Non sarà così tra voi.” L’autorità secondo Cristo non deve assomigliare al dominio umano. Deve assomigliare al servizio.
“Chi vuole essere grande tra voi sia vostro servitore.” (Matteo 20:26)
Nel Regno di Dio, la grandezza non si misura come nei sistemi umani. Si riconosce nel servizio, nell’umiltà, nella fedeltà, nell’amore e nella cura degli altri.
Un’autorità spirituale che schiaccia, isola o domina non riflette lo spirito di Cristo. La correzione secondo Cristo deve cercare di restaurare. La verità secondo Cristo deve condurre alla luce, al ravvedimento e alla libertà davanti a Dio, non a una paura servile.
3. Ogni messaggio del Regno deve essere esaminato
“Nell’amore non c’è paura; l’amore perfetto caccia via la paura.” (1 Giovanni 4:18)
“Dio non ci ha dato uno spirito di timidezza, ma di forza, amore e autocontrollo.” (2 Timoteo 1:7)
Se un messaggio del Regno produce soprattutto paura, confusione, isolamento, senso di colpa costante o dipendenza da un uomo, merita di essere esaminato alla luce delle Scritture.
Questo non significa che ogni timore di Dio sia sbagliato. La Bibbia parla di un timore riverente, legato all’umiltà e alla reverenza. Ma non è una paura servile che distrugge la pace e imprigiona le coscienze.
Il messaggio del Regno deve produrre ravvedimento, fede, amore, verità, libertà davanti a Dio, vigilanza spirituale e trasformazione del cuore.
↑ Torna all’indiceXII. Vegliare sul ritorno di Cristo senza cadere nella paura
1. Cristo ritornerà
Cristo ritornerà. Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra. I discepoli devono vegliare.
Questa speranza è essenziale. Il mondo attuale non è il compimento del piano di Dio. L’ingiustizia, la sofferenza, la confusione e la morte non avranno l’ultima parola. Il ritorno di Cristo annuncia la vittoria di Dio, la restaurazione di tutte le cose e l’instaurazione del Suo regno.
Ma questa speranza deve essere custodita con sobrietà. Non deve diventare una fonte di paura permanente, di calcoli umani o di pressione spirituale.
Attendere Cristo significa vivere nella speranza e nella fedeltà, non nell’agitazione o nel panico.
2. Vegliare non significa fissare date
“Quanto a quel giorno e a quell’ora, nessuno lo sa.” (Matteo 24:36)
“Vegliate dunque, perché non sapete in quale giorno il vostro Signore verrà.” (Matteo 24:42)
Dopo la Sua risurrezione, i discepoli chiesero a Gesù:
“Signore, è in questo tempo che ristabilirai il regno a Israele?” (Atti 1:6)
Gesù rispose:
“Non spetta a voi conoscere i tempi o i momenti che il Padre ha riservato alla propria autorità.” (Atti 1:7)
Questa risposta deve mantenerci nell’umiltà. Vegliare non significa pretendere di conoscere ciò che il Padre non ha rivelato. Non significa vivere da una data all’altra. Non significa mettere le coscienze sotto pressione.
La profezia deve condurre al ravvedimento, alla speranza e alla fedeltà, non alla paura o al controllo.
3. Vegliare significa rimanere fedeli a Cristo
Vegliare significa rimanere attaccati a Cristo. Significa ravvedersi quando Dio ci mostra qualcosa, conservare la fede, amare i fratelli e le sorelle, portare frutto, rimanere sobri e non lasciare che la paura sostituisca la pace di Dio.
“Poiché tutte queste cose devono dissolversi, quali non dovreste essere voi, per santità di condotta e pietà?” (2 Pietro 3:11)
L’attesa del ritorno di Cristo deve produrre una vita sobria, fedele e piena di speranza. Il vero discepolo non cerca di essere più preciso del suo Maestro. Ascolta ciò che Cristo ha detto, accetta i limiti dati da Dio e rimane fedele.
Vegliare, dunque, non significa vivere sotto la pressione costante di una data. Significa camminare con Dio oggi, nella fede, nel ravvedimento, nell’amore e nella legge di Cristo.
↑ Torna all’indiceXIII. Conclusione — Rispondere oggi alla chiamata di Dio
Il messaggio di Gesù Cristo non era semplicemente che un Regno sarebbe venuto un giorno. Il Suo messaggio era più diretto, più urgente e più personale:
“Il Regno di Dio è vicino. Ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Questa speranza rimane al centro del Vangelo. Ma l’attesa del Regno non deve diventare una semplice curiosità profetica, una fonte di paura o uno strumento di pressione sulle coscienze. Deve condurre a una risposta viva davanti a Dio.
Solo Dio chiama. Nessuno viene al Padre con le proprie forze. La salvezza è data per grazia, mediante la fede in Gesù Cristo. Tuttavia questa grazia non è mai sterile. Riporta il credente a Dio, lo invita al ravvedimento, gli insegna a dimorare in Cristo e produce poco a poco i frutti di una vita trasformata.
Essere pronti per il Regno non significa salvarsi da soli attraverso le opere. Significa ricevere la chiamata di Dio con umiltà e lasciare che Cristo formi in noi un cuore nuovo. La legge di Cristo diventa allora il cammino concreto di questa trasformazione: amare, perdonare, servire, portare i pesi, restaurare con dolcezza, camminare nella verità e rifiutare che la paura sostituisca l’amore di Dio.
Il Regno di Dio non è soltanto una profezia da conoscere. È una realtà da cercare. Non si tratta soltanto di sapere ciò che Dio farà domani sulla terra, ma anche di lasciare che Dio regni oggi nel nostro cuore.
La vera domanda non è soltanto: “Quando verrà il Regno?” È anche: “Come sto rispondendo ora alla chiamata di Dio?”
Questa risposta non si misura con l’orgoglio religioso, la paura o la prestazione. Si riconosce in una vita che cerca prima il Regno di Dio e la Sua giustizia, per amore di Dio, mediante la fede in Gesù Cristo e attraverso l’opera di trasformazione che Dio compie in coloro che chiama a Sé.
↑ Torna all’indiceNota sulle citazioni bibliche
Salvo diversa indicazione, le citazioni bibliche si basano su traduzioni riconosciute. La fonte francese utilizza principalmente la Louis Segond 1910; nelle versioni tradotte vengono utilizzate traduzioni riconosciute e alcune formulazioni possono essere leggermente adattate per facilitarne la lettura.
Reino de Deus na terra, arrependimento e lei de Cristo
Como se preparar para o Reino que Jesus Cristo veio anunciar?
Examinai tudo; retende o que é bom.
Por Christophe Binette | Publicado em 26 de julho de 2026 | Fundador do Examine All Things — Estudos bíblicos baseados nas Escrituras
Preâmbulo
A mensagem do Reino de Deus está no centro do ensino de Jesus Cristo. Desde o início do Seu ministério, Jesus anunciou:
“O tempo está cumprido, e o reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
Esta mensagem não desapareceu depois da Sua morte e ressurreição. Os apóstolos também continuaram a anunciar o Reino de Deus, a pregar Jesus Cristo e a chamar ao arrependimento, à fé e a uma vida transformada diante de Deus.
No fim do livro de Atos, Paulo ainda é apresentado anunciando o Reino de Deus e ensinando acerca de Jesus Cristo:
“Pregando o reino de Deus e ensinando, com toda a liberdade e sem impedimento, as coisas concernentes ao Senhor Jesus Cristo.” (Atos 28:31)
O Reino de Deus não é, portanto, um assunto secundário nem uma simples doutrina profética. Ele anuncia o reinado de Deus, o retorno de Jesus Cristo, a restauração de todas as coisas, mas também o chamado dirigido já agora àqueles que Deus atrai para Si.
Esse Reino será plenamente estabelecido na terra no retorno de Cristo. Mas já hoje chama cada crente a voltar-se para Deus, receber a Sua graça, permanecer em Cristo, dar fruto e aprender a viver segundo o espírito do Reino.
Este estudo não procura apresentar uma nova organização nem exercer autoridade espiritual sobre as consciências. O seu objetivo é simplesmente examinar, à luz das Escrituras, como responder fielmente à mensagem do Reino anunciada por Jesus Cristo e pelos apóstolos.
A questão central é, portanto, esta: se o Reino de Deus estava no centro da mensagem de Jesus Cristo e dos apóstolos, como devemos responder hoje a essa mensagem?
I. Introdução — A mensagem que Jesus realmente trouxe
Quando Jesus Cristo iniciou o Seu ministério, não apresentou primeiro uma organização, uma tradição religiosa ou um sistema de práticas exteriores. Ele anunciou o Reino de Deus.
“O tempo está cumprido, e o reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
Esta declaração resume o essencial da Sua mensagem. Jesus anuncia que Deus intervém, que o Seu Reino se aproxima e que esse anúncio exige uma resposta pessoal. Não se trata apenas de ouvir uma profecia ou aceitar uma ideia religiosa. Trata-se de voltar a Deus, crer no Evangelho e deixar que a Sua vontade transforme a vida.
Por isso, o Reino de Deus não pode ser reduzido a um tema profético entre outros. Está ligado ao arrependimento, à fé, à graça, ao retorno de Cristo e à maneira como o crente já vive hoje diante de Deus.
Surge então uma pergunta natural: como deve responder a essa mensagem uma pessoa chamada por Deus? A resposta bíblica não se encontra na autoconfiança, na pertença a uma organização nem na observância da lei mosaica como meio de salvação. Encontra-se em Jesus Cristo: Deus chama, Cristo salva, o Espírito transforma e o crente aprende a viver na fé, no arrependimento e na lei de Cristo.
1. Jesus não anunciou uma simples religião
Muitas pessoas associam espontaneamente a fé cristã a uma religião, ritos, regras, tradições ou a uma pertença visível. Esses elementos podem por vezes acompanhar a vida dos crentes, mas não constituem o coração da mensagem de Jesus.
Jesus anunciou algo maior: o Reino de Deus. Proclamou o reinado de Deus, a intervenção de Deus na história humana e o chamado dirigido aos homens para voltarem ao Pai.
Isso não significa que a comunhão entre os crentes não seja importante. Os discípulos precisam de encorajamento, ensino, apoio e fraternidade. Mas nenhuma estrutura humana deve ocupar o lugar do Reino de Deus nem, na consciência do crente, o lugar que pertence somente a Jesus Cristo.
O Reino anunciado por Jesus ultrapassa as organizações humanas. Dirige o olhar para Deus, para o Seu reinado, para a Sua justiça e para a transformação interior que Deus quer realizar naqueles que chama.
2. A mensagem do Reino exige uma resposta pessoal
O Reino de Deus não é apenas uma verdade a conhecer. É uma mensagem que exige uma resposta.
Jesus não diz apenas que o Reino está próximo. Ele também chama ao arrependimento e à fé. Portanto, o anúncio do Reino não deve produzir somente curiosidade profética. Deve conduzir a um verdadeiro retorno a Deus.
Podemos conhecer muitas coisas sobre a profecia e, mesmo assim, não responder verdadeiramente ao chamado de Deus. Podemos falar do Reino, esperar o retorno de Cristo, defender certas doutrinas e, ainda assim, não deixar Deus reinar no nosso próprio coração.
Por isso, o estudo do Reino deve permanecer sempre ligado ao arrependimento, à fé, à graça e à transformação interior. O Reino anunciado por Jesus não diz respeito apenas ao futuro do mundo. Diz respeito também ao estado do coração diante de Deus hoje.
3. O Reino já toca a nossa vida hoje
O Reino de Deus será plenamente estabelecido na terra no retorno de Cristo. Mas isso não significa que não tenha nenhuma ligação com a vida presente do crente.
Quem espera o Reino deve já aprender a viver segundo o espírito do Reino. Isso toca a maneira de pensar, falar, corrigir, perdoar, servir, exercer responsabilidades, tratar os fracos, carregar os fardos e amar os irmãos e irmãs.
O Reino de Deus não é, portanto, apenas uma profecia para amanhã. É também uma realidade que nos chama hoje a viver sob a autoridade de Deus. Esperar o Reino não é apenas perguntar quando ele virá. É também pedir a Deus que reine já no nosso coração, nas nossas escolhas e nas nossas relações.
↑ Voltar ao índiceII. O Reino de Deus estava no centro da mensagem de Jesus
1. Jesus veio anunciar o Reino
Lucas registra estas palavras de Jesus:
“É necessário que eu anuncie também às outras cidades a boa nova do reino de Deus, porque para isso fui enviado.” (Lucas 4:43)
O próprio Jesus diz que foi enviado para isso: anunciar a boa nova do Reino de Deus. O Reino não é, portanto, um tema secundário. Está no centro da Sua mensagem.
Jesus curou, ensinou, corrigiu, consolou, perdoou e advertiu. Mas tudo isso fazia parte de uma mensagem mais ampla: Deus reina, o Seu Reino vem e os homens devem voltar a Ele.
Nos Evangelhos, o Reino de Deus não é uma ideia abstrata. Está ligado à presença de Cristo, à autoridade de Deus, ao arrependimento, à justiça, à misericórdia e à transformação da vida. Jesus não pregou uma fé separada do Reino. Pregou o Evangelho do Reino.
2. O Reino pertence a Deus
O Reino de Deus não vem de uma organização humana. Não depende de uma sede administrativa, de um dirigente religioso ou de um projeto construído pelos homens.
“O meu reino não é deste mundo.” (João 18:36)
O Seu Reino não tem origem nos sistemas humanos. Vem de Deus. Isso não significa que Deus não possa usar pessoas, assembleias ou comunidades. Mas nenhuma estrutura humana pode ser confundida com o próprio Reino de Deus.
Esta distinção é importante. Quando a mensagem do Reino conduz sobretudo à dependência de uma organização, de um homem ou de uma estrutura única, é preciso parar e examinar. O Reino de Deus deve conduzir a Deus, ao Pai e a Jesus Cristo, o Rei anunciado pelas Escrituras.
Uma organização pode servir, ensinar, apoiar e reunir. Mas nunca deve tomar o lugar de Cristo nem tornar-se o centro da fé do crente.
3. Buscar o Reino começa agora
“Buscai primeiro o reino de Deus e a sua justiça, e todas estas coisas vos serão acrescentadas.” (Mateus 6:33)
Buscar o Reino não significa apenas esperar um acontecimento futuro. Significa colocar Deus acima de tudo desde hoje.
Buscar o Reino é buscar a vontade de Deus, desejar a Sua justiça, aceitar que a Sua palavra corrija a nossa maneira de pensar e aprender a viver sob a autoridade de Cristo.
O Reino diz respeito ao futuro, mas já toca o presente. Um crente que espera o Reino não pode viver como se Deus nada tivesse a dizer sobre a sua vida atual. Não pode separar a esperança do Reino da obediência a Cristo.
Mas essa obediência deve ser corretamente compreendida. Não serve para comprar a salvação. É a resposta de um coração que Deus chamou, tocou e trouxe de volta para Si.
↑ Voltar ao índiceIII. O Reino de Deus será estabelecido na terra
1. O Reino de Deus é uma realidade futura
A Bíblia anuncia que Deus estabelecerá o Seu Reino.
“Nos dias desses reis, o Deus do céu levantará um reino que jamais será destruído.” (Daniel 2:44)
Os reinos humanos passam. Mudam, dividem-se, corrompem-se ou desaparecem. Até os impérios mais poderosos mostram os seus limites. O Reino de Deus, porém, jamais será destruído.
Daniel também anuncia que um “filho do homem” receberá domínio, glória e reino:
“Foi-lhe dado domínio, glória e reino; e todos os povos, nações e homens de todas as línguas o serviram.” (Daniel 7:14)
O Reino de Deus não é, portanto, apenas uma experiência interior. Terá uma realidade visível e concreta. Deus intervirá na história humana, e o Seu reinado será estabelecido por Jesus Cristo.
2. O Reino será também um governo real
O Reino de Deus não é apenas uma realidade interior nem uma maneira espiritual de falar da presença de Deus no coração do crente. A Bíblia também o apresenta como um reinado real, estabelecido por Deus sob a autoridade de Jesus Cristo.
Daniel anuncia que esse Reino substituirá os reinos humanos:
“Nos dias desses reis, o Deus do céu levantará um reino que jamais será destruído.” (Daniel 2:44)
Esse Reino terá, portanto, uma realidade concreta. Não será simplesmente uma melhoria progressiva do mundo atual nem o resultado final dos esforços humanos. Será estabelecido pelo próprio Deus.
Daniel mostra também que o Filho do Homem recebe domínio universal:
“Foi-lhe dado domínio, glória e reino; e todos os povos, nações e homens de todas as línguas o serviram.” (Daniel 7:14)
O Reino de Deus será, portanto, um governo justo conduzido por Cristo, no qual a vontade de Deus será feita na terra. É isso que Jesus nos ensina a pedir em oração:
“Venha o teu reino; seja feita a tua vontade, assim na terra como no céu.” (Mateus 6:10)
Esta verdade impede-nos de reduzir o Reino a uma simples experiência pessoal, mas também de o confundir com uma organização humana atual. O Reino pertence a Deus. Será estabelecido por Cristo, e aqueles que Deus chama hoje são convidados a preparar-se para esse reinado vivendo já segundo o espírito do Reino.
3. Cristo voltará para reinar
“O reino do mundo passou a ser de nosso Senhor e do seu Cristo, e ele reinará pelos séculos dos séculos.” (Apocalipse 11:15)
Cristo voltará. O reinado de Deus será estabelecido. Os reinos deste mundo não serão eternos.
Esta esperança é preciosa num mundo marcado pela injustiça, confusão, violência e sofrimento. Os homens procuram soluções, e alguns projetos podem trazer melhorias temporárias. Mas nenhum sistema humano pode estabelecer de forma duradoura justiça perfeita, paz verdadeira e verdade completa.
O Reino de Deus não será a culminação do progresso humano. Será a intervenção de Deus por meio de Jesus Cristo. Por isso, a esperança cristã não repousa no otimismo humano, mas na fidelidade de Deus.
4. Só Deus pode curar o coração humano
Os homens podem melhorar condições de vida, organizar sociedades, construir, aprender, curar e desenvolver. Não devemos desprezar o que pode ser útil. Mas devemos reconhecer um limite fundamental: o homem não pode, por si mesmo, curar o coração humano.
“Enganoso é o coração, mais do que todas as coisas, e desesperadamente corrupto.” (Jeremias 17:9)
Jesus também ensina que as coisas más saem do coração do homem:
“Do coração procedem maus pensamentos, homicídios, adultérios, imoralidades, furtos, falsos testemunhos e calúnias.” (Mateus 15:19)
Por isso, o Reino de Deus não pode ser substituído por um projeto humano. O homem pode mudar certas estruturas, mas só Deus pode transformar o coração. O Reino virá à terra, mas será estabelecido por Deus, por meio de Jesus Cristo, e não pela força, pelo orgulho ou pela sabedoria limitada dos homens.
↑ Voltar ao índiceIV. O Reino chama primeiro ao arrependimento
1. Jesus liga o Reino ao arrependimento
Jesus não disse apenas que o Reino de Deus está próximo. Acrescentou:
“Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
O arrependimento está, portanto, diretamente ligado à mensagem do Reino. Não podemos separar o anúncio do reinado de Deus do chamado à mudança do coração.
O Reino não é apenas uma promessa futura. É também um chamado presente. Jesus não pede simplesmente aos homens que esperem o que Deus fará mais tarde. Pede-lhes que voltem a Deus agora.
O arrependimento não é um acréscimo secundário ao Evangelho. Faz parte da boa nova, porque abre o caminho de volta ao Pai.
2. Arrepender-se significa voltar a Deus
O arrependimento não é apenas lamentar. Não é simplesmente sentir-se mal por algum tempo. Também não significa entrar num grupo religioso para se tranquilizar.
Arrepender-se é voltar a Deus. É reconhecer que Deus tem razão, aceitar que a nossa maneira de pensar e viver deve ser corrigida por Ele e afastar-se não apenas do pecado visível, mas também do orgulho, do medo, da dureza, da hipocrisia e da autoconfiança.
“Arrependei-vos, pois, e convertei-vos, para que os vossos pecados sejam apagados.” (Atos 3:19)
O arrependimento bíblico não é uma simples emoção. Implica um verdadeiro retorno a Deus. Toca a direção da vida, as motivações do coração e a maneira como uma pessoa se apresenta diante de Deus.
3. O verdadeiro arrependimento leva-nos de volta ao Pai
O arrependimento não deve ser confundido com culpa permanente. Deus não chama os homens para os esmagar, mas para os trazer de volta a Si. Ele revela o pecado, mas abre também um caminho de perdão, graça e restauração.
“A bondade de Deus te conduz ao arrependimento.” (Romanos 2:4)
Um arrependimento baseado apenas no medo pode produzir obediência exterior, mas nem sempre cura o coração. Pode conduzir à vergonha, ao esgotamento espiritual ou a uma dependência excessiva dos homens.
O arrependimento bíblico é diferente. Afasta do pecado, mas aproxima de Deus. Não deixa o crente preso na condenação; leva-o ao Pai por meio de Jesus Cristo.
↑ Voltar ao índiceV. Só Deus chama, mas o homem deve responder
1. Deus toma a iniciativa
“Ninguém pode vir a mim se o Pai que me enviou não o atrair.” (João 6:44)
Ninguém vem a Deus pelas próprias forças. É Deus quem chama, atrai e abre a mente e o coração.
Esta verdade deveria tornar-nos humildes. Se compreendemos algo de Deus, não é porque somos superiores aos outros. É porque Deus agiu. O chamado de Deus é graça, não motivo de vanglória.
Isso também muda o nosso olhar sobre os outros. Quem recebeu compreensão espiritual não deve usá-la para desprezar aqueles que ainda não veem. Deve receber o seu chamado com gratidão, seriedade e humildade.
2. O chamado de Deus não é um mérito
Se Deus nos chama, não é porque merecemos esse chamado.
“Deus nos salvou e nos chamou com santa vocação, não segundo as nossas obras, mas segundo o seu próprio propósito e graça.” (2 Timóteo 1:9)
O chamado de Deus começa com a Sua graça, não com o desempenho humano. Isso protege o crente do orgulho espiritual, mas também do desespero. Deus não chama porque o homem já é digno. Chama para trazer de volta, salvar, transformar e formar.
Esse chamado é precioso e não deve ser tratado levianamente. Mas nunca deve tornar-se fonte de superioridade religiosa. Quem foi chamado não recebeu um motivo para se elevar acima dos outros, mas uma responsabilidade diante de Deus.
3. O chamado exige uma resposta
O chamado de Deus não elimina a responsabilidade humana. Quem ouve o chamado deve responder.
“Muitos são chamados, mas poucos escolhidos.” (Mateus 22:14)
Ser chamado é, portanto, algo sério. Exige uma resposta real: fé, arrependimento, obediência, perseverança e uma vida que procura permanecer em Cristo.
“Permanecei em mim, e eu permanecerei em vós.” (João 15:4)
Paulo exprime profundamente este equilíbrio:
“Desenvolvei a vossa salvação com temor e tremor; porque Deus é quem efetua em vós tanto o querer como o realizar, segundo a sua boa vontade.” (Filipenses 2:12-13)
Deus age em nós, mas a Sua ação não anula a nossa resposta. Torna-a possível. A vida cristã não é nem autoconfiança nem passividade espiritual. É uma caminhada com Deus na qual a Sua graça produz em nós uma resposta viva.
↑ Voltar ao índiceVI. A salvação é pela graça, não por mérito religioso
1. A salvação é um dom
Quando falamos de nos preparar para o Reino, devemos evitar uma confusão perigosa: ninguém ganha a salvação pelos próprios méritos.
“Pela graça sois salvos, mediante a fé; e isto não vem de vós, é dom de Deus.” (Efésios 2:8)
A salvação é um dom. Não se merece por meio de performances religiosas. Deus salva pela graça, mediante a fé em Jesus Cristo.
Esta verdade não torna a obediência inútil, mas dá-lhe o seu lugar correto. A obediência não compra a salvação. É o fruto de uma fé viva e de um coração que Deus transforma.
2. Uma organização não salva
A salvação não se baseia na pertença a uma organização, na lealdade a um dirigente, no dízimo, no sábado, nas festas ou na observância da lei mosaica como sistema de justificação.
“O homem não é justificado pelas obras da lei, mas pela fé em Jesus Cristo.” (Gálatas 2:16)
Um crente pode ter convicções pessoais sobre determinados assuntos. Pode observar o sábado diante de Deus, participar de certas festas bíblicas, dar generosamente ou viver de maneira disciplinada. Mas essas práticas não devem tornar-se o fundamento da salvação nem critérios absolutos para decidir quem realmente pertence a Deus.
O centro da salvação não é uma prática religiosa. O centro da salvação é Jesus Cristo.
3. As obras são o fruto da salvação
“Somos feitura sua, criados em Cristo Jesus para boas obras.” (Efésios 2:10)
As boas obras não são a raiz da salvação. São o seu fruto.
Não obedecemos para comprar o nosso lugar no Reino. Obedecemos porque Deus nos chamou, porque Cristo nos salva e porque o Espírito de Deus transforma o nosso coração.
A religião humana pode levar alguém a obedecer por medo, para provar o seu valor ou para mostrar que pertence ao grupo certo. A graça de Deus produz uma obediência diferente: uma obediência nascida de um coração tocado, perdoado, levantado e trazido de volta a Deus.
↑ Voltar ao índiceVII. A lei de Cristo: o modo de vida daqueles que esperam o Reino
1. A lei de Cristo toca as relações
Se a salvação é pela graça, isso não significa que o crente viva sem direção. O Novo Testamento fala claramente da lei de Cristo.
“Levai as cargas uns dos outros e assim cumprireis a lei de Cristo.” (Gálatas 6:2)
Pouco antes, Paulo fala de restaurar com mansidão aquele que caiu:
“Irmãos, se alguém for surpreendido em alguma falta, vós que sois espirituais restaurai-o com espírito de mansidão.” (Gálatas 6:1)
Esses versículos mostram que a lei de Cristo toca a maneira como tratamos os outros. Não diz respeito apenas a regras exteriores. Diz respeito ao coração, às relações, à atitude e à maneira de corrigir, carregar, restaurar e amar.
Podemos ter muito conhecimento bíblico e ainda assim faltar à lei de Cristo se tratarmos os outros com dureza, desprezo ou domínio.
2. Manifesta-se pelo amor e pela mansidão
“Dou-vos um novo mandamento: que vos ameis uns aos outros; assim como eu vos amei.” (João 13:34)
O amor segundo Cristo não é um simples sentimento. É uma maneira de viver. Vê-se na mansidão, na paciência, no perdão, na misericórdia, no serviço e na restauração.
Esse amor não nega a verdade. Não justifica o pecado. Não elimina a necessidade de arrependimento. Mas recusa usar a verdade para esmagar os fracos.
A lei de Cristo une, portanto, verdade e amor. Chama à fidelidade, mas com mansidão. Corrige, mas para levantar. Conduz à obediência sem substituir a graça pelo medo.
3. Revela os discípulos de Cristo
“Nisto conhecerão todos que sois meus discípulos: se tiverdes amor uns pelos outros.” (João 13:35)
O sinal dos discípulos de Cristo não é, portanto, em primeiro lugar o nome de uma organização, o conhecimento profético ou uma observância exterior. Segundo Jesus, o sinal visível dos Seus discípulos é o amor.
Esse amor não é fraco. Não fecha os olhos para o mal. Não substitui o arrependimento. Mas reflete o caráter de Cristo. Serve em vez de dominar, perdoa em vez de alimentar amargura e levanta em vez de esmagar.
Isto é a lei de Cristo. E esta lei é o modo de vida daqueles que se preparam para o Reino.
↑ Voltar ao índiceVIII. A lei mosaica não é o quadro legal da salvação
1. A lei mosaica teve um papel real
É necessário distinguir claramente a lei mosaica, a lei de Cristo e a salvação pela graça.
A lei mosaica teve um papel real no plano de Deus. Foi dada a Israel. Revelou a santidade de Deus, a realidade do pecado e a necessidade de um Salvador.
Não se trata, portanto, de desprezar a lei dada a Israel, mas de compreender o seu papel à luz de Jesus Cristo e da Nova Aliança. O crente deve ler o Antigo Testamento com respeito, reconhecendo também que Cristo cumpriu aquilo para que a lei apontava.
A questão não é se a lei mosaica teve importância. Teve. A questão é se ela constitui o quadro legal da salvação para o crente em Cristo. O Novo Testamento responde claramente que não.
2. O crente não é salvo pela lei mosaica
“Não estais debaixo da lei, mas debaixo da graça.” (Romanos 6:14)
Isso não significa que Deus já não tenha uma vontade moral. Significa que o crente não é colocado sob a lei mosaica como quadro legal da salvação.
“O homem não é justificado pelas obras da lei, mas pela fé em Jesus Cristo.” (Gálatas 2:16)
O crente não está sem lei diante de Deus. Mas não está sob a lei mosaica como sistema de justificação. É chamado a viver sob a graça, guiado pelo Espírito, segundo a lei de Cristo.
A lei de Cristo não diminui a exigência espiritual. Pelo contrário, vai mais fundo. Toca o coração, as motivações, as relações, o amor, a verdade e a transformação interior.
3. As práticas não devem tornar-se condições de salvação
O sábado pode ser observado por convicção pessoal diante de Deus. Mas não deve tornar-se uma condição de salvação nem um critério absoluto para decidir quem realmente pertence a Deus.
Da mesma forma, o Novo Testamento não apresenta o dízimo como uma obrigação imposta ao crente sob a Nova Aliança. Dá antes ênfase a uma generosidade livre, sincera e alegre.
“Cada um contribua segundo propôs no seu coração, não com tristeza nem por obrigação, porque Deus ama quem dá com alegria.” (2 Coríntios 9:7)
A oferta cristã não deve vir do medo, da pressão ou da culpa. Deve vir de um coração livre diante de Deus.
Esta distinção protege a consciência do crente. Permite levar Deus a sério sem transformar práticas exteriores em condições de salvação.
↑ Voltar ao índiceIX. O que significa estar “qualificado” para o Reino?
1. Deus torna capaz
Em alguns meios religiosos, fala-se por vezes em estar “qualificado” para o Reino de Deus. A expressão pode ser útil se for corretamente compreendida, mas também pode tornar-se perigosa se der a impressão de que o homem se torna digno do Reino pelas suas obras.
“Dai graças ao Pai, que vos tornou capazes de participar da herança dos santos na luz.” (Colossenses 1:12)
É Deus quem torna capaz. Deus prepara. Deus age. Não nos qualificamos a nós mesmos como se pudéssemos merecer o Reino.
A preparação para o Reino não começa, portanto, com orgulho religioso, mas com graça. Deus chama, Cristo salva e o Espírito transforma. O crente responde à obra de Deus com fé e fidelidade.
2. O crente responde ao chamado de Deus
Estar pronto para o Reino não significa acumular performances religiosas para provar o próprio valor. Significa responder fielmente ao chamado de Deus.
O crente não deve viver na ilusão de que pode ganhar o Reino pelas suas obras. Mas também não deve viver como se o chamado de Deus não exigisse nenhuma resposta.
A graça não produz indiferença. Produz uma vida transformada. Conduz ao arrependimento, à fé, à obediência, ao amor, à perseverança e ao fruto do Espírito.
Há, portanto, um equilíbrio importante: a salvação não é conquistada pelo homem, mas a graça recebida não fica sem efeito. Transforma progressivamente a maneira de viver.
3. Deus transforma o caráter
“Por isso, irmãos, procurai com ainda maior diligência confirmar a vossa vocação e eleição.” (2 Pedro 1:10)
Esta palavra mostra que o crente deve levar o seu chamado a sério. Pedro não fala de uma fé morta ou puramente teórica. Fala de uma vida que cresce na fé, no conhecimento, no domínio próprio, na paciência, na piedade, no amor fraternal e no amor.
Em outras palavras, Deus prepara aqueles que chama transformando o seu caráter. Não procura apenas pessoas capazes de recitar uma doutrina correta. Forma homens e mulheres que aprendem a refletir o caráter de Cristo.
“Aquele que perseverar até ao fim será salvo.” (Mateus 24:13)
A perseverança importa. Mas não é uma perseverança no medo. É uma fidelidade viva a Deus, alimentada pela fé, pela graça, pelo amor e pela esperança do Reino.
↑ Voltar ao índiceX. Os frutos esperados naqueles que esperam o Reino
1. Jesus convida a examinar os frutos
“Pelos seus frutos os conhecereis.” (Mateus 7:16)
Os frutos importam. Podemos falar do Reino, de profecia, de verdade e de obediência. Mas se os frutos não refletirem o Espírito de Deus, devemos parar e examinar.
Jesus não nos convida a julgar pelas aparências, pelos títulos ou pelas reivindicações de autoridade. Convida-nos a olhar para os frutos. Que fruto produz um ensino? Que fruto produz uma prática? Que fruto produz uma autoridade na vida das pessoas?
Estas perguntas são necessárias, porque o Reino de Deus não prepara apenas um mundo novo. Prepara também um povo transformado.
2. O fruto do Espírito revela a obra de Deus
“O fruto do Espírito é amor, alegria, paz, paciência, benignidade, bondade, fidelidade, mansidão e domínio próprio.” (Gálatas 5:22)
Esses frutos não são secundários. Revelam a obra de Deus numa vida.
Deus procura fé, mas não uma fé dura e orgulhosa. Procura arrependimento, mas não culpa permanente. Procura obediência, mas não uma obediência fundada no medo dos homens. Procura a verdade, mas não uma verdade usada para esmagar. Procura amor, mas não um amor separado da Sua palavra.
A transformação cristã não diz respeito apenas ao que fazemos exteriormente. Diz respeito também ao que nos tornamos interiormente.
3. O conhecimento não substitui o amor
O conhecimento é importante. A doutrina é importante. A verdade é importante. Mas sem amor, mesmo um grande conhecimento pode tornar-se vazio.
“Ainda que eu tivesse o dom de profecia e conhecesse todos os mistérios e toda a ciência [...] se não tiver amor, nada sou.” (1 Coríntios 13:2)
Esta palavra deveria tornar-nos sóbrios. O conhecimento profético não substitui o amor. A verdade bíblica nunca deve ser separada do caráter de Cristo.
Quem espera o Reino pode, portanto, fazer perguntas simples: a minha fé aproxima-me de Cristo? Estou a crescer no amor, na mansidão, na paciência e no perdão? Levo os fardos dos outros? Obedeço a Deus por amor ou apenas por medo?
Estas perguntas não são secundárias. Tocam diretamente a maneira como Deus forma aqueles que esperam o Seu Reino.
↑ Voltar ao índiceXI. O perigo: anunciar o Reino sem viver a lei de Cristo
1. Podemos falar do Reino esquecendo o espírito do Rei
Existe um perigo real: falar muito do Reino de Deus enquanto se esquece o espírito do Rei.
Podemos anunciar o Reino e governar pelo medo. Podemos falar da verdade e não suportar perguntas sinceras. Podemos pregar obediência e negligenciar a misericórdia. Podemos falar do retorno de Cristo e pressionar as consciências com urgência e marcação de datas.
O Reino de Deus não pode ser separado do caráter de Jesus Cristo. Se falarmos do Reino abandonando o amor, a mansidão, a paciência, a misericórdia e a verdade, algo precisa ser examinado.
A mensagem do Reino deve conduzir a Cristo, não ao medo dos homens. Deve produzir arrependimento sincero, não culpa permanente. Deve formar discípulos, não pessoas esmagadas ou dependentes de uma autoridade humana.
2. A autoridade segundo Cristo se parece com serviço
“Sabeis que os governantes das nações as dominam e que os grandes exercem autoridade sobre elas. Não será assim entre vós.” (Mateus 20:25-26)
Esta palavra é forte: “Não será assim entre vós.” A autoridade segundo Cristo não deve parecer-se com a dominação humana. Deve parecer-se com o serviço.
“Quem quiser ser grande entre vós seja vosso servo.” (Mateus 20:26)
No Reino de Deus, a grandeza não se mede como nos sistemas humanos. Reconhece-se no serviço, na humildade, na fidelidade, no amor e no cuidado dos outros.
Uma autoridade espiritual que esmaga, isola ou domina não reflete o espírito de Cristo. A correção segundo Cristo deve procurar restaurar. A verdade segundo Cristo deve conduzir à luz, ao arrependimento e à liberdade diante de Deus, não a um medo servil.
3. Toda mensagem do Reino deve ser examinada
“No amor não há medo; antes, o perfeito amor lança fora o medo.” (1 João 4:18)
“Deus não nos deu espírito de covardia, mas de poder, de amor e de domínio próprio.” (2 Timóteo 1:7)
Se uma mensagem do Reino produz sobretudo medo, confusão, isolamento, culpa constante ou dependência de um homem, merece ser examinada à luz das Escrituras.
Isso não significa que todo temor de Deus seja errado. A Bíblia fala de um temor reverente, ligado à humildade e à reverência. Mas não se trata de um medo servil que destrói a paz e aprisiona as consciências.
A mensagem do Reino deve produzir arrependimento, fé, amor, verdade, liberdade diante de Deus, vigilância espiritual e transformação do coração.
↑ Voltar ao índiceXII. Vigiar pelo retorno de Cristo sem cair no medo
1. Cristo voltará
Cristo voltará. O Reino de Deus será estabelecido na terra. Os discípulos devem vigiar.
Esta esperança é essencial. O mundo atual não é o cumprimento do plano de Deus. A injustiça, o sofrimento, a confusão e a morte não terão a última palavra. O retorno de Cristo anuncia a vitória de Deus, a restauração de todas as coisas e o estabelecimento do Seu reinado.
Mas esta esperança deve ser guardada com sobriedade. Não deve tornar-se fonte de medo permanente, cálculos humanos ou pressão espiritual.
Esperar Cristo significa viver na esperança e na fidelidade, não na agitação nem no pânico.
2. Vigiar não significa fixar datas
“Quanto ao dia e à hora, ninguém sabe.” (Mateus 24:36)
“Vigiai, pois, porque não sabeis em que dia vem o vosso Senhor.” (Mateus 24:42)
Depois da Sua ressurreição, os discípulos perguntaram a Jesus:
“Senhor, restaurarás neste tempo o reino a Israel?” (Atos 1:6)
Jesus respondeu:
“Não vos compete conhecer os tempos ou as épocas que o Pai reservou pela sua própria autoridade.” (Atos 1:7)
Esta resposta deve manter-nos humildes. Vigiar não significa pretender conhecer o que o Pai não revelou. Não significa viver de uma data para outra. Não significa colocar as consciências sob pressão.
A profecia deve conduzir ao arrependimento, à esperança e à fidelidade, não ao medo nem ao controle.
3. Vigiar significa permanecer fiel a Cristo
Vigiar significa permanecer ligado a Cristo. Significa arrepender-se quando Deus nos mostra algo, guardar a fé, amar os irmãos e irmãs, dar fruto, permanecer sóbrio e não deixar o medo substituir a paz de Deus.
“Visto que todas estas coisas serão desfeitas, que pessoas não deveis ser em santa conduta e piedade?” (2 Pedro 3:11)
A espera do retorno de Cristo deve produzir uma vida sóbria, fiel e cheia de esperança. O verdadeiro discípulo não procura ser mais preciso do que o seu Mestre. Escuta o que Cristo disse, aceita os limites dados por Deus e permanece fiel.
Vigiar, portanto, não é viver sob a pressão constante de uma data. É caminhar com Deus hoje, na fé, no arrependimento, no amor e na lei de Cristo.
↑ Voltar ao índiceXIII. Conclusão — Responder hoje ao chamado de Deus
A mensagem de Jesus Cristo não era simplesmente que um Reino viria um dia. A Sua mensagem era mais direta, mais urgente e mais pessoal:
“O Reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
O Reino de Deus será estabelecido na terra no retorno de Cristo. Esta esperança permanece no centro do Evangelho. Mas esperar o Reino não deve tornar-se mera curiosidade profética, fonte de medo ou meio de pressionar as consciências. Deve conduzir a uma resposta viva diante de Deus.
Só Deus chama. Ninguém vem ao Pai pelas próprias forças. A salvação é dada pela graça, mediante a fé em Jesus Cristo. Contudo, essa graça nunca é estéril. Traz o crente de volta a Deus, convida-o ao arrependimento, ensina-o a permanecer em Cristo e produz pouco a pouco os frutos de uma vida transformada.
Estar pronto para o Reino não significa salvar-se a si mesmo pelas obras. Significa receber o chamado de Deus com humildade e deixar Cristo formar em nós um coração novo. A lei de Cristo torna-se então o caminho concreto dessa transformação: amar, perdoar, servir, levar os fardos, restaurar com mansidão, andar na verdade e recusar que o medo substitua o amor de Deus.
O Reino de Deus não é apenas uma profecia a conhecer. É uma realidade a buscar. Não se trata apenas de saber o que Deus fará amanhã na terra, mas também de deixar Deus reinar hoje no nosso coração.
A verdadeira questão não é apenas: “Quando virá o Reino?” É também: “Como estou a responder agora ao chamado de Deus?”
Esta resposta não se mede pelo orgulho religioso, pelo medo ou pelo desempenho. Reconhece-se numa vida que busca primeiro o Reino de Deus e a Sua justiça, por amor a Deus, pela fé em Jesus Cristo e pela obra de transformação que Deus realiza naqueles que chama a Si.
↑ Voltar ao índiceNota sobre as citações bíblicas
Salvo indicação em contrário, as citações bíblicas baseiam-se em traduções reconhecidas. A fonte francesa utiliza principalmente a Louis Segond 1910; nas versões traduzidas são utilizadas traduções reconhecidas e algumas formulações podem ser ligeiramente adaptadas para facilitar a leitura.
Reich Gottes auf Erden, Umkehr und Gesetz Christi
Wie kann man sich auf das Reich vorbereiten, das Jesus Christus verkündet hat?
Prüft alles; das Gute behaltet.
Von Christophe Binette | Veröffentlicht am 26. Juli 2026 | Gründer von Examine All Things — Bibelstudien auf Grundlage der Heiligen Schrift
Vorbemerkung
Die Botschaft vom Reich Gottes steht im Mittelpunkt der Lehre Jesu Christi. Gleich zu Beginn Seines Dienstes verkündete Jesus:
„Die Zeit ist erfüllt, und das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Diese Botschaft verschwand nicht nach Seinem Tod und Seiner Auferstehung. Auch die Apostel verkündeten weiterhin das Reich Gottes, predigten Jesus Christus und riefen zu Umkehr, Glauben und einem vor Gott verwandelten Leben auf.
Am Ende der Apostelgeschichte wird Paulus noch immer als jemand beschrieben, der das Reich Gottes verkündigt und über Jesus Christus lehrt:
„Er predigte das Reich Gottes und lehrte von dem Herrn Jesus Christus mit aller Freimütigkeit und ungehindert.“ (Apostelgeschichte 28,31)
Das Reich Gottes ist daher kein Nebenthema und auch nicht bloß eine prophetische Lehre. Es kündigt die Herrschaft Gottes, die Wiederkunft Jesu Christi und die Wiederherstellung aller Dinge an, zugleich aber auch den Ruf, der schon heute an diejenigen ergeht, die Gott zu sich zieht.
Dieses Reich wird bei der Wiederkunft Christi vollständig auf der Erde errichtet werden. Doch schon heute ruft es jeden Gläubigen dazu auf, zu Gott zurückzukehren, Seine Gnade anzunehmen, in Christus zu bleiben, Frucht zu bringen und zu lernen, nach dem Geist des Reiches zu leben.
Diese Studie will weder eine neue Organisation vorstellen noch geistliche Autorität über das Gewissen ausüben. Ihr Ziel ist lediglich, im Licht der Schrift zu untersuchen, wie wir treu auf die Botschaft vom Reich antworten können, die Jesus Christus und die Apostel verkündigt haben.
Die zentrale Frage lautet deshalb: Wenn das Reich Gottes im Mittelpunkt der Botschaft Jesu Christi und der Apostel stand, wie sollen wir heute auf diese Botschaft antworten?
I. Einleitung — Die Botschaft, die Jesus wirklich brachte
Als Jesus Christus Seinen Dienst begann, stellte Er nicht zuerst eine Organisation, eine religiöse Tradition oder ein System äußerer Praktiken vor. Er verkündete das Reich Gottes.
„Die Zeit ist erfüllt, und das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Diese Aussage fasst den Kern Seiner Botschaft zusammen. Jesus verkündet, dass Gott eingreift, dass Sein Reich nahekommt und dass diese Ankündigung eine persönliche Antwort verlangt. Es geht nicht nur darum, eine Prophezeiung zu hören oder eine religiöse Idee anzunehmen. Es geht darum, zu Gott zurückzukehren, dem Evangelium zu glauben und zuzulassen, dass Sein Wille das Leben verändert.
Darum kann das Reich Gottes nicht auf ein prophetisches Thema unter vielen reduziert werden. Es ist mit Umkehr, Glauben, Gnade, der Wiederkunft Christi und der Art verbunden, wie der Gläubige schon heute vor Gott lebt.
Eine Frage ergibt sich ganz natürlich: Wie soll ein Mensch, den Gott ruft, auf diese Botschaft antworten? Die biblische Antwort liegt weder im Vertrauen auf sich selbst noch in der Zugehörigkeit zu einer Organisation noch in der Beobachtung des mosaischen Gesetzes als Mittel zum Heil. Sie liegt in Jesus Christus: Gott ruft, Christus rettet, der Geist verwandelt, und der Gläubige lernt, in Glauben, Umkehr und dem Gesetz Christi zu leben.
1. Jesus verkündete nicht einfach eine Religion
Viele Menschen verbinden den christlichen Glauben spontan mit Religion, Riten, Regeln, Traditionen oder sichtbarer Zugehörigkeit. Solche Dinge können das Leben von Gläubigen begleiten, aber sie bilden nicht den Mittelpunkt der Botschaft Jesu.
Jesus verkündete etwas Größeres: das Reich Gottes. Er verkündete die Herrschaft Gottes, Gottes Eingreifen in die menschliche Geschichte und den Ruf an die Menschen, zum Vater zurückzukehren.
Das bedeutet nicht, dass Gemeinschaft unter Gläubigen unwichtig wäre. Jünger brauchen Ermutigung, Lehre, Unterstützung und brüderliche Gemeinschaft. Aber keine menschliche Struktur darf den Platz des Reiches Gottes einnehmen oder im Gewissen des Gläubigen den Platz besetzen, der allein Jesus Christus gehört.
Das von Jesus verkündete Reich übersteigt menschliche Organisationen. Es richtet den Blick auf Gott, auf Seine Herrschaft, Seine Gerechtigkeit und auf die innere Veränderung, die Gott in denen bewirken will, die Er ruft.
2. Die Botschaft vom Reich verlangt eine persönliche Antwort
Das Reich Gottes ist nicht nur eine Wahrheit, die man kennen soll. Es ist eine Botschaft, die zu einer Antwort ruft.
Jesus sagt nicht nur, dass das Reich nahe ist. Er ruft auch zu Umkehr und Glauben. Die Verkündigung des Reiches darf daher nicht nur prophetische Neugier wecken. Sie muss zu einer wirklichen Rückkehr zu Gott führen.
Man kann viel über Prophezeiung wissen und dennoch nicht wirklich auf Gottes Ruf antworten. Man kann über das Reich sprechen, die Wiederkunft Christi erwarten und bestimmte Lehren verteidigen, ohne Gott im eigenen Herzen wirklich herrschen zu lassen.
Darum muss das Studium des Reiches stets mit Umkehr, Glauben, Gnade und innerer Veränderung verbunden bleiben. Das Reich, das Jesus verkündigt, betrifft nicht nur die Zukunft der Welt. Es betrifft auch den Zustand des Herzens vor Gott heute.
3. Das Reich berührt unser Leben schon heute
Das Reich Gottes wird bei der Wiederkunft Christi vollständig auf der Erde errichtet werden. Das bedeutet jedoch nicht, dass es keinen Bezug zum gegenwärtigen Leben des Gläubigen hat.
Wer das Reich erwartet, muss schon jetzt lernen, nach dem Geist des Reiches zu leben. Das betrifft die Art zu denken, zu sprechen, zu korrigieren, zu vergeben, zu dienen, Verantwortung auszuüben, Schwache zu behandeln, Lasten zu tragen und Brüder und Schwestern zu lieben.
Das Reich Gottes ist daher nicht nur eine Prophezeiung für morgen. Es ist auch eine Wirklichkeit, die uns heute dazu ruft, unter Gottes Autorität zu leben. Das Reich zu erwarten bedeutet nicht nur zu fragen, wann es kommt. Es bedeutet auch, Gott darum zu bitten, schon jetzt in unserem Herzen, in unseren Entscheidungen und in unseren Beziehungen zu herrschen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisII. Das Reich Gottes stand im Mittelpunkt der Botschaft Jesu
1. Jesus kam, um das Reich zu verkündigen
Lukas berichtet diese Worte Jesu:
„Ich muss auch den anderen Städten die gute Botschaft vom Reich Gottes verkündigen; denn dazu bin ich gesandt.“ (Lukas 4,43)
Jesus selbst sagt, dass Er dazu gesandt wurde: die gute Botschaft vom Reich Gottes zu verkündigen. Das Reich ist also kein Nebenthema. Es steht im Mittelpunkt Seiner Botschaft.
Jesus heilte, lehrte, korrigierte, tröstete, vergab und warnte. Doch all dies gehörte zu einer größeren Botschaft: Gott herrscht, Sein Reich kommt, und die Menschen müssen zu Ihm zurückkehren.
In den Evangelien ist das Reich Gottes keine abstrakte Idee. Es ist mit der Gegenwart Christi, der Autorität Gottes, Umkehr, Gerechtigkeit, Barmherzigkeit und der Veränderung des Lebens verbunden. Jesus predigte keinen Glauben, der vom Reich getrennt wäre. Er predigte das Evangelium vom Reich.
2. Das Reich gehört Gott
Das Reich Gottes kommt nicht aus einer menschlichen Organisation. Es hängt nicht von einem Verwaltungssitz, einem religiösen Leiter oder einem von Menschen errichteten Projekt ab.
Jesus sagte:
„Mein Reich ist nicht von dieser Welt.“ (Johannes 18,36)
Sein Reich hat seinen Ursprung nicht in menschlichen Systemen. Es kommt von Gott. Das bedeutet nicht, dass Gott niemals Menschen, Gemeinden oder Gemeinschaften gebrauchen könnte. Aber keine menschliche Struktur darf mit dem Reich Gottes selbst verwechselt werden.
Diese Unterscheidung ist wichtig. Wenn die Botschaft vom Reich vor allem dazu führt, von einer Organisation, einem Menschen oder einer einzigen Struktur abhängig zu werden, sollten wir innehalten und prüfen. Das Reich Gottes muss zu Gott, zum Vater und zu Jesus Christus führen, dem in der Schrift angekündigten König.
Eine Organisation kann dienen, lehren, unterstützen und Menschen zusammenbringen. Aber sie darf niemals den Platz Christi einnehmen oder zum Mittelpunkt des Glaubens werden.
3. Das Reich zu suchen beginnt heute
Jesus sagte:
„Trachtet zuerst nach dem Reich Gottes und nach seiner Gerechtigkeit.“ (Matthäus 6,33)
Das Reich zu suchen bedeutet nicht nur, auf ein zukünftiges Ereignis zu warten. Es bedeutet, Gott schon heute über alles zu stellen.
Das Reich zu suchen heißt, Gottes Willen zu suchen, Seine Gerechtigkeit zu begehren, zuzulassen, dass Sein Wort unser Denken korrigiert, und zu lernen, unter der Autorität Christi zu leben.
Das Reich betrifft die Zukunft, aber es berührt bereits die Gegenwart. Wer das Reich erwartet, kann nicht so leben, als hätte Gott nichts über sein heutiges Leben zu sagen. Die Hoffnung auf das Reich kann nicht von der Gehorsamkeit gegenüber Christus getrennt werden.
Doch dieser Gehorsam muss richtig verstanden werden. Er dient nicht dazu, das Heil zu kaufen. Er ist die Antwort eines Herzens, das Gott gerufen, berührt und zu sich zurückgeführt hat.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIII. Das Reich Gottes wird auf der Erde errichtet werden
1. Das Reich Gottes ist eine zukünftige Wirklichkeit
Die Bibel kündigt an, dass Gott Sein Reich errichten wird.
Der Prophet Daniel schreibt:
„Zur Zeit dieser Könige wird der Gott des Himmels ein Reich aufrichten, das niemals zerstört werden wird.“ (Daniel 2,44)
Menschliche Reiche vergehen. Sie verändern sich, teilen sich, verderben oder verschwinden. Selbst die mächtigsten Reiche zeigen ihre Grenzen. Das Reich Gottes dagegen wird niemals zerstört werden.
Daniel kündigt auch an, dass einem „Menschensohn“ Herrschaft, Ehre und ein Reich gegeben werden:
„Ihm wurde Herrschaft, Ehre und Königtum gegeben, und alle Völker, Nationen und Sprachen dienten ihm.“ (Daniel 7,14)
Das Reich Gottes ist daher nicht nur eine innere Erfahrung. Es wird eine sichtbare und konkrete Wirklichkeit haben. Gott wird in die menschliche Geschichte eingreifen, und Seine Herrschaft wird durch Jesus Christus aufgerichtet werden.
2. Das Reich wird auch eine wirkliche Regierung sein
Das Reich Gottes ist nicht nur eine innere Wirklichkeit oder eine geistliche Redewendung für Gottes Gegenwart im Herzen. Die Bibel stellt es auch als ein wirkliches Reich dar, das Gott unter der Autorität Jesu Christi errichtet.
Daniel kündigt an, dass dieses Reich die menschlichen Reiche ablösen wird:
„Zur Zeit dieser Könige wird der Gott des Himmels ein Reich aufrichten, das niemals zerstört werden wird.“ (Daniel 2,44)
Dieses Reich wird also eine konkrete Wirklichkeit sein. Es wird weder einfach die schrittweise Verbesserung der gegenwärtigen Welt noch das Endergebnis menschlicher Anstrengungen sein. Gott selbst wird es errichten.
Daniel zeigt ebenfalls, dass der Menschensohn eine universale Herrschaft empfängt:
„Ihm wurde Herrschaft, Ehre und Königtum gegeben, und alle Völker, Nationen und Sprachen dienten ihm.“ (Daniel 7,14)
Das Reich Gottes wird daher eine gerechte Regierung unter der Führung Christi sein, in der Gottes Wille auf der Erde geschieht. Genau darum lehrt Jesus uns zu beten:
„Dein Reich komme; dein Wille geschehe auf Erden wie im Himmel.“ (Matthäus 6,10)
Diese Wahrheit ist wichtig. Sie bewahrt uns davor, das Reich auf eine persönliche Erfahrung zu reduzieren. Zugleich bewahrt sie uns davor, es mit einer heutigen menschlichen Organisation zu verwechseln. Das Reich gehört Gott. Christus wird es errichten, und diejenigen, die Gott heute ruft, sind eingeladen, sich darauf vorzubereiten, indem sie schon jetzt nach dem Geist des Reiches leben.
3. Christus wird wiederkommen, um zu herrschen
In der Offenbarung steht:
„Das Reich der Welt ist unserem Herrn und seinem Christus zugefallen, und er wird herrschen von Ewigkeit zu Ewigkeit.“ (Offenbarung 11,15)
Christus wird wiederkommen. Gottes Herrschaft wird errichtet werden. Die Reiche dieser Welt werden nicht ewig bestehen.
Diese Hoffnung ist kostbar in einer Welt voller Ungerechtigkeit, Verwirrung, Gewalt und Leid. Menschen suchen nach Lösungen, und manche Projekte können zeitweilige Verbesserungen bringen. Aber kein menschliches System kann dauerhaft vollkommene Gerechtigkeit, wirklichen Frieden und vollständige Wahrheit schaffen.
Das Reich Gottes wird nicht die Vollendung menschlichen Fortschritts sein. Es wird Gottes Eingreifen durch Jesus Christus sein. Deshalb gründet christliche Hoffnung nicht auf menschlichem Optimismus, sondern auf Gottes Treue.
4. Nur Gott kann das menschliche Herz heilen
Menschen können Lebensbedingungen verbessern, Gesellschaften organisieren, bauen, lernen, heilen und entwickeln. Wir sollen das Nützliche nicht verachten. Doch wir müssen eine grundlegende Grenze anerkennen: Der Mensch kann aus eigener Kraft das menschliche Herz nicht heilen.
Jeremia sagt:
„Das Herz ist trügerisch mehr als alles und verdorben.“ (Jeremia 17,9)
Auch Jesus lehrt, dass das Böse aus dem Herzen des Menschen hervorgeht:
„Denn aus dem Herzen kommen böse Gedanken, Mord, Ehebruch, Unzucht, Diebstahl, falsches Zeugnis, Lästerung.“ (Matthäus 15,19)
Darum kann das Reich Gottes nicht durch ein menschliches Projekt ersetzt werden. Der Mensch kann bestimmte Strukturen verändern, aber nur Gott kann das Herz verwandeln. Das Reich wird auf die Erde kommen, aber es wird von Gott durch Jesus Christus errichtet werden und nicht durch die Kraft, den Stolz oder die begrenzte Weisheit des Menschen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIV. Das Reich ruft zuerst zur Umkehr
1. Jesus verbindet das Reich mit Umkehr
Jesus sagte nicht nur, dass das Reich Gottes nahe ist. Er fügte hinzu:
„Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Umkehr ist daher unmittelbar mit der Botschaft vom Reich verbunden. Die Ankündigung der Herrschaft Gottes kann nicht vom Ruf zu einer Veränderung des Herzens getrennt werden.
Das Reich ist nicht nur eine zukünftige Verheißung. Es ist auch ein gegenwärtiger Ruf. Jesus fordert die Menschen nicht nur auf, darauf zu warten, was Gott später tun wird. Er ruft sie dazu auf, jetzt zu Gott zurückzukehren.
Diese Umkehr ist kein nebensächlicher Zusatz zum Evangelium. Sie gehört zur guten Botschaft, weil sie den Weg zurück zum Vater öffnet.
2. Umkehr bedeutet, zu Gott zurückzukehren
Umkehr ist mehr als Bedauern. Sie ist nicht nur ein vorübergehendes schlechtes Gefühl. Sie bedeutet auch nicht, sich einer religiösen Gruppe anzuschließen, um sich sicherer zu fühlen.
Umkehr bedeutet, zu Gott zurückzukehren. Es bedeutet anzuerkennen, dass Gott recht hat, zu akzeptieren, dass unser Denken und Leben von Ihm korrigiert werden müssen, und sich nicht nur von sichtbarer Sünde, sondern auch von Stolz, Angst, Härte, Heuchelei und Selbstvertrauen abzuwenden.
Petrus sagte:
„So tut nun Buße und bekehrt euch, dass eure Sünden getilgt werden.“ (Apostelgeschichte 3,19)
Biblische Umkehr ist nicht bloß ein Gefühl. Sie bedeutet eine wirkliche Rückkehr zu Gott. Sie betrifft die Richtung des Lebens, die Beweggründe des Herzens und die Art, wie ein Mensch vor Gott steht.
3. Wahre Umkehr führt zum Vater zurück
Umkehr darf nicht mit dauernder Schuld verwechselt werden. Gott ruft Menschen nicht, um sie zu zerschlagen, sondern um sie zu sich zurückzuführen. Er macht Sünde sichtbar, öffnet aber zugleich einen Weg der Vergebung, der Gnade und der Wiederherstellung.
Paulus zeigt, dass Umkehr mit Gottes Güte verbunden ist:
„Gottes Güte leitet dich zur Buße.“ (Römer 2,4)
Eine Umkehr, die nur auf Angst beruht, kann äußerlichen Gehorsam hervorbringen, heilt aber nicht unbedingt das Herz. Sie kann zu Scham, geistlicher Erschöpfung oder übermäßiger Abhängigkeit von Menschen führen.
Biblische Umkehr ist anders. Sie führt weg von der Sünde, aber näher zu Gott. Sie lässt den Gläubigen nicht in Verdammnis gefangen, sondern bringt ihn durch Jesus Christus zum Vater.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisV. Gott allein ruft, doch der Mensch muss antworten
1. Gott ergreift die Initiative
Jesus sagte:
„Niemand kann zu mir kommen, es sei denn, dass ihn der Vater zieht, der mich gesandt hat.“ (Johannes 6,44)
Niemand kommt aus eigener Kraft zu Gott. Gott ist es, der ruft, zieht und Verstand und Herz öffnet.
Diese Wahrheit sollte uns demütig machen. Wenn wir etwas von Gott verstehen, dann nicht, weil wir anderen überlegen wären, sondern weil Gott gehandelt hat. Gottes Ruf ist Gnade, kein Grund zum Rühmen.
Das verändert auch unseren Blick auf andere. Wer geistliches Verständnis empfangen hat, sollte es nicht dazu benutzen, diejenigen zu verachten, die noch nicht sehen. Er sollte den Ruf vielmehr mit Dankbarkeit, Ernsthaftigkeit und Demut annehmen.
2. Gottes Ruf ist kein Verdienst
Wenn Gott uns ruft, dann nicht, weil wir diesen Ruf verdient hätten.
Paulus schreibt:
„Gott hat uns gerettet und berufen mit einem heiligen Ruf, nicht nach unseren Werken, sondern nach seinem eigenen Vorsatz und der Gnade.“ (2. Timotheus 1,9)
Gottes Ruf beginnt mit Seiner Gnade, nicht mit menschlicher Leistung. Das schützt den Gläubigen vor geistlichem Stolz, aber auch vor Verzweiflung. Gott ruft nicht, weil der Mensch bereits würdig wäre. Er ruft, um zurückzuführen, zu retten, zu verwandeln und zu formen.
Dieser Ruf ist kostbar. Er darf nicht leichtfertig behandelt werden. Aber er darf niemals zur Quelle religiöser Überheblichkeit werden. Wer gerufen wurde, hat keinen Grund erhalten, sich über andere zu erheben; er hat eine Verantwortung vor Gott empfangen.
3. Der Ruf verlangt eine Antwort
Gottes Ruf hebt die menschliche Verantwortung nicht auf. Wer den Ruf hört, muss antworten.
Jesus sagte:
„Viele sind berufen, aber wenige sind auserwählt.“ (Matthäus 22,14)
Gerufen zu sein ist daher ernst. Es verlangt eine wirkliche Antwort: Glauben, Umkehr, Gehorsam, Ausdauer und ein Leben, das danach strebt, in Christus zu bleiben.
Jesus sagte:
„Bleibt in mir, und ich in euch.“ (Johannes 15,4)
Paulus drückt dieses Gleichgewicht tiefgehend aus:
„Wirkt euer Heil mit Furcht und Zittern; denn Gott ist es, der in euch sowohl das Wollen als auch das Vollbringen wirkt nach seinem Wohlgefallen.“ (Philipper 2,12-13)
Gott wirkt in uns, doch dieses Wirken hebt unsere Antwort nicht auf. Es macht sie möglich. Das christliche Leben ist daher weder Selbstvertrauen noch geistliche Passivität. Es ist ein Weg mit Gott, auf dem Seine Gnade in uns eine lebendige Antwort hervorbringt.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVI. Die Erlösung geschieht aus Gnade, nicht durch religiöses Verdienst
1. Das Heil ist ein Geschenk
Wenn wir darüber sprechen, uns auf das Reich vorzubereiten, müssen wir eine gefährliche Verwechslung vermeiden: Niemand verdient das Heil durch seine eigenen Verdienste.
Paulus schreibt:
„Aus Gnade seid ihr gerettet durch Glauben; und das nicht aus euch: Gottes Gabe ist es.“ (Epheser 2,8)
Das Heil ist ein Geschenk. Es wird nicht durch religiöse Leistungen verdient. Gott rettet aus Gnade durch den Glauben an Jesus Christus.
Diese Wahrheit macht Gehorsam nicht unnötig, sondern weist ihm seinen richtigen Platz zu. Gehorsam dient nicht dazu, das Heil zu kaufen. Er ist die Frucht eines lebendigen Glaubens und eines Herzens, das Gott verwandelt.
2. Eine Organisation rettet nicht
Das Heil beruht nicht auf der Zugehörigkeit zu einer Organisation, auf Loyalität gegenüber einem Leiter, auf dem Zehnten, dem Sabbat, den Festen oder der Beobachtung des mosaischen Gesetzes als System der Rechtfertigung.
Paulus schreibt:
„Der Mensch wird nicht aus Werken des Gesetzes gerechtfertigt, sondern durch den Glauben an Jesus Christus.“ (Galater 2,16)
Ein Gläubiger kann persönliche Überzeugungen zu bestimmten Fragen haben. Er kann vor Gott den Sabbat halten, an bestimmten biblischen Festen teilnehmen, großzügig geben oder diszipliniert leben. Doch diese Praktiken dürfen nicht zur Grundlage des Heils oder zu absoluten Kriterien dafür werden, wer wirklich zu Gott gehört.
Im Mittelpunkt des Heils steht keine religiöse Praxis. Im Mittelpunkt steht Jesus Christus.
3. Werke sind die Frucht des Heils
Paulus fügt hinzu:
„Wir sind sein Werk, geschaffen in Christus Jesus zu guten Werken.“ (Epheser 2,10)
Gute Werke sind nicht die Wurzel des Heils. Sie sind seine Frucht.
Wir gehorchen nicht, um unseren Platz im Reich zu kaufen. Wir gehorchen, weil Gott uns gerufen hat, weil Christus uns rettet und weil Gottes Geist unser Herz verwandelt.
Menschliche Religion kann jemanden dazu treiben, aus Angst zu gehorchen, seinen Wert zu beweisen oder zu zeigen, dass er zur richtigen Gruppe gehört. Gottes Gnade bringt einen anderen Gehorsam hervor: den Gehorsam eines Herzens, das berührt, vergeben, aufgerichtet und zu Gott zurückgeführt wurde.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVII. Das Gesetz Christi: die Lebensweise derer, die das Reich erwarten
1. Das Gesetz Christi betrifft unsere Beziehungen
Wenn das Heil aus Gnade kommt, bedeutet das nicht, dass der Gläubige ohne Orientierung lebt. Das Neue Testament spricht klar vom Gesetz Christi.
Paulus schreibt:
„Einer trage des andern Last, so werdet ihr das Gesetz Christi erfüllen.“ (Galater 6,2)
Unmittelbar davor spricht er davon, den Gefallenen im Geist der Sanftmut zurechtzubringen:
„Wenn ein Mensch von einer Verfehlung ereilt wird, so helft ihr, die ihr geistlich seid, einem solchen im Geist der Sanftmut wieder zurecht.“ (Galater 6,1)
Diese Verse zeigen, dass das Gesetz Christi unsere Art betrifft, mit anderen umzugehen. Es geht nicht nur um äußere Regeln. Es betrifft Herz, Beziehungen, Haltung und die Weise, wie wir korrigieren, tragen, wiederherstellen und lieben.
Man kann viel biblisches Wissen haben und dennoch das Gesetz Christi verfehlen, wenn man andere mit Härte, Verachtung oder Herrschsucht behandelt.
2. Es zeigt sich in Liebe und Sanftmut
Jesus gab das Herz dieses Gesetzes:
„Ein neues Gebot gebe ich euch: Liebt einander; wie ich euch geliebt habe.“ (Johannes 13,34)
Liebe nach Christus ist nicht bloß ein Gefühl. Sie ist eine Lebensweise. Sie zeigt sich in Sanftmut, Geduld, Vergebung, Barmherzigkeit, Dienst und Wiederherstellung.
Diese Liebe leugnet die Wahrheit nicht. Sie rechtfertigt Sünde nicht. Sie hebt die Notwendigkeit der Umkehr nicht auf. Aber sie weigert sich, Wahrheit als Werkzeug zu benutzen, um Schwache zu zerschlagen.
Das Gesetz Christi verbindet daher Wahrheit und Liebe. Es ruft zu Treue, aber mit Sanftmut. Es korrigiert, um aufzurichten. Es führt zum Gehorsam, ohne Gnade durch Angst zu ersetzen.
3. Es kennzeichnet die Jünger Christi
Jesus sagte:
„Daran werden alle erkennen, dass ihr meine Jünger seid, wenn ihr Liebe untereinander habt.“ (Johannes 13,35)
Das Kennzeichen der Jünger Christi ist also nicht zuerst der Name einer Organisation, prophetisches Wissen oder äußerliche Beobachtung. Nach Jesus ist das sichtbare Kennzeichen Seiner Jünger die Liebe.
Diese Liebe ist nicht schwach. Sie verschließt die Augen nicht vor dem Bösen. Sie ersetzt nicht die Umkehr. Aber sie spiegelt den Charakter Christi wider. Sie dient, statt zu beherrschen, vergibt, statt Bitterkeit zu nähren, und richtet auf, statt zu zerschlagen.
Das ist das Gesetz Christi. Und dieses Gesetz ist die Lebensweise derer, die sich auf das Reich vorbereiten.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVIII. Das mosaische Gesetz ist nicht der rechtliche Rahmen der Erlösung
1. Das mosaische Gesetz hatte eine wirkliche Rolle
Wir müssen klar zwischen dem mosaischen Gesetz, dem Gesetz Christi und dem Heil aus Gnade unterscheiden.
Das mosaische Gesetz hatte eine wirkliche Rolle in Gottes Plan. Es wurde Israel gegeben. Es offenbarte Gottes Heiligkeit, die Wirklichkeit der Sünde und die Notwendigkeit eines Retters.
Es geht daher nicht darum, das Gesetz, das Israel gegeben wurde, geringzuschätzen. Es geht darum, seine Rolle im Licht Jesu Christi und des Neuen Bundes zu verstehen. Der Gläubige soll das Alte Testament mit Respekt lesen, aber auch anerkennen, dass Christus erfüllt hat, worauf das Gesetz hinwies.
Die Frage ist nicht, ob das mosaische Gesetz wichtig war. Das war es. Die Frage ist, ob es den rechtlichen Rahmen des Heils für den Gläubigen in Christus bildet. Das Neue Testament antwortet darauf klar mit Nein.
2. Der Gläubige wird nicht durch das mosaische Gesetz gerettet
Paulus schreibt:
„Ihr seid nicht unter dem Gesetz, sondern unter der Gnade.“ (Römer 6,14)
Das bedeutet nicht, dass Gott keinen moralischen Willen mehr hätte. Es bedeutet, dass der Gläubige nicht unter dem mosaischen Gesetz als rechtlichem Rahmen des Heils steht.
Paulus schreibt auch:
„Der Mensch wird nicht aus Werken des Gesetzes gerechtfertigt, sondern durch den Glauben an Jesus Christus.“ (Galater 2,16)
Der Gläubige ist vor Gott nicht gesetzlos. Aber er steht nicht unter dem mosaischen Gesetz als System der Rechtfertigung. Er ist berufen, unter der Gnade, durch den Geist geführt und nach dem Gesetz Christi zu leben.
Das Gesetz Christi senkt den geistlichen Anspruch nicht. Im Gegenteil, es geht tiefer. Es betrifft Herz, Beweggründe, Beziehungen, Liebe, Wahrheit und innere Veränderung.
3. Praktiken dürfen nicht zu Bedingungen des Heils werden
Der Sabbat kann aus persönlicher Überzeugung vor Gott gehalten werden. Aber er darf nicht zu einer Bedingung des Heils oder zu einem absoluten Kriterium dafür werden, wer wirklich zu Gott gehört.
Ebenso stellt das Neue Testament den Zehnten nicht als verpflichtende Forderung an den Gläubigen unter dem Neuen Bund dar. Es betont vielmehr freies, aufrichtiges und freudiges Geben.
Paulus schreibt:
„Jeder gebe, wie er es sich im Herzen vorgenommen hat, nicht mit Unwillen oder aus Zwang; denn einen fröhlichen Geber hat Gott lieb.“ (2. Korinther 9,7)
Christliches Geben soll nicht aus Angst, Druck oder Schuld entstehen. Es soll aus einem Herzen kommen, das vor Gott frei ist.
Diese Unterscheidung schützt das Gewissen des Gläubigen. Sie ermöglicht es, Gott ernst zu nehmen, ohne äußere Praktiken zu Bedingungen des Heils zu machen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIX. Was bedeutet es, für das Reich „qualifiziert“ zu sein?
1. Gott macht fähig
In manchen religiösen Kreisen spricht man davon, für das Reich Gottes „qualifiziert“ zu sein.
Dieser Ausdruck kann hilfreich sein, wenn er richtig verstanden wird. Er kann aber auch gefährlich werden, wenn er den Eindruck erweckt, der Mensch mache sich durch seine Werke selbst des Reiches würdig.
Paulus schreibt, dass der Vater uns fähig gemacht hat, am Erbe der Heiligen teilzuhaben (Kolosser 1,12). Das bedeutet: Gott macht fähig. Gott bereitet vor. Gott wirkt.
Die Bereitschaft für das Reich beginnt daher nicht mit Selbstvertrauen. Sie beginnt mit der Gnade Gottes und mit dem Werk, das Er in einem Menschen vollbringt.
2. Der Gläubige qualifiziert sich nicht selbst
Wir qualifizieren uns nicht selbst, als könnten wir das Reich verdienen.
Gott ruft. Christus rettet. Der Geist verwandelt. Der Gläubige antwortet. Früchte zeigen einen lebendigen Glauben. Ausdauer offenbart Treue.
Dieses Gleichgewicht ist wichtig. Einerseits darf der Gläubige nie denken, dass seine religiösen Leistungen Gott verpflichten würden, ihm das Reich zu geben. Andererseits darf er Gottes Ruf auch nicht passiv behandeln, als wäre seine Antwort bedeutungslos.
Die Gnade Gottes bringt eine lebendige Antwort hervor. Sie lehrt uns, Nein zur Sünde zu sagen, in Christus zu bleiben und treu zu wandeln.
3. Bereit sein heißt, treu auf Gottes Ruf zu antworten
Bereit für das Reich zu sein bedeutet nicht, religiöse Leistungen anzuhäufen, um den eigenen Wert zu beweisen. Es bedeutet, treu auf Gottes Ruf zu antworten.
Petrus schreibt:
„Darum, Brüder, bemüht euch umso mehr, eure Berufung und Erwählung festzumachen.“ (2. Petrus 1,10)
Gott bereitet diejenigen vor, die Er ruft, indem Er ihren Charakter verwandelt. Diese Vorbereitung zeigt sich im Glauben, in der Umkehr, im Gehorsam, in der Liebe, im Durchhalten und in der Frucht.
Jesus sagte:
„Wer aber bis ans Ende beharrt, der wird gerettet werden.“ (Matthäus 24,13)
Ausdauer ist wichtig. Aber es ist keine Ausdauer in Angst. Es ist lebendige Treue zu Gott, genährt von Glauben, Gnade, Liebe und der Hoffnung auf das Reich.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisX. Die erwarteten Früchte bei denen, die das Reich erwarten
1. Jesus lädt uns ein, die Früchte zu prüfen
Jesus sagte:
„An ihren Früchten werdet ihr sie erkennen.“ (Matthäus 7,16)
Früchte zählen. Man kann über das Reich, Prophezeiung, Wahrheit und Gehorsam sprechen. Doch wenn die Früchte den Geist Gottes nicht widerspiegeln, muss man innehalten und prüfen.
Jesus lädt uns nicht ein, nach Erscheinung, Titeln oder behaupteter Autorität zu urteilen. Er fordert uns auf, auf die Früchte zu sehen. Welche Früchte bringt eine Lehre hervor? Welche Früchte bringt eine Praxis hervor? Welche Früchte bringt eine Autorität im Leben von Menschen hervor?
Diese Fragen sind notwendig, denn das Reich Gottes bereitet nicht nur eine neue Welt vor. Es bereitet auch ein verwandeltes Volk vor.
2. Die Frucht des Geistes zeigt Gottes Wirken
Paulus beschreibt die Frucht des Geistes so:
„Die Frucht des Geistes aber ist Liebe, Freude, Friede, Geduld, Freundlichkeit, Güte, Treue, Sanftmut, Selbstbeherrschung.“ (Galater 5,22)
Diese Früchte sind nicht nebensächlich. Sie zeigen Gottes Wirken in einem Leben.
Gott sucht Glauben, aber keinen harten und stolzen Glauben. Er sucht Umkehr, aber keine dauernde Schuld. Er sucht Gehorsam, aber keinen Gehorsam, der auf Menschenfurcht beruht. Er sucht Wahrheit, aber keine Wahrheit, die zum Zerschlagen benutzt wird. Er sucht Liebe, aber keine Liebe, die von Seinem Wort getrennt ist.
Christliche Veränderung betrifft nicht nur das, was wir äußerlich tun. Sie betrifft auch das, was wir innerlich werden.
3. Erkenntnis ersetzt die Liebe nicht
Erkenntnis ist wichtig. Lehre ist wichtig. Wahrheit ist wichtig. Doch ohne Liebe kann selbst große Erkenntnis leer werden.
Paulus schreibt:
„Wenn ich Weissagung hätte und wüsste alle Geheimnisse und alle Erkenntnis [...] und hätte die Liebe nicht, so wäre ich nichts.“ (1. Korinther 13,2)
Dieses Wort sollte uns nüchtern machen. Prophetisches Wissen ersetzt die Liebe nicht. Biblische Wahrheit darf niemals vom Charakter Christi getrennt werden.
Wer das Reich erwartet, kann sich daher einfache Fragen stellen: Bringt mein Glaube mich näher zu Christus? Wachse ich in Liebe, Sanftmut, Geduld und Vergebung? Trage ich die Lasten anderer? Gehorche ich Gott aus Liebe oder nur aus Angst?
Diese Fragen sind nicht nebensächlich. Sie berühren unmittelbar die Art, wie Gott diejenigen formt, die Sein Reich erwarten.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXI. Die Gefahr: das Reich verkünden, ohne das Gesetz Christi zu leben
1. Man kann vom Reich sprechen und dabei den Geist des Königs vergessen
Es gibt eine wirkliche Gefahr: viel über das Reich Gottes zu sprechen und dabei den Geist des Königs zu vergessen.
Man kann das Reich verkünden und durch Angst regieren. Man kann von Wahrheit sprechen und aufrichtige Fragen nicht ertragen. Man kann Gehorsam predigen und Barmherzigkeit vernachlässigen. Man kann von der Wiederkunft Christi sprechen und Gewissen durch Dringlichkeit und Datensetzungen unter Druck setzen.
Das Reich Gottes kann nicht vom Charakter Jesu Christi getrennt werden. Wenn man vom Reich spricht und dabei Liebe, Sanftmut, Geduld, Barmherzigkeit und Wahrheit verlässt, muss etwas geprüft werden.
Die Botschaft vom Reich muss zu Christus führen, nicht zur Angst vor Menschen. Sie muss aufrichtige Umkehr hervorbringen, nicht dauernde Schuld. Sie soll Jünger formen, nicht zerbrochene Menschen oder Menschen, die von menschlicher Autorität abhängig sind.
2. Autorität nach Christus sieht wie Dienst aus
Jesus warnte Seine Jünger:
„Ihr wisst, dass die Herrscher der Völker sie niederhalten und die Großen Gewalt über sie ausüben. So soll es nicht unter euch sein.“ (Matthäus 20,25-26)
Dieses Wort ist stark: „So soll es nicht unter euch sein.“ Autorität nach Christus darf nicht wie menschliche Herrschaft aussehen. Sie muss wie Dienst aussehen.
Jesus fügt hinzu:
„Wer unter euch groß sein will, der sei euer Diener.“ (Matthäus 20,26)
Im Reich Gottes wird Größe nicht wie in menschlichen Systemen gemessen. Sie zeigt sich im Dienst, in Demut, Treue, Liebe und Fürsorge für andere.
Geistliche Autorität, die zerschlägt, isoliert oder beherrscht, spiegelt den Geist Christi nicht wider. Korrektur nach Christus sucht Wiederherstellung. Wahrheit nach Christus führt zu Licht, Umkehr und Freiheit vor Gott, nicht zu knechtischer Angst.
3. Jede Botschaft vom Reich muss geprüft werden
Johannes schreibt:
„Furcht ist nicht in der Liebe, sondern die vollkommene Liebe treibt die Furcht aus.“ (1. Johannes 4,18)
Paulus schreibt ebenfalls:
„Gott hat uns nicht einen Geist der Furchtsamkeit gegeben, sondern der Kraft und der Liebe und der Besonnenheit.“ (2. Timotheus 1,7)
Wenn eine Botschaft vom Reich vor allem Angst, Verwirrung, Isolation, ständige Schuld oder Abhängigkeit von einem Menschen hervorbringt, verdient sie es, im Licht der Schrift geprüft zu werden.
Das bedeutet nicht, dass jede Gottesfurcht schlecht wäre. Die Bibel spricht von ehrfürchtiger Furcht, die mit Demut und Ehrfurcht verbunden ist. Aber das ist keine knechtische Angst, die den Frieden zerstört und das Gewissen gefangen hält.
Die Botschaft vom Reich muss Umkehr, Glauben, Liebe, Wahrheit, Freiheit vor Gott, geistliche Wachsamkeit und die Veränderung des Herzens hervorbringen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXII. Auf die Wiederkunft Christi wachen, ohne in Angst zu fallen
1. Christus wird wiederkommen
Christus wird wiederkommen. Das Reich Gottes wird auf der Erde errichtet werden. Die Jünger sollen wachen.
Diese Hoffnung ist wesentlich. Die gegenwärtige Welt ist nicht die Erfüllung von Gottes Plan. Ungerechtigkeit, Leid, Verwirrung und Tod werden nicht das letzte Wort haben. Die Wiederkunft Christi kündigt Gottes Sieg, die Wiederherstellung aller Dinge und die Errichtung Seiner Herrschaft an.
Doch diese Hoffnung muss nüchtern bewahrt werden. Sie darf nicht zu einer Quelle dauernder Angst, menschlicher Berechnungen oder geistlichen Drucks werden.
Christus zu erwarten bedeutet, in Hoffnung und Treue zu leben, nicht in Aufregung oder Panik.
2. Wachen bedeutet nicht, Daten festzulegen
Jesus sagte:
„Von jenem Tag aber und der Stunde weiß niemand.“ (Matthäus 24,36)
„Darum wacht, denn ihr wisst nicht, an welchem Tag euer Herr kommt.“ (Matthäus 24,42)
Nach Seiner Auferstehung fragten die Jünger Jesus:
„Herr, wirst du in dieser Zeit Israel das Reich wiederherstellen?“ (Apostelgeschichte 1,6)
Jesus antwortete:
„Es gebührt euch nicht, Zeit oder Stunde zu wissen, die der Vater seiner Macht vorbehalten hat.“ (Apostelgeschichte 1,7)
Diese Antwort sollte uns demütig halten. Zu wachen bedeutet nicht, zu behaupten, wir wüssten, was der Vater nicht offenbart hat. Es bedeutet nicht, von einem Datum zum nächsten zu leben. Es bedeutet nicht, Gewissen unter Druck zu setzen.
Prophezeiung soll zu Umkehr, Hoffnung und Treue führen, nicht zu Angst und Kontrolle.
3. Wachen bedeutet, Christus treu zu bleiben
Wachen bedeutet, mit Christus verbunden zu bleiben. Es bedeutet umzukehren, wenn Gott uns etwas zeigt, den Glauben zu bewahren, Brüder und Schwestern zu lieben, Frucht zu bringen, nüchtern zu bleiben und nicht zuzulassen, dass Angst den Frieden Gottes ersetzt.
Petrus schreibt:
„Wenn nun dies alles so aufgelöst wird, wie sehr solltet ihr euch auszeichnen durch heiligen Wandel und Gottesfurcht.“ (2. Petrus 3,11)
Die Erwartung der Wiederkunft Christi soll ein nüchternes, treues und hoffnungsvolles Leben hervorbringen. Der wahre Jünger versucht nicht, genauer zu sein als sein Meister. Er hört auf das, was Christus gesagt hat, nimmt die von Gott gesetzten Grenzen an und bleibt treu.
Zu wachen bedeutet daher nicht, unter dem ständigen Druck eines Datums zu leben. Es bedeutet, heute mit Gott zu gehen — in Glauben, Umkehr, Liebe und dem Gesetz Christi.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXIII. Schluss — Heute auf Gottes Ruf antworten
Die Botschaft Jesu Christi bestand nicht einfach darin, dass eines Tages ein Reich kommen würde. Seine Botschaft war direkter, dringlicher und persönlicher:
„Das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Das Reich Gottes wird bei der Wiederkunft Christi auf der Erde errichtet werden. Diese Hoffnung bleibt im Mittelpunkt des Evangeliums. Doch die Erwartung des Reiches darf nicht zu bloßer prophetischer Neugier, zu einer Quelle der Angst oder zu einem Mittel werden, Gewissen unter Druck zu setzen. Sie soll zu einer lebendigen Antwort vor Gott führen.
Gott allein ruft. Niemand kommt aus eigener Kraft zum Vater. Das Heil wird aus Gnade durch den Glauben an Jesus Christus geschenkt. Doch diese Gnade bleibt niemals unfruchtbar. Sie führt den Gläubigen zu Gott zurück, lädt zur Umkehr ein, lehrt, in Christus zu bleiben, und bringt nach und nach die Früchte eines verwandelten Lebens hervor.
Bereit für das Reich zu sein bedeutet daher nicht, sich durch Werke selbst zu retten. Es bedeutet, Gottes Ruf demütig anzunehmen und Christus in uns ein neues Herz formen zu lassen. Das Gesetz Christi wird dann zum konkreten Weg dieser Veränderung: lieben, vergeben, dienen, Lasten tragen, mit Sanftmut wiederherstellen, in der Wahrheit gehen und sich weigern, Angst an die Stelle der Liebe Gottes treten zu lassen.
Das Reich Gottes ist nicht nur eine Prophezeiung, die man kennen soll. Es ist eine Wirklichkeit, die man suchen soll. Es geht nicht nur darum zu wissen, was Gott morgen auf der Erde tun wird, sondern auch darum, Gott heute in unserem Herzen herrschen zu lassen.
Die eigentliche Frage lautet daher nicht nur: „Wann wird das Reich kommen?“ Sie lautet auch: „Wie antworte ich jetzt auf Gottes Ruf?“
Diese Antwort wird nicht an religiösem Stolz, Angst oder Leistung gemessen. Sie ist in einem Leben zu erkennen, das zuerst Gottes Reich und Seine Gerechtigkeit sucht — aus Liebe zu Gott, durch den Glauben an Jesus Christus und durch das Werk der Veränderung, das Gott in denen vollbringt, die Er zu sich ruft.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisHinweis zu den Bibelzitaten
Sofern nicht anders angegeben, folgen die Bibelzitate anerkannten Übersetzungen. Die französische Ausgangsfassung verwendet hauptsächlich die Louis Segond 1910; in den übersetzten Fassungen wurden die Zitate sinngemäß und leserfreundlich wiedergegeben.
Królestwo Boże na ziemi, nawrócenie i prawo Chrystusa
Jak przygotować się na Królestwo, które Jezus Chrystus przyszedł głosić?
Badajcie wszystko; zachowujcie to, co dobre.
Autor: Christophe Binette | Opublikowano 26 lipca 2026 r. | Założyciel Examine All Things — Studia biblijne oparte na Piśmie Świętym
Wstęp
Przesłanie o Królestwie Bożym znajduje się w centrum nauczania Jezusa Chrystusa. Od samego początku swojej służby Jezus głosił:
„Czas się wypełnił i przybliżyło się Królestwo Boże. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
To przesłanie nie zniknęło po Jego śmierci i zmartwychwstaniu. Apostołowie nadal głosili Królestwo Boże, zwiastowali Jezusa Chrystusa i wzywali do nawrócenia, wiary oraz przemienionego życia przed Bogiem.
Pod koniec Dziejów Apostolskich Paweł wciąż jest przedstawiony jako ten, który głosi Królestwo Boże i naucza o Jezusie Chrystusie:
„Głosił Królestwo Boże i nauczał o Panu Jezusie Chrystusie z całą odwagą, bez przeszkód.” (Dzieje Apostolskie 28:31)
Królestwo Boże nie jest więc tematem drugorzędnym ani jedynie doktryną proroczą. Zapowiada panowanie Boga, powrót Jezusa Chrystusa i odnowienie wszystkich rzeczy, ale także wezwanie skierowane już teraz do tych, których Bóg pociąga do siebie.
Królestwo to zostanie w pełni ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Już dziś jednak wzywa każdego wierzącego, aby wrócił do Boga, przyjął Jego łaskę, trwał w Chrystusie, przynosił owoc i uczył się żyć według ducha Królestwa.
Niniejsze studium nie ma na celu przedstawienia nowej organizacji ani sprawowania duchowej władzy nad sumieniami. Jego celem jest po prostu zbadanie w świetle Pisma, jak wiernie odpowiedzieć na przesłanie o Królestwie, które głosili Jezus Chrystus i apostołowie.
Główne pytanie brzmi zatem: skoro Królestwo Boże znajdowało się w centrum przesłania Jezusa Chrystusa i apostołów, jak powinniśmy dziś na to przesłanie odpowiedzieć?
I. Wprowadzenie — Przesłanie, które Jezus naprawdę przyniósł
Gdy Jezus Chrystus rozpoczął swoją służbę, nie przedstawił najpierw organizacji, tradycji religijnej ani systemu zewnętrznych praktyk. Ogłosił Królestwo Boże.
„Czas się wypełnił i przybliżyło się Królestwo Boże. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
To zdanie streszcza istotę Jego przesłania. Jezus ogłasza, że Bóg działa, że Jego Królestwo się przybliża i że ta wiadomość domaga się osobistej odpowiedzi. Nie chodzi jedynie o usłyszenie proroctwa czy zaakceptowanie religijnej idei. Chodzi o powrót do Boga, wiarę w Ewangelię i pozwolenie, aby Jego wola przemieniała życie.
Dlatego Królestwa Bożego nie można sprowadzić do jednego z wielu tematów proroczych. Jest ono związane z nawróceniem, wiarą, łaską, powrotem Chrystusa oraz sposobem, w jaki wierzący już dziś żyje przed Bogiem.
Naturalnie pojawia się pytanie: jak człowiek powołany przez Boga powinien odpowiedzieć na to przesłanie? Biblijnej odpowiedzi nie znajdziemy ani w zaufaniu do samego siebie, ani w przynależności do organizacji, ani w zachowywaniu prawa Mojżeszowego jako środka zbawienia. Znajduje się ona w Jezusie Chrystusie: Bóg powołuje, Chrystus zbawia, Duch przemienia, a wierzący uczy się żyć w wierze, nawróceniu i prawie Chrystusa.
1. Jezus nie przyszedł głosić jedynie religii
Wiele osób spontanicznie kojarzy wiarę chrześcijańską z religią, rytuałami, zasadami, tradycjami lub widzialną przynależnością. Elementy te mogą czasem towarzyszyć życiu wierzących, lecz nie stanowią sedna przesłania Jezusa.
Jezus ogłosił coś większego: Królestwo Boże. Głosił panowanie Boga, Jego ingerencję w historię ludzkości i wezwanie skierowane do ludzi, aby wrócili do Ojca.
Nie oznacza to, że wspólnota wierzących jest nieistotna. Uczniowie potrzebują zachęty, nauczania, wsparcia i braterstwa. Żadna ludzka struktura nie może jednak zająć miejsca Królestwa Bożego ani w sumieniu wierzącego miejsca należącego wyłącznie do Jezusa Chrystusa.
Królestwo głoszone przez Jezusa wykracza poza ludzkie organizacje. Kieruje wzrok ku Bogu, Jego panowaniu, Jego sprawiedliwości i wewnętrznej przemianie, której Bóg pragnie dokonać w tych, których powołuje.
2. Przesłanie o Królestwie wymaga osobistej odpowiedzi
Królestwo Boże nie jest tylko prawdą do poznania. Jest przesłaniem, które wzywa do odpowiedzi.
Jezus nie mówi jedynie, że Królestwo jest blisko. Wzywa także do nawrócenia i wiary. Oznacza to, że głoszenie Królestwa nie powinno budzić jedynie proroczej ciekawości. Powinno prowadzić do rzeczywistego powrotu do Boga.
Można dużo wiedzieć o proroctwach, a mimo to nie odpowiedzieć prawdziwie na Boże powołanie. Można mówić o Królestwie, oczekiwać powrotu Chrystusa i bronić pewnych doktryn, a jednocześnie nie pozwalać Bogu panować we własnym sercu.
Dlatego studium Królestwa musi zawsze pozostać związane z nawróceniem, wiarą, łaską i wewnętrzną przemianą. Królestwo głoszone przez Jezusa dotyczy nie tylko przyszłości świata. Dotyczy również stanu serca przed Bogiem dzisiaj.
3. Królestwo już dziś dotyka naszego życia
Królestwo Boże zostanie w pełni ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Nie oznacza to jednak, że nie ma żadnego związku z obecnym życiem wierzącego.
Ten, kto oczekuje Królestwa, powinien już teraz uczyć się żyć według jego ducha. Dotyczy to sposobu myślenia, mówienia, napominania, przebaczania, służenia, sprawowania odpowiedzialności, traktowania słabych, noszenia ciężarów oraz miłowania braci i sióstr.
Królestwo Boże nie jest więc tylko proroctwem na jutro. Jest także rzeczywistością, która już dziś wzywa nas do życia pod władzą Boga. Oczekiwanie Królestwa to nie tylko pytanie, kiedy ono przyjdzie. To także proszenie Boga, aby już teraz panował w naszym sercu, wyborach i relacjach.
↑ Powrót do spisu treściII. Królestwo Boże było w centrum przesłania Jezusa
1. Jezus przyszedł głosić Królestwo
Łukasz przytacza słowa Jezusa:
„Muszę i innym miastom głosić dobrą nowinę o Królestwie Bożym, bo po to zostałem posłany.” (Łukasza 4:43)
Sam Jezus mówi, że właśnie w tym celu został posłany: aby głosić dobrą nowinę o Królestwie Bożym. Królestwo nie jest więc tematem pobocznym. Znajduje się w centrum Jego przesłania.
Jezus uzdrawiał, nauczał, napominał, pocieszał, przebaczał i ostrzegał. Wszystko to było jednak częścią większego przesłania: Bóg panuje, Jego Królestwo nadchodzi, a ludzie powinni wrócić do Niego.
W Ewangeliach Królestwo Boże nie jest abstrakcyjną ideą. Jest związane z obecnością Chrystusa, władzą Boga, nawróceniem, sprawiedliwością, miłosierdziem i przemianą życia. Jezus nie głosił wiary oddzielonej od Królestwa. Głosił Ewangelię Królestwa.
2. Królestwo należy do Boga
Królestwo Boże nie pochodzi z ludzkiej organizacji. Nie zależy od siedziby administracyjnej, religijnego przywódcy ani projektu zbudowanego przez ludzi.
Jezus powiedział:
„Królestwo moje nie jest z tego świata.” (Jana 18:36)
Jego Królestwo nie ma źródła w ludzkich systemach. Pochodzi od Boga. Nie oznacza to, że Bóg nie może posługiwać się ludźmi, zgromadzeniami czy wspólnotami. Żadnej ludzkiej struktury nie można jednak utożsamiać z samym Królestwem Bożym.
To rozróżnienie jest ważne. Gdy przesłanie o Królestwie prowadzi przede wszystkim do zależności od organizacji, człowieka czy jednej jedynej struktury, należy się zatrzymać i zbadać sprawę. Królestwo Boże powinno prowadzić do Boga, do Ojca i do Jezusa Chrystusa, Króla zapowiedzianego w Piśmie.
Organizacja może służyć, nauczać, wspierać i gromadzić. Nie może jednak zająć miejsca Chrystusa ani stać się centrum wiary wierzącego.
3. Szukanie Królestwa zaczyna się już dziś
Jezus powiedział:
„Szukajcie najpierw Królestwa Bożego i jego sprawiedliwości.” (Mateusza 6:33)
Szukać Królestwa nie znaczy tylko oczekiwać przyszłego wydarzenia. Oznacza stawiać Boga ponad wszystkim już teraz.
Szukać Królestwa to szukać woli Boga, pragnąć Jego sprawiedliwości, pozwalać, aby Jego słowo korygowało nasz sposób myślenia, i uczyć się żyć pod władzą Chrystusa.
Królestwo dotyczy przyszłości, ale już teraz dotyka teraźniejszości. Wierzący oczekujący Królestwa nie może żyć tak, jakby Bóg nie miał nic do powiedzenia o jego obecnym życiu. Nie może oddzielać nadziei Królestwa od posłuszeństwa Chrystusowi.
To posłuszeństwo trzeba jednak właściwie rozumieć. Nie służy ono do kupienia zbawienia. Jest odpowiedzią serca, które Bóg powołał, dotknął i przyprowadził z powrotem do siebie.
↑ Powrót do spisu treściIII. Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi
1. Królestwo Boże jest przyszłą rzeczywistością
Biblia zapowiada, że Bóg ustanowi swoje Królestwo.
Prorok Daniel pisze:
„Za dni tych królów Bóg niebios wzbudzi królestwo, które nigdy nie zostanie zniszczone.” (Daniela 2:44)
Ludzkie królestwa przemijają. Zmieniają się, dzielą, psują albo znikają. Nawet najpotężniejsze imperia pokazują swoje granice. Królestwo Boże natomiast nigdy nie zostanie zniszczone.
Daniel zapowiada również, że „Syn Człowieczy” otrzyma władzę, chwałę i królestwo:
„Dano mu władzę, chwałę i królestwo, aby służyły mu wszystkie ludy, narody i języki.” (Daniela 7:14)
Królestwo Boże nie jest więc jedynie wewnętrznym przeżyciem. Będzie miało widzialną i konkretną rzeczywistość. Bóg wkroczy w historię ludzkości, a Jego panowanie zostanie ustanowione przez Jezusa Chrystusa.
2. Królestwo będzie również rzeczywistym rządem
Królestwo Boże nie jest tylko rzeczywistością wewnętrzną ani duchowym sposobem mówienia o obecności Boga w sercu wierzącego. Biblia przedstawia je także jako prawdziwe królestwo ustanowione przez Boga pod władzą Jezusa Chrystusa.
Daniel zapowiada, że to Królestwo zastąpi ludzkie królestwa:
„Za dni tych królów Bóg niebios wzbudzi królestwo, które nigdy nie zostanie zniszczone.” (Daniela 2:44)
Będzie ono zatem konkretną rzeczywistością. Nie będzie po prostu stopniowym ulepszaniem obecnego świata ani końcowym rezultatem ludzkich wysiłków. Ustanowi je sam Bóg.
Daniel pokazuje również, że Syn Człowieczy otrzymuje powszechne panowanie:
„Dano mu władzę, chwałę i królestwo, aby służyły mu wszystkie ludy, narody i języki.” (Daniela 7:14)
Królestwo Boże będzie więc sprawiedliwym rządem kierowanym przez Chrystusa, w którym wola Boga będzie wykonywana na ziemi. O to właśnie Jezus uczy nas się modlić:
„Przyjdź Królestwo Twoje; bądź wola Twoja jak w niebie, tak i na ziemi.” (Mateusza 6:10)
Ta prawda jest ważna. Chroni nas przed sprowadzaniem Królestwa do osobistego doświadczenia, ale także przed utożsamianiem go z obecną ludzką organizacją. Królestwo należy do Boga. Zostanie ustanowione przez Chrystusa, a ci, których Bóg dziś powołuje, są zaproszeni, aby przygotowywać się do niego, ucząc się już teraz żyć według ducha Królestwa.
3. Chrystus powróci, aby panować
W Objawieniu czytamy:
„Królestwo świata stało się królestwem naszego Pana i Jego Chrystusa, i będzie królował na wieki wieków.” (Objawienie 11:15)
Chrystus powróci. Panowanie Boga zostanie ustanowione. Królestwa tego świata nie będą wieczne.
Ta nadzieja jest cenna w świecie naznaczonym niesprawiedliwością, zamętem, przemocą i cierpieniem. Ludzie szukają rozwiązań, a pewne projekty mogą przynieść czasową poprawę. Żaden ludzki system nie może jednak trwale ustanowić doskonałej sprawiedliwości, prawdziwego pokoju i pełnej prawdy.
Królestwo Boże nie będzie zwieńczeniem ludzkiego postępu. Będzie interwencją Boga przez Jezusa Chrystusa. Dlatego chrześcijańska nadzieja nie opiera się na ludzkim optymizmie, lecz na wierności Boga.
4. Tylko Bóg może uzdrowić ludzkie serce
Ludzie mogą poprawiać warunki życia, organizować społeczeństwa, budować, uczyć się, leczyć i rozwijać. Nie należy lekceważyć tego, co pożyteczne. Trzeba jednak uznać fundamentalne ograniczenie: człowiek nie jest w stanie sam uzdrowić ludzkiego serca.
Jeremiasz mówi:
„Serce jest zdradliwsze niż wszystko inne i niepoprawne.” (Jeremiasza 17:9)
Jezus również naucza, że złe rzeczy wychodzą z ludzkiego serca:
„Z serca bowiem pochodzą złe myśli, zabójstwa, cudzołóstwa, nierząd, kradzieże, fałszywe świadectwa, bluźnierstwa.” (Mateusza 15:19)
Dlatego Królestwa Bożego nie można zastąpić ludzkim projektem. Człowiek może zmieniać pewne struktury, ale tylko Bóg może przemienić serce. Królestwo przyjdzie na ziemię, lecz ustanowi je Bóg przez Jezusa Chrystusa, a nie siła, pycha czy ograniczona mądrość człowieka.
↑ Powrót do spisu treściIV. Królestwo przede wszystkim wzywa do nawrócenia
1. Jezus łączy Królestwo z nawróceniem
Jezus nie powiedział tylko, że Królestwo Boże jest blisko. Dodał:
„Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
Nawrócenie jest więc bezpośrednio związane z przesłaniem o Królestwie. Nie można oddzielić ogłoszenia panowania Boga od wezwania do zmiany serca.
Królestwo nie jest tylko przyszłą obietnicą. Jest także obecnym wezwaniem. Jezus nie prosi ludzi jedynie, aby czekali na to, co Bóg uczyni później. Wzywa ich, aby wrócili do Boga teraz.
Nawrócenie nie jest drugorzędnym dodatkiem do Ewangelii. Jest częścią dobrej nowiny, ponieważ otwiera drogę powrotu do Ojca.
2. Nawrócenie oznacza powrót do Boga
Nawrócenie to coś więcej niż żal. Nie jest tylko chwilowym poczuciem winy. Nie oznacza także dołączenia do grupy religijnej, aby poczuć się bezpieczniej.
Nawrócić się to wrócić do Boga. To uznać, że Bóg ma rację, zaakceptować, że On powinien korygować nasz sposób myślenia i życia, oraz odwrócić się nie tylko od widocznego grzechu, ale również od pychy, lęku, zatwardziałości, obłudy i polegania na sobie.
Piotr powiedział:
„Nawróćcie się więc i odwróćcie, aby wasze grzechy zostały zgładzone.” (Dzieje Apostolskie 3:19)
Biblijne nawrócenie nie jest jedynie emocją. Oznacza rzeczywisty powrót do Boga. Dotyka kierunku życia, motywacji serca i sposobu, w jaki człowiek staje przed Bogiem.
3. Prawdziwe nawrócenie prowadzi z powrotem do Ojca
Nawrócenia nie należy mylić z nieustannym poczuciem winy. Bóg nie powołuje ludzi po to, aby ich zmiażdżyć, lecz aby przyprowadzić ich z powrotem do siebie. Ukazuje grzech, ale otwiera też drogę przebaczenia, łaski i odnowienia.
Paweł pokazuje, że nawrócenie jest związane z dobrocią Boga:
„Dobroć Boga prowadzi cię do nawrócenia.” (Rzymian 2:4)
Nawrócenie oparte wyłącznie na strachu może wytworzyć zewnętrzne posłuszeństwo, ale nie zawsze uzdrawia serce. Może prowadzić do wstydu, duchowego wyczerpania lub nadmiernej zależności od ludzi.
Biblijne nawrócenie jest inne. Oddala od grzechu, lecz przybliża do Boga. Nie pozostawia wierzącego zamkniętego w potępieniu; prowadzi go do Ojca przez Jezusa Chrystusa.
↑ Powrót do spisu treściV. Tylko Bóg powołuje, ale człowiek musi odpowiedzieć
1. Bóg podejmuje inicjatywę
Jezus powiedział:
„Nikt nie może przyjść do mnie, jeśli go nie pociągnie Ojciec, który mnie posłał.” (Jana 6:44)
Nikt nie przychodzi do Boga własną siłą. To Bóg powołuje, pociąga, otwiera umysł i serce.
Ta prawda powinna prowadzić do pokory. Jeśli rozumiemy coś z Bożych spraw, nie dzieje się tak dlatego, że jesteśmy lepsi od innych, lecz dlatego, że Bóg zadziałał. Boże powołanie jest łaską, a nie powodem do chluby.
Zmienia to także nasze spojrzenie na innych. Ten, kto otrzymał duchowe zrozumienie, nie powinien używać go do pogardzania tymi, którzy jeszcze nie widzą. Powinien raczej przyjąć powołanie z wdzięcznością, powagą i pokorą.
2. Boże powołanie nie jest zasługą
Jeśli Bóg nas powołuje, nie dzieje się tak dlatego, że na to zasłużyliśmy.
Paweł pisze:
„Bóg nas zbawił i powołał świętym powołaniem, nie na podstawie naszych uczynków, lecz według swojego zamysłu i łaski.” (2 Tymoteusza 1:9)
Boże powołanie zaczyna się od Jego łaski, a nie od ludzkiej wydajności. Chroni to wierzącego przed duchową pychą, ale także przed rozpaczą. Bóg nie powołuje dlatego, że człowiek jest już godny. Powołuje, aby przyprowadzić, zbawić, przemienić i ukształtować.
To powołanie jest cenne. Nie wolno traktować go lekko. Nie może jednak stać się źródłem religijnej wyższości. Ten, kto został powołany, nie otrzymał powodu, by wynosić się nad innych; otrzymał odpowiedzialność przed Bogiem.
3. Powołanie wymaga odpowiedzi
Boże powołanie nie usuwa ludzkiej odpowiedzialności. Ten, kto słyszy wezwanie, musi odpowiedzieć.
Jezus powiedział:
„Wielu jest powołanych, lecz mało wybranych.” (Mateusza 22:14)
Bycie powołanym jest więc sprawą poważną. Wymaga realnej odpowiedzi: wiary, nawrócenia, posłuszeństwa, wytrwałości i życia, które dąży do trwania w Chrystusie.
Jezus powiedział:
„Trwajcie we mnie, a ja w was.” (Jana 15:4)
Paweł wyraża tę równowagę bardzo głęboko:
„Z bojaźnią i drżeniem sprawujcie swoje zbawienie; albowiem Bóg to według upodobania sprawia w was i chcenie, i wykonanie.” (Filipian 2:12-13)
Bóg działa w nas, lecz Jego działanie nie usuwa naszej odpowiedzi. Czyni ją możliwą. Życie chrześcijańskie nie jest więc ani poleganiem na sobie, ani duchową biernością. Jest chodzeniem z Bogiem, w którym Jego łaska rodzi w nas żywą odpowiedź.
↑ Powrót do spisu treściVI. Zbawienie jest z łaski, a nie z zasług religijnych
1. Zbawienie jest darem
Mówiąc o przygotowaniu do Królestwa, trzeba uniknąć niebezpiecznego pomieszania pojęć: nikt nie zdobywa zbawienia własnymi zasługami.
Paweł pisze:
„Łaską jesteście zbawieni przez wiarę. I to nie z was: Boży to dar.” (Efezjan 2:8)
Zbawienie jest darem. Nie zdobywa się go dzięki religijnym osiągnięciom. Bóg zbawia z łaski, przez wiarę w Jezusa Chrystusa.
Ta prawda nie czyni posłuszeństwa niepotrzebnym, lecz umieszcza je na właściwym miejscu. Posłuszeństwo nie służy do kupienia zbawienia. Jest owocem żywej wiary i serca, które Bóg przemienia.
2. Organizacja nie zbawia
Zbawienie nie opiera się na przynależności do organizacji, lojalności wobec przywódcy, dziesięcinie, szabacie, świętach ani zachowywaniu prawa Mojżeszowego jako systemu usprawiedliwienia.
Paweł pisze:
„Człowiek nie zostaje usprawiedliwiony z uczynków prawa, lecz przez wiarę w Jezusa Chrystusa.” (Galatów 2:16)
Wierzący może mieć osobiste przekonania w pewnych sprawach. Może zachowywać szabat przed Bogiem, uczestniczyć w niektórych biblijnych świętach, hojnie dawać lub prowadzić zdyscyplinowane życie. Praktyki te nie mogą jednak stać się podstawą zbawienia ani absolutnym kryterium określającym, kto naprawdę należy do Boga.
Centrum zbawienia nie jest praktyka religijna. Centrum zbawienia jest Jezus Chrystus.
3. Uczynki są owocem zbawienia
Paweł dodaje:
„Jesteśmy bowiem Jego dziełem, stworzeni w Chrystusie Jezusie do dobrych uczynków.” (Efezjan 2:10)
Dobre uczynki nie są korzeniem zbawienia. Są jego owocem.
Nie jesteśmy posłuszni po to, aby kupić sobie miejsce w Królestwie. Jesteśmy posłuszni, ponieważ Bóg nas powołał, Chrystus nas zbawia, a Duch Boży przemienia nasze serce.
Ludzka religia może popychać człowieka do posłuszeństwa ze strachu, aby udowodnić swoją wartość lub pokazać, że należy do właściwej grupy. Łaska Boga rodzi inne posłuszeństwo: posłuszeństwo serca dotkniętego, przebaczonego, podniesionego i przyprowadzonego z powrotem do Boga.
↑ Powrót do spisu treściVII. Prawo Chrystusa: sposób życia tych, którzy oczekują Królestwa
1. Prawo Chrystusa dotyczy naszych relacji
Skoro zbawienie jest z łaski, nie oznacza to, że wierzący żyje bez kierunku. Nowy Testament wyraźnie mówi o prawie Chrystusa.
Paweł pisze:
„Jedni drugich brzemiona noście, a tak wypełnicie prawo Chrystusa.” (Galatów 6:2)
Chwilę wcześniej mówi o przywracaniu upadłego w duchu łagodności:
„Jeśli człowiek zostanie przyłapany na jakimś upadku, wy, którzy jesteście duchowi, poprawiajcie takiego w duchu łagodności.” (Galatów 6:1)
Wersety te pokazują, że prawo Chrystusa dotyczy sposobu, w jaki traktujemy innych. Nie chodzi wyłącznie o zewnętrzne reguły. Chodzi o serce, relacje, postawę, sposób napominania, noszenia ciężarów, przywracania i miłowania.
Można mieć wielką wiedzę biblijną, a jednak uchybiać prawu Chrystusa, jeśli traktuje się innych z surowością, pogardą lub dominacją.
2. Objawia się w miłości i łagodności
Jezus podał serce tego prawa:
„Nowe przykazanie daję wam: miłujcie się wzajemnie; tak jak ja was umiłowałem.” (Jana 13:34)
Miłość według Chrystusa nie jest jedynie uczuciem. Jest sposobem życia. Widać ją w łagodności, cierpliwości, przebaczeniu, miłosierdziu, służbie i przywracaniu.
Miłość ta nie zaprzecza prawdzie. Nie usprawiedliwia grzechu. Nie usuwa potrzeby nawrócenia. Odmawia jednak używania prawdy jako narzędzia do miażdżenia słabych.
Prawo Chrystusa łączy więc prawdę i miłość. Wzywa do wierności, lecz z łagodnością. Koryguje, aby podnieść. Prowadzi do posłuszeństwa, nie zastępując łaski strachem.
3. Objawia uczniów Chrystusa
Jezus powiedział:
„Po tym wszyscy poznają, że jesteście moimi uczniami, jeśli będziecie mieli miłość jedni ku drugim.” (Jana 13:35)
Znakiem uczniów Chrystusa nie jest więc przede wszystkim nazwa organizacji, wiedza prorocza czy zewnętrzna praktyka. Według Jezusa widzialnym znakiem Jego uczniów jest miłość.
Ta miłość nie jest słaba. Nie zamyka oczu na zło. Nie zastępuje nawrócenia. Odbija jednak charakter Chrystusa. Służy zamiast dominować, przebacza zamiast karmić gorycz i podnosi zamiast miażdżyć.
To jest prawo Chrystusa. I właśnie ono jest sposobem życia tych, którzy przygotowują się do Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściVIII. Prawo Mojżeszowe nie jest prawną podstawą zbawienia
1. Prawo Mojżeszowe miało rzeczywistą rolę
Trzeba wyraźnie rozróżnić prawo Mojżeszowe, prawo Chrystusa i zbawienie z łaski.
Prawo Mojżeszowe miało rzeczywistą rolę w Bożym planie. Zostało dane Izraelowi. Objawiało świętość Boga, rzeczywistość grzechu oraz potrzebę Zbawiciela.
Nie chodzi więc o lekceważenie prawa danego Izraelowi. Chodzi o zrozumienie jego roli w świetle Jezusa Chrystusa i Nowego Przymierza. Wierzący powinien czytać Stary Testament z szacunkiem, ale również uznać, że Chrystus wypełnił to, na co wskazywało prawo.
Pytanie nie brzmi, czy prawo Mojżeszowe było ważne. Było. Pytanie brzmi, czy stanowi ono prawną podstawę zbawienia wierzącego w Chrystusa. Nowy Testament wyraźnie odpowiada, że nie.
2. Wierzący nie jest zbawiony przez prawo Mojżeszowe
Paweł pisze:
„Nie jesteście pod prawem, lecz pod łaską.” (Rzymian 6:14)
Nie oznacza to, że Bóg nie ma już moralnej woli. Oznacza to, że wierzący nie znajduje się pod prawem Mojżeszowym jako prawną podstawą zbawienia.
Paweł pisze również:
„Człowiek nie zostaje usprawiedliwiony z uczynków prawa, lecz przez wiarę w Jezusa Chrystusa.” (Galatów 2:16)
Wierzący nie jest bez prawa wobec Boga. Nie znajduje się jednak pod prawem Mojżeszowym jako systemem usprawiedliwienia. Jest powołany, aby żyć pod łaską, prowadzony przez Ducha i według prawa Chrystusa.
Prawo Chrystusa nie obniża wymagań duchowych. Przeciwnie, sięga głębiej. Dotyka serca, motywacji, relacji, miłości, prawdy i wewnętrznej przemiany.
3. Praktyki nie mogą stawać się warunkami zbawienia
Szabat może być zachowywany z osobistego przekonania przed Bogiem. Nie powinien jednak stać się warunkiem zbawienia ani absolutnym kryterium rozstrzygającym, kto naprawdę należy do Boga.
Podobnie Nowy Testament nie przedstawia dziesięciny jako obowiązku narzuconego wierzącemu w Nowym Przymierzu. Kładzie raczej nacisk na hojność dobrowolną, szczerą i radosną.
Paweł pisze:
„Każdy niech daje tak, jak postanowił w sercu, nie z żalem ani z przymusu; gdyż ochotnego dawcę Bóg miłuje.” (2 Koryntian 9:7)
Chrześcijańskie dawanie nie powinno wynikać ze strachu, presji ani poczucia winy. Powinno wypływać z serca wolnego przed Bogiem.
To rozróżnienie chroni sumienie wierzącego. Pozwala traktować Boga poważnie, nie czyniąc z zewnętrznych praktyk warunków zbawienia.
↑ Powrót do spisu treściIX. Co znaczy być „uzdolnionym” do Królestwa?
1. Bóg czyni nas zdolnymi
W pewnych środowiskach religijnych mówi się czasem o byciu „zakwalifikowanym” do Królestwa Bożego.
Określenie to może być pomocne, jeśli jest właściwie rozumiane. Może jednak stać się niebezpieczne, jeśli sugeruje, że człowiek sam czyni się godnym Królestwa przez swoje uczynki.
Paweł pisze, że Ojciec uczynił nas zdolnymi do udziału w dziedzictwie świętych (Kolosan 1:12). Oznacza to, że to Bóg uzdalnia. Bóg przygotowuje. Bóg działa.
Gotowość do Królestwa nie zaczyna się więc od zaufania do siebie. Zaczyna się od łaski Boga i od dzieła, którego On dokonuje w człowieku.
2. Wierzący nie „kwalifikuje” sam siebie
Nie kwalifikujemy samych siebie tak, jakbyśmy mogli zasłużyć na Królestwo.
Bóg powołuje. Chrystus zbawia. Duch przemienia. Wierzący odpowiada. Owoce ukazują żywą wiarę. Wytrwałość objawia wierność.
Ta równowaga jest ważna. Z jednej strony wierzący nie może myśleć, że jego religijne osiągnięcia zobowiązują Boga do dania mu Królestwa. Z drugiej strony nie powinien traktować Bożego powołania biernie, jakby jego odpowiedź nie miała znaczenia.
Łaska Boga rodzi żywą odpowiedź. Uczy nas odrzucać grzech, trwać w Chrystusie i chodzić wiernie.
3. Być gotowym to wiernie odpowiedzieć na Boże powołanie
Gotowość do Królestwa nie oznacza gromadzenia religijnych osiągnięć, aby udowodnić swoją wartość. Oznacza wierne odpowiadanie na Boże powołanie.
Piotr pisze:
„Tym bardziej starajcie się umocnić wasze powołanie i wybranie.” (2 Piotra 1:10)
Bóg przygotowuje tych, których powołuje, przemieniając ich charakter. To przygotowanie widać w wierze, nawróceniu, posłuszeństwie, miłości, wytrwałości i owocach.
Jezus powiedział:
„Kto wytrwa do końca, ten będzie zbawiony.” (Mateusza 24:13)
Wytrwałość ma znaczenie. Nie jest to jednak wytrwałość w strachu. Jest to żywa wierność Bogu, karmiona wiarą, łaską, miłością i nadzieją Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściX. Oczekiwane owoce u tych, którzy czekają na Królestwo
1. Jezus zachęca nas, by badać owoce
Jezus powiedział:
„Po ich owocach poznacie ich.” (Mateusza 7:16)
Owoce mają znaczenie. Można mówić o Królestwie, proroctwach, prawdzie i posłuszeństwie. Jeśli jednak owoce nie odzwierciedlają Ducha Bożego, trzeba się zatrzymać i zbadać sprawę.
Jezus nie zachęca, by sądzić według pozorów, tytułów czy deklarowanej władzy. Zachęca, by patrzeć na owoce. Jakie owoce wydaje nauczanie? Jakie owoce wydaje praktyka? Jakie owoce wydaje władza w życiu ludzi?
Pytania te są konieczne, ponieważ Królestwo Boże przygotowuje nie tylko nowy świat. Przygotowuje również przemieniony lud.
2. Owoc Ducha ukazuje działanie Boga
Paweł opisuje owoc Ducha następująco:
„Owocem Ducha jest miłość, radość, pokój, cierpliwość, uprzejmość, dobroć, wierność, łagodność, opanowanie.” (Galatów 5:22)
Te owoce nie są drugorzędne. Ukazują działanie Boga w życiu człowieka.
Bóg szuka wiary, lecz nie wiary twardej i pełnej pychy. Szuka nawrócenia, ale nie nieustannego poczucia winy. Szuka posłuszeństwa, ale nie posłuszeństwa opartego na strachu przed ludźmi. Szuka prawdy, ale nie prawdy używanej do miażdżenia. Szuka miłości, ale nie miłości oddzielonej od Jego słowa.
Chrześcijańska przemiana dotyczy nie tylko tego, co robimy na zewnątrz. Dotyczy także tego, kim stajemy się wewnątrz.
3. Wiedza nie zastępuje miłości
Wiedza jest ważna. Doktryna jest ważna. Prawda jest ważna. Lecz bez miłości nawet wielka wiedza może stać się pusta.
Paweł pisze:
„Gdybym miał dar prorokowania, znał wszystkie tajemnice i posiadał wszelką wiedzę [...] a miłości bym nie miał, byłbym niczym.” (1 Koryntian 13:2)
Słowo to powinno prowadzić nas do trzeźwości. Wiedza prorocza nie zastępuje miłości. Prawdy biblijnej nie wolno oddzielać od charakteru Chrystusa.
Ci, którzy oczekują Królestwa, mogą więc zadawać sobie proste pytania: Czy moja wiara przybliża mnie do Chrystusa? Czy wzrastam w miłości, łagodności, cierpliwości i przebaczeniu? Czy noszę ciężary innych? Czy jestem posłuszny Bogu z miłości, czy tylko ze strachu?
Pytania te nie są drugorzędne. Dotykają bezpośrednio sposobu, w jaki Bóg kształtuje tych, którzy oczekują Jego Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściXI. Niebezpieczeństwo: głosić Królestwo, nie żyjąc prawem Chrystusa
1. Można mówić o Królestwie, zapominając o duchu Króla
Istnieje realne niebezpieczeństwo: dużo mówić o Królestwie Bożym, a jednocześnie zapominać o duchu Króla.
Można głosić Królestwo, a rządzić strachem. Można mówić o prawdzie, a nie znosić szczerych pytań. Można głosić posłuszeństwo, a zaniedbywać miłosierdzie. Można mówić o powrocie Chrystusa, a wywierać presję na sumienia za pomocą poczucia nagłości i wyznaczania dat.
Królestwa Bożego nie można oddzielić od charakteru Jezusa Chrystusa. Jeśli mówi się o Królestwie, porzucając miłość, łagodność, cierpliwość, miłosierdzie i prawdę, należy coś zbadać.
Przesłanie o Królestwie powinno prowadzić do Chrystusa, a nie do strachu przed ludźmi. Powinno rodzić szczere nawrócenie, a nie stałe poczucie winy. Powinno formować uczniów, a nie ludzi złamanych czy zależnych od ludzkiej władzy.
2. Władza według Chrystusa przypomina służbę
Jezus ostrzegł swoich uczniów:
„Wiecie, że władcy narodów panują nad nimi, a wielcy sprawują nad nimi władzę. Nie tak będzie między wami.” (Mateusza 20:25-26)
To mocne słowa: „Nie tak będzie między wami”. Władza według Chrystusa nie powinna przypominać ludzkiej dominacji. Powinna przypominać służbę.
Jezus dodaje:
„Kto chce być wielkim wśród was, niech będzie waszym sługą.” (Mateusza 20:26)
W Królestwie Bożym wielkości nie mierzy się tak jak w ludzkich systemach. Rozpoznaje się ją w służbie, pokorze, wierności, miłości i trosce o innych.
Władza duchowa, która miażdży, izoluje lub dominuje, nie odzwierciedla ducha Chrystusa. Napomnienie według Chrystusa powinno szukać odnowienia. Prawda według Chrystusa powinna prowadzić do światła, nawrócenia i wolności przed Bogiem, a nie do niewolniczego lęku.
3. Każde przesłanie o Królestwie trzeba badać
Jan pisze:
„W miłości nie ma lęku, lecz doskonała miłość usuwa lęk.” (1 Jana 4:18)
Paweł również pisze:
„Bóg nie dał nam ducha bojaźni, lecz mocy, miłości i trzeźwego myślenia.” (2 Tymoteusza 1:7)
Jeżeli przesłanie o Królestwie rodzi przede wszystkim strach, zamęt, izolację, stałe poczucie winy lub zależność od człowieka, zasługuje na zbadanie w świetle Pisma.
Nie oznacza to, że wszelka bojaźń Boża jest zła. Biblia mówi o pełnym szacunku lęku związanym z pokorą i czcią. Nie jest to jednak niewolniczy strach, który niszczy pokój i więzi sumienie.
Przesłanie o Królestwie powinno rodzić nawrócenie, wiarę, miłość, prawdę, wolność przed Bogiem, duchową czujność i przemianę serca.
↑ Powrót do spisu treściXII. Czuwać na powrót Chrystusa, nie popadając w strach
1. Chrystus powróci
Chrystus powróci. Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi. Uczniowie powinni czuwać.
Ta nadzieja jest zasadnicza. Obecny świat nie jest spełnieniem Bożego planu. Niesprawiedliwość, cierpienie, zamęt i śmierć nie będą miały ostatniego słowa. Powrót Chrystusa zapowiada zwycięstwo Boga, odnowienie wszystkich rzeczy i ustanowienie Jego panowania.
Nadzieję tę trzeba jednak zachowywać z trzeźwością. Nie może stać się źródłem stałego strachu, ludzkich kalkulacji czy duchowej presji.
Oczekiwać Chrystusa to żyć w nadziei i wierności, a nie w niepokoju czy panice.
2. Czuwać nie znaczy wyznaczać daty
Jezus powiedział:
„O tym dniu i godzinie nikt nie wie.” (Mateusza 24:36)
„Czuwajcie więc, ponieważ nie wiecie, którego dnia przyjdzie wasz Pan.” (Mateusza 24:42)
Po zmartwychwstaniu uczniowie zapytali Jezusa:
„Panie, czy w tym czasie przywrócisz królestwo Izraelowi?” (Dzieje Apostolskie 1:6)
Jezus odpowiedział:
„Nie wasza to rzecz znać czasy i chwile, które Ojciec ustanowił swoją władzą.” (Dzieje Apostolskie 1:7)
Ta odpowiedź powinna utrzymywać nas w pokorze. Czuwać nie znaczy twierdzić, że wiemy to, czego Ojciec nie objawił. Nie znaczy żyć od jednej daty do następnej. Nie znaczy wywierać presji na sumienia.
Proroctwo powinno prowadzić do nawrócenia, nadziei i wierności, a nie do strachu i kontroli.
3. Czuwać znaczy pozostać wiernym Chrystusowi
Czuwać znaczy pozostawać związanym z Chrystusem. To nawracać się, gdy Bóg coś nam pokazuje, zachowywać wiarę, miłować braci i siostry, przynosić owoc, pozostawać trzeźwym i nie pozwalać, aby strach zastąpił pokój Boży.
Piotr pisze:
„Skoro to wszystko ma ulec zagładzie, jakimi powinniście być w świętym postępowaniu i pobożności?” (2 Piotra 3:11)
Oczekiwanie powrotu Chrystusa powinno rodzić życie trzeźwe, wierne i pełne nadziei. Prawdziwy uczeń nie próbuje być bardziej precyzyjny niż jego Mistrz. Słucha tego, co powiedział Chrystus, przyjmuje granice wyznaczone przez Boga i pozostaje wierny.
Czuwać nie znaczy więc żyć pod stałą presją daty. Oznacza chodzić z Bogiem dzisiaj — w wierze, nawróceniu, miłości i prawie Chrystusa.
↑ Powrót do spisu treściXIII. Zakończenie — Odpowiedzieć dziś na Boże powołanie
Przesłanie Jezusa Chrystusa nie brzmiało po prostu: „Pewnego dnia przyjdzie Królestwo”. Było bardziej bezpośrednie, pilne i osobiste:
„Królestwo Boże jest blisko. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Ta nadzieja pozostaje w centrum Ewangelii. Oczekiwanie Królestwa nie powinno jednak stawać się jedynie proroczą ciekawością, źródłem strachu ani środkiem nacisku na sumienia. Powinno prowadzić do żywej odpowiedzi przed Bogiem.
Tylko Bóg powołuje. Nikt nie przychodzi do Ojca własną siłą. Zbawienie jest dane z łaski, przez wiarę w Jezusa Chrystusa. Łaska ta jednak nigdy nie jest bezowocna. Przyprowadza wierzącego z powrotem do Boga, wzywa do nawrócenia, uczy trwania w Chrystusie i stopniowo rodzi owoce przemienionego życia.
Być gotowym na Królestwo nie znaczy zbawić samego siebie przez uczynki. Oznacza pokornie przyjąć Boże powołanie i pozwolić Chrystusowi ukształtować w nas nowe serce. Prawo Chrystusa staje się wtedy konkretną drogą tej przemiany: miłować, przebaczać, służyć, nosić ciężary, przywracać z łagodnością, chodzić w prawdzie i nie pozwalać, aby strach zastąpił miłość Boga.
Królestwo Boże nie jest tylko proroctwem do poznania. Jest rzeczywistością, której należy szukać. Nie chodzi tylko o wiedzę, co Bóg uczyni jutro na ziemi, lecz także o pozwolenie Bogu, aby panował w naszym sercu dzisiaj.
Prawdziwe pytanie nie brzmi więc jedynie: „Kiedy przyjdzie Królestwo?” Brzmi również: „Jak odpowiadam teraz na Boże powołanie?”
Odpowiedzi tej nie mierzy się religijną pychą, strachem ani osiągnięciami. Rozpoznaje się ją w życiu, które szuka najpierw Królestwa Bożego i Jego sprawiedliwości — z miłości do Boga, przez wiarę w Jezusa Chrystusa i dzięki dziełu przemiany, którego Bóg dokonuje w tych, których powołuje do siebie.
↑ Powrót do spisu treściUwaga dotycząca cytatów biblijnych
O ile nie zaznaczono inaczej, cytaty biblijne oparto na uznanych przekładach. Francuska wersja źródłowa korzysta głównie z Biblii Louis Segond 1910; w wersjach tłumaczonych cytaty zostały oddane wiernie znaczeniowo i w formie ułatwiającej lekturę.
Royaume de Dieu sur terre, repentance et loi de Christ
¿Cómo prepararse para el Reino que Jesús Cristo vino a anunciar?
Examinez toutes choses, retenez ce qui est bon.
Par Christophe Binette | Publié le 26 juillet 2026 | Fondateur d’Examine All Things — Études bibliques fondées sur les Écritures
Preámbulo
El mensaje del Reino de Dios está en el corazón de la enseñanza de Jesús Cristo. Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús anunció:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Ce message n’a pas disparu après Sa mort et Sa résurrection. Les apôtres ont eux aussi continué à annoncer le Royaume de Dieu, à prêcher Jésus-Christ, à appeler à la repentance, à la foi et à une vie transformée devant Dieu.
Al final del libro de los Hechos, Pablo es presentado nuevamente como anunciando el Reino de Dios y enseñando lo que concierne a Jesús Cristo:
“Predicando el reino de Dios y enseñando lo que concierne al Señor Jesús Cristo, con toda libertad y sin obstáculos.” (Hechos 28:31)
Le Royaume de Dieu n’est donc pas un sujet secondaire, ni une simple doctrine prophétique. Il est au centre du message de Christ et des apôtres. Il annonce le règne de Dieu, le retour de Jésus-Christ, la restauration de toutes choses, mais aussi l’appel adressé dès maintenant à ceux que Dieu attire à Lui.
Este Reino será plenamente establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Pero ya hoy llama a cada creyente a volver a Dios, a recibir Su gracia, a permanecer en Cristo, a dar fruto y a aprender a vivir según el espíritu del Reino.
Este estudio no busca presentar una nueva organización, ni ejercer una autoridad espiritual sobre las conciencias. Su objetivo es simplemente examinar, a la luz de las Escrituras, cómo responder fielmente al mensaje del Reino que Jesús Cristo y los apóstoles anunciaron.
La pregunta central es, por lo tanto, la siguiente: si el Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús Cristo y de los apóstoles, ¿cómo debemos responder a este mensaje hoy?
I. Introducción — El mensaje que Jesús realmente trajo
Cuando Jesucristo comenzó Su ministerio, no presentó primero una organización, una tradición religiosa o un sistema de prácticas externas. Anunció el Reino de Dios.
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Esta declaración resume lo esencial de Su mensaje. Jesús anuncia que Dios interviene, que Su Reino se acerca, y que este anuncio requiere una respuesta personal. No se trata solo de escuchar una profecía o de aceptar una idea religiosa. Se trata de volver a Dios, de creer en el Evangelio y de dejar que Su voluntad transforme la vida.
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reducido a un tema profético entre otros. Está relacionado con el arrepentimiento, la fe, la gracia, el regreso de Cristo y la manera en que el creyente ya vive hoy ante Dios.
Una pregunta surge entonces naturalmente: ¿cómo debe responder una persona llamada por Dios a este mensaje? La respuesta bíblica no se encuentra ni en la confianza en uno mismo, ni en la pertenencia a una organización, ni en la observancia de la ley mosaica como medio de salvación. Se encuentra en Jesucristo: Dios llama, Cristo salva, el Espíritu transforma, y el creyente aprende a vivir en la fe, el arrepentimiento y la ley de Cristo.
1. Jesús no ha anunciado una simple religión
Muchas personas asocian espontáneamente la fe cristiana con una religión, con ritos, con reglas, con tradiciones o con una pertenencia visible. Estos elementos pueden a veces acompañar la vida de los creyentes, pero no constituyen el corazón del mensaje de Jesús.
Jesús ha anunciado algo más grande: el Reino de Dios. Ha proclamado el reino de Dios, la intervención de Dios en la historia humana, y el llamado dirigido a los hombres para regresar al Padre.
Esto no significa que la comunión entre creyentes no tenga importancia. Los discípulos necesitan aliento, enseñanza, apoyo y fraternidad. Pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar del Reino de Dios, ni ocupar en la conciencia del creyente el lugar que pertenece solo a Jesucristo.
El Reino anunciado por Jesús supera las organizaciones humanas. Dirige la mirada hacia Dios, hacia Su reino, hacia Su justicia, y hacia la transformación interior que Dios quiere realizar en aquellos a quienes llama.
2. El mensaje del Reino demanda una respuesta personal
El Reino de Dios no es solo una verdad que conocer. Es un mensaje que llama a una respuesta.
Jesús no dice simplemente que el Reino está cerca. También llama a la arrepentimiento y a la fe. Esto significa que el anuncio del Reino no debe producir solo curiosidad profética. Debe conducir a un regreso real hacia Dios.
Se puede conocer muchas cosas sobre la profecía y, sin embargo, no responder realmente al llamado de Dios. Se puede hablar del Reino, esperar el regreso de Cristo, defender ciertas doctrinas, y sin embargo no dejar que Dios reine en su propio corazón.
Por eso, el estudio del Reino siempre debe estar ligado al arrepentimiento, a la fe, a la gracia y a la transformación interior. El Reino que Jesús anuncia no solo se refiere al futuro del mundo. También se refiere al estado del corazón ante Dios hoy.
3. El Reino ya toca nuestra vida hoy
El Reino de Dios será plenamente establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Pero eso no significa que no tenga ningún vínculo con la vida presente del creyente.
Aquel que espera el Reino ya debe aprender a vivir según el espíritu del Reino. Esto toca la manera de pensar, de hablar, de corregir, de perdonar, de servir, de ejercer una responsabilidad, de tratar a los débiles, de llevar las cargas y de amar a los hermanos y hermanas.
El Reino de Dios no es, por lo tanto, solo una profecía para mañana. También es una realidad que nos llama hoy a vivir bajo la autoridad de Dios. Esperar el Reino no es solo preguntarse cuándo vendrá. También es pedir a Dios que ya reine en nuestro corazón, en nuestras elecciones y en nuestras relaciones.
↑ Retour au sommaireII. El Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús
1. Jesús vino a anunciar el Reino
Lucas reporta esta palabra de Jesús :
“También debo anunciar a las otras ciudades la buena noticia del reino de Dios; porque para esto he sido enviado.” (Lucas 4:43)
Jesús dice Él mismo que por eso ha sido enviado: anunciar la buena noticia del Reino de Dios. El Reino no es, por lo tanto, un tema secundario. Está en el corazón de Su mensaje.
Jesús sanó, enseñó, corrigió, consoló, perdonó y advirtió. Pero todo esto se inscribía en un mensaje más amplio: Dios reina, Su Reino viene, y los hombres deben volver a Él.
En los Evangelios, el Reino de Dios no es una idea abstracta. Está ligado a la presencia de Cristo, a la autoridad de Dios, al arrepentimiento, a la justicia, a la misericordia y a la transformación de la vida. Jesús no predicaba una fe separada del Reino. Predicaba el Evangelio del Reino.
2. El Reino pertenece a Dios
El Reino de Dios no proviene de una organización humana. No depende de una sede administrativa, de un líder religioso o de un proyecto construido por los hombres.
“Mi reino no es de este mundo.” (Juan 18:36)
Su Reino no tiene su origen en los sistemas humanos. Viene de Dios. Esto no significa que Dios no pueda usar nunca a personas, asambleas o comunidades. Pero ninguna estructura humana puede confundirse con el Reino de Dios mismo.
Esta distinción es importante. Cuando el mensaje del Reino conduce principalmente a depender de una organización, de un hombre o de una estructura única, es necesario detenerse y examinar. El Reino de Dios debe conducir a Dios, al Padre, y a Jesucristo, el Rey anunciado por las Escrituras.
Una organización puede servir, enseñar, apoyar y reunir. Pero nunca debe tomar el lugar de Cristo, ni convertirse en el centro de la fe del creyente.
3. Buscar el Reino comienza ahora
“Buscad primeramente el reino y la justicia de Dios; y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33)
Buscar el Reino no significa solo esperar un evento futuro. Significa colocar a Dios por encima de todo desde hoy.
Buscar el Reino es buscar la voluntad de Dios, desear Su justicia, aceptar que Su palabra corrige nuestra manera de pensar, y aprender a vivir bajo la autoridad de Cristo.
El Reino se refiere al futuro, pero ya toca el presente. Un creyente que espera el Reino no puede vivir como si Dios no tuviera nada que decir sobre su vida actual. No puede separar la esperanza del Reino de la obediencia a Cristo.
Pero esta obediencia debe ser bien entendida. No sirve para comprar la salvación. Es la respuesta de un corazón que Dios ha llamado, tocado y traído de vuelta a Él.
↑ Retour au sommaireIII. El Reino de Dios será establecido en la tierra
1. El Reino de Dios es una realidad futura
La Biblia anuncia que Dios establecerá Su Reino.
“En el tiempo de estos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que nunca será destruido.” (Daniel 2:44)
Los reinos humanos pasan. Cambian, se dividen, se corrompen o desaparecen. Incluso los imperios más poderosos muestran sus límites. El Reino de Dios, en cambio, nunca será destruido.
Daniel también anuncia que un “hijo del hombre” recibirá la dominación, la gloria y el reino:
“Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de todas lenguas le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios no es solo una experiencia interior. Tendrá una realidad visible y concreta. Dios intervendrá en la historia humana, y Su reino será establecido por Jesucristo.
2. El Reino también será un gobierno real
El Reino de Dios no es solo una realidad interior, ni solo una manera espiritual de hablar de la presencia de Dios en el corazón del creyente. La Biblia también lo presenta como un reino real, establecido por Dios, bajo la autoridad de Jesucristo.
Daniel anuncia que este Reino reemplazará los reinos humanos:
“En el tiempo de estos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que nunca será destruido.” (Daniel 2:44)
Este Reino tendrá, por lo tanto, una realidad concreta. No será simplemente una mejora progresiva del mundo actual, ni el resultado final de los esfuerzos humanos. Será establecido por Dios mismo.
Daniel también muestra que el Hijo del hombre recibe un dominio universal:
“Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de todas lenguas le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios será, por lo tanto, un gobierno justo, dirigido por Cristo, en el cual se hará la voluntad de Dios en la tierra. Esto es lo que Jesús nos enseña a pedir en la oración:
“Venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” (Mateo 6:10)
Esta verdad es importante. Nos impide reducir el Reino a una simple experiencia personal. Pero también nos impide confundirlo con una organización humana actual. El Reino pertenece a Dios. Será establecido por Cristo, y aquellos que Dios llama hoy están invitados a prepararse para este reino viviendo ya según el espíritu del Reino.
2. Christ reviendra pour régner
“El reino del mundo es entregado a nuestro Señor y a su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Cristo volverá. El reino de Dios será establecido. Los reinos de este mundo no serán eternos.
Esta esperanza es valiosa en un mundo marcado por la injusticia, la confusión, la violencia y el sufrimiento. Los hombres buscan soluciones, y algunos proyectos pueden aportar mejoras temporales. Pero ningún sistema humano puede establecer de manera duradera la justicia perfecta, la paz real y la verdad completa.
El Reino de Dios no será el resultado del progreso humano. Será la intervención de Dios a través de Jesucristo. Por eso, la esperanza cristiana no se basa en el optimismo humano, sino en la fidelidad de Dios.
3. Dieu seul peut guérir le cœur humain
Los hombres pueden mejorar las condiciones de vida, organizar sociedades, construir, aprender, sanar y desarrollar. No se debe menospreciar lo que puede ser útil. Pero hay que reconocer un límite fundamental: el hombre no puede, por sí mismo, sanar el corazón humano.
“El corazón es engañoso más que todas las cosas, y perverso.” (Jeremías 17:9)
Jesús también enseña que las cosas malas salen del corazón del hombre:
“Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las calumnias.” (Mateo 15:19)
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reemplazado por un proyecto humano. El hombre puede cambiar ciertas estructuras, pero solo Dios puede transformar el corazón. El Reino vendrá sobre la tierra, pero será establecido por Dios, por Jesucristo, y no por la fuerza, el orgullo o la sabiduría limitada de los hombres.
↑ Retour au sommaireIV. El Reino llama primero a la arrepentimiento
1. Jesús liga el Reino a la arrepentimiento
Jesús no solo dijo que el Reino de Dios está cerca. Él añadió :
“Arrepiéntanse, y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
La arrepentimiento está, por lo tanto, directamente relacionada con el mensaje del Reino. No se puede separar el anuncio del reino de Dios de la llamada a cambiar de corazón.
El Reino no es solo una promesa futura. También es una llamada presente. Jesús no pide simplemente a los hombres que esperen lo que Dios hará más tarde. Les pide que regresen a Dios ahora.
Esta arrepentimiento no es un añadido secundario al Evangelio. Es parte de la buena noticia, porque abre el camino de regreso al Padre.
2. La arrepentimiento significa regresar a Dios
La arrepentimiento no es solo lamentarse. No es solo sentirse mal por un momento. Tampoco es unirse a un grupo religioso para sentirse mejor.
La arrepentimiento es regresar a Dios. Es reconocer que Dios tiene razón, aceptar que nuestra manera de pensar y vivir debe ser corregida por Él, y apartarse no solo del pecado visible, sino también del orgullo, del miedo, de la dureza, de la hipocresía y de la confianza en uno mismo.
“Arrepiéntanse, por lo tanto, y conviértanse, para que sus pecados sean borrados.” (Hechos 3:19)
La arrepentimiento bíblica no es una simple emoción. Implica un regreso real a Dios. Toca la dirección de la vida, las motivaciones del corazón y la manera en que una persona se coloca ante Dios.
3. La verdadera arrepentimiento regresa al Padre
El arrepentimiento no debe confundirse con la culpa permanente. Dios no llama a los hombres para aplastarlos, sino para acercarlos a Él. Revela el pecado, pero también abre un camino de perdón, de gracia y de restauración.
“La bondad de Dios te lleva al arrepentimiento.” (Romanos 2:4)
Un arrepentimiento basado únicamente en el miedo puede producir una obediencia exterior, pero no siempre sana el corazón. Puede conducir a la vergüenza, al agotamiento espiritual o a una dependencia excesiva de los hombres.
El arrepentimiento bíblico es diferente. Aleja del pecado, pero acerca a Dios. No deja al creyente encerrado en la condenación; lo lleva al Padre por medio de Jesucristo.
↑ Retour au sommaireV. Solo Dios llama, pero el hombre debe responder
1. Dios toma la iniciativa
“Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae.” (Juan 6:44)
Nadie viene a Dios por sus propias fuerzas. Es Dios quien llama, quien atrae, quien abre la mente y el corazón.
Esta verdad debería hacernos humildes. Si entendemos algo de Dios, no es porque seamos superiores a los demás. Es porque Dios ha actuado. El llamado de Dios es una gracia, no una razón para gloriarse.
Esto también cambia nuestra perspectiva sobre los demás. Aquél que ha recibido una comprensión espiritual no debería usarla para menospreciar a quienes aún no ven. Debería recibir este llamado con gratitud, seriedad y humildad.
2. El llamado de Dios no es un mérito
Si Dios nos llama, no es porque hayamos merecido este llamado.
“Dios nos ha salvado, y nos ha dirigido una santa vocación, no por nuestras obras, sino según su propio propósito, y según la gracia.” (2 Timoteo 1:9)
El llamado de Dios comienza por Su gracia, no por el desempeño humano. Esto protege al creyente del orgullo espiritual, pero también de la desesperación. Dios no llama porque el hombre ya sea digno. Llama para restaurar, salvar, transformar y formar.
Este llamado es precioso. No debe ser tomado a la ligera. Pero nunca debe convertirse en una fuente de superioridad religiosa. Quien ha sido llamado no ha recibido un motivo para elevarse por encima de los demás; ha recibido una responsabilidad ante Dios.
3. El llamado requiere una respuesta
El llamado de Dios no elimina la responsabilidad humana. Quien escucha el llamado debe responder.
“Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.” (Mateo 22:14)
Ser llamado es, por lo tanto, serio. Esto requiere una respuesta real: fe, arrepentimiento, obediencia, perseverancia y una vida que busca permanecer en Cristo.
“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes.” (Juan 15:4)
Pablo expresa este equilibrio con profundidad:
“Ocúpense de su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien produce en ustedes el querer y el hacer, según su buena voluntad.” (Filipenses 2:12-13)
Dios actúa en nosotros, pero esta acción no anula nuestra respuesta. La hace posible. La vida cristiana no es, por lo tanto, una confianza en uno mismo, ni una pasividad espiritual. Es un caminar con Dios, en el cual Su gracia produce en nosotros una respuesta viva.
↑ Retour au sommaireVI. La salvación es por gracia, no por mérito religioso
1. La salvación es un don
Cuando se habla de prepararse para el Reino, hay que evitar una confusión peligrosa: nadie gana la salvación por sus propios méritos.
“Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe. Y esto no de vosotros, es don de Dios.” (Efesios 2:8)
La salvación es un don. No se merece por actuaciones religiosas. Dios salva por gracia, mediante la fe en Jesucristo.
Esta verdad no hace que la obediencia sea innecesaria, sino que le da su lugar justo. La obediencia no sirve para comprar la salvación. Es el fruto de una fe viva y de un corazón que Dios transforma.
2. Una organización no salva
La salvación no se basa en la pertenencia a una organización, en la lealtad a un líder, en el diezmo, en el sábado, en las fiestas o en la observancia de la ley mosaica como sistema de justificación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
Un creyente puede tener convicciones personales sobre ciertos temas. Puede respetar el sábado ante Dios, participar en ciertas fiestas bíblicas, dar generosamente o vivir de manera disciplinada. Pero estas prácticas no deben convertirse en la base de la salvación, ni en criterios absolutos para decidir quién pertenece realmente a Dios.
El centro de la salvación no es una práctica religiosa. El centro de la salvación es Jesucristo.
3. Las obras son el fruto de la salvación
“Somos su obra, creados en Jesucristo para buenas obras.” (Efesios 2:10)
Las buenas obras no son la raíz de la salvación. Son el fruto de ella.
No obedecemos para comprar nuestro lugar en el Reino. Obedecemos porque Dios nos ha llamado, porque Cristo nos salva, y porque el Espíritu de Dios transforma nuestro corazón.
La religión humana puede empujar a alguien a obedecer por miedo, para probar su valor o para mostrar que pertenece al buen grupo. La gracia de Dios produce una obediencia diferente: una obediencia nacida de un corazón tocado, perdonado, levantado y llevado de nuevo a Dios.
↑ Retour au sommaireVII. La ley de Cristo: el modo de vida de aquellos que esperan el Reino
1. La ley de Cristo toca las relaciones
Si la salvación es por gracia, eso no significa que el creyente viva sin dirección. El Nuevo Testamento habla claramente de la ley de Cristo.
« Llevad las cargas los unos de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo. »
Justo antes, habla de restaurar con suavidad a quien ha caído:
“Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restaurenlo con un espíritu de mansedumbre.” (Gálatas 6:1)
Estos versículos muestran que la ley de Cristo toca nuestra manera de tratar a los demás. No se trata solo de reglas externas. Se trata del corazón, las relaciones, la actitud, la manera de corregir, de llevar, de restaurar y de amar.
Se puede tener mucho conocimiento bíblico y, sin embargo, faltar a la ley de Cristo si se trata a los demás con dureza, desprecio o dominio.
2. Se manifiesta a través del amor y la suavidad
“Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros; así como yo los he amado.” (Juan 13:34)
El amor según Cristo no es un simple sentimiento. Es una manera de vivir. Se ve en la suavidad, la paciencia, el perdón, la misericordia, el servicio y la restauración.
Este amor no niega la verdad. No justifica el pecado. No borra la necesidad de arrepentimiento. Pero se niega a usar la verdad para aplastar a los débiles.
La ley de Cristo une, por lo tanto, la verdad y el amor. Llama a la fidelidad, pero con dulzura. Corrige, pero para levantar. Conduce a la obediencia, pero sin reemplazar la gracia por el miedo.
3. Revela a los discípulos de Cristo
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros.” (Juan 13:35)
La señal de los discípulos de Cristo no es, por lo tanto, primero el nombre de una organización, un conocimiento profético o una observación exterior. Según Jesús, la señal visible de Sus discípulos es el amor.
Este amor no es débil. No cierra los ojos ante el mal. No reemplaza el arrepentimiento. Pero refleja el carácter de Cristo. Sirve en lugar de dominar, perdona en lugar de alimentar el rencor, y levanta en lugar de aplastar.
Eso es la ley de Cristo. Y esta ley es el modo de vida de aquellos que se preparan para el Reino.
↑ Retour au sommaireVIII. La ley mosaica no es el marco legal de la salvación
1. La ley mosaica ha tenido un papel real
Es necesario distinguir claramente la ley mosaica, la ley de Cristo y la salvación por gracia.
La ley mosaica ha tenido un papel real en el plan de Dios. Fue dada a Israel. Reveló la santidad de Dios, la realidad del pecado y la necesidad de un Salvador.
Por lo tanto, no se trata de menospreciar la ley dada a Israel. Se trata de entender su papel a la luz de Jesucristo y de la Nueva Alianza. El creyente debe leer el Antiguo Testamento con respeto, pero también debe reconocer que Cristo ha cumplido lo que la ley anunciaba.
La pregunta no es si la ley mosaica ha tenido importancia. La ha tenido. La pregunta es si constituye el marco legal de la salvación para el creyente en Cristo. El Nuevo Testamento responde claramente que no.
2. El creyente no es salvado por la ley mosaica
“No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14)
Esto no significa que Dios ya no tenga voluntad moral. Significa que el creyente no está bajo la ley mosaica como marco legal de la salvación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
El creyente no está sin ley ante Dios. Pero no está bajo la ley mosaica como sistema de justificación. Está llamado a vivir bajo la gracia, guiado por el Espíritu, según la ley de Cristo.
La ley de Cristo no disminuye la exigencia espiritual. Al contrario, va más profundo. Toca el corazón, las motivaciones, las relaciones, el amor, la verdad y la transformación interior.
3. Las prácticas no deben convertirse en condiciones de la salvación
El sábado puede ser observado por convicción personal ante Dios. Pero no debe convertirse en una condición de la salvación, ni en un criterio absoluto para decidir quién realmente pertenece a Dios.
De igual manera, el Nuevo Testamento no presenta el diezmo como una obligación impuesta al creyente bajo la Nueva Alianza. Más bien, enfatiza una generosidad libre, sincera y alegre.
“Que cada uno dé como lo ha resuelto en su corazón, sin tristeza ni por necesidad; porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7)
La donación cristiana no debe venir del miedo, la presión o la culpa. Debe venir de un corazón libre ante Dios.
Esta distinción protege la conciencia del creyente. Permite tomar a Dios en serio sin transformar prácticas externas en condiciones de salvación.
↑ Retour au sommaireIX. ¿Qué significa estar “calificado” para el Reino?
1. Dios capacita
En ciertos círculos religiosos, a veces se habla de estar “calificado” para el Reino de Dios. Esta expresión puede ser útil si se entiende bien, pero también puede volverse peligrosa si da la impresión de que el hombre se hace digno del Reino por sus obras.
“Den gracias al Padre, que los ha capacitado para participar en la herencia de los santos en la luz.” (Colosenses 1:12)
Es Dios quien capacita. Es Dios quien prepara. Es Dios quien actúa. No nos calificamos a nosotros mismos como si pudiéramos merecer el Reino.
La preparación para el Reino no comienza, por lo tanto, con el orgullo religioso, sino con la gracia. Dios llama, Cristo salva, y el Espíritu transforma. El creyente, por su parte, responde a esta obra de Dios con fe y fidelidad.
2. El creyente responde al llamado de Dios
Estar listo para el Reino no significa acumular actuaciones religiosas para probar su valor. Significa responder fielmente al llamado de Dios.
El creyente no debe vivir en la ilusión de que puede ganar el Reino por sus obras. Pero tampoco debe vivir como si el llamado de Dios no requiriera ninguna respuesta.
La gracia no produce indiferencia. Produce una vida transformada. Conduce al arrepentimiento, a la fe, a la obediencia, al amor, a la perseverancia y a los frutos del Espíritu.
Por lo tanto, hay un equilibrio importante: la salvación no es ganada por el hombre, pero la gracia recibida no queda sin efecto. Transforma progresivamente la manera de vivir.
3. Dios transforma el carácter
“Por eso, hermanos, esfuércense aún más por afirmar su vocación y elección.” (2 Pedro 1:10)
Esta palabra muestra que el creyente debe tomar su llamado en serio. Pedro no habla de una fe muerta o puramente teórica. Habla de una vida que crece en la fe, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, el amor fraternal y el amor.
En otras palabras, Dios prepara a aquellos a quienes llama transformando su carácter. No busca solo personas capaces de recitar una doctrina correcta. Forma hombres y mujeres que aprenden a reflejar el carácter de Cristo.
“El que persevere hasta el fin será salvo.” (Mateo 24:13)
La perseverancia cuenta. Pero no es una perseverancia en el miedo. Es una fidelidad viva a Dios, alimentada por la fe, la gracia, el amor y la esperanza del Reino.
↑ Retour au sommaireX. Los frutos esperados en aquellos que esperan el Reino
1. Jesús invita a examinar los frutos
“Los reconocerán por sus frutos.” (Mateo 7:16)
Los frutos cuentan. Se puede hablar del Reino, de profecía, de verdad y de obediencia. Pero si los frutos no reflejan el Espíritu de Dios, es necesario detenerse y examinar.
Jesús no nos invita a juzgar según las apariencias, los títulos o las reivindicaciones de autoridad. Nos invita a mirar los frutos. ¿Qué frutos produce una enseñanza? ¿Qué frutos produce una práctica? ¿Qué frutos produce una autoridad en la vida de las personas?
Estas preguntas son necesarias, porque el Reino de Dios no solo prepara un mundo nuevo. También prepara un pueblo transformado.
2. El fruto del Espíritu revela la obra de Dios
“El fruto del Espíritu es el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la benignidad, la fidelidad, la dulzura, la templanza.” (Gálatas 5:22)
Estos frutos no son secundarios. Muestran la obra de Dios en una vida.
Dios busca la fe, pero no una fe dura y orgullosa. Busca el arrepentimiento, pero no una culpa permanente. Busca la obediencia, pero no una obediencia basada en el miedo a los hombres. Busca la verdad, pero no una verdad utilizada para aplastar. Busca el amor, pero no un amor separado de Su palabra.
La transformación cristiana no se refiere solo a lo que hacemos exteriormente. También se refiere a lo que nos convertimos interiormente.
3. El conocimiento no reemplaza al amor
El conocimiento es importante. La doctrina es importante. La verdad es importante. Pero sin amor, incluso un gran conocimiento puede volverse vacío.
“Si tuviera el don de profecía, la ciencia de todos los misterios y todo el conocimiento [...] si no tengo amor, no soy nada.” (1 Corintios 13:2)
Esta palabra debería hacernos sobrios. El conocimiento profético no reemplaza al amor. La verdad bíblica nunca debe ser separada del carácter de Cristo.
Aquel que espera el Reino puede, por lo tanto, hacerse preguntas simples: ¿me acerca mi fe a Cristo? ¿Estoy creciendo en amor, dulzura, paciencia y perdón? ¿Cargo con las cargas de los demás? ¿Obedezco a Dios por amor, o solo por miedo?
Estas preguntas no son secundarias. Afectan directamente la manera en que Dios forma a aquellos que esperan Su Reino.
↑ Retour au sommaireXI. El peligro: anunciar el Reino sin vivir la ley de Cristo
1. Se puede hablar del Reino mientras se olvida el espíritu del Rey
Hay un peligro real: hablar mucho del Reino de Dios mientras se olvida el espíritu del Rey.
Se puede anunciar el Reino, pero gobernar por miedo. Se puede hablar de verdad, pero no soportar las preguntas sinceras. Se puede predicar la obediencia, pero descuidar la misericordia. Se puede hablar del regreso de Cristo, pero presionar las conciencias con presión, urgencia y fijación de fechas.
El Reino de Dios no puede ser separado del carácter de Jesucristo. Si se habla del Reino mientras se abandona el amor, la dulzura, la paciencia, la misericordia y la verdad, algo debe ser examinado.
El mensaje del Reino debe conducir a Cristo, no al miedo de los hombres. Debe producir un arrepentimiento sincero, no una culpa permanente. Debe formar discípulos, no personas aplastadas o dependientes de una autoridad humana.
2. La autoridad según Cristo se asemeja al servicio
“Ustedes saben que los jefes de las naciones los oprimen, y que los grandes los someten. No será así entre ustedes.” (Mateo 20:25-26)
Esta palabra es fuerte: “No será así entre ustedes.” La autoridad según Cristo no debe parecerse a la dominación de los hombres. Debe parecerse al servicio.
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.” (Mateo 20:26)
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide como en los sistemas humanos. Se reconoce en el servicio, la humildad, la fidelidad, el amor y el cuidado hacia los demás.
Una autoridad espiritual que aplasta, aísla o domina no refleja el espíritu de Cristo. La corrección según Cristo debe buscar restaurar. La verdad según Cristo debe conducir a la luz, al arrepentimiento y a la libertad ante Dios, no a un miedo servil.
3. Todo mensaje del Reino debe ser examinado
“El temor no está en el amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.” (1 Juan 4:18)
“No nos ha dado Dios un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de sabiduría.” (2 Timoteo 1:7)
Si un mensaje del Reino produce sobre todo miedo, confusión, aislamiento, culpa constante o dependencia de un hombre, merece ser examinado a la luz de las Escrituras.
Esto no significa que todo temor de Dios sea malo. La Biblia habla de un temor respetuoso, relacionado con la humildad y la reverencia. Pero este temor no es un miedo servil que destruye la paz y encierra las conciencias.
El mensaje del Reino debe producir el arrepentimiento, la fe, el amor, la verdad, la libertad ante Dios, la vigilancia espiritual y la transformación del corazón.
↑ Retour au sommaireXII. Velar por el regreso de Cristo sin caer en el miedo
1. Cristo volverá
Cristo volverá. El Reino de Dios será establecido en la tierra. Los discípulos deben velar.
Esta esperanza es esencial. El mundo actual no es el cumplimiento del plan de Dios. La injusticia, el sufrimiento, la confusión y la muerte no tendrán la última palabra. El regreso de Cristo anuncia la victoria de Dios, la restauración de todas las cosas y el establecimiento de Su reino.
Pero esta esperanza debe ser mantenida con sobriedad. No debe convertirse en una fuente de miedo permanente, de cálculos humanos o de presión espiritual.
Esperar a Cristo es vivir en la esperanza y la fidelidad, no en la agitación o el pánico.
2. Velar no significa fijar fechas
“En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe.” (Mateo 24:36)
“Por tanto, velad, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.” (Mateo 24:42)
Después de Su resurrección, los discípulos preguntaron a Jesús :
“Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6)
Jesús les respondió :
“No os toca a vosotros conocer los tiempos o las sazones que el Padre ha puesto en su sola potestad.” (Hechos 1:7)
Cette réponse doit nous maintenir dans l’humilité. Veiller ne signifie pas prétendre connaître ce que le Père n’a pas révélé. Veiller ne signifie pas vivre d’une date à l’autre. Veiller ne signifie pas placer les consciences sous pression.
La profecía debe conducir al arrepentimiento, a la esperanza y a la fidelidad, no al miedo o al control.
3. Velar significa permanecer fiel a Cristo
Velar es permanecer unido a Cristo. Es arrepentirse cuando Dios nos muestra algo, mantener la fe, amar a los hermanos y hermanas, dar fruto, mantenerse sobrio, y no dejar que el miedo reemplace la paz de Dios.
“Así que, dado que todas estas cosas han de ser deshechas, ¿qué no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad?” (2 Pedro 3:11)
La espera del regreso de Cristo debe producir una vida sobria, fiel y llena de esperanza. El verdadero discípulo no busca ser más preciso que su Maestro. Escucha lo que Cristo ha dicho, acepta los límites dados por Dios, y permanece fiel.
Velar, por lo tanto, no es vivir bajo la constante presión de una fecha. Es caminar con Dios hoy, en la fe, el arrepentimiento, el amor y la ley de Cristo.
↑ Retour au sommaireXIII. Conclusión — Responder al llamado de Dios hoy
El mensaje de Jesucristo no era simplemente que un Reino vendría algún día. Su mensaje era más directo, más urgente y más personal:
“Le royaume de Dieu est proche. Repentez-vous, et croyez à la bonne nouvelle.”
El Reino de Dios será establecido en la tierra con el regreso de Cristo. Esta esperanza permanece en el corazón del Evangelio. Pero la espera del Reino no debe convertirse en una simple curiosidad profética, ni en una fuente de miedo, ni en un medio de presión sobre las conciencias. Debe conducir a una respuesta viva ante Dios.
Solo Dios llama. Nadie viene al Padre por sus propias fuerzas. La salvación se da por gracia, mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, esta gracia nunca es estéril. Ella trae al creyente de vuelta a Dios, lo invita al arrepentimiento, le enseña a permanecer en Cristo, y produce poco a poco los frutos de una vida transformada.
Estar listo para el Reino no significa, por lo tanto, salvarse a uno mismo por sus obras. Significa recibir la llamada de Dios con humildad y dejar que Cristo forme en nosotros un corazón nuevo. La ley de Cristo se convierte entonces en el camino concreto de esta transformación: amar, perdonar, servir, llevar las cargas, restaurar con suavidad, caminar en la verdad y rechazar que el miedo reemplace el amor de Dios.
El Reino de Dios no es solo una profecía que conocer. Es una realidad que buscar. No se trata solo de saber lo que Dios hará en la tierra mañana, sino también de dejar que Dios reine en nuestro corazón hoy.
La verdadera pregunta no es solo: “¿Cuándo vendrá el Reino?” También es: “¿Cómo respondo a la llamada de Dios ahora?”
Esta respuesta no se mide por el orgullo religioso, el miedo o el rendimiento. Se reconoce en una vida que busca primero el Reino de Dios y Su justicia, por amor a Dios, por fe en Jesucristo, y por la obra de transformación que Dios realiza en aquellos a quienes Él llama a Sí mismo.
↑ Retour au sommaireNota sobre las citas bíblicas
Sauf indication contraire, les citations bibliques sont principalement issues de la Bible Louis Segond 1910. Dans les versions traduites, des traductions reconnues sont utilisées et certaines formulations peuvent être légèrement adaptées pour la lisibilité.
Kingdom of God on earth, repentance and law of Christ
How to prepare for the Kingdom that Jesus Christ came to announce?
Examine all things; hold fast what is good.
By Christophe Binette | Published on 26 July 2026 | Founder of Examine All Things — Biblical studies based on the Scriptures
Preamble
The message of the Kingdom of God is at the heart of the teaching of Jesus Christ. From the very beginning of His ministry, Jesus announced:
“The time is fulfilled, and the kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
This message did not disappear after His death and resurrection. The apostles also continued to proclaim the Kingdom of God, to preach Jesus Christ, and to call people to repentance, faith, and a transformed life before God.
At the end of the book of Acts, Paul is still presented as proclaiming the Kingdom of God and teaching concerning Jesus Christ:
“Preaching the kingdom of God and teaching concerning the Lord Jesus Christ, with all boldness and without hindrance.” (Acts 28:31)
The Kingdom of God is therefore not a secondary subject, nor merely a prophetic doctrine. It announces the reign of God, the return of Jesus Christ, the restoration of all things, but also the call addressed even now to those whom God draws to Himself.
This Kingdom will be fully established on earth at the return of Christ. But it already calls every believer today to return to God, to receive His grace, to abide in Christ, to bear fruit, and to learn to live according to the spirit of the Kingdom.
This study does not seek to present a new organisation, nor to exercise spiritual authority over consciences. Its purpose is simply to examine, in the light of the Scriptures, how to faithfully respond to the message of the Kingdom that Jesus Christ and the apostles announced.
The central question is therefore this: if the Kingdom of God was at the centre of the message of Jesus Christ and the apostles, how should we respond to this message today?
I. Introduction — The message that Jesus truly brought
When Jesus Christ began His ministry, He did not first present an organisation, a religious tradition, or a system of outward practices. He announced the Kingdom of God.
“The time is fulfilled, and the kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
This statement summarises the essence of His message. Jesus announces that God is intervening, that His Kingdom is approaching, and that this announcement requires a personal response. It is not just about hearing a prophecy or accepting a religious idea. It is about returning to God, believing in the Gospel, and allowing His will to transform life.
That is why the Kingdom of God cannot be reduced to one prophetic subject among others. It is linked to repentance, faith, grace, the return of Christ, and the way in which the believer already lives today before God.
A question naturally arises: how should a person called by God respond to this message? The biblical answer is found neither in self-confidence, nor in belonging to an organisation, nor in observing the Mosaic law as a means of salvation. It is found in Jesus Christ: God calls, Christ saves, the Spirit transforms, and the believer learns to live in faith, repentance, and the law of Christ.
1. Jesus did not announce a simple religion
Many people spontaneously associate the Christian faith with a religion, rites, rules, traditions, or a visible affiliation. These elements may sometimes accompany the lives of believers, but they do not constitute the heart of Jesus’ message.
Jesus announced something greater: the Kingdom of God. He proclaimed the reign of God, God’s intervention in human history, and the call for people to return to the Father.
This does not mean that fellowship among believers is unimportant. Disciples need encouragement, teaching, support, and fellowship. But no human structure should take the place of the Kingdom of God, nor occupy in the believer’s conscience the place that belongs to Jesus Christ alone.
The Kingdom announced by Jesus surpasses human organisations. It directs our eyes toward God, His reign, His righteousness, and the inner transformation God wants to accomplish in those He calls.
2. The message of the Kingdom requires a personal response
The Kingdom of God is not merely a truth to know. It is a message that calls for a response.
Jesus does not simply say that the Kingdom is near. He also calls for repentance and faith. This means that the announcement of the Kingdom should not merely produce prophetic curiosity. It must lead to a genuine return to God.
One can know many things about prophecy and yet not truly respond to God’s call. One can speak about the Kingdom, await Christ’s return, defend certain doctrines, and yet not allow God to reign in one’s own heart.
That is why the study of the Kingdom must always remain linked to repentance, faith, grace, and inner transformation. The Kingdom Jesus announces concerns not only the future of the world, but also the state of the heart before God today.
3. The Kingdom already touches our life today
The Kingdom of God will be fully established on earth at the return of Christ. But this does not mean that it has no connection with the believer’s present life.
Those who await the Kingdom must already learn to live according to the spirit of the Kingdom. This touches the way we think, speak, correct, forgive, serve, exercise responsibility, treat the weak, bear burdens, and love our brothers and sisters.
The Kingdom of God is therefore not only a prophecy for tomorrow. It is also a reality that calls us today to live under God’s authority. Awaiting the Kingdom is not only asking when it will come. It is also asking God to reign already in our hearts, choices, and relationships.
↑ Back to contentsII. The Kingdom of God was at the centre of Jesus’ message
1. Jesus came to announce the Kingdom
Luke records these words of Jesus:
“I must also preach the good news of the kingdom of God to the other towns, because that is why I was sent.” (Luke 4:43)
Jesus Himself says that this is why He was sent: to proclaim the good news of the Kingdom of God. The Kingdom is therefore not a secondary theme. It is at the heart of His message.
Jesus healed, taught, corrected, comforted, forgave, and warned. But all of this belonged to a larger message: God reigns, His Kingdom is coming, and people must return to Him.
In the Gospels, the Kingdom of God is not an abstract idea. It is linked to the presence of Christ, God’s authority, repentance, righteousness, mercy, and the transformation of life. Jesus did not preach a faith separated from the Kingdom. He preached the Gospel of the Kingdom.
2. The Kingdom belongs to God
The Kingdom of God does not come from a human organisation. It does not depend on an administrative headquarters, a religious leader, or a project built by human beings.
“My kingdom is not of this world.” (John 18:36)
His Kingdom does not originate in human systems. It comes from God. This does not mean that God cannot use people, assemblies, or communities. But no human structure can be confused with the Kingdom of God itself.
This distinction matters. When the message of the Kingdom mainly leads to dependence on an organisation, a man, or a unique structure, we must stop and examine. The Kingdom of God must lead us to God, to the Father, and to Jesus Christ, the King announced in Scripture.
An organisation can serve, teach, support, and gather. But it must never take Christ’s place or become the centre of the believer’s faith.
3. Seeking the Kingdom begins now
“Seek first the kingdom of God and His righteousness, and all these things will be added to you.” (Matthew 6:33)
Seeking the Kingdom does not simply mean waiting for a future event. It means putting God above everything from today onward.
To seek the Kingdom is to seek God’s will, desire His righteousness, accept that His word corrects our way of thinking, and learn to live under Christ’s authority.
The Kingdom concerns the future, but it already touches the present. A believer who awaits the Kingdom cannot live as though God has nothing to say about present life. The hope of the Kingdom cannot be separated from obedience to Christ.
But this obedience must be rightly understood. It does not buy salvation. It is the response of a heart God has called, touched, and brought back to Himself.
↑ Back to contentsIII. The Kingdom of God will be established on earth
1. The Kingdom of God is a future reality
The Bible announces that God will establish His Kingdom.
“In the time of those kings, the God of heaven will set up a kingdom that will never be destroyed.” (Daniel 2:44)
Human kingdoms pass away. They change, divide, become corrupt, or disappear. Even the most powerful empires reveal their limits. The Kingdom of God, however, will never be destroyed.
Daniel also announces that a “son of man” will receive dominion, glory, and a kingdom:
“He was given dominion, glory, and a kingdom; and all peoples, nations, and men of every language served him.” (Daniel 7:14)
The Kingdom of God is therefore not merely an inner experience. It will have a visible and concrete reality. God will intervene in human history, and His reign will be established through Jesus Christ.
2. The Kingdom will also be a real government
The Kingdom of God is not only an inner reality or a spiritual way of speaking about God’s presence in the believer’s heart. The Bible also presents it as a real reign, established by God under the authority of Jesus Christ.
Daniel announces that this Kingdom will replace human kingdoms:
“In the time of those kings, the God of heaven will set up a kingdom that will never be destroyed.” (Daniel 2:44)
This Kingdom will therefore have a concrete reality. It will not merely be a gradual improvement of the present world or the final result of human effort. It will be established by God Himself.
Daniel also shows that the Son of Man receives universal dominion:
“He was given dominion, glory, and a kingdom; and all peoples, nations, and men of every language served him.” (Daniel 7:14)
The Kingdom of God will therefore be a just government led by Christ, in which God’s will is done on earth. This is what Jesus teaches us to ask in prayer:
“Your kingdom come; your will be done on earth as it is in heaven.” (Matthew 6:10)
This truth keeps us from reducing the Kingdom to a personal experience, but also from confusing it with a present human organisation. The Kingdom belongs to God. It will be established by Christ, and those whom God calls today are invited to prepare for that reign by already living according to the spirit of the Kingdom.
3. Christ will return to reign
“The kingdom of the world has become the kingdom of our Lord and of His Christ, and He will reign for ever and ever.” (Revelation 11:15)
Christ will return. God’s reign will be established. The kingdoms of this world will not last forever.
This hope is precious in a world marked by injustice, confusion, violence, and suffering. People seek solutions, and some projects may bring temporary improvements. But no human system can permanently establish perfect justice, true peace, and complete truth.
The Kingdom of God will not be the culmination of human progress. It will be God’s intervention through Jesus Christ. Christian hope therefore rests not on human optimism, but on God’s faithfulness.
4. God alone can heal the human heart
People can improve living conditions, organise societies, build, learn, heal, and develop. We should not despise what is useful. But we must recognise a fundamental limit: human beings cannot heal the human heart by themselves.
“The heart is deceitful above all things, and desperately wicked.” (Jeremiah 17:9)
Jesus also teaches that evil things come from the human heart:
“For out of the heart come evil thoughts, murders, adulteries, sexual immorality, thefts, false witness, slanders.” (Matthew 15:19)
That is why the Kingdom of God cannot be replaced by a human project. People can change certain structures, but God alone can transform the heart. The Kingdom will come to earth, but it will be established by God through Jesus Christ, not by human force, pride, or limited wisdom.
↑ Back to contentsIV. The Kingdom first calls for repentance
1. Jesus links the Kingdom to repentance
Jesus did not only say that the Kingdom of God is near. He added:
“Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
Repentance is therefore directly linked to the message of the Kingdom. The announcement of God’s reign cannot be separated from the call to a change of heart.
The Kingdom is not only a future promise. It is also a present call. Jesus does not simply ask people to wait for what God will do later. He asks them to return to God now.
Repentance is not a secondary addition to the Gospel. It belongs to the good news because it opens the way back to the Father.
2. Repentance means returning to God
Repentance is not merely regret. It is not simply feeling bad for a while. Nor is it joining a religious group for reassurance.
Repentance means returning to God. It means recognising that God is right, accepting that our way of thinking and living must be corrected by Him, and turning away not only from visible sin but also from pride, fear, hardness, hypocrisy, and self-reliance.
“Repent therefore and turn back, that your sins may be blotted out.” (Acts 3:19)
Biblical repentance is not merely an emotion. It involves a real return to God. It touches the direction of life, the motives of the heart, and the way a person stands before God.
3. True repentance brings us back to the Father
Repentance must not be confused with permanent guilt. God does not call people in order to crush them, but to bring them back to Himself. He reveals sin, but He also opens a way of forgiveness, grace, and restoration.
“God’s kindness leads you to repentance.” (Romans 2:4)
Repentance based only on fear may produce outward obedience, but it does not always heal the heart. It can lead to shame, spiritual exhaustion, or excessive dependence on people.
Biblical repentance is different. It turns us away from sin, but draws us closer to God. It does not leave the believer trapped in condemnation; it brings the believer to the Father through Jesus Christ.
↑ Back to contentsV. God alone calls, but man must respond
1. God takes the initiative
“No one can come to me unless the Father who sent me draws him.” (John 6:44)
No one comes to God by their own strength. God is the One who calls, draws, and opens the mind and heart.
This truth should make us humble. If we understand something of God, it is not because we are superior to others. It is because God has acted. God’s calling is grace, not a reason to boast.
It also changes the way we look at others. Those who have received spiritual understanding should not use it to despise those who do not yet see. They should receive their calling with gratitude, seriousness, and humility.
2. God’s calling is not a merit
If God calls us, it is not because we have earned that calling.
“God has saved us and called us with a holy calling, not because of our works but according to His own purpose and grace.” (2 Timothy 1:9)
God’s calling begins with His grace, not human performance. This protects the believer from spiritual pride, but also from despair. God does not call because a person is already worthy. He calls in order to bring back, save, transform, and form.
This calling is precious and must not be treated lightly. But it must never become a source of religious superiority. The one who has been called has not received a reason to rise above others, but a responsibility before God.
3. The call requires a response
God’s call does not remove human responsibility. The one who hears the call must respond.
“Many are called, but few are chosen.” (Matthew 22:14)
Being called is therefore serious. It requires a real response: faith, repentance, obedience, perseverance, and a life that seeks to abide in Christ.
“Abide in me, and I will abide in you.” (John 15:4)
Paul expresses this balance deeply:
“Work out your own salvation with fear and trembling; for it is God who works in you both to will and to do, according to His good pleasure.” (Philippians 2:12-13)
God works in us, but His action does not cancel our response. It makes that response possible. The Christian life is neither self-reliance nor spiritual passivity. It is a walk with God in which His grace produces a living response in us.
↑ Back to contentsVI. Salvation is by grace, not by religious merit
1. Salvation is a gift
When speaking about preparing for the Kingdom, we must avoid a dangerous confusion: no one earns salvation through personal merit.
“For it is by grace that you have been saved, through faith. And this is not from yourselves; it is the gift of God.” (Ephesians 2:8)
Salvation is a gift. It is not earned through religious performance. God saves by grace, through faith in Jesus Christ.
This truth does not make obedience unnecessary, but gives it its proper place. Obedience does not buy salvation. It is the fruit of living faith and of a heart God is transforming.
2. An organisation does not save
Salvation does not rest on belonging to an organisation, loyalty to a leader, tithing, the Sabbath, festivals, or observing the Mosaic law as a system of justification.
“A man is not justified by the works of the law, but by faith in Jesus Christ.” (Galatians 2:16)
A believer may hold personal convictions on certain matters. They may observe the Sabbath before God, take part in certain biblical festivals, give generously, or live a disciplined life. But these practices must not become the foundation of salvation or absolute criteria for deciding who truly belongs to God.
The centre of salvation is not a religious practice. The centre of salvation is Jesus Christ.
3. Works are the fruit of salvation
“We are His workmanship, created in Christ Jesus for good works.” (Ephesians 2:10)
Good works are not the root of salvation. They are its fruit.
We do not obey in order to buy our place in the Kingdom. We obey because God has called us, because Christ saves us, and because the Spirit of God transforms our hearts.
Human religion can push someone to obey out of fear, to prove their worth, or to show that they belong to the right group. God’s grace produces a different obedience: one born from a heart that has been touched, forgiven, lifted up, and brought back to God.
↑ Back to contentsVII. The law of Christ: the way of life for those who await the Kingdom
1. The law of Christ touches relationships
If salvation is by grace, this does not mean that the believer lives without direction. The New Testament speaks clearly of the law of Christ.
“Bear one another’s burdens, and so fulfil the law of Christ.” (Galatians 6:2)
Just before this, Paul speaks of gently restoring the one who has fallen:
“Brothers, if someone is caught in any wrongdoing, you who are spiritual should restore such a person with a spirit of gentleness.” (Galatians 6:1)
These verses show that the law of Christ touches the way we treat other people. It does not concern only external rules. It concerns the heart, relationships, attitude, and the way we correct, bear with, restore, and love.
A person can have much biblical knowledge and yet miss the law of Christ if they treat others with harshness, contempt, or domination.
2. It is manifested through love and gentleness
“I give you a new commandment: Love one another; just as I have loved you.” (John 13:34)
Love according to Christ is not merely a feeling. It is a way of life. It is seen in gentleness, patience, forgiveness, mercy, service, and restoration.
This love does not deny truth. It does not justify sin. It does not erase the need for repentance. But it refuses to use truth to crush the weak.
The law of Christ therefore unites truth and love. It calls for faithfulness, but with gentleness. It corrects, but in order to lift up. It leads to obedience without replacing grace with fear.
3. It reveals the disciples of Christ
“By this everyone will know that you are my disciples, if you have love for one another.” (John 13:35)
The sign of Christ’s disciples is therefore not primarily the name of an organisation, prophetic knowledge, or outward observance. According to Jesus, the visible sign of His disciples is love.
This love is not weak. It does not close its eyes to evil. It does not replace repentance. But it reflects Christ’s character. It serves instead of dominating, forgives instead of nurturing bitterness, and lifts up instead of crushing.
This is the law of Christ. And this law is the way of life for those preparing for the Kingdom.
↑ Back to contentsVIII. The Mosaic law is not the legal framework for salvation
1. The Mosaic law had a real role
We must clearly distinguish the Mosaic law, the law of Christ, and salvation by grace.
The Mosaic law had a real role in God’s plan. It was given to Israel. It revealed God’s holiness, the reality of sin, and the need for a Saviour.
The point is not to despise the law given to Israel, but to understand its role in the light of Jesus Christ and the New Covenant. The believer should read the Old Testament with respect, while also recognising that Christ fulfilled what the law pointed toward.
The question is not whether the Mosaic law was important. It was. The question is whether it constitutes the legal framework of salvation for the believer in Christ. The New Testament clearly answers no.
2. The believer is not saved by the Mosaic law
“You are not under the law, but under grace.” (Romans 6:14)
This does not mean that God no longer has a moral will. It means that the believer is not placed under the Mosaic law as the legal framework of salvation.
“A man is not justified by the works of the law, but by faith in Jesus Christ.” (Galatians 2:16)
The believer is not without law before God. But the believer is not under the Mosaic law as a system of justification. The believer is called to live under grace, led by the Spirit, according to the law of Christ.
The law of Christ does not reduce the spiritual requirement. On the contrary, it goes deeper. It touches the heart, motives, relationships, love, truth, and inner transformation.
3. Practices must not become conditions of salvation
The Sabbath may be observed out of personal conviction before God. But it must not become a condition of salvation or an absolute criterion for deciding who truly belongs to God.
Likewise, the New Testament does not present tithing as an obligation imposed on the believer under the New Covenant. It emphasises free, sincere, and joyful generosity.
“Let each one give as he has decided in his heart, not reluctantly or under compulsion, for God loves a cheerful giver.” (2 Corinthians 9:7)
Christian giving must not arise from fear, pressure, or guilt. It should come from a heart that is free before God.
This distinction protects the believer’s conscience. It allows us to take God seriously without turning outward practices into conditions of salvation.
↑ Back to contentsIX. What does it mean to be “qualified” for the Kingdom?
1. God makes capable
In some religious circles, people sometimes speak of being “qualified” for the Kingdom of God. The expression can be useful if properly understood, but it can also become dangerous if it gives the impression that a person makes themselves worthy of the Kingdom through works.
“Give thanks to the Father, who has made you capable of sharing in the inheritance of the saints in the light.” (Colossians 1:12)
God is the One who makes capable. God prepares. God acts. We do not qualify ourselves as though we could earn the Kingdom.
Preparation for the Kingdom therefore does not begin with religious pride, but with grace. God calls, Christ saves, and the Spirit transforms. The believer responds to God’s work with faith and faithfulness.
2. The believer responds to God’s call
Being ready for the Kingdom does not mean accumulating religious performance to prove one’s worth. It means responding faithfully to God’s call.
The believer must not live under the illusion that the Kingdom can be earned through works. But neither should the believer live as though God’s call required no response.
Grace does not produce indifference. It produces a transformed life. It leads to repentance, faith, obedience, love, perseverance, and the fruit of the Spirit.
There is therefore an important balance: salvation is not earned by human beings, but the grace received does not remain without effect. It progressively transforms the way we live.
3. God transforms character
“Therefore, brothers, make every effort to confirm your calling and election.” (2 Peter 1:10)
This shows that the believer must take the calling seriously. Peter is not speaking of a dead or purely theoretical faith. He speaks of a life growing in faith, knowledge, self-control, patience, godliness, brotherly affection, and love.
In other words, God prepares those He calls by transforming their character. He is not merely looking for people who can recite correct doctrine. He forms men and women who learn to reflect the character of Christ.
“The one who endures to the end will be saved.” (Matthew 24:13)
Perseverance matters. But it is not perseverance in fear. It is living faithfulness to God, nourished by faith, grace, love, and the hope of the Kingdom.
↑ Back to contentsX. The expected fruits in those who await the Kingdom
1. Jesus invites us to examine the fruits
“You will recognise them by their fruits.” (Matthew 7:16)
Fruits matter. One can speak about the Kingdom, prophecy, truth, and obedience. But if the fruits do not reflect the Spirit of God, we must stop and examine.
Jesus does not invite us to judge by appearances, titles, or claims of authority. He invites us to look at the fruits. What fruit does a teaching produce? What fruit does a practice produce? What fruit does an authority produce in people’s lives?
These questions are necessary because the Kingdom of God does not only prepare a new world. It also prepares a transformed people.
2. The fruit of the Spirit reveals the work of God
“The fruit of the Spirit is love, joy, peace, patience, kindness, goodness, faithfulness, gentleness, self-control.” (Galatians 5:22)
These fruits are not secondary. They reveal God’s work in a life.
God seeks faith, but not a hard and proud faith. He seeks repentance, but not permanent guilt. He seeks obedience, but not obedience founded on fear of people. He seeks truth, but not truth used to crush. He seeks love, but not love separated from His word.
Christian transformation concerns not only what we do outwardly, but also what we become inwardly.
3. Knowledge does not replace love
Knowledge is important. Doctrine is important. Truth is important. But without love, even great knowledge can become empty.
“If I have the gift of prophecy and understand all mysteries and all knowledge [...] but do not have love, I am nothing.” (1 Corinthians 13:2)
This should make us sober. Prophetic knowledge does not replace love. Biblical truth must never be separated from Christ’s character.
Those who await the Kingdom can therefore ask simple questions: Does my faith bring me closer to Christ? Am I growing in love, gentleness, patience, and forgiveness? Do I bear the burdens of others? Do I obey God out of love, or only out of fear?
These questions are not secondary. They directly concern the way God forms those who await His Kingdom.
↑ Back to contentsXI. The danger: proclaiming the Kingdom without living the law of Christ
1. One can speak of the Kingdom while forgetting the spirit of the King
There is a real danger: speaking much about the Kingdom of God while forgetting the spirit of the King.
One can proclaim the Kingdom but govern by fear. One can speak of truth but refuse sincere questions. One can preach obedience but neglect mercy. One can speak of Christ’s return but pressure consciences through urgency and date-setting.
The Kingdom of God cannot be separated from the character of Jesus Christ. If we speak of the Kingdom while abandoning love, gentleness, patience, mercy, and truth, something must be examined.
The message of the Kingdom must lead to Christ, not to fear of people. It must produce sincere repentance, not permanent guilt. It must form disciples, not crushed people or people dependent on human authority.
2. Authority according to Christ resembles service
“You know that the rulers of the nations lord it over them, and their great ones exercise authority over them. It shall not be so among you.” (Matthew 20:25-26)
These words are strong: “It shall not be so among you.” Authority according to Christ must not resemble human domination. It must resemble service.
“Whoever would be great among you must be your servant.” (Matthew 20:26)
In the Kingdom of God, greatness is not measured as it is in human systems. It is recognised in service, humility, faithfulness, love, and care for others.
Spiritual authority that crushes, isolates, or dominates does not reflect the spirit of Christ. Correction according to Christ should seek restoration. Truth according to Christ should lead to light, repentance, and freedom before God, not servile fear.
3. Every message of the Kingdom must be examined
“There is no fear in love, but perfect love casts out fear.” (1 John 4:18)
“God has not given us a spirit of timidity, but of power, love, and self-control.” (2 Timothy 1:7)
If a message of the Kingdom mainly produces fear, confusion, isolation, constant guilt, or dependence on a man, it deserves to be examined in the light of Scripture.
This does not mean that every fear of God is wrong. The Bible speaks of a reverent fear linked to humility and reverence. But this is not servile fear that destroys peace and imprisons consciences.
The message of the Kingdom should produce repentance, faith, love, truth, freedom before God, spiritual watchfulness, and transformation of the heart.
↑ Back to contentsXII. Watching for the return of Christ without falling into fear
1. Christ will return
Christ will return. The Kingdom of God will be established on earth. The disciples must watch.
This hope is essential. The present world is not the fulfilment of God’s plan. Injustice, suffering, confusion, and death will not have the final word. Christ’s return announces God’s victory, the restoration of all things, and the establishment of His reign.
But this hope must be held with sobriety. It must not become a source of permanent fear, human calculations, or spiritual pressure.
Waiting for Christ means living in hope and faithfulness, not agitation or panic.
2. Watching does not mean setting dates
“As for the day and the hour, no one knows.” (Matthew 24:36)
“Therefore keep watch, because you do not know on what day your Lord will come.” (Matthew 24:42)
After His resurrection, the disciples asked Jesus:
“Lord, are you at this time going to restore the kingdom to Israel?” (Acts 1:6)
Jesus answered:
“It is not for you to know the times or dates the Father has set by His own authority.” (Acts 1:7)
This answer should keep us humble. Watching does not mean pretending to know what the Father has not revealed. It does not mean living from one date to another. It does not mean placing consciences under pressure.
Prophecy should lead to repentance, hope, and faithfulness, not fear or control.
3. Watching means remaining faithful to Christ
Watching means remaining attached to Christ. It means repenting when God shows us something, keeping the faith, loving brothers and sisters, bearing fruit, remaining sober, and refusing to let fear replace the peace of God.
“Since all these things are to be dissolved, what sort of people ought you to be in lives of holiness and godliness?” (2 Peter 3:11)
The expectation of Christ’s return should produce a sober, faithful, hope-filled life. The true disciple does not try to be more precise than the Master. The disciple listens to what Christ said, accepts the limits God has given, and remains faithful.
Watching, therefore, is not living under the constant pressure of a date. It is walking with God today in faith, repentance, love, and the law of Christ.
↑ Back to contentsXIII. Conclusion — Responding to God’s call today
The message of Jesus Christ was not merely that a Kingdom would come one day. His message was more direct, more urgent, and more personal:
“The Kingdom of God is at hand. Repent, and believe in the good news.” (Mark 1:15)
The Kingdom of God will be established on earth at the return of Christ. This hope remains at the heart of the Gospel. But waiting for the Kingdom must not become mere prophetic curiosity, a source of fear, or a means of pressuring consciences. It should lead to a living response before God.
God alone calls. No one comes to the Father by their own strength. Salvation is given by grace, through faith in Jesus Christ. Yet this grace is never sterile. It brings the believer back to God, invites repentance, teaches the believer to abide in Christ, and gradually produces the fruits of a transformed life.
Being ready for the Kingdom does not mean saving ourselves by our works. It means receiving God’s call with humility and allowing Christ to form a new heart in us. The law of Christ then becomes the concrete path of this transformation: loving, forgiving, serving, bearing burdens, restoring gently, walking in truth, and refusing to let fear replace the love of God.
The Kingdom of God is not only a prophecy to know. It is a reality to seek. It is not only about knowing what God will do on earth tomorrow, but also allowing God to reign in our hearts today.
The real question is therefore not only, “When will the Kingdom come?” It is also, “How am I responding to God’s call now?”
This response is not measured by religious pride, fear, or performance. It is recognised in a life that seeks first the Kingdom of God and His righteousness, out of love for God, through faith in Jesus Christ, and by the transforming work God accomplishes in those He calls to Himself.
↑ Back to contentsNote on biblical quotations
Unless otherwise stated, biblical quotations are based on recognised Bible translations. The French source uses primarily the Louis Segond 1910; translated versions use recognised translations and some wording may be lightly adapted for readability.
Reino de Dios en la tierra, arrepentimiento y ley de Cristo
¿Cómo prepararse para el Reino que Jesucristo vino a anunciar?
Examinadlo todo; retened lo bueno.
Por Christophe Binette | Publicado el 26 de julio de 2026 | Fundador de Examine All Things — Estudios bíblicos basados en las Escrituras
Preámbulo
El mensaje del Reino de Dios está en el corazón de la enseñanza de Jesucristo. Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús anunció:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Este mensaje no desapareció después de Su muerte y resurrección. Los apóstoles continuaron anunciando el Reino de Dios, predicando a Jesucristo y llamando al arrepentimiento, a la fe y a una vida transformada ante Dios.
Al final del libro de los Hechos, Pablo sigue siendo presentado anunciando el Reino de Dios y enseñando acerca de Jesucristo:
“Predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, con toda libertad y sin impedimento.” (Hechos 28:31)
El Reino de Dios no es, por tanto, un tema secundario ni una simple doctrina profética. Anuncia el reinado de Dios, el regreso de Jesucristo, la restauración de todas las cosas, pero también el llamado dirigido ya ahora a aquellos a quienes Dios atrae hacia Sí.
Este Reino será plenamente establecido en la tierra al regreso de Cristo. Pero ya hoy llama a cada creyente a volver a Dios, recibir Su gracia, permanecer en Cristo, dar fruto y aprender a vivir según el espíritu del Reino.
Este estudio no busca presentar una nueva organización ni ejercer autoridad espiritual sobre las conciencias. Su propósito es simplemente examinar, a la luz de las Escrituras, cómo responder fielmente al mensaje del Reino que Jesucristo y los apóstoles anunciaron.
La pregunta central es, por tanto, la siguiente: si el Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesucristo y de los apóstoles, ¿cómo debemos responder hoy a este mensaje?
I. Introducción — El mensaje que Jesús realmente trajo
Cuando Jesucristo comenzó Su ministerio, no presentó primero una organización, una tradición religiosa o un sistema de prácticas externas. Anunció el Reino de Dios.
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
Esta declaración resume lo esencial de Su mensaje. Jesús anuncia que Dios interviene, que Su Reino se acerca y que este anuncio exige una respuesta personal. No se trata solamente de escuchar una profecía o aceptar una idea religiosa. Se trata de volver a Dios, creer en el Evangelio y dejar que Su voluntad transforme la vida.
Por eso, el Reino de Dios no puede reducirse a un tema profético entre otros. Está relacionado con el arrepentimiento, la fe, la gracia, el regreso de Cristo y la manera en que el creyente vive ya hoy ante Dios.
Surge entonces una pregunta natural: ¿cómo debe responder a este mensaje una persona llamada por Dios? La respuesta bíblica no se encuentra en la confianza en uno mismo, ni en pertenecer a una organización, ni en observar la ley mosaica como medio de salvación. Se encuentra en Jesucristo: Dios llama, Cristo salva, el Espíritu transforma y el creyente aprende a vivir en la fe, el arrepentimiento y la ley de Cristo.
1. Jesús no anunció una simple religión
Muchas personas asocian espontáneamente la fe cristiana con una religión, ritos, reglas, tradiciones o una pertenencia visible. Estos elementos pueden acompañar a veces la vida de los creyentes, pero no constituyen el corazón del mensaje de Jesús.
Jesús anunció algo mayor: el Reino de Dios. Proclamó el reinado de Dios, la intervención de Dios en la historia humana y el llamado a los hombres para volver al Padre.
Esto no significa que la comunión entre creyentes carezca de importancia. Los discípulos necesitan ánimo, enseñanza, apoyo y fraternidad. Pero ninguna estructura humana debe ocupar el lugar del Reino de Dios ni, en la conciencia del creyente, el lugar que pertenece solamente a Jesucristo.
El Reino anunciado por Jesús supera las organizaciones humanas. Dirige la mirada hacia Dios, hacia Su reinado, Su justicia y la transformación interior que Dios quiere realizar en aquellos a quienes llama.
2. El mensaje del Reino exige una respuesta personal
El Reino de Dios no es solamente una verdad que hay que conocer. Es un mensaje que exige una respuesta.
Jesús no dice simplemente que el Reino está cerca. También llama al arrepentimiento y a la fe. Por tanto, el anuncio del Reino no debe producir solamente curiosidad profética. Debe conducir a un verdadero regreso a Dios.
Se pueden conocer muchas cosas sobre la profecía y, sin embargo, no responder realmente al llamado de Dios. Se puede hablar del Reino, esperar el regreso de Cristo, defender determinadas doctrinas y, aun así, no dejar que Dios reine en el propio corazón.
Por eso, el estudio del Reino debe permanecer siempre ligado al arrepentimiento, la fe, la gracia y la transformación interior. El Reino que Jesús anuncia no se refiere solamente al futuro del mundo. También se refiere al estado del corazón ante Dios hoy.
3. El Reino ya toca nuestra vida hoy
El Reino de Dios será plenamente establecido en la tierra al regreso de Cristo. Pero eso no significa que no tenga relación con la vida presente del creyente.
Quien espera el Reino debe aprender ya a vivir según el espíritu del Reino. Esto toca la manera de pensar, hablar, corregir, perdonar, servir, ejercer responsabilidades, tratar a los débiles, llevar las cargas y amar a los hermanos y hermanas.
Por tanto, el Reino de Dios no es solamente una profecía para mañana. También es una realidad que nos llama hoy a vivir bajo la autoridad de Dios. Esperar el Reino no es solamente preguntarse cuándo vendrá. También es pedir a Dios que reine ya en nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestras relaciones.
↑ Volver al índiceII. El Reino de Dios estaba en el centro del mensaje de Jesús
1. Jesús vino a anunciar el Reino
Lucas recoge estas palabras de Jesús:
“También debo anunciar a las otras ciudades la buena noticia del reino de Dios, porque para esto he sido enviado.” (Lucas 4:43)
Jesús mismo dice que para esto fue enviado: para anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Por tanto, el Reino no es un tema secundario. Está en el corazón de Su mensaje.
Jesús sanó, enseñó, corrigió, consoló, perdonó y advirtió. Pero todo ello formaba parte de un mensaje más amplio: Dios reina, Su Reino viene y los hombres deben volver a Él.
En los Evangelios, el Reino de Dios no es una idea abstracta. Está ligado a la presencia de Cristo, a la autoridad de Dios, al arrepentimiento, a la justicia, a la misericordia y a la transformación de la vida. Jesús no predicó una fe separada del Reino. Predicó el Evangelio del Reino.
2. El Reino pertenece a Dios
El Reino de Dios no proviene de una organización humana. No depende de una sede administrativa, de un dirigente religioso o de un proyecto construido por los hombres.
“Mi reino no es de este mundo.” (Juan 18:36)
Su Reino no tiene su origen en los sistemas humanos. Viene de Dios. Esto no significa que Dios no pueda utilizar personas, asambleas o comunidades. Pero ninguna estructura humana puede confundirse con el Reino de Dios mismo.
Esta distinción es importante. Cuando el mensaje del Reino conduce principalmente a depender de una organización, de un hombre o de una estructura única, debemos detenernos y examinar. El Reino de Dios debe conducir a Dios, al Padre y a Jesucristo, el Rey anunciado por las Escrituras.
Una organización puede servir, enseñar, apoyar y reunir. Pero nunca debe ocupar el lugar de Cristo ni convertirse en el centro de la fe del creyente.
3. Buscar el Reino comienza ahora
“Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33)
Buscar el Reino no significa solamente esperar un acontecimiento futuro. Significa poner a Dios por encima de todo desde hoy.
Buscar el Reino es buscar la voluntad de Dios, desear Su justicia, aceptar que Su palabra corrija nuestra manera de pensar y aprender a vivir bajo la autoridad de Cristo.
El Reino se refiere al futuro, pero ya toca el presente. Un creyente que espera el Reino no puede vivir como si Dios no tuviera nada que decir sobre su vida actual. No puede separar la esperanza del Reino de la obediencia a Cristo.
Pero esta obediencia debe entenderse correctamente. No sirve para comprar la salvación. Es la respuesta de un corazón que Dios ha llamado, tocado y hecho volver a Él.
↑ Volver al índiceIII. El Reino de Dios será establecido en la tierra
1. El Reino de Dios es una realidad futura
La Biblia anuncia que Dios establecerá Su Reino.
“En los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido.” (Daniel 2:44)
Los reinos humanos pasan. Cambian, se dividen, se corrompen o desaparecen. Incluso los imperios más poderosos muestran sus límites. El Reino de Dios, en cambio, nunca será destruido.
Daniel también anuncia que un “hijo de hombre” recibirá dominio, gloria y reino:
“Le fue dado dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de toda lengua le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios no es, por tanto, solamente una experiencia interior. Tendrá una realidad visible y concreta. Dios intervendrá en la historia humana y Su reinado será establecido por Jesucristo.
2. El Reino será también un gobierno real
El Reino de Dios no es solamente una realidad interior ni una manera espiritual de hablar de la presencia de Dios en el corazón del creyente. La Biblia también lo presenta como un reinado real, establecido por Dios bajo la autoridad de Jesucristo.
Daniel anuncia que este Reino reemplazará a los reinos humanos:
“En los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido.” (Daniel 2:44)
Este Reino tendrá, por tanto, una realidad concreta. No será simplemente una mejora progresiva del mundo actual ni el resultado final de los esfuerzos humanos. Será establecido por Dios mismo.
Daniel muestra también que el Hijo del Hombre recibe un dominio universal:
“Le fue dado dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y hombres de toda lengua le sirvieron.” (Daniel 7:14)
El Reino de Dios será, por tanto, un gobierno justo dirigido por Cristo, en el que la voluntad de Dios se hará en la tierra. Esto es lo que Jesús nos enseña a pedir en oración:
“Venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” (Mateo 6:10)
Esta verdad impide reducir el Reino a una simple experiencia personal, pero también confundirlo con una organización humana actual. El Reino pertenece a Dios. Será establecido por Cristo, y aquellos a quienes Dios llama hoy están invitados a prepararse para ese reinado viviendo ya según el espíritu del Reino.
3. Cristo volverá para reinar
“El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Cristo volverá. El reinado de Dios será establecido. Los reinos de este mundo no serán eternos.
Esta esperanza es preciosa en un mundo marcado por la injusticia, la confusión, la violencia y el sufrimiento. Los hombres buscan soluciones y algunos proyectos pueden aportar mejoras temporales. Pero ningún sistema humano puede establecer de manera duradera una justicia perfecta, una paz verdadera y una verdad completa.
El Reino de Dios no será la culminación del progreso humano. Será la intervención de Dios por medio de Jesucristo. Por eso, la esperanza cristiana no descansa en el optimismo humano, sino en la fidelidad de Dios.
4. Solo Dios puede sanar el corazón humano
Los seres humanos pueden mejorar las condiciones de vida, organizar sociedades, construir, aprender, curar y desarrollar. No debemos despreciar lo que puede ser útil. Pero debemos reconocer un límite fundamental: el hombre no puede, por sí mismo, sanar el corazón humano.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso.” (Jeremías 17:9)
Jesús también enseña que las cosas malas salen del corazón del hombre:
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las inmoralidades, los robos, los falsos testimonios y las calumnias.” (Mateo 15:19)
Por eso, el Reino de Dios no puede ser reemplazado por un proyecto humano. El hombre puede cambiar ciertas estructuras, pero solo Dios puede transformar el corazón. El Reino vendrá a la tierra, pero será establecido por Dios, por medio de Jesucristo, y no por la fuerza, el orgullo o la sabiduría limitada de los hombres.
↑ Volver al índiceIV. El Reino llama primero al arrepentimiento
1. Jesús vincula el Reino con el arrepentimiento
Jesús no dijo solamente que el Reino de Dios está cerca. Añadió:
“Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
El arrepentimiento está, por tanto, directamente ligado al mensaje del Reino. No se puede separar el anuncio del reinado de Dios del llamado a cambiar de corazón.
El Reino no es solamente una promesa futura. También es un llamado presente. Jesús no pide simplemente a los hombres que esperen lo que Dios hará más adelante. Les pide volver a Dios ahora.
El arrepentimiento no es un añadido secundario al Evangelio. Forma parte de la buena noticia, porque abre el camino de regreso al Padre.
2. Arrepentirse significa volver a Dios
El arrepentimiento no es solamente lamentarse. No es simplemente sentirse mal durante un momento. Tampoco consiste en unirse a un grupo religioso para tranquilizarse.
Arrepentirse es volver a Dios. Es reconocer que Dios tiene razón, aceptar que nuestra manera de pensar y vivir debe ser corregida por Él y apartarse no solamente del pecado visible, sino también del orgullo, el miedo, la dureza, la hipocresía y la confianza en uno mismo.
“Arrepiéntanse, pues, y conviértanse, para que sean borrados sus pecados.” (Hechos 3:19)
El arrepentimiento bíblico no es una simple emoción. Implica un verdadero regreso a Dios. Afecta a la dirección de la vida, las motivaciones del corazón y la manera en que una persona se presenta ante Dios.
3. El verdadero arrepentimiento nos lleva de vuelta al Padre
El arrepentimiento no debe confundirse con una culpa permanente. Dios no llama a los hombres para aplastarlos, sino para traerlos de vuelta a Él. Revela el pecado, pero también abre un camino de perdón, gracia y restauración.
“La bondad de Dios te guía al arrepentimiento.” (Romanos 2:4)
Un arrepentimiento basado únicamente en el miedo puede producir obediencia exterior, pero no siempre sana el corazón. Puede conducir a la vergüenza, al agotamiento espiritual o a una dependencia excesiva de los hombres.
El arrepentimiento bíblico es diferente. Aleja del pecado, pero acerca a Dios. No deja al creyente encerrado en la condenación; lo lleva al Padre por medio de Jesucristo.
↑ Volver al índiceV. Solo Dios llama, pero el hombre debe responder
1. Dios toma la iniciativa
“Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae.” (Juan 6:44)
Nadie viene a Dios por sus propias fuerzas. Es Dios quien llama, atrae y abre la mente y el corazón.
Esta verdad debería hacernos humildes. Si comprendemos algo de Dios, no es porque seamos superiores a los demás. Es porque Dios ha actuado. El llamado de Dios es una gracia, no un motivo para jactarse.
También cambia nuestra mirada sobre los demás. Quien ha recibido comprensión espiritual no debería utilizarla para despreciar a quienes todavía no ven. Debe recibir ese llamado con gratitud, seriedad y humildad.
2. El llamado de Dios no es un mérito
Si Dios nos llama, no es porque hayamos merecido ese llamado.
“Dios nos salvó y nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia.” (2 Timoteo 1:9)
El llamado de Dios comienza con Su gracia, no con el rendimiento humano. Esto protege al creyente del orgullo espiritual, pero también de la desesperación. Dios no llama porque el hombre ya sea digno. Llama para traer de vuelta, salvar, transformar y formar.
Este llamado es precioso y no debe tomarse a la ligera. Pero nunca debe convertirse en una fuente de superioridad religiosa. Quien ha sido llamado no ha recibido una razón para elevarse por encima de los demás, sino una responsabilidad ante Dios.
3. El llamado exige una respuesta
El llamado de Dios no elimina la responsabilidad humana. Quien oye el llamado debe responder.
“Muchos son llamados, pero pocos escogidos.” (Mateo 22:14)
Ser llamado es, por tanto, algo serio. Exige una respuesta real: fe, arrepentimiento, obediencia, perseverancia y una vida que busca permanecer en Cristo.
“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes.” (Juan 15:4)
Pablo expresa profundamente este equilibrio:
“Ocúpense en su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:12-13)
Dios actúa en nosotros, pero Su acción no anula nuestra respuesta. La hace posible. La vida cristiana no es ni confianza en uno mismo ni pasividad espiritual. Es un caminar con Dios en el que Su gracia produce en nosotros una respuesta viva.
↑ Volver al índiceVI. La salvación es por gracia, no por mérito religioso
1. La salvación es un don
Al hablar de prepararse para el Reino, debemos evitar una confusión peligrosa: nadie gana la salvación por sus propios méritos.
“Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe; y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios.” (Efesios 2:8)
La salvación es un don. No se merece mediante actuaciones religiosas. Dios salva por gracia, por medio de la fe en Jesucristo.
Esta verdad no hace inútil la obediencia, sino que le da su lugar correcto. La obediencia no compra la salvación. Es el fruto de una fe viva y de un corazón que Dios transforma.
2. Una organización no salva
La salvación no descansa en pertenecer a una organización, en la lealtad a un dirigente, en el diezmo, el sábado, las fiestas o la observancia de la ley mosaica como sistema de justificación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
Un creyente puede tener convicciones personales sobre ciertos asuntos. Puede guardar el sábado ante Dios, participar en determinadas fiestas bíblicas, dar generosamente o vivir de manera disciplinada. Pero estas prácticas no deben convertirse en el fundamento de la salvación ni en criterios absolutos para decidir quién pertenece realmente a Dios.
El centro de la salvación no es una práctica religiosa. El centro de la salvación es Jesucristo.
3. Las obras son el fruto de la salvación
“Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.” (Efesios 2:10)
Las buenas obras no son la raíz de la salvación. Son su fruto.
No obedecemos para comprar nuestro lugar en el Reino. Obedecemos porque Dios nos ha llamado, porque Cristo nos salva y porque el Espíritu de Dios transforma nuestro corazón.
La religión humana puede empujar a alguien a obedecer por miedo, para demostrar su valor o para mostrar que pertenece al grupo correcto. La gracia de Dios produce una obediencia diferente: una obediencia nacida de un corazón tocado, perdonado, levantado y devuelto a Dios.
↑ Volver al índiceVII. La ley de Cristo: el modo de vida de quienes esperan el Reino
1. La ley de Cristo toca las relaciones
Si la salvación es por gracia, eso no significa que el creyente viva sin dirección. El Nuevo Testamento habla claramente de la ley de Cristo.
“Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2)
Justo antes, Pablo habla de restaurar con dulzura al que ha caído:
“Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales restáurenlo con espíritu de mansedumbre.” (Gálatas 6:1)
Estos versículos muestran que la ley de Cristo toca la manera en que tratamos a los demás. No se refiere solamente a reglas externas. Se refiere al corazón, las relaciones, la actitud y la manera de corregir, llevar, restaurar y amar.
Se puede tener mucho conocimiento bíblico y, sin embargo, faltar a la ley de Cristo si se trata a los demás con dureza, desprecio o dominación.
2. Se manifiesta por el amor y la dulzura
“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado.” (Juan 13:34)
El amor según Cristo no es un simple sentimiento. Es una manera de vivir. Se ve en la dulzura, la paciencia, el perdón, la misericordia, el servicio y la restauración.
Este amor no niega la verdad. No justifica el pecado. No elimina la necesidad del arrepentimiento. Pero se niega a utilizar la verdad para aplastar a los débiles.
La ley de Cristo une, por tanto, la verdad y el amor. Llama a la fidelidad, pero con dulzura. Corrige, pero para levantar. Conduce a la obediencia sin reemplazar la gracia por el miedo.
3. Revela a los discípulos de Cristo
“En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tienen amor los unos por los otros.” (Juan 13:35)
La señal de los discípulos de Cristo no es, por tanto, primero el nombre de una organización, el conocimiento profético o una observancia externa. Según Jesús, la señal visible de Sus discípulos es el amor.
Este amor no es débil. No cierra los ojos ante el mal. No reemplaza el arrepentimiento. Pero refleja el carácter de Cristo. Sirve en lugar de dominar, perdona en lugar de alimentar el rencor y levanta en lugar de aplastar.
Eso es la ley de Cristo. Y esta ley es el modo de vida de quienes se preparan para el Reino.
↑ Volver al índiceVIII. La ley mosaica no es el marco legal de la salvación
1. La ley mosaica tuvo un papel real
Debemos distinguir claramente la ley mosaica, la ley de Cristo y la salvación por gracia.
La ley mosaica tuvo un papel real en el plan de Dios. Fue dada a Israel. Reveló la santidad de Dios, la realidad del pecado y la necesidad de un Salvador.
No se trata, por tanto, de menospreciar la ley dada a Israel, sino de comprender su papel a la luz de Jesucristo y de la Nueva Alianza. El creyente debe leer el Antiguo Testamento con respeto, pero también reconocer que Cristo cumplió aquello hacia lo que apuntaba la ley.
La pregunta no es si la ley mosaica tuvo importancia. La tuvo. La pregunta es si constituye el marco legal de la salvación para el creyente en Cristo. El Nuevo Testamento responde claramente que no.
2. El creyente no es salvado por la ley mosaica
“No están bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14)
Esto no significa que Dios ya no tenga una voluntad moral. Significa que el creyente no está colocado bajo la ley mosaica como marco legal de la salvación.
“El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo.” (Gálatas 2:16)
El creyente no está sin ley ante Dios. Pero no está bajo la ley mosaica como sistema de justificación. Está llamado a vivir bajo la gracia, guiado por el Espíritu, según la ley de Cristo.
La ley de Cristo no disminuye la exigencia espiritual. Al contrario, va más profundo. Toca el corazón, las motivaciones, las relaciones, el amor, la verdad y la transformación interior.
3. Las prácticas no deben convertirse en condiciones de salvación
El sábado puede ser observado por convicción personal ante Dios. Pero no debe convertirse en una condición de salvación ni en un criterio absoluto para decidir quién pertenece realmente a Dios.
Del mismo modo, el Nuevo Testamento no presenta el diezmo como una obligación impuesta al creyente bajo la Nueva Alianza. Pone más bien el acento en una generosidad libre, sincera y alegre.
“Que cada uno dé como lo ha decidido en su corazón, no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7)
La ofrenda cristiana no debe venir del miedo, la presión o la culpa. Debe venir de un corazón libre ante Dios.
Esta distinción protege la conciencia del creyente. Permite tomar a Dios en serio sin transformar prácticas externas en condiciones de salvación.
↑ Volver al índiceIX. ¿Qué significa estar “calificado” para el Reino?
1. Dios capacita
En ciertos círculos religiosos, a veces se habla de estar “calificado” para el Reino de Dios. La expresión puede ser útil si se entiende correctamente, pero también puede volverse peligrosa si da la impresión de que el hombre se hace digno del Reino por sus obras.
“Den gracias al Padre, que los ha capacitado para participar de la herencia de los santos en la luz.” (Colosenses 1:12)
Es Dios quien capacita. Dios prepara. Dios actúa. No nos calificamos a nosotros mismos como si pudiéramos merecer el Reino.
La preparación para el Reino no comienza, por tanto, con el orgullo religioso, sino con la gracia. Dios llama, Cristo salva y el Espíritu transforma. El creyente responde a esta obra de Dios con fe y fidelidad.
2. El creyente responde al llamado de Dios
Estar preparado para el Reino no significa acumular actuaciones religiosas para demostrar el propio valor. Significa responder fielmente al llamado de Dios.
El creyente no debe vivir con la ilusión de que puede ganar el Reino por sus obras. Pero tampoco debe vivir como si el llamado de Dios no exigiera ninguna respuesta.
La gracia no produce indiferencia. Produce una vida transformada. Conduce al arrepentimiento, la fe, la obediencia, el amor, la perseverancia y los frutos del Espíritu.
Existe, por tanto, un equilibrio importante: la salvación no es ganada por el hombre, pero la gracia recibida no queda sin efecto. Transforma progresivamente la manera de vivir.
3. Dios transforma el carácter
“Por eso, hermanos, esfuércense aún más por afirmar su vocación y elección.” (2 Pedro 1:10)
Esta palabra muestra que el creyente debe tomar en serio su llamado. Pedro no habla de una fe muerta o puramente teórica. Habla de una vida que crece en la fe, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, el amor fraternal y el amor.
En otras palabras, Dios prepara a quienes llama transformando su carácter. No busca solamente personas capaces de recitar una doctrina correcta. Forma hombres y mujeres que aprenden a reflejar el carácter de Cristo.
“El que persevere hasta el fin será salvo.” (Mateo 24:13)
La perseverancia importa. Pero no es una perseverancia en el miedo. Es una fidelidad viva a Dios, alimentada por la fe, la gracia, el amor y la esperanza del Reino.
↑ Volver al índiceX. Los frutos esperados en quienes esperan el Reino
1. Jesús invita a examinar los frutos
“Por sus frutos los reconocerán.” (Mateo 7:16)
Los frutos importan. Se puede hablar del Reino, de profecía, de verdad y de obediencia. Pero si los frutos no reflejan el Espíritu de Dios, hay que detenerse y examinar.
Jesús no nos invita a juzgar por las apariencias, los títulos o las reivindicaciones de autoridad. Nos invita a mirar los frutos. ¿Qué fruto produce una enseñanza? ¿Qué fruto produce una práctica? ¿Qué fruto produce una autoridad en la vida de las personas?
Estas preguntas son necesarias, porque el Reino de Dios no prepara solamente un mundo nuevo. También prepara un pueblo transformado.
2. El fruto del Espíritu revela la obra de Dios
“El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.” (Gálatas 5:22)
Estos frutos no son secundarios. Revelan la obra de Dios en una vida.
Dios busca la fe, pero no una fe dura y orgullosa. Busca el arrepentimiento, pero no una culpa permanente. Busca la obediencia, pero no una obediencia basada en el miedo a los hombres. Busca la verdad, pero no una verdad utilizada para aplastar. Busca el amor, pero no un amor separado de Su palabra.
La transformación cristiana no se refiere solamente a lo que hacemos exteriormente. También se refiere a lo que llegamos a ser interiormente.
3. El conocimiento no reemplaza al amor
El conocimiento es importante. La doctrina es importante. La verdad es importante. Pero sin amor, incluso un gran conocimiento puede quedar vacío.
“Si tuviera el don de profecía y entendiera todos los misterios y todo conocimiento [...] pero no tengo amor, nada soy.” (1 Corintios 13:2)
Esta palabra debería hacernos sobrios. El conocimiento profético no reemplaza al amor. La verdad bíblica nunca debe separarse del carácter de Cristo.
Quien espera el Reino puede hacerse preguntas sencillas: ¿me acerca mi fe a Cristo? ¿Estoy creciendo en amor, dulzura, paciencia y perdón? ¿Llevo las cargas de los demás? ¿Obedezco a Dios por amor o solamente por miedo?
Estas preguntas no son secundarias. Tocan directamente la manera en que Dios forma a quienes esperan Su Reino.
↑ Volver al índiceXI. El peligro: anunciar el Reino sin vivir la ley de Cristo
1. Se puede hablar del Reino olvidando el espíritu del Rey
Existe un peligro real: hablar mucho del Reino de Dios mientras se olvida el espíritu del Rey.
Se puede anunciar el Reino y gobernar por miedo. Se puede hablar de verdad y no soportar preguntas sinceras. Se puede predicar obediencia y descuidar la misericordia. Se puede hablar del regreso de Cristo y presionar las conciencias mediante la urgencia y la fijación de fechas.
El Reino de Dios no puede separarse del carácter de Jesucristo. Si se habla del Reino abandonando el amor, la dulzura, la paciencia, la misericordia y la verdad, algo debe ser examinado.
El mensaje del Reino debe conducir a Cristo, no al miedo a los hombres. Debe producir arrepentimiento sincero, no culpa permanente. Debe formar discípulos, no personas aplastadas o dependientes de una autoridad humana.
2. La autoridad según Cristo se parece al servicio
“Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y que los grandes ejercen autoridad sobre ellas. No será así entre ustedes.” (Mateo 20:25-26)
Esta palabra es fuerte: “No será así entre ustedes.” La autoridad según Cristo no debe parecerse a la dominación humana. Debe parecerse al servicio.
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.” (Mateo 20:26)
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide como en los sistemas humanos. Se reconoce en el servicio, la humildad, la fidelidad, el amor y el cuidado de los demás.
Una autoridad espiritual que aplasta, aísla o domina no refleja el espíritu de Cristo. La corrección según Cristo debe buscar restaurar. La verdad según Cristo debe conducir a la luz, al arrepentimiento y a la libertad ante Dios, no a un miedo servil.
3. Todo mensaje del Reino debe ser examinado
“En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.” (1 Juan 4:18)
“Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)
Si un mensaje del Reino produce principalmente miedo, confusión, aislamiento, culpa constante o dependencia de un hombre, merece ser examinado a la luz de las Escrituras.
Esto no significa que todo temor de Dios sea malo. La Biblia habla de un temor reverente, relacionado con la humildad y la reverencia. Pero no es un miedo servil que destruye la paz y encierra las conciencias.
El mensaje del Reino debe producir arrepentimiento, fe, amor, verdad, libertad ante Dios, vigilancia espiritual y transformación del corazón.
↑ Volver al índiceXII. Velar por el regreso de Cristo sin caer en el miedo
1. Cristo volverá
Cristo volverá. El Reino de Dios será establecido en la tierra. Los discípulos deben velar.
Esta esperanza es esencial. El mundo actual no es el cumplimiento del plan de Dios. La injusticia, el sufrimiento, la confusión y la muerte no tendrán la última palabra. El regreso de Cristo anuncia la victoria de Dios, la restauración de todas las cosas y el establecimiento de Su reinado.
Pero esta esperanza debe conservarse con sobriedad. No debe convertirse en una fuente de miedo permanente, cálculos humanos o presión espiritual.
Esperar a Cristo significa vivir en la esperanza y la fidelidad, no en la agitación ni el pánico.
2. Velar no significa fijar fechas
“En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe.” (Mateo 24:36)
“Por tanto, velen, porque no saben qué día vendrá su Señor.” (Mateo 24:42)
Después de Su resurrección, los discípulos preguntaron a Jesús:
“Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” (Hechos 1:6)
Jesús les respondió:
“No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o las ocasiones que el Padre ha fijado por Su propia autoridad.” (Hechos 1:7)
Esta respuesta debe mantenernos en la humildad. Velar no significa pretender conocer lo que el Padre no ha revelado. No significa vivir de una fecha a otra. No significa poner las conciencias bajo presión.
La profecía debe conducir al arrepentimiento, la esperanza y la fidelidad, no al miedo ni al control.
3. Velar significa permanecer fiel a Cristo
Velar significa permanecer unido a Cristo. Significa arrepentirse cuando Dios nos muestra algo, mantener la fe, amar a los hermanos y hermanas, dar fruto, permanecer sobrios y no dejar que el miedo reemplace la paz de Dios.
“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas deben ser ustedes en santa conducta y piedad!” (2 Pedro 3:11)
La espera del regreso de Cristo debe producir una vida sobria, fiel y llena de esperanza. El verdadero discípulo no intenta ser más preciso que su Maestro. Escucha lo que Cristo dijo, acepta los límites dados por Dios y permanece fiel.
Velar, por tanto, no es vivir bajo la presión constante de una fecha. Es caminar con Dios hoy, en la fe, el arrepentimiento, el amor y la ley de Cristo.
↑ Volver al índiceXIII. Conclusión — Responder al llamado de Dios hoy
El mensaje de Jesucristo no era simplemente que un Reino vendría algún día. Su mensaje era más directo, más urgente y más personal:
“El Reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1:15)
El Reino de Dios será establecido en la tierra al regreso de Cristo. Esta esperanza permanece en el corazón del Evangelio. Pero esperar el Reino no debe convertirse en una simple curiosidad profética, una fuente de miedo o un medio de presionar las conciencias. Debe conducir a una respuesta viva ante Dios.
Solo Dios llama. Nadie viene al Padre por sus propias fuerzas. La salvación es dada por gracia, por medio de la fe en Jesucristo. Sin embargo, esta gracia nunca es estéril. Hace volver al creyente a Dios, lo invita al arrepentimiento, le enseña a permanecer en Cristo y produce poco a poco los frutos de una vida transformada.
Estar preparado para el Reino no significa salvarse a uno mismo por las obras. Significa recibir el llamado de Dios con humildad y dejar que Cristo forme en nosotros un corazón nuevo. La ley de Cristo se convierte entonces en el camino concreto de esta transformación: amar, perdonar, servir, llevar las cargas, restaurar con dulzura, caminar en la verdad y negarse a dejar que el miedo reemplace el amor de Dios.
El Reino de Dios no es solamente una profecía que hay que conocer. Es una realidad que hay que buscar. No se trata solamente de saber lo que Dios hará mañana en la tierra, sino también de dejar que Dios reine hoy en nuestro corazón.
La verdadera pregunta no es solamente: “¿Cuándo vendrá el Reino?” También es: “¿Cómo estoy respondiendo ahora al llamado de Dios?”
Esta respuesta no se mide por el orgullo religioso, el miedo o el rendimiento. Se reconoce en una vida que busca primero el Reino de Dios y Su justicia, por amor a Dios, por la fe en Jesucristo y por la obra de transformación que Dios realiza en aquellos a quienes llama.
↑ Volver al índiceNota sobre las citas bíblicas
Salvo indicación contraria, las citas bíblicas se basan en traducciones bíblicas reconocidas. La fuente francesa utiliza principalmente Louis Segond 1910; en las versiones traducidas se utilizan traducciones reconocidas y algunas formulaciones pueden adaptarse ligeramente para facilitar la lectura.
Regno di Dio sulla terra, ravvedimento e legge di Cristo
Come prepararsi al Regno che Gesù Cristo è venuto ad annunciare?
Esaminate ogni cosa; ritenete ciò che è buono.
Di Christophe Binette | Pubblicato il 26 luglio 2026 | Fondatore di Examine All Things — Studi biblici basati sulle Scritture
Premessa
Il messaggio del Regno di Dio è al centro dell’insegnamento di Gesù Cristo. Fin dall’inizio del Suo ministero, Gesù annunciò:
“Il tempo è compiuto e il regno di Dio è vicino; ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Questo messaggio non scomparve dopo la Sua morte e risurrezione. Anche gli apostoli continuarono ad annunciare il Regno di Dio, a predicare Gesù Cristo e a chiamare al ravvedimento, alla fede e a una vita trasformata davanti a Dio.
Alla fine del libro degli Atti, Paolo è ancora presentato mentre annuncia il Regno di Dio e insegna ciò che riguarda Gesù Cristo:
“Predicando il regno di Dio e insegnando le cose riguardanti il Signore Gesù Cristo, con ogni franchezza e senza impedimento.” (Atti 28:31)
Il Regno di Dio non è quindi un argomento secondario né una semplice dottrina profetica. Annuncia il regno di Dio, il ritorno di Gesù Cristo, la restaurazione di tutte le cose, ma anche la chiamata rivolta già ora a coloro che Dio attira a Sé.
Questo Regno sarà pienamente stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Ma già oggi chiama ogni credente a tornare a Dio, a ricevere la Sua grazia, a dimorare in Cristo, a portare frutto e a imparare a vivere secondo lo spirito del Regno.
Questo studio non cerca di presentare una nuova organizzazione né di esercitare un’autorità spirituale sulle coscienze. Il suo scopo è semplicemente esaminare, alla luce delle Scritture, come rispondere fedelmente al messaggio del Regno annunciato da Gesù Cristo e dagli apostoli.
La domanda centrale è dunque questa: se il Regno di Dio era al centro del messaggio di Gesù Cristo e degli apostoli, come dobbiamo rispondere oggi a questo messaggio?
I. Introduzione — Il messaggio che Gesù ha realmente portato
Quando Gesù Cristo iniziò il Suo ministero, non presentò anzitutto un’organizzazione, una tradizione religiosa o un sistema di pratiche esteriori. Annunciò il Regno di Dio.
“Il tempo è compiuto e il regno di Dio è vicino; ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Questa dichiarazione riassume l’essenza del Suo messaggio. Gesù annuncia che Dio interviene, che il Suo Regno si avvicina e che questo annuncio richiede una risposta personale. Non si tratta soltanto di ascoltare una profezia o accettare un’idea religiosa. Si tratta di tornare a Dio, credere al Vangelo e lasciare che la Sua volontà trasformi la vita.
Per questo il Regno di Dio non può essere ridotto a un tema profetico tra gli altri. È legato al ravvedimento, alla fede, alla grazia, al ritorno di Cristo e al modo in cui il credente vive già oggi davanti a Dio.
Sorge quindi una domanda naturale: come deve rispondere a questo messaggio una persona chiamata da Dio? La risposta biblica non si trova nella fiducia in se stessi, nell’appartenenza a un’organizzazione o nell’osservanza della legge mosaica come mezzo di salvezza. Si trova in Gesù Cristo: Dio chiama, Cristo salva, lo Spirito trasforma e il credente impara a vivere nella fede, nel ravvedimento e nella legge di Cristo.
1. Gesù non ha annunciato una semplice religione
Molte persone associano spontaneamente la fede cristiana a una religione, a riti, regole, tradizioni o a un’appartenenza visibile. Questi elementi possono talvolta accompagnare la vita dei credenti, ma non costituiscono il cuore del messaggio di Gesù.
Gesù ha annunciato qualcosa di più grande: il Regno di Dio. Ha proclamato il regno di Dio, l’intervento di Dio nella storia umana e la chiamata rivolta agli uomini affinché tornino al Padre.
Questo non significa che la comunione tra credenti non sia importante. I discepoli hanno bisogno di incoraggiamento, insegnamento, sostegno e fraternità. Ma nessuna struttura umana deve prendere il posto del Regno di Dio né occupare nella coscienza del credente il posto che appartiene soltanto a Gesù Cristo.
Il Regno annunciato da Gesù supera le organizzazioni umane. Rivolge lo sguardo verso Dio, il Suo regno, la Sua giustizia e la trasformazione interiore che Dio vuole compiere in coloro che chiama.
2. Il messaggio del Regno richiede una risposta personale
Il Regno di Dio non è soltanto una verità da conoscere. È un messaggio che richiede una risposta.
Gesù non dice semplicemente che il Regno è vicino. Chiama anche al ravvedimento e alla fede. L’annuncio del Regno non deve quindi produrre soltanto curiosità profetica. Deve condurre a un vero ritorno a Dio.
Si possono conoscere molte cose sulla profezia e tuttavia non rispondere realmente alla chiamata di Dio. Si può parlare del Regno, attendere il ritorno di Cristo, difendere certe dottrine e tuttavia non lasciare che Dio regni nel proprio cuore.
Per questo lo studio del Regno deve rimanere sempre legato al ravvedimento, alla fede, alla grazia e alla trasformazione interiore. Il Regno annunciato da Gesù non riguarda soltanto il futuro del mondo, ma anche lo stato del cuore davanti a Dio oggi.
3. Il Regno tocca già oggi la nostra vita
Il Regno di Dio sarà pienamente stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Ma ciò non significa che non abbia alcun rapporto con la vita presente del credente.
Chi attende il Regno deve già imparare a vivere secondo lo spirito del Regno. Questo riguarda il modo di pensare, parlare, correggere, perdonare, servire, esercitare responsabilità, trattare i deboli, portare i pesi e amare i fratelli e le sorelle.
Il Regno di Dio non è quindi soltanto una profezia per domani. È anche una realtà che ci chiama oggi a vivere sotto l’autorità di Dio. Attendere il Regno non significa soltanto chiedersi quando verrà, ma anche chiedere a Dio di regnare già nel nostro cuore, nelle nostre scelte e nelle nostre relazioni.
↑ Torna all’indiceII. Il Regno di Dio era al centro del messaggio di Gesù
1. Gesù è venuto ad annunciare il Regno
Luca riporta queste parole di Gesù:
“Bisogna che io annunci la buona notizia del regno di Dio anche alle altre città, perché per questo sono stato mandato.” (Luca 4:43)
Gesù stesso dice che per questo è stato mandato: per annunciare la buona notizia del Regno di Dio. Il Regno non è quindi un tema secondario. È al centro del Suo messaggio.
Gesù guarì, insegnò, corresse, consolò, perdonò e ammonì. Ma tutto questo faceva parte di un messaggio più ampio: Dio regna, il Suo Regno viene e gli uomini devono tornare a Lui.
Nei Vangeli, il Regno di Dio non è un’idea astratta. È legato alla presenza di Cristo, all’autorità di Dio, al ravvedimento, alla giustizia, alla misericordia e alla trasformazione della vita. Gesù non predicava una fede separata dal Regno. Predicava il Vangelo del Regno.
2. Il Regno appartiene a Dio
Il Regno di Dio non proviene da un’organizzazione umana. Non dipende da una sede amministrativa, da un dirigente religioso o da un progetto costruito dagli uomini.
“Il mio regno non è di questo mondo.” (Giovanni 18:36)
Il Suo Regno non ha origine nei sistemi umani. Viene da Dio. Questo non significa che Dio non possa usare persone, assemblee o comunità. Ma nessuna struttura umana può essere confusa con il Regno di Dio stesso.
Questa distinzione è importante. Quando il messaggio del Regno conduce soprattutto a dipendere da un’organizzazione, da un uomo o da una struttura unica, bisogna fermarsi ed esaminare. Il Regno di Dio deve condurre a Dio, al Padre e a Gesù Cristo, il Re annunciato dalle Scritture.
Un’organizzazione può servire, insegnare, sostenere e riunire. Ma non deve mai prendere il posto di Cristo né diventare il centro della fede del credente.
3. Cercare il Regno comincia ora
“Cercate prima il regno di Dio e la sua giustizia, e tutte queste cose vi saranno date in aggiunta.” (Matteo 6:33)
Cercare il Regno non significa soltanto attendere un evento futuro. Significa mettere Dio al di sopra di tutto già da oggi.
Cercare il Regno significa cercare la volontà di Dio, desiderare la Sua giustizia, accettare che la Sua parola corregga il nostro modo di pensare e imparare a vivere sotto l’autorità di Cristo.
Il Regno riguarda il futuro, ma tocca già il presente. Un credente che attende il Regno non può vivere come se Dio non avesse nulla da dire sulla sua vita attuale. Non può separare la speranza del Regno dall’obbedienza a Cristo.
Ma questa obbedienza deve essere compresa correttamente. Non serve a comprare la salvezza. È la risposta di un cuore che Dio ha chiamato, toccato e ricondotto a Sé.
↑ Torna all’indiceIII. Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra
1. Il Regno di Dio è una realtà futura
La Bibbia annuncia che Dio stabilirà il Suo Regno.
“Al tempo di questi re, il Dio del cielo farà sorgere un regno che non sarà mai distrutto.” (Daniele 2:44)
I regni umani passano. Cambiano, si dividono, si corrompono o scompaiono. Anche gli imperi più potenti mostrano i loro limiti. Il Regno di Dio, invece, non sarà mai distrutto.
Daniele annuncia anche che un “figlio d’uomo” riceverà dominio, gloria e regno:
“Gli furono dati dominio, gloria e regno; tutti i popoli, nazioni e uomini di ogni lingua lo servirono.” (Daniele 7:14)
Il Regno di Dio non è quindi soltanto un’esperienza interiore. Avrà una realtà visibile e concreta. Dio interverrà nella storia umana e il Suo regno sarà stabilito da Gesù Cristo.
2. Il Regno sarà anche un governo reale
Il Regno di Dio non è soltanto una realtà interiore né un modo spirituale di parlare della presenza di Dio nel cuore del credente. La Bibbia lo presenta anche come un regno reale, stabilito da Dio sotto l’autorità di Gesù Cristo.
Daniele annuncia che questo Regno sostituirà i regni umani:
“Al tempo di questi re, il Dio del cielo farà sorgere un regno che non sarà mai distrutto.” (Daniele 2:44)
Questo Regno avrà dunque una realtà concreta. Non sarà semplicemente un miglioramento progressivo del mondo attuale né il risultato finale degli sforzi umani. Sarà stabilito da Dio stesso.
Daniele mostra anche che il Figlio dell’uomo riceve un dominio universale:
“Gli furono dati dominio, gloria e regno; tutti i popoli, nazioni e uomini di ogni lingua lo servirono.” (Daniele 7:14)
Il Regno di Dio sarà quindi un governo giusto guidato da Cristo, nel quale la volontà di Dio sarà fatta sulla terra. È ciò che Gesù ci insegna a chiedere nella preghiera:
“Venga il tuo regno; sia fatta la tua volontà in terra come in cielo.” (Matteo 6:10)
Questa verità ci impedisce di ridurre il Regno a una semplice esperienza personale, ma anche di confonderlo con un’attuale organizzazione umana. Il Regno appartiene a Dio. Sarà stabilito da Cristo, e coloro che Dio chiama oggi sono invitati a prepararsi a quel regno vivendo già secondo lo spirito del Regno.
3. Cristo ritornerà per regnare
“Il regno del mondo è passato al nostro Signore e al suo Cristo, ed egli regnerà nei secoli dei secoli.” (Apocalisse 11:15)
Cristo ritornerà. Il regno di Dio sarà stabilito. I regni di questo mondo non saranno eterni.
Questa speranza è preziosa in un mondo segnato dall’ingiustizia, dalla confusione, dalla violenza e dalla sofferenza. Gli uomini cercano soluzioni e alcuni progetti possono portare miglioramenti temporanei. Ma nessun sistema umano può stabilire durevolmente una giustizia perfetta, una pace vera e una verità completa.
Il Regno di Dio non sarà il compimento del progresso umano. Sarà l’intervento di Dio per mezzo di Gesù Cristo. Perciò la speranza cristiana non si fonda sull’ottimismo umano, ma sulla fedeltà di Dio.
4. Solo Dio può guarire il cuore umano
Gli uomini possono migliorare le condizioni di vita, organizzare società, costruire, imparare, curare e sviluppare. Non dobbiamo disprezzare ciò che può essere utile. Ma dobbiamo riconoscere un limite fondamentale: l’uomo non può, da solo, guarire il cuore umano.
“Il cuore è ingannevole più di ogni altra cosa e insanabilmente maligno.” (Geremia 17:9)
Gesù insegna anche che le cose malvagie escono dal cuore dell’uomo:
“Dal cuore vengono pensieri malvagi, omicidi, adulteri, immoralità, furti, false testimonianze e calunnie.” (Matteo 15:19)
Per questo il Regno di Dio non può essere sostituito da un progetto umano. L’uomo può cambiare alcune strutture, ma solo Dio può trasformare il cuore. Il Regno verrà sulla terra, ma sarà stabilito da Dio, per mezzo di Gesù Cristo, e non con la forza, l’orgoglio o la saggezza limitata degli uomini.
↑ Torna all’indiceIV. Il Regno chiama anzitutto al ravvedimento
1. Gesù collega il Regno al ravvedimento
Gesù non disse soltanto che il Regno di Dio è vicino. Aggiunse:
“Ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Il ravvedimento è quindi direttamente legato al messaggio del Regno. Non si può separare l’annuncio del regno di Dio dalla chiamata a cambiare cuore.
Il Regno non è soltanto una promessa futura. È anche una chiamata presente. Gesù non chiede semplicemente agli uomini di aspettare ciò che Dio farà più tardi. Chiede loro di tornare a Dio ora.
Il ravvedimento non è un’aggiunta secondaria al Vangelo. Fa parte della buona notizia, perché apre la via del ritorno al Padre.
2. Ravvedersi significa tornare a Dio
Il ravvedimento non è soltanto rimpianto. Non è semplicemente sentirsi male per un momento. E non significa nemmeno entrare in un gruppo religioso per sentirsi rassicurati.
Ravvedersi significa tornare a Dio. Significa riconoscere che Dio ha ragione, accettare che il nostro modo di pensare e vivere debba essere corretto da Lui e allontanarsi non soltanto dal peccato visibile, ma anche dall’orgoglio, dalla paura, dalla durezza, dall’ipocrisia e dalla fiducia in se stessi.
“Ravvedetevi dunque e convertitevi, affinché i vostri peccati siano cancellati.” (Atti 3:19)
Il ravvedimento biblico non è una semplice emozione. Implica un vero ritorno a Dio. Riguarda la direzione della vita, le motivazioni del cuore e il modo in cui una persona si pone davanti a Dio.
3. Il vero ravvedimento ci riporta al Padre
Il ravvedimento non deve essere confuso con un senso di colpa permanente. Dio non chiama gli uomini per schiacciarli, ma per ricondurli a Sé. Rivela il peccato, ma apre anche una via di perdono, grazia e restaurazione.
“La bontà di Dio ti spinge al ravvedimento.” (Romani 2:4)
Un ravvedimento basato soltanto sulla paura può produrre un’obbedienza esteriore, ma non sempre guarisce il cuore. Può portare alla vergogna, all’esaurimento spirituale o a un’eccessiva dipendenza dagli uomini.
Il ravvedimento biblico è diverso. Allontana dal peccato, ma avvicina a Dio. Non lascia il credente prigioniero della condanna; lo conduce al Padre per mezzo di Gesù Cristo.
↑ Torna all’indiceV. Solo Dio chiama, ma l’uomo deve rispondere
1. Dio prende l’iniziativa
“Nessuno può venire a me se il Padre che mi ha mandato non lo attira.” (Giovanni 6:44)
Nessuno viene a Dio con le proprie forze. È Dio che chiama, attira e apre la mente e il cuore.
Questa verità dovrebbe renderci umili. Se comprendiamo qualcosa di Dio, non è perché siamo superiori agli altri. È perché Dio ha agito. La chiamata di Dio è grazia, non un motivo per vantarsi.
Questo cambia anche il nostro sguardo sugli altri. Chi ha ricevuto comprensione spirituale non dovrebbe usarla per disprezzare chi ancora non vede. Dovrebbe ricevere la propria chiamata con gratitudine, serietà e umiltà.
2. La chiamata di Dio non è un merito
Se Dio ci chiama, non è perché abbiamo meritato quella chiamata.
“Dio ci ha salvati e ci ha rivolto una santa chiamata, non in base alle nostre opere, ma secondo il suo proposito e la sua grazia.” (2 Timoteo 1:9)
La chiamata di Dio comincia con la Sua grazia, non con la prestazione umana. Questo protegge il credente dall’orgoglio spirituale, ma anche dalla disperazione. Dio non chiama perché l’uomo è già degno. Chiama per ricondurre, salvare, trasformare e formare.
Questa chiamata è preziosa e non deve essere presa alla leggera. Ma non deve mai diventare una fonte di superiorità religiosa. Chi è stato chiamato non ha ricevuto un motivo per elevarsi sopra gli altri, ma una responsabilità davanti a Dio.
3. La chiamata richiede una risposta
La chiamata di Dio non elimina la responsabilità umana. Chi sente la chiamata deve rispondere.
“Molti sono chiamati, ma pochi eletti.” (Matteo 22:14)
Essere chiamati è quindi una cosa seria. Richiede una risposta reale: fede, ravvedimento, obbedienza, perseveranza e una vita che cerca di dimorare in Cristo.
“Dimorate in me e io dimorerò in voi.” (Giovanni 15:4)
Paolo esprime profondamente questo equilibrio:
“Adoperatevi al compimento della vostra salvezza con timore e tremore; poiché Dio è colui che opera in voi il volere e l’operare secondo il suo beneplacito.” (Filippesi 2:12-13)
Dio opera in noi, ma la Sua azione non annulla la nostra risposta. La rende possibile. La vita cristiana non è né fiducia in se stessi né passività spirituale. È un cammino con Dio nel quale la Sua grazia produce in noi una risposta viva.
↑ Torna all’indiceVI. La salvezza è per grazia, non per merito religioso
1. La salvezza è un dono
Quando si parla di prepararsi al Regno, bisogna evitare una confusione pericolosa: nessuno guadagna la salvezza con i propri meriti.
“È per grazia che siete stati salvati, mediante la fede; e ciò non viene da voi, è il dono di Dio.” (Efesini 2:8)
La salvezza è un dono. Non si merita attraverso prestazioni religiose. Dio salva per grazia, mediante la fede in Gesù Cristo.
Questa verità non rende inutile l’obbedienza, ma le assegna il suo giusto posto. L’obbedienza non compra la salvezza. È il frutto di una fede viva e di un cuore che Dio trasforma.
2. Un’organizzazione non salva
La salvezza non si fonda sull’appartenenza a un’organizzazione, sulla lealtà verso un dirigente, sulla decima, sul sabato, sulle feste o sull’osservanza della legge mosaica come sistema di giustificazione.
“L’uomo non è giustificato per le opere della legge, ma mediante la fede in Gesù Cristo.” (Galati 2:16)
Un credente può avere convinzioni personali su certi argomenti. Può osservare il sabato davanti a Dio, partecipare ad alcune feste bibliche, dare generosamente o vivere in modo disciplinato. Ma queste pratiche non devono diventare il fondamento della salvezza né criteri assoluti per decidere chi appartiene realmente a Dio.
Il centro della salvezza non è una pratica religiosa. Il centro della salvezza è Gesù Cristo.
3. Le opere sono il frutto della salvezza
“Siamo opera sua, creati in Cristo Gesù per le buone opere.” (Efesini 2:10)
Le buone opere non sono la radice della salvezza. Ne sono il frutto.
Non obbediamo per comprare il nostro posto nel Regno. Obbediamo perché Dio ci ha chiamati, perché Cristo ci salva e perché lo Spirito di Dio trasforma il nostro cuore.
La religione umana può spingere qualcuno a obbedire per paura, per dimostrare il proprio valore o per mostrare di appartenere al gruppo giusto. La grazia di Dio produce un’obbedienza diversa: un’obbedienza nata da un cuore toccato, perdonato, rialzato e ricondotto a Dio.
↑ Torna all’indiceVII. La legge di Cristo: il modo di vivere di coloro che attendono il Regno
1. La legge di Cristo riguarda le relazioni
Se la salvezza è per grazia, ciò non significa che il credente viva senza direzione. Il Nuovo Testamento parla chiaramente della legge di Cristo.
“Portate i pesi gli uni degli altri e adempirete così la legge di Cristo.” (Galati 6:2)
Poco prima Paolo parla di rialzare con mansuetudine chi è caduto:
“Fratelli, se uno viene sorpreso in qualche fallo, voi che siete spirituali rialzatelo con spirito di mansuetudine.” (Galati 6:1)
Questi versetti mostrano che la legge di Cristo riguarda il modo in cui trattiamo gli altri. Non riguarda soltanto regole esteriori. Riguarda il cuore, le relazioni, l’atteggiamento e il modo di correggere, portare, restaurare e amare.
Si può avere molta conoscenza biblica e tuttavia mancare la legge di Cristo se si trattano gli altri con durezza, disprezzo o dominio.
2. Si manifesta nell’amore e nella dolcezza
“Vi do un comandamento nuovo: amatevi gli uni gli altri; come io vi ho amati.” (Giovanni 13:34)
L’amore secondo Cristo non è un semplice sentimento. È un modo di vivere. Si manifesta nella dolcezza, nella pazienza, nel perdono, nella misericordia, nel servizio e nella restaurazione.
Questo amore non nega la verità. Non giustifica il peccato. Non cancella la necessità del ravvedimento. Ma rifiuta di usare la verità per schiacciare i deboli.
La legge di Cristo unisce quindi verità e amore. Chiama alla fedeltà, ma con dolcezza. Corregge, ma per rialzare. Conduce all’obbedienza senza sostituire la grazia con la paura.
3. Rivela i discepoli di Cristo
“Da questo conosceranno tutti che siete miei discepoli, se avete amore gli uni per gli altri.” (Giovanni 13:35)
Il segno dei discepoli di Cristo non è quindi anzitutto il nome di un’organizzazione, una conoscenza profetica o un’osservanza esteriore. Secondo Gesù, il segno visibile dei Suoi discepoli è l’amore.
Questo amore non è debole. Non chiude gli occhi davanti al male. Non sostituisce il ravvedimento. Ma riflette il carattere di Cristo. Serve invece di dominare, perdona invece di nutrire amarezza e rialza invece di schiacciare.
Questa è la legge di Cristo. Ed è il modo di vivere di coloro che si preparano al Regno.
↑ Torna all’indiceVIII. La legge mosaica non è il quadro giuridico della salvezza
1. La legge mosaica ha avuto un ruolo reale
Occorre distinguere chiaramente la legge mosaica, la legge di Cristo e la salvezza per grazia.
La legge mosaica ha avuto un ruolo reale nel piano di Dio. Fu data a Israele. Rivelò la santità di Dio, la realtà del peccato e il bisogno di un Salvatore.
Non si tratta quindi di disprezzare la legge data a Israele, ma di comprenderne il ruolo alla luce di Gesù Cristo e della Nuova Alleanza. Il credente deve leggere l’Antico Testamento con rispetto, riconoscendo anche che Cristo ha adempiuto ciò che la legge annunciava.
La domanda non è se la legge mosaica abbia avuto importanza. L’ha avuta. La domanda è se costituisca il quadro giuridico della salvezza per il credente in Cristo. Il Nuovo Testamento risponde chiaramente di no.
2. Il credente non è salvato dalla legge mosaica
“Non siete sotto la legge, ma sotto la grazia.” (Romani 6:14)
Questo non significa che Dio non abbia più una volontà morale. Significa che il credente non è posto sotto la legge mosaica come quadro giuridico della salvezza.
“L’uomo non è giustificato per le opere della legge, ma mediante la fede in Gesù Cristo.” (Galati 2:16)
Il credente non è senza legge davanti a Dio. Ma non è sotto la legge mosaica come sistema di giustificazione. È chiamato a vivere sotto la grazia, guidato dallo Spirito, secondo la legge di Cristo.
La legge di Cristo non diminuisce l’esigenza spirituale. Al contrario, va più in profondità. Tocca il cuore, le motivazioni, le relazioni, l’amore, la verità e la trasformazione interiore.
3. Le pratiche non devono diventare condizioni di salvezza
Il sabato può essere osservato per convinzione personale davanti a Dio. Ma non deve diventare una condizione di salvezza né un criterio assoluto per decidere chi appartiene veramente a Dio.
Allo stesso modo, il Nuovo Testamento non presenta la decima come un obbligo imposto al credente sotto la Nuova Alleanza. Sottolinea piuttosto una generosità libera, sincera e gioiosa.
“Ciascuno dia come ha deliberato in cuor suo, non di malavoglia né per forza, perché Dio ama un donatore gioioso.” (2 Corinzi 9:7)
Il dono cristiano non deve nascere dalla paura, dalla pressione o dal senso di colpa. Deve venire da un cuore libero davanti a Dio.
Questa distinzione protegge la coscienza del credente. Permette di prendere Dio sul serio senza trasformare pratiche esteriori in condizioni di salvezza.
↑ Torna all’indiceIX. Che cosa significa essere “qualificati” per il Regno?
1. Dio rende capaci
In alcuni ambienti religiosi si parla talvolta di essere “qualificati” per il Regno di Dio. L’espressione può essere utile se compresa correttamente, ma può diventare pericolosa se dà l’impressione che l’uomo si renda degno del Regno attraverso le proprie opere.
“Ringraziate il Padre, che vi ha resi capaci di partecipare all’eredità dei santi nella luce.” (Colossesi 1:12)
È Dio che rende capaci. È Dio che prepara. È Dio che agisce. Non ci qualifichiamo da soli come se potessimo meritare il Regno.
La preparazione al Regno non comincia quindi con l’orgoglio religioso, ma con la grazia. Dio chiama, Cristo salva e lo Spirito trasforma. Il credente risponde all’opera di Dio con fede e fedeltà.
2. Il credente risponde alla chiamata di Dio
Essere pronti per il Regno non significa accumulare prestazioni religiose per dimostrare il proprio valore. Significa rispondere fedelmente alla chiamata di Dio.
Il credente non deve vivere nell’illusione di poter guadagnare il Regno con le proprie opere. Ma non deve neppure vivere come se la chiamata di Dio non richiedesse alcuna risposta.
La grazia non produce indifferenza. Produce una vita trasformata. Conduce al ravvedimento, alla fede, all’obbedienza, all’amore, alla perseveranza e al frutto dello Spirito.
Vi è dunque un equilibrio importante: la salvezza non è guadagnata dall’uomo, ma la grazia ricevuta non rimane senza effetto. Trasforma progressivamente il modo di vivere.
3. Dio trasforma il carattere
“Perciò, fratelli, impegnatevi sempre più a rendere sicura la vostra vocazione ed elezione.” (2 Pietro 1:10)
Questa parola mostra che il credente deve prendere sul serio la propria chiamata. Pietro non parla di una fede morta o puramente teorica. Parla di una vita che cresce nella fede, nella conoscenza, nell’autocontrollo, nella pazienza, nella pietà, nell’affetto fraterno e nell’amore.
In altre parole, Dio prepara coloro che chiama trasformando il loro carattere. Non cerca soltanto persone capaci di recitare una dottrina corretta. Forma uomini e donne che imparano a riflettere il carattere di Cristo.
“Chi avrà perseverato sino alla fine sarà salvato.” (Matteo 24:13)
La perseveranza conta. Ma non è una perseveranza nella paura. È una fedeltà viva a Dio, nutrita dalla fede, dalla grazia, dall’amore e dalla speranza del Regno.
↑ Torna all’indiceX. I frutti attesi in coloro che attendono il Regno
1. Gesù invita a esaminare i frutti
“Li riconoscerete dai loro frutti.” (Matteo 7:16)
I frutti contano. Si può parlare del Regno, di profezia, di verità e di obbedienza. Ma se i frutti non riflettono lo Spirito di Dio, bisogna fermarsi ed esaminare.
Gesù non ci invita a giudicare secondo le apparenze, i titoli o le pretese di autorità. Ci invita a guardare i frutti. Quali frutti produce un insegnamento? Quali frutti produce una pratica? Quali frutti produce un’autorità nella vita delle persone?
Queste domande sono necessarie, perché il Regno di Dio non prepara soltanto un mondo nuovo. Prepara anche un popolo trasformato.
2. Il frutto dello Spirito rivela l’opera di Dio
“Il frutto dello Spirito è amore, gioia, pace, pazienza, benevolenza, bontà, fedeltà, mansuetudine, autocontrollo.” (Galati 5:22)
Questi frutti non sono secondari. Mostrano l’opera di Dio in una vita.
Dio cerca la fede, ma non una fede dura e orgogliosa. Cerca il ravvedimento, ma non un senso di colpa permanente. Cerca l’obbedienza, ma non un’obbedienza fondata sulla paura degli uomini. Cerca la verità, ma non una verità usata per schiacciare. Cerca l’amore, ma non un amore separato dalla Sua parola.
La trasformazione cristiana non riguarda soltanto ciò che facciamo esteriormente. Riguarda anche ciò che diventiamo interiormente.
3. La conoscenza non sostituisce l’amore
La conoscenza è importante. La dottrina è importante. La verità è importante. Ma senza amore, anche una grande conoscenza può diventare vuota.
“Se avessi il dono di profezia, conoscessi tutti i misteri e tutta la conoscenza [...] ma non avessi amore, non sarei nulla.” (1 Corinzi 13:2)
Questa parola dovrebbe renderci sobri. La conoscenza profetica non sostituisce l’amore. La verità biblica non deve mai essere separata dal carattere di Cristo.
Chi attende il Regno può quindi porsi domande semplici: la mia fede mi avvicina a Cristo? Sto crescendo nell’amore, nella dolcezza, nella pazienza e nel perdono? Porto i pesi degli altri? Obbedisco a Dio per amore o soltanto per paura?
Queste domande non sono secondarie. Toccano direttamente il modo in cui Dio forma coloro che attendono il Suo Regno.
↑ Torna all’indiceXI. Il pericolo: annunciare il Regno senza vivere la legge di Cristo
1. Si può parlare del Regno dimenticando lo spirito del Re
Esiste un pericolo reale: parlare molto del Regno di Dio dimenticando lo spirito del Re.
Si può annunciare il Regno ma governare con la paura. Si può parlare di verità ma non tollerare domande sincere. Si può predicare l’obbedienza ma trascurare la misericordia. Si può parlare del ritorno di Cristo ma mettere le coscienze sotto pressione con l’urgenza e la fissazione di date.
Il Regno di Dio non può essere separato dal carattere di Gesù Cristo. Se si parla del Regno abbandonando l’amore, la dolcezza, la pazienza, la misericordia e la verità, qualcosa deve essere esaminato.
Il messaggio del Regno deve condurre a Cristo, non alla paura degli uomini. Deve produrre un ravvedimento sincero, non un senso di colpa permanente. Deve formare discepoli, non persone schiacciate o dipendenti da un’autorità umana.
2. L’autorità secondo Cristo assomiglia al servizio
“Voi sapete che i capi delle nazioni le signoreggiano e che i grandi esercitano autorità su di esse. Non sarà così tra voi.” (Matteo 20:25-26)
Questa parola è forte: “Non sarà così tra voi.” L’autorità secondo Cristo non deve assomigliare al dominio umano. Deve assomigliare al servizio.
“Chi vuole essere grande tra voi sia vostro servitore.” (Matteo 20:26)
Nel Regno di Dio, la grandezza non si misura come nei sistemi umani. Si riconosce nel servizio, nell’umiltà, nella fedeltà, nell’amore e nella cura degli altri.
Un’autorità spirituale che schiaccia, isola o domina non riflette lo spirito di Cristo. La correzione secondo Cristo deve cercare di restaurare. La verità secondo Cristo deve condurre alla luce, al ravvedimento e alla libertà davanti a Dio, non a una paura servile.
3. Ogni messaggio del Regno deve essere esaminato
“Nell’amore non c’è paura; l’amore perfetto caccia via la paura.” (1 Giovanni 4:18)
“Dio non ci ha dato uno spirito di timidezza, ma di forza, amore e autocontrollo.” (2 Timoteo 1:7)
Se un messaggio del Regno produce soprattutto paura, confusione, isolamento, senso di colpa costante o dipendenza da un uomo, merita di essere esaminato alla luce delle Scritture.
Questo non significa che ogni timore di Dio sia sbagliato. La Bibbia parla di un timore riverente, legato all’umiltà e alla reverenza. Ma non è una paura servile che distrugge la pace e imprigiona le coscienze.
Il messaggio del Regno deve produrre ravvedimento, fede, amore, verità, libertà davanti a Dio, vigilanza spirituale e trasformazione del cuore.
↑ Torna all’indiceXII. Vegliare sul ritorno di Cristo senza cadere nella paura
1. Cristo ritornerà
Cristo ritornerà. Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra. I discepoli devono vegliare.
Questa speranza è essenziale. Il mondo attuale non è il compimento del piano di Dio. L’ingiustizia, la sofferenza, la confusione e la morte non avranno l’ultima parola. Il ritorno di Cristo annuncia la vittoria di Dio, la restaurazione di tutte le cose e l’instaurazione del Suo regno.
Ma questa speranza deve essere custodita con sobrietà. Non deve diventare una fonte di paura permanente, di calcoli umani o di pressione spirituale.
Attendere Cristo significa vivere nella speranza e nella fedeltà, non nell’agitazione o nel panico.
2. Vegliare non significa fissare date
“Quanto a quel giorno e a quell’ora, nessuno lo sa.” (Matteo 24:36)
“Vegliate dunque, perché non sapete in quale giorno il vostro Signore verrà.” (Matteo 24:42)
Dopo la Sua risurrezione, i discepoli chiesero a Gesù:
“Signore, è in questo tempo che ristabilirai il regno a Israele?” (Atti 1:6)
Gesù rispose:
“Non spetta a voi conoscere i tempi o i momenti che il Padre ha riservato alla propria autorità.” (Atti 1:7)
Questa risposta deve mantenerci nell’umiltà. Vegliare non significa pretendere di conoscere ciò che il Padre non ha rivelato. Non significa vivere da una data all’altra. Non significa mettere le coscienze sotto pressione.
La profezia deve condurre al ravvedimento, alla speranza e alla fedeltà, non alla paura o al controllo.
3. Vegliare significa rimanere fedeli a Cristo
Vegliare significa rimanere attaccati a Cristo. Significa ravvedersi quando Dio ci mostra qualcosa, conservare la fede, amare i fratelli e le sorelle, portare frutto, rimanere sobri e non lasciare che la paura sostituisca la pace di Dio.
“Poiché tutte queste cose devono dissolversi, quali non dovreste essere voi, per santità di condotta e pietà?” (2 Pietro 3:11)
L’attesa del ritorno di Cristo deve produrre una vita sobria, fedele e piena di speranza. Il vero discepolo non cerca di essere più preciso del suo Maestro. Ascolta ciò che Cristo ha detto, accetta i limiti dati da Dio e rimane fedele.
Vegliare, dunque, non significa vivere sotto la pressione costante di una data. Significa camminare con Dio oggi, nella fede, nel ravvedimento, nell’amore e nella legge di Cristo.
↑ Torna all’indiceXIII. Conclusione — Rispondere oggi alla chiamata di Dio
Il messaggio di Gesù Cristo non era semplicemente che un Regno sarebbe venuto un giorno. Il Suo messaggio era più diretto, più urgente e più personale:
“Il Regno di Dio è vicino. Ravvedetevi e credete alla buona notizia.” (Marco 1:15)
Il Regno di Dio sarà stabilito sulla terra al ritorno di Cristo. Questa speranza rimane al centro del Vangelo. Ma l’attesa del Regno non deve diventare una semplice curiosità profetica, una fonte di paura o uno strumento di pressione sulle coscienze. Deve condurre a una risposta viva davanti a Dio.
Solo Dio chiama. Nessuno viene al Padre con le proprie forze. La salvezza è data per grazia, mediante la fede in Gesù Cristo. Tuttavia questa grazia non è mai sterile. Riporta il credente a Dio, lo invita al ravvedimento, gli insegna a dimorare in Cristo e produce poco a poco i frutti di una vita trasformata.
Essere pronti per il Regno non significa salvarsi da soli attraverso le opere. Significa ricevere la chiamata di Dio con umiltà e lasciare che Cristo formi in noi un cuore nuovo. La legge di Cristo diventa allora il cammino concreto di questa trasformazione: amare, perdonare, servire, portare i pesi, restaurare con dolcezza, camminare nella verità e rifiutare che la paura sostituisca l’amore di Dio.
Il Regno di Dio non è soltanto una profezia da conoscere. È una realtà da cercare. Non si tratta soltanto di sapere ciò che Dio farà domani sulla terra, ma anche di lasciare che Dio regni oggi nel nostro cuore.
La vera domanda non è soltanto: “Quando verrà il Regno?” È anche: “Come sto rispondendo ora alla chiamata di Dio?”
Questa risposta non si misura con l’orgoglio religioso, la paura o la prestazione. Si riconosce in una vita che cerca prima il Regno di Dio e la Sua giustizia, per amore di Dio, mediante la fede in Gesù Cristo e attraverso l’opera di trasformazione che Dio compie in coloro che chiama a Sé.
↑ Torna all’indiceNota sulle citazioni bibliche
Salvo diversa indicazione, le citazioni bibliche si basano su traduzioni riconosciute. La fonte francese utilizza principalmente la Louis Segond 1910; nelle versioni tradotte vengono utilizzate traduzioni riconosciute e alcune formulazioni possono essere leggermente adattate per facilitarne la lettura.
Reino de Deus na terra, arrependimento e lei de Cristo
Como se preparar para o Reino que Jesus Cristo veio anunciar?
Examinai tudo; retende o que é bom.
Por Christophe Binette | Publicado em 26 de julho de 2026 | Fundador do Examine All Things — Estudos bíblicos baseados nas Escrituras
Preâmbulo
A mensagem do Reino de Deus está no centro do ensino de Jesus Cristo. Desde o início do Seu ministério, Jesus anunciou:
“O tempo está cumprido, e o reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
Esta mensagem não desapareceu depois da Sua morte e ressurreição. Os apóstolos também continuaram a anunciar o Reino de Deus, a pregar Jesus Cristo e a chamar ao arrependimento, à fé e a uma vida transformada diante de Deus.
No fim do livro de Atos, Paulo ainda é apresentado anunciando o Reino de Deus e ensinando acerca de Jesus Cristo:
“Pregando o reino de Deus e ensinando, com toda a liberdade e sem impedimento, as coisas concernentes ao Senhor Jesus Cristo.” (Atos 28:31)
O Reino de Deus não é, portanto, um assunto secundário nem uma simples doutrina profética. Ele anuncia o reinado de Deus, o retorno de Jesus Cristo, a restauração de todas as coisas, mas também o chamado dirigido já agora àqueles que Deus atrai para Si.
Esse Reino será plenamente estabelecido na terra no retorno de Cristo. Mas já hoje chama cada crente a voltar-se para Deus, receber a Sua graça, permanecer em Cristo, dar fruto e aprender a viver segundo o espírito do Reino.
Este estudo não procura apresentar uma nova organização nem exercer autoridade espiritual sobre as consciências. O seu objetivo é simplesmente examinar, à luz das Escrituras, como responder fielmente à mensagem do Reino anunciada por Jesus Cristo e pelos apóstolos.
A questão central é, portanto, esta: se o Reino de Deus estava no centro da mensagem de Jesus Cristo e dos apóstolos, como devemos responder hoje a essa mensagem?
I. Introdução — A mensagem que Jesus realmente trouxe
Quando Jesus Cristo iniciou o Seu ministério, não apresentou primeiro uma organização, uma tradição religiosa ou um sistema de práticas exteriores. Ele anunciou o Reino de Deus.
“O tempo está cumprido, e o reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
Esta declaração resume o essencial da Sua mensagem. Jesus anuncia que Deus intervém, que o Seu Reino se aproxima e que esse anúncio exige uma resposta pessoal. Não se trata apenas de ouvir uma profecia ou aceitar uma ideia religiosa. Trata-se de voltar a Deus, crer no Evangelho e deixar que a Sua vontade transforme a vida.
Por isso, o Reino de Deus não pode ser reduzido a um tema profético entre outros. Está ligado ao arrependimento, à fé, à graça, ao retorno de Cristo e à maneira como o crente já vive hoje diante de Deus.
Surge então uma pergunta natural: como deve responder a essa mensagem uma pessoa chamada por Deus? A resposta bíblica não se encontra na autoconfiança, na pertença a uma organização nem na observância da lei mosaica como meio de salvação. Encontra-se em Jesus Cristo: Deus chama, Cristo salva, o Espírito transforma e o crente aprende a viver na fé, no arrependimento e na lei de Cristo.
1. Jesus não anunciou uma simples religião
Muitas pessoas associam espontaneamente a fé cristã a uma religião, ritos, regras, tradições ou a uma pertença visível. Esses elementos podem por vezes acompanhar a vida dos crentes, mas não constituem o coração da mensagem de Jesus.
Jesus anunciou algo maior: o Reino de Deus. Proclamou o reinado de Deus, a intervenção de Deus na história humana e o chamado dirigido aos homens para voltarem ao Pai.
Isso não significa que a comunhão entre os crentes não seja importante. Os discípulos precisam de encorajamento, ensino, apoio e fraternidade. Mas nenhuma estrutura humana deve ocupar o lugar do Reino de Deus nem, na consciência do crente, o lugar que pertence somente a Jesus Cristo.
O Reino anunciado por Jesus ultrapassa as organizações humanas. Dirige o olhar para Deus, para o Seu reinado, para a Sua justiça e para a transformação interior que Deus quer realizar naqueles que chama.
2. A mensagem do Reino exige uma resposta pessoal
O Reino de Deus não é apenas uma verdade a conhecer. É uma mensagem que exige uma resposta.
Jesus não diz apenas que o Reino está próximo. Ele também chama ao arrependimento e à fé. Portanto, o anúncio do Reino não deve produzir somente curiosidade profética. Deve conduzir a um verdadeiro retorno a Deus.
Podemos conhecer muitas coisas sobre a profecia e, mesmo assim, não responder verdadeiramente ao chamado de Deus. Podemos falar do Reino, esperar o retorno de Cristo, defender certas doutrinas e, ainda assim, não deixar Deus reinar no nosso próprio coração.
Por isso, o estudo do Reino deve permanecer sempre ligado ao arrependimento, à fé, à graça e à transformação interior. O Reino anunciado por Jesus não diz respeito apenas ao futuro do mundo. Diz respeito também ao estado do coração diante de Deus hoje.
3. O Reino já toca a nossa vida hoje
O Reino de Deus será plenamente estabelecido na terra no retorno de Cristo. Mas isso não significa que não tenha nenhuma ligação com a vida presente do crente.
Quem espera o Reino deve já aprender a viver segundo o espírito do Reino. Isso toca a maneira de pensar, falar, corrigir, perdoar, servir, exercer responsabilidades, tratar os fracos, carregar os fardos e amar os irmãos e irmãs.
O Reino de Deus não é, portanto, apenas uma profecia para amanhã. É também uma realidade que nos chama hoje a viver sob a autoridade de Deus. Esperar o Reino não é apenas perguntar quando ele virá. É também pedir a Deus que reine já no nosso coração, nas nossas escolhas e nas nossas relações.
↑ Voltar ao índiceII. O Reino de Deus estava no centro da mensagem de Jesus
1. Jesus veio anunciar o Reino
Lucas registra estas palavras de Jesus:
“É necessário que eu anuncie também às outras cidades a boa nova do reino de Deus, porque para isso fui enviado.” (Lucas 4:43)
O próprio Jesus diz que foi enviado para isso: anunciar a boa nova do Reino de Deus. O Reino não é, portanto, um tema secundário. Está no centro da Sua mensagem.
Jesus curou, ensinou, corrigiu, consolou, perdoou e advertiu. Mas tudo isso fazia parte de uma mensagem mais ampla: Deus reina, o Seu Reino vem e os homens devem voltar a Ele.
Nos Evangelhos, o Reino de Deus não é uma ideia abstrata. Está ligado à presença de Cristo, à autoridade de Deus, ao arrependimento, à justiça, à misericórdia e à transformação da vida. Jesus não pregou uma fé separada do Reino. Pregou o Evangelho do Reino.
2. O Reino pertence a Deus
O Reino de Deus não vem de uma organização humana. Não depende de uma sede administrativa, de um dirigente religioso ou de um projeto construído pelos homens.
“O meu reino não é deste mundo.” (João 18:36)
O Seu Reino não tem origem nos sistemas humanos. Vem de Deus. Isso não significa que Deus não possa usar pessoas, assembleias ou comunidades. Mas nenhuma estrutura humana pode ser confundida com o próprio Reino de Deus.
Esta distinção é importante. Quando a mensagem do Reino conduz sobretudo à dependência de uma organização, de um homem ou de uma estrutura única, é preciso parar e examinar. O Reino de Deus deve conduzir a Deus, ao Pai e a Jesus Cristo, o Rei anunciado pelas Escrituras.
Uma organização pode servir, ensinar, apoiar e reunir. Mas nunca deve tomar o lugar de Cristo nem tornar-se o centro da fé do crente.
3. Buscar o Reino começa agora
“Buscai primeiro o reino de Deus e a sua justiça, e todas estas coisas vos serão acrescentadas.” (Mateus 6:33)
Buscar o Reino não significa apenas esperar um acontecimento futuro. Significa colocar Deus acima de tudo desde hoje.
Buscar o Reino é buscar a vontade de Deus, desejar a Sua justiça, aceitar que a Sua palavra corrija a nossa maneira de pensar e aprender a viver sob a autoridade de Cristo.
O Reino diz respeito ao futuro, mas já toca o presente. Um crente que espera o Reino não pode viver como se Deus nada tivesse a dizer sobre a sua vida atual. Não pode separar a esperança do Reino da obediência a Cristo.
Mas essa obediência deve ser corretamente compreendida. Não serve para comprar a salvação. É a resposta de um coração que Deus chamou, tocou e trouxe de volta para Si.
↑ Voltar ao índiceIII. O Reino de Deus será estabelecido na terra
1. O Reino de Deus é uma realidade futura
A Bíblia anuncia que Deus estabelecerá o Seu Reino.
“Nos dias desses reis, o Deus do céu levantará um reino que jamais será destruído.” (Daniel 2:44)
Os reinos humanos passam. Mudam, dividem-se, corrompem-se ou desaparecem. Até os impérios mais poderosos mostram os seus limites. O Reino de Deus, porém, jamais será destruído.
Daniel também anuncia que um “filho do homem” receberá domínio, glória e reino:
“Foi-lhe dado domínio, glória e reino; e todos os povos, nações e homens de todas as línguas o serviram.” (Daniel 7:14)
O Reino de Deus não é, portanto, apenas uma experiência interior. Terá uma realidade visível e concreta. Deus intervirá na história humana, e o Seu reinado será estabelecido por Jesus Cristo.
2. O Reino será também um governo real
O Reino de Deus não é apenas uma realidade interior nem uma maneira espiritual de falar da presença de Deus no coração do crente. A Bíblia também o apresenta como um reinado real, estabelecido por Deus sob a autoridade de Jesus Cristo.
Daniel anuncia que esse Reino substituirá os reinos humanos:
“Nos dias desses reis, o Deus do céu levantará um reino que jamais será destruído.” (Daniel 2:44)
Esse Reino terá, portanto, uma realidade concreta. Não será simplesmente uma melhoria progressiva do mundo atual nem o resultado final dos esforços humanos. Será estabelecido pelo próprio Deus.
Daniel mostra também que o Filho do Homem recebe domínio universal:
“Foi-lhe dado domínio, glória e reino; e todos os povos, nações e homens de todas as línguas o serviram.” (Daniel 7:14)
O Reino de Deus será, portanto, um governo justo conduzido por Cristo, no qual a vontade de Deus será feita na terra. É isso que Jesus nos ensina a pedir em oração:
“Venha o teu reino; seja feita a tua vontade, assim na terra como no céu.” (Mateus 6:10)
Esta verdade impede-nos de reduzir o Reino a uma simples experiência pessoal, mas também de o confundir com uma organização humana atual. O Reino pertence a Deus. Será estabelecido por Cristo, e aqueles que Deus chama hoje são convidados a preparar-se para esse reinado vivendo já segundo o espírito do Reino.
3. Cristo voltará para reinar
“O reino do mundo passou a ser de nosso Senhor e do seu Cristo, e ele reinará pelos séculos dos séculos.” (Apocalipse 11:15)
Cristo voltará. O reinado de Deus será estabelecido. Os reinos deste mundo não serão eternos.
Esta esperança é preciosa num mundo marcado pela injustiça, confusão, violência e sofrimento. Os homens procuram soluções, e alguns projetos podem trazer melhorias temporárias. Mas nenhum sistema humano pode estabelecer de forma duradoura justiça perfeita, paz verdadeira e verdade completa.
O Reino de Deus não será a culminação do progresso humano. Será a intervenção de Deus por meio de Jesus Cristo. Por isso, a esperança cristã não repousa no otimismo humano, mas na fidelidade de Deus.
4. Só Deus pode curar o coração humano
Os homens podem melhorar condições de vida, organizar sociedades, construir, aprender, curar e desenvolver. Não devemos desprezar o que pode ser útil. Mas devemos reconhecer um limite fundamental: o homem não pode, por si mesmo, curar o coração humano.
“Enganoso é o coração, mais do que todas as coisas, e desesperadamente corrupto.” (Jeremias 17:9)
Jesus também ensina que as coisas más saem do coração do homem:
“Do coração procedem maus pensamentos, homicídios, adultérios, imoralidades, furtos, falsos testemunhos e calúnias.” (Mateus 15:19)
Por isso, o Reino de Deus não pode ser substituído por um projeto humano. O homem pode mudar certas estruturas, mas só Deus pode transformar o coração. O Reino virá à terra, mas será estabelecido por Deus, por meio de Jesus Cristo, e não pela força, pelo orgulho ou pela sabedoria limitada dos homens.
↑ Voltar ao índiceIV. O Reino chama primeiro ao arrependimento
1. Jesus liga o Reino ao arrependimento
Jesus não disse apenas que o Reino de Deus está próximo. Acrescentou:
“Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
O arrependimento está, portanto, diretamente ligado à mensagem do Reino. Não podemos separar o anúncio do reinado de Deus do chamado à mudança do coração.
O Reino não é apenas uma promessa futura. É também um chamado presente. Jesus não pede simplesmente aos homens que esperem o que Deus fará mais tarde. Pede-lhes que voltem a Deus agora.
O arrependimento não é um acréscimo secundário ao Evangelho. Faz parte da boa nova, porque abre o caminho de volta ao Pai.
2. Arrepender-se significa voltar a Deus
O arrependimento não é apenas lamentar. Não é simplesmente sentir-se mal por algum tempo. Também não significa entrar num grupo religioso para se tranquilizar.
Arrepender-se é voltar a Deus. É reconhecer que Deus tem razão, aceitar que a nossa maneira de pensar e viver deve ser corrigida por Ele e afastar-se não apenas do pecado visível, mas também do orgulho, do medo, da dureza, da hipocrisia e da autoconfiança.
“Arrependei-vos, pois, e convertei-vos, para que os vossos pecados sejam apagados.” (Atos 3:19)
O arrependimento bíblico não é uma simples emoção. Implica um verdadeiro retorno a Deus. Toca a direção da vida, as motivações do coração e a maneira como uma pessoa se apresenta diante de Deus.
3. O verdadeiro arrependimento leva-nos de volta ao Pai
O arrependimento não deve ser confundido com culpa permanente. Deus não chama os homens para os esmagar, mas para os trazer de volta a Si. Ele revela o pecado, mas abre também um caminho de perdão, graça e restauração.
“A bondade de Deus te conduz ao arrependimento.” (Romanos 2:4)
Um arrependimento baseado apenas no medo pode produzir obediência exterior, mas nem sempre cura o coração. Pode conduzir à vergonha, ao esgotamento espiritual ou a uma dependência excessiva dos homens.
O arrependimento bíblico é diferente. Afasta do pecado, mas aproxima de Deus. Não deixa o crente preso na condenação; leva-o ao Pai por meio de Jesus Cristo.
↑ Voltar ao índiceV. Só Deus chama, mas o homem deve responder
1. Deus toma a iniciativa
“Ninguém pode vir a mim se o Pai que me enviou não o atrair.” (João 6:44)
Ninguém vem a Deus pelas próprias forças. É Deus quem chama, atrai e abre a mente e o coração.
Esta verdade deveria tornar-nos humildes. Se compreendemos algo de Deus, não é porque somos superiores aos outros. É porque Deus agiu. O chamado de Deus é graça, não motivo de vanglória.
Isso também muda o nosso olhar sobre os outros. Quem recebeu compreensão espiritual não deve usá-la para desprezar aqueles que ainda não veem. Deve receber o seu chamado com gratidão, seriedade e humildade.
2. O chamado de Deus não é um mérito
Se Deus nos chama, não é porque merecemos esse chamado.
“Deus nos salvou e nos chamou com santa vocação, não segundo as nossas obras, mas segundo o seu próprio propósito e graça.” (2 Timóteo 1:9)
O chamado de Deus começa com a Sua graça, não com o desempenho humano. Isso protege o crente do orgulho espiritual, mas também do desespero. Deus não chama porque o homem já é digno. Chama para trazer de volta, salvar, transformar e formar.
Esse chamado é precioso e não deve ser tratado levianamente. Mas nunca deve tornar-se fonte de superioridade religiosa. Quem foi chamado não recebeu um motivo para se elevar acima dos outros, mas uma responsabilidade diante de Deus.
3. O chamado exige uma resposta
O chamado de Deus não elimina a responsabilidade humana. Quem ouve o chamado deve responder.
“Muitos são chamados, mas poucos escolhidos.” (Mateus 22:14)
Ser chamado é, portanto, algo sério. Exige uma resposta real: fé, arrependimento, obediência, perseverança e uma vida que procura permanecer em Cristo.
“Permanecei em mim, e eu permanecerei em vós.” (João 15:4)
Paulo exprime profundamente este equilíbrio:
“Desenvolvei a vossa salvação com temor e tremor; porque Deus é quem efetua em vós tanto o querer como o realizar, segundo a sua boa vontade.” (Filipenses 2:12-13)
Deus age em nós, mas a Sua ação não anula a nossa resposta. Torna-a possível. A vida cristã não é nem autoconfiança nem passividade espiritual. É uma caminhada com Deus na qual a Sua graça produz em nós uma resposta viva.
↑ Voltar ao índiceVI. A salvação é pela graça, não por mérito religioso
1. A salvação é um dom
Quando falamos de nos preparar para o Reino, devemos evitar uma confusão perigosa: ninguém ganha a salvação pelos próprios méritos.
“Pela graça sois salvos, mediante a fé; e isto não vem de vós, é dom de Deus.” (Efésios 2:8)
A salvação é um dom. Não se merece por meio de performances religiosas. Deus salva pela graça, mediante a fé em Jesus Cristo.
Esta verdade não torna a obediência inútil, mas dá-lhe o seu lugar correto. A obediência não compra a salvação. É o fruto de uma fé viva e de um coração que Deus transforma.
2. Uma organização não salva
A salvação não se baseia na pertença a uma organização, na lealdade a um dirigente, no dízimo, no sábado, nas festas ou na observância da lei mosaica como sistema de justificação.
“O homem não é justificado pelas obras da lei, mas pela fé em Jesus Cristo.” (Gálatas 2:16)
Um crente pode ter convicções pessoais sobre determinados assuntos. Pode observar o sábado diante de Deus, participar de certas festas bíblicas, dar generosamente ou viver de maneira disciplinada. Mas essas práticas não devem tornar-se o fundamento da salvação nem critérios absolutos para decidir quem realmente pertence a Deus.
O centro da salvação não é uma prática religiosa. O centro da salvação é Jesus Cristo.
3. As obras são o fruto da salvação
“Somos feitura sua, criados em Cristo Jesus para boas obras.” (Efésios 2:10)
As boas obras não são a raiz da salvação. São o seu fruto.
Não obedecemos para comprar o nosso lugar no Reino. Obedecemos porque Deus nos chamou, porque Cristo nos salva e porque o Espírito de Deus transforma o nosso coração.
A religião humana pode levar alguém a obedecer por medo, para provar o seu valor ou para mostrar que pertence ao grupo certo. A graça de Deus produz uma obediência diferente: uma obediência nascida de um coração tocado, perdoado, levantado e trazido de volta a Deus.
↑ Voltar ao índiceVII. A lei de Cristo: o modo de vida daqueles que esperam o Reino
1. A lei de Cristo toca as relações
Se a salvação é pela graça, isso não significa que o crente viva sem direção. O Novo Testamento fala claramente da lei de Cristo.
“Levai as cargas uns dos outros e assim cumprireis a lei de Cristo.” (Gálatas 6:2)
Pouco antes, Paulo fala de restaurar com mansidão aquele que caiu:
“Irmãos, se alguém for surpreendido em alguma falta, vós que sois espirituais restaurai-o com espírito de mansidão.” (Gálatas 6:1)
Esses versículos mostram que a lei de Cristo toca a maneira como tratamos os outros. Não diz respeito apenas a regras exteriores. Diz respeito ao coração, às relações, à atitude e à maneira de corrigir, carregar, restaurar e amar.
Podemos ter muito conhecimento bíblico e ainda assim faltar à lei de Cristo se tratarmos os outros com dureza, desprezo ou domínio.
2. Manifesta-se pelo amor e pela mansidão
“Dou-vos um novo mandamento: que vos ameis uns aos outros; assim como eu vos amei.” (João 13:34)
O amor segundo Cristo não é um simples sentimento. É uma maneira de viver. Vê-se na mansidão, na paciência, no perdão, na misericórdia, no serviço e na restauração.
Esse amor não nega a verdade. Não justifica o pecado. Não elimina a necessidade de arrependimento. Mas recusa usar a verdade para esmagar os fracos.
A lei de Cristo une, portanto, verdade e amor. Chama à fidelidade, mas com mansidão. Corrige, mas para levantar. Conduz à obediência sem substituir a graça pelo medo.
3. Revela os discípulos de Cristo
“Nisto conhecerão todos que sois meus discípulos: se tiverdes amor uns pelos outros.” (João 13:35)
O sinal dos discípulos de Cristo não é, portanto, em primeiro lugar o nome de uma organização, o conhecimento profético ou uma observância exterior. Segundo Jesus, o sinal visível dos Seus discípulos é o amor.
Esse amor não é fraco. Não fecha os olhos para o mal. Não substitui o arrependimento. Mas reflete o caráter de Cristo. Serve em vez de dominar, perdoa em vez de alimentar amargura e levanta em vez de esmagar.
Isto é a lei de Cristo. E esta lei é o modo de vida daqueles que se preparam para o Reino.
↑ Voltar ao índiceVIII. A lei mosaica não é o quadro legal da salvação
1. A lei mosaica teve um papel real
É necessário distinguir claramente a lei mosaica, a lei de Cristo e a salvação pela graça.
A lei mosaica teve um papel real no plano de Deus. Foi dada a Israel. Revelou a santidade de Deus, a realidade do pecado e a necessidade de um Salvador.
Não se trata, portanto, de desprezar a lei dada a Israel, mas de compreender o seu papel à luz de Jesus Cristo e da Nova Aliança. O crente deve ler o Antigo Testamento com respeito, reconhecendo também que Cristo cumpriu aquilo para que a lei apontava.
A questão não é se a lei mosaica teve importância. Teve. A questão é se ela constitui o quadro legal da salvação para o crente em Cristo. O Novo Testamento responde claramente que não.
2. O crente não é salvo pela lei mosaica
“Não estais debaixo da lei, mas debaixo da graça.” (Romanos 6:14)
Isso não significa que Deus já não tenha uma vontade moral. Significa que o crente não é colocado sob a lei mosaica como quadro legal da salvação.
“O homem não é justificado pelas obras da lei, mas pela fé em Jesus Cristo.” (Gálatas 2:16)
O crente não está sem lei diante de Deus. Mas não está sob a lei mosaica como sistema de justificação. É chamado a viver sob a graça, guiado pelo Espírito, segundo a lei de Cristo.
A lei de Cristo não diminui a exigência espiritual. Pelo contrário, vai mais fundo. Toca o coração, as motivações, as relações, o amor, a verdade e a transformação interior.
3. As práticas não devem tornar-se condições de salvação
O sábado pode ser observado por convicção pessoal diante de Deus. Mas não deve tornar-se uma condição de salvação nem um critério absoluto para decidir quem realmente pertence a Deus.
Da mesma forma, o Novo Testamento não apresenta o dízimo como uma obrigação imposta ao crente sob a Nova Aliança. Dá antes ênfase a uma generosidade livre, sincera e alegre.
“Cada um contribua segundo propôs no seu coração, não com tristeza nem por obrigação, porque Deus ama quem dá com alegria.” (2 Coríntios 9:7)
A oferta cristã não deve vir do medo, da pressão ou da culpa. Deve vir de um coração livre diante de Deus.
Esta distinção protege a consciência do crente. Permite levar Deus a sério sem transformar práticas exteriores em condições de salvação.
↑ Voltar ao índiceIX. O que significa estar “qualificado” para o Reino?
1. Deus torna capaz
Em alguns meios religiosos, fala-se por vezes em estar “qualificado” para o Reino de Deus. A expressão pode ser útil se for corretamente compreendida, mas também pode tornar-se perigosa se der a impressão de que o homem se torna digno do Reino pelas suas obras.
“Dai graças ao Pai, que vos tornou capazes de participar da herança dos santos na luz.” (Colossenses 1:12)
É Deus quem torna capaz. Deus prepara. Deus age. Não nos qualificamos a nós mesmos como se pudéssemos merecer o Reino.
A preparação para o Reino não começa, portanto, com orgulho religioso, mas com graça. Deus chama, Cristo salva e o Espírito transforma. O crente responde à obra de Deus com fé e fidelidade.
2. O crente responde ao chamado de Deus
Estar pronto para o Reino não significa acumular performances religiosas para provar o próprio valor. Significa responder fielmente ao chamado de Deus.
O crente não deve viver na ilusão de que pode ganhar o Reino pelas suas obras. Mas também não deve viver como se o chamado de Deus não exigisse nenhuma resposta.
A graça não produz indiferença. Produz uma vida transformada. Conduz ao arrependimento, à fé, à obediência, ao amor, à perseverança e ao fruto do Espírito.
Há, portanto, um equilíbrio importante: a salvação não é conquistada pelo homem, mas a graça recebida não fica sem efeito. Transforma progressivamente a maneira de viver.
3. Deus transforma o caráter
“Por isso, irmãos, procurai com ainda maior diligência confirmar a vossa vocação e eleição.” (2 Pedro 1:10)
Esta palavra mostra que o crente deve levar o seu chamado a sério. Pedro não fala de uma fé morta ou puramente teórica. Fala de uma vida que cresce na fé, no conhecimento, no domínio próprio, na paciência, na piedade, no amor fraternal e no amor.
Em outras palavras, Deus prepara aqueles que chama transformando o seu caráter. Não procura apenas pessoas capazes de recitar uma doutrina correta. Forma homens e mulheres que aprendem a refletir o caráter de Cristo.
“Aquele que perseverar até ao fim será salvo.” (Mateus 24:13)
A perseverança importa. Mas não é uma perseverança no medo. É uma fidelidade viva a Deus, alimentada pela fé, pela graça, pelo amor e pela esperança do Reino.
↑ Voltar ao índiceX. Os frutos esperados naqueles que esperam o Reino
1. Jesus convida a examinar os frutos
“Pelos seus frutos os conhecereis.” (Mateus 7:16)
Os frutos importam. Podemos falar do Reino, de profecia, de verdade e de obediência. Mas se os frutos não refletirem o Espírito de Deus, devemos parar e examinar.
Jesus não nos convida a julgar pelas aparências, pelos títulos ou pelas reivindicações de autoridade. Convida-nos a olhar para os frutos. Que fruto produz um ensino? Que fruto produz uma prática? Que fruto produz uma autoridade na vida das pessoas?
Estas perguntas são necessárias, porque o Reino de Deus não prepara apenas um mundo novo. Prepara também um povo transformado.
2. O fruto do Espírito revela a obra de Deus
“O fruto do Espírito é amor, alegria, paz, paciência, benignidade, bondade, fidelidade, mansidão e domínio próprio.” (Gálatas 5:22)
Esses frutos não são secundários. Revelam a obra de Deus numa vida.
Deus procura fé, mas não uma fé dura e orgulhosa. Procura arrependimento, mas não culpa permanente. Procura obediência, mas não uma obediência fundada no medo dos homens. Procura a verdade, mas não uma verdade usada para esmagar. Procura amor, mas não um amor separado da Sua palavra.
A transformação cristã não diz respeito apenas ao que fazemos exteriormente. Diz respeito também ao que nos tornamos interiormente.
3. O conhecimento não substitui o amor
O conhecimento é importante. A doutrina é importante. A verdade é importante. Mas sem amor, mesmo um grande conhecimento pode tornar-se vazio.
“Ainda que eu tivesse o dom de profecia e conhecesse todos os mistérios e toda a ciência [...] se não tiver amor, nada sou.” (1 Coríntios 13:2)
Esta palavra deveria tornar-nos sóbrios. O conhecimento profético não substitui o amor. A verdade bíblica nunca deve ser separada do caráter de Cristo.
Quem espera o Reino pode, portanto, fazer perguntas simples: a minha fé aproxima-me de Cristo? Estou a crescer no amor, na mansidão, na paciência e no perdão? Levo os fardos dos outros? Obedeço a Deus por amor ou apenas por medo?
Estas perguntas não são secundárias. Tocam diretamente a maneira como Deus forma aqueles que esperam o Seu Reino.
↑ Voltar ao índiceXI. O perigo: anunciar o Reino sem viver a lei de Cristo
1. Podemos falar do Reino esquecendo o espírito do Rei
Existe um perigo real: falar muito do Reino de Deus enquanto se esquece o espírito do Rei.
Podemos anunciar o Reino e governar pelo medo. Podemos falar da verdade e não suportar perguntas sinceras. Podemos pregar obediência e negligenciar a misericórdia. Podemos falar do retorno de Cristo e pressionar as consciências com urgência e marcação de datas.
O Reino de Deus não pode ser separado do caráter de Jesus Cristo. Se falarmos do Reino abandonando o amor, a mansidão, a paciência, a misericórdia e a verdade, algo precisa ser examinado.
A mensagem do Reino deve conduzir a Cristo, não ao medo dos homens. Deve produzir arrependimento sincero, não culpa permanente. Deve formar discípulos, não pessoas esmagadas ou dependentes de uma autoridade humana.
2. A autoridade segundo Cristo se parece com serviço
“Sabeis que os governantes das nações as dominam e que os grandes exercem autoridade sobre elas. Não será assim entre vós.” (Mateus 20:25-26)
Esta palavra é forte: “Não será assim entre vós.” A autoridade segundo Cristo não deve parecer-se com a dominação humana. Deve parecer-se com o serviço.
“Quem quiser ser grande entre vós seja vosso servo.” (Mateus 20:26)
No Reino de Deus, a grandeza não se mede como nos sistemas humanos. Reconhece-se no serviço, na humildade, na fidelidade, no amor e no cuidado dos outros.
Uma autoridade espiritual que esmaga, isola ou domina não reflete o espírito de Cristo. A correção segundo Cristo deve procurar restaurar. A verdade segundo Cristo deve conduzir à luz, ao arrependimento e à liberdade diante de Deus, não a um medo servil.
3. Toda mensagem do Reino deve ser examinada
“No amor não há medo; antes, o perfeito amor lança fora o medo.” (1 João 4:18)
“Deus não nos deu espírito de covardia, mas de poder, de amor e de domínio próprio.” (2 Timóteo 1:7)
Se uma mensagem do Reino produz sobretudo medo, confusão, isolamento, culpa constante ou dependência de um homem, merece ser examinada à luz das Escrituras.
Isso não significa que todo temor de Deus seja errado. A Bíblia fala de um temor reverente, ligado à humildade e à reverência. Mas não se trata de um medo servil que destrói a paz e aprisiona as consciências.
A mensagem do Reino deve produzir arrependimento, fé, amor, verdade, liberdade diante de Deus, vigilância espiritual e transformação do coração.
↑ Voltar ao índiceXII. Vigiar pelo retorno de Cristo sem cair no medo
1. Cristo voltará
Cristo voltará. O Reino de Deus será estabelecido na terra. Os discípulos devem vigiar.
Esta esperança é essencial. O mundo atual não é o cumprimento do plano de Deus. A injustiça, o sofrimento, a confusão e a morte não terão a última palavra. O retorno de Cristo anuncia a vitória de Deus, a restauração de todas as coisas e o estabelecimento do Seu reinado.
Mas esta esperança deve ser guardada com sobriedade. Não deve tornar-se fonte de medo permanente, cálculos humanos ou pressão espiritual.
Esperar Cristo significa viver na esperança e na fidelidade, não na agitação nem no pânico.
2. Vigiar não significa fixar datas
“Quanto ao dia e à hora, ninguém sabe.” (Mateus 24:36)
“Vigiai, pois, porque não sabeis em que dia vem o vosso Senhor.” (Mateus 24:42)
Depois da Sua ressurreição, os discípulos perguntaram a Jesus:
“Senhor, restaurarás neste tempo o reino a Israel?” (Atos 1:6)
Jesus respondeu:
“Não vos compete conhecer os tempos ou as épocas que o Pai reservou pela sua própria autoridade.” (Atos 1:7)
Esta resposta deve manter-nos humildes. Vigiar não significa pretender conhecer o que o Pai não revelou. Não significa viver de uma data para outra. Não significa colocar as consciências sob pressão.
A profecia deve conduzir ao arrependimento, à esperança e à fidelidade, não ao medo nem ao controle.
3. Vigiar significa permanecer fiel a Cristo
Vigiar significa permanecer ligado a Cristo. Significa arrepender-se quando Deus nos mostra algo, guardar a fé, amar os irmãos e irmãs, dar fruto, permanecer sóbrio e não deixar o medo substituir a paz de Deus.
“Visto que todas estas coisas serão desfeitas, que pessoas não deveis ser em santa conduta e piedade?” (2 Pedro 3:11)
A espera do retorno de Cristo deve produzir uma vida sóbria, fiel e cheia de esperança. O verdadeiro discípulo não procura ser mais preciso do que o seu Mestre. Escuta o que Cristo disse, aceita os limites dados por Deus e permanece fiel.
Vigiar, portanto, não é viver sob a pressão constante de uma data. É caminhar com Deus hoje, na fé, no arrependimento, no amor e na lei de Cristo.
↑ Voltar ao índiceXIII. Conclusão — Responder hoje ao chamado de Deus
A mensagem de Jesus Cristo não era simplesmente que um Reino viria um dia. A Sua mensagem era mais direta, mais urgente e mais pessoal:
“O Reino de Deus está próximo. Arrependei-vos e crede na boa nova.” (Marcos 1:15)
O Reino de Deus será estabelecido na terra no retorno de Cristo. Esta esperança permanece no centro do Evangelho. Mas esperar o Reino não deve tornar-se mera curiosidade profética, fonte de medo ou meio de pressionar as consciências. Deve conduzir a uma resposta viva diante de Deus.
Só Deus chama. Ninguém vem ao Pai pelas próprias forças. A salvação é dada pela graça, mediante a fé em Jesus Cristo. Contudo, essa graça nunca é estéril. Traz o crente de volta a Deus, convida-o ao arrependimento, ensina-o a permanecer em Cristo e produz pouco a pouco os frutos de uma vida transformada.
Estar pronto para o Reino não significa salvar-se a si mesmo pelas obras. Significa receber o chamado de Deus com humildade e deixar Cristo formar em nós um coração novo. A lei de Cristo torna-se então o caminho concreto dessa transformação: amar, perdoar, servir, levar os fardos, restaurar com mansidão, andar na verdade e recusar que o medo substitua o amor de Deus.
O Reino de Deus não é apenas uma profecia a conhecer. É uma realidade a buscar. Não se trata apenas de saber o que Deus fará amanhã na terra, mas também de deixar Deus reinar hoje no nosso coração.
A verdadeira questão não é apenas: “Quando virá o Reino?” É também: “Como estou a responder agora ao chamado de Deus?”
Esta resposta não se mede pelo orgulho religioso, pelo medo ou pelo desempenho. Reconhece-se numa vida que busca primeiro o Reino de Deus e a Sua justiça, por amor a Deus, pela fé em Jesus Cristo e pela obra de transformação que Deus realiza naqueles que chama a Si.
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Salvo indicação em contrário, as citações bíblicas baseiam-se em traduções reconhecidas. A fonte francesa utiliza principalmente a Louis Segond 1910; nas versões traduzidas são utilizadas traduções reconhecidas e algumas formulações podem ser ligeiramente adaptadas para facilitar a leitura.
Reich Gottes auf Erden, Umkehr und Gesetz Christi
Wie kann man sich auf das Reich vorbereiten, das Jesus Christus verkündet hat?
Prüft alles; das Gute behaltet.
Von Christophe Binette | Veröffentlicht am 26. Juli 2026 | Gründer von Examine All Things — Bibelstudien auf Grundlage der Heiligen Schrift
Vorbemerkung
Die Botschaft vom Reich Gottes steht im Mittelpunkt der Lehre Jesu Christi. Gleich zu Beginn Seines Dienstes verkündete Jesus:
„Die Zeit ist erfüllt, und das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Diese Botschaft verschwand nicht nach Seinem Tod und Seiner Auferstehung. Auch die Apostel verkündeten weiterhin das Reich Gottes, predigten Jesus Christus und riefen zu Umkehr, Glauben und einem vor Gott verwandelten Leben auf.
Am Ende der Apostelgeschichte wird Paulus noch immer als jemand beschrieben, der das Reich Gottes verkündigt und über Jesus Christus lehrt:
„Er predigte das Reich Gottes und lehrte von dem Herrn Jesus Christus mit aller Freimütigkeit und ungehindert.“ (Apostelgeschichte 28,31)
Das Reich Gottes ist daher kein Nebenthema und auch nicht bloß eine prophetische Lehre. Es kündigt die Herrschaft Gottes, die Wiederkunft Jesu Christi und die Wiederherstellung aller Dinge an, zugleich aber auch den Ruf, der schon heute an diejenigen ergeht, die Gott zu sich zieht.
Dieses Reich wird bei der Wiederkunft Christi vollständig auf der Erde errichtet werden. Doch schon heute ruft es jeden Gläubigen dazu auf, zu Gott zurückzukehren, Seine Gnade anzunehmen, in Christus zu bleiben, Frucht zu bringen und zu lernen, nach dem Geist des Reiches zu leben.
Diese Studie will weder eine neue Organisation vorstellen noch geistliche Autorität über das Gewissen ausüben. Ihr Ziel ist lediglich, im Licht der Schrift zu untersuchen, wie wir treu auf die Botschaft vom Reich antworten können, die Jesus Christus und die Apostel verkündigt haben.
Die zentrale Frage lautet deshalb: Wenn das Reich Gottes im Mittelpunkt der Botschaft Jesu Christi und der Apostel stand, wie sollen wir heute auf diese Botschaft antworten?
I. Einleitung — Die Botschaft, die Jesus wirklich brachte
Als Jesus Christus Seinen Dienst begann, stellte Er nicht zuerst eine Organisation, eine religiöse Tradition oder ein System äußerer Praktiken vor. Er verkündete das Reich Gottes.
„Die Zeit ist erfüllt, und das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Diese Aussage fasst den Kern Seiner Botschaft zusammen. Jesus verkündet, dass Gott eingreift, dass Sein Reich nahekommt und dass diese Ankündigung eine persönliche Antwort verlangt. Es geht nicht nur darum, eine Prophezeiung zu hören oder eine religiöse Idee anzunehmen. Es geht darum, zu Gott zurückzukehren, dem Evangelium zu glauben und zuzulassen, dass Sein Wille das Leben verändert.
Darum kann das Reich Gottes nicht auf ein prophetisches Thema unter vielen reduziert werden. Es ist mit Umkehr, Glauben, Gnade, der Wiederkunft Christi und der Art verbunden, wie der Gläubige schon heute vor Gott lebt.
Eine Frage ergibt sich ganz natürlich: Wie soll ein Mensch, den Gott ruft, auf diese Botschaft antworten? Die biblische Antwort liegt weder im Vertrauen auf sich selbst noch in der Zugehörigkeit zu einer Organisation noch in der Beobachtung des mosaischen Gesetzes als Mittel zum Heil. Sie liegt in Jesus Christus: Gott ruft, Christus rettet, der Geist verwandelt, und der Gläubige lernt, in Glauben, Umkehr und dem Gesetz Christi zu leben.
1. Jesus verkündete nicht einfach eine Religion
Viele Menschen verbinden den christlichen Glauben spontan mit Religion, Riten, Regeln, Traditionen oder sichtbarer Zugehörigkeit. Solche Dinge können das Leben von Gläubigen begleiten, aber sie bilden nicht den Mittelpunkt der Botschaft Jesu.
Jesus verkündete etwas Größeres: das Reich Gottes. Er verkündete die Herrschaft Gottes, Gottes Eingreifen in die menschliche Geschichte und den Ruf an die Menschen, zum Vater zurückzukehren.
Das bedeutet nicht, dass Gemeinschaft unter Gläubigen unwichtig wäre. Jünger brauchen Ermutigung, Lehre, Unterstützung und brüderliche Gemeinschaft. Aber keine menschliche Struktur darf den Platz des Reiches Gottes einnehmen oder im Gewissen des Gläubigen den Platz besetzen, der allein Jesus Christus gehört.
Das von Jesus verkündete Reich übersteigt menschliche Organisationen. Es richtet den Blick auf Gott, auf Seine Herrschaft, Seine Gerechtigkeit und auf die innere Veränderung, die Gott in denen bewirken will, die Er ruft.
2. Die Botschaft vom Reich verlangt eine persönliche Antwort
Das Reich Gottes ist nicht nur eine Wahrheit, die man kennen soll. Es ist eine Botschaft, die zu einer Antwort ruft.
Jesus sagt nicht nur, dass das Reich nahe ist. Er ruft auch zu Umkehr und Glauben. Die Verkündigung des Reiches darf daher nicht nur prophetische Neugier wecken. Sie muss zu einer wirklichen Rückkehr zu Gott führen.
Man kann viel über Prophezeiung wissen und dennoch nicht wirklich auf Gottes Ruf antworten. Man kann über das Reich sprechen, die Wiederkunft Christi erwarten und bestimmte Lehren verteidigen, ohne Gott im eigenen Herzen wirklich herrschen zu lassen.
Darum muss das Studium des Reiches stets mit Umkehr, Glauben, Gnade und innerer Veränderung verbunden bleiben. Das Reich, das Jesus verkündigt, betrifft nicht nur die Zukunft der Welt. Es betrifft auch den Zustand des Herzens vor Gott heute.
3. Das Reich berührt unser Leben schon heute
Das Reich Gottes wird bei der Wiederkunft Christi vollständig auf der Erde errichtet werden. Das bedeutet jedoch nicht, dass es keinen Bezug zum gegenwärtigen Leben des Gläubigen hat.
Wer das Reich erwartet, muss schon jetzt lernen, nach dem Geist des Reiches zu leben. Das betrifft die Art zu denken, zu sprechen, zu korrigieren, zu vergeben, zu dienen, Verantwortung auszuüben, Schwache zu behandeln, Lasten zu tragen und Brüder und Schwestern zu lieben.
Das Reich Gottes ist daher nicht nur eine Prophezeiung für morgen. Es ist auch eine Wirklichkeit, die uns heute dazu ruft, unter Gottes Autorität zu leben. Das Reich zu erwarten bedeutet nicht nur zu fragen, wann es kommt. Es bedeutet auch, Gott darum zu bitten, schon jetzt in unserem Herzen, in unseren Entscheidungen und in unseren Beziehungen zu herrschen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisII. Das Reich Gottes stand im Mittelpunkt der Botschaft Jesu
1. Jesus kam, um das Reich zu verkündigen
Lukas berichtet diese Worte Jesu:
„Ich muss auch den anderen Städten die gute Botschaft vom Reich Gottes verkündigen; denn dazu bin ich gesandt.“ (Lukas 4,43)
Jesus selbst sagt, dass Er dazu gesandt wurde: die gute Botschaft vom Reich Gottes zu verkündigen. Das Reich ist also kein Nebenthema. Es steht im Mittelpunkt Seiner Botschaft.
Jesus heilte, lehrte, korrigierte, tröstete, vergab und warnte. Doch all dies gehörte zu einer größeren Botschaft: Gott herrscht, Sein Reich kommt, und die Menschen müssen zu Ihm zurückkehren.
In den Evangelien ist das Reich Gottes keine abstrakte Idee. Es ist mit der Gegenwart Christi, der Autorität Gottes, Umkehr, Gerechtigkeit, Barmherzigkeit und der Veränderung des Lebens verbunden. Jesus predigte keinen Glauben, der vom Reich getrennt wäre. Er predigte das Evangelium vom Reich.
2. Das Reich gehört Gott
Das Reich Gottes kommt nicht aus einer menschlichen Organisation. Es hängt nicht von einem Verwaltungssitz, einem religiösen Leiter oder einem von Menschen errichteten Projekt ab.
Jesus sagte:
„Mein Reich ist nicht von dieser Welt.“ (Johannes 18,36)
Sein Reich hat seinen Ursprung nicht in menschlichen Systemen. Es kommt von Gott. Das bedeutet nicht, dass Gott niemals Menschen, Gemeinden oder Gemeinschaften gebrauchen könnte. Aber keine menschliche Struktur darf mit dem Reich Gottes selbst verwechselt werden.
Diese Unterscheidung ist wichtig. Wenn die Botschaft vom Reich vor allem dazu führt, von einer Organisation, einem Menschen oder einer einzigen Struktur abhängig zu werden, sollten wir innehalten und prüfen. Das Reich Gottes muss zu Gott, zum Vater und zu Jesus Christus führen, dem in der Schrift angekündigten König.
Eine Organisation kann dienen, lehren, unterstützen und Menschen zusammenbringen. Aber sie darf niemals den Platz Christi einnehmen oder zum Mittelpunkt des Glaubens werden.
3. Das Reich zu suchen beginnt heute
Jesus sagte:
„Trachtet zuerst nach dem Reich Gottes und nach seiner Gerechtigkeit.“ (Matthäus 6,33)
Das Reich zu suchen bedeutet nicht nur, auf ein zukünftiges Ereignis zu warten. Es bedeutet, Gott schon heute über alles zu stellen.
Das Reich zu suchen heißt, Gottes Willen zu suchen, Seine Gerechtigkeit zu begehren, zuzulassen, dass Sein Wort unser Denken korrigiert, und zu lernen, unter der Autorität Christi zu leben.
Das Reich betrifft die Zukunft, aber es berührt bereits die Gegenwart. Wer das Reich erwartet, kann nicht so leben, als hätte Gott nichts über sein heutiges Leben zu sagen. Die Hoffnung auf das Reich kann nicht von der Gehorsamkeit gegenüber Christus getrennt werden.
Doch dieser Gehorsam muss richtig verstanden werden. Er dient nicht dazu, das Heil zu kaufen. Er ist die Antwort eines Herzens, das Gott gerufen, berührt und zu sich zurückgeführt hat.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIII. Das Reich Gottes wird auf der Erde errichtet werden
1. Das Reich Gottes ist eine zukünftige Wirklichkeit
Die Bibel kündigt an, dass Gott Sein Reich errichten wird.
Der Prophet Daniel schreibt:
„Zur Zeit dieser Könige wird der Gott des Himmels ein Reich aufrichten, das niemals zerstört werden wird.“ (Daniel 2,44)
Menschliche Reiche vergehen. Sie verändern sich, teilen sich, verderben oder verschwinden. Selbst die mächtigsten Reiche zeigen ihre Grenzen. Das Reich Gottes dagegen wird niemals zerstört werden.
Daniel kündigt auch an, dass einem „Menschensohn“ Herrschaft, Ehre und ein Reich gegeben werden:
„Ihm wurde Herrschaft, Ehre und Königtum gegeben, und alle Völker, Nationen und Sprachen dienten ihm.“ (Daniel 7,14)
Das Reich Gottes ist daher nicht nur eine innere Erfahrung. Es wird eine sichtbare und konkrete Wirklichkeit haben. Gott wird in die menschliche Geschichte eingreifen, und Seine Herrschaft wird durch Jesus Christus aufgerichtet werden.
2. Das Reich wird auch eine wirkliche Regierung sein
Das Reich Gottes ist nicht nur eine innere Wirklichkeit oder eine geistliche Redewendung für Gottes Gegenwart im Herzen. Die Bibel stellt es auch als ein wirkliches Reich dar, das Gott unter der Autorität Jesu Christi errichtet.
Daniel kündigt an, dass dieses Reich die menschlichen Reiche ablösen wird:
„Zur Zeit dieser Könige wird der Gott des Himmels ein Reich aufrichten, das niemals zerstört werden wird.“ (Daniel 2,44)
Dieses Reich wird also eine konkrete Wirklichkeit sein. Es wird weder einfach die schrittweise Verbesserung der gegenwärtigen Welt noch das Endergebnis menschlicher Anstrengungen sein. Gott selbst wird es errichten.
Daniel zeigt ebenfalls, dass der Menschensohn eine universale Herrschaft empfängt:
„Ihm wurde Herrschaft, Ehre und Königtum gegeben, und alle Völker, Nationen und Sprachen dienten ihm.“ (Daniel 7,14)
Das Reich Gottes wird daher eine gerechte Regierung unter der Führung Christi sein, in der Gottes Wille auf der Erde geschieht. Genau darum lehrt Jesus uns zu beten:
„Dein Reich komme; dein Wille geschehe auf Erden wie im Himmel.“ (Matthäus 6,10)
Diese Wahrheit ist wichtig. Sie bewahrt uns davor, das Reich auf eine persönliche Erfahrung zu reduzieren. Zugleich bewahrt sie uns davor, es mit einer heutigen menschlichen Organisation zu verwechseln. Das Reich gehört Gott. Christus wird es errichten, und diejenigen, die Gott heute ruft, sind eingeladen, sich darauf vorzubereiten, indem sie schon jetzt nach dem Geist des Reiches leben.
3. Christus wird wiederkommen, um zu herrschen
In der Offenbarung steht:
„Das Reich der Welt ist unserem Herrn und seinem Christus zugefallen, und er wird herrschen von Ewigkeit zu Ewigkeit.“ (Offenbarung 11,15)
Christus wird wiederkommen. Gottes Herrschaft wird errichtet werden. Die Reiche dieser Welt werden nicht ewig bestehen.
Diese Hoffnung ist kostbar in einer Welt voller Ungerechtigkeit, Verwirrung, Gewalt und Leid. Menschen suchen nach Lösungen, und manche Projekte können zeitweilige Verbesserungen bringen. Aber kein menschliches System kann dauerhaft vollkommene Gerechtigkeit, wirklichen Frieden und vollständige Wahrheit schaffen.
Das Reich Gottes wird nicht die Vollendung menschlichen Fortschritts sein. Es wird Gottes Eingreifen durch Jesus Christus sein. Deshalb gründet christliche Hoffnung nicht auf menschlichem Optimismus, sondern auf Gottes Treue.
4. Nur Gott kann das menschliche Herz heilen
Menschen können Lebensbedingungen verbessern, Gesellschaften organisieren, bauen, lernen, heilen und entwickeln. Wir sollen das Nützliche nicht verachten. Doch wir müssen eine grundlegende Grenze anerkennen: Der Mensch kann aus eigener Kraft das menschliche Herz nicht heilen.
Jeremia sagt:
„Das Herz ist trügerisch mehr als alles und verdorben.“ (Jeremia 17,9)
Auch Jesus lehrt, dass das Böse aus dem Herzen des Menschen hervorgeht:
„Denn aus dem Herzen kommen böse Gedanken, Mord, Ehebruch, Unzucht, Diebstahl, falsches Zeugnis, Lästerung.“ (Matthäus 15,19)
Darum kann das Reich Gottes nicht durch ein menschliches Projekt ersetzt werden. Der Mensch kann bestimmte Strukturen verändern, aber nur Gott kann das Herz verwandeln. Das Reich wird auf die Erde kommen, aber es wird von Gott durch Jesus Christus errichtet werden und nicht durch die Kraft, den Stolz oder die begrenzte Weisheit des Menschen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIV. Das Reich ruft zuerst zur Umkehr
1. Jesus verbindet das Reich mit Umkehr
Jesus sagte nicht nur, dass das Reich Gottes nahe ist. Er fügte hinzu:
„Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Umkehr ist daher unmittelbar mit der Botschaft vom Reich verbunden. Die Ankündigung der Herrschaft Gottes kann nicht vom Ruf zu einer Veränderung des Herzens getrennt werden.
Das Reich ist nicht nur eine zukünftige Verheißung. Es ist auch ein gegenwärtiger Ruf. Jesus fordert die Menschen nicht nur auf, darauf zu warten, was Gott später tun wird. Er ruft sie dazu auf, jetzt zu Gott zurückzukehren.
Diese Umkehr ist kein nebensächlicher Zusatz zum Evangelium. Sie gehört zur guten Botschaft, weil sie den Weg zurück zum Vater öffnet.
2. Umkehr bedeutet, zu Gott zurückzukehren
Umkehr ist mehr als Bedauern. Sie ist nicht nur ein vorübergehendes schlechtes Gefühl. Sie bedeutet auch nicht, sich einer religiösen Gruppe anzuschließen, um sich sicherer zu fühlen.
Umkehr bedeutet, zu Gott zurückzukehren. Es bedeutet anzuerkennen, dass Gott recht hat, zu akzeptieren, dass unser Denken und Leben von Ihm korrigiert werden müssen, und sich nicht nur von sichtbarer Sünde, sondern auch von Stolz, Angst, Härte, Heuchelei und Selbstvertrauen abzuwenden.
Petrus sagte:
„So tut nun Buße und bekehrt euch, dass eure Sünden getilgt werden.“ (Apostelgeschichte 3,19)
Biblische Umkehr ist nicht bloß ein Gefühl. Sie bedeutet eine wirkliche Rückkehr zu Gott. Sie betrifft die Richtung des Lebens, die Beweggründe des Herzens und die Art, wie ein Mensch vor Gott steht.
3. Wahre Umkehr führt zum Vater zurück
Umkehr darf nicht mit dauernder Schuld verwechselt werden. Gott ruft Menschen nicht, um sie zu zerschlagen, sondern um sie zu sich zurückzuführen. Er macht Sünde sichtbar, öffnet aber zugleich einen Weg der Vergebung, der Gnade und der Wiederherstellung.
Paulus zeigt, dass Umkehr mit Gottes Güte verbunden ist:
„Gottes Güte leitet dich zur Buße.“ (Römer 2,4)
Eine Umkehr, die nur auf Angst beruht, kann äußerlichen Gehorsam hervorbringen, heilt aber nicht unbedingt das Herz. Sie kann zu Scham, geistlicher Erschöpfung oder übermäßiger Abhängigkeit von Menschen führen.
Biblische Umkehr ist anders. Sie führt weg von der Sünde, aber näher zu Gott. Sie lässt den Gläubigen nicht in Verdammnis gefangen, sondern bringt ihn durch Jesus Christus zum Vater.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisV. Gott allein ruft, doch der Mensch muss antworten
1. Gott ergreift die Initiative
Jesus sagte:
„Niemand kann zu mir kommen, es sei denn, dass ihn der Vater zieht, der mich gesandt hat.“ (Johannes 6,44)
Niemand kommt aus eigener Kraft zu Gott. Gott ist es, der ruft, zieht und Verstand und Herz öffnet.
Diese Wahrheit sollte uns demütig machen. Wenn wir etwas von Gott verstehen, dann nicht, weil wir anderen überlegen wären, sondern weil Gott gehandelt hat. Gottes Ruf ist Gnade, kein Grund zum Rühmen.
Das verändert auch unseren Blick auf andere. Wer geistliches Verständnis empfangen hat, sollte es nicht dazu benutzen, diejenigen zu verachten, die noch nicht sehen. Er sollte den Ruf vielmehr mit Dankbarkeit, Ernsthaftigkeit und Demut annehmen.
2. Gottes Ruf ist kein Verdienst
Wenn Gott uns ruft, dann nicht, weil wir diesen Ruf verdient hätten.
Paulus schreibt:
„Gott hat uns gerettet und berufen mit einem heiligen Ruf, nicht nach unseren Werken, sondern nach seinem eigenen Vorsatz und der Gnade.“ (2. Timotheus 1,9)
Gottes Ruf beginnt mit Seiner Gnade, nicht mit menschlicher Leistung. Das schützt den Gläubigen vor geistlichem Stolz, aber auch vor Verzweiflung. Gott ruft nicht, weil der Mensch bereits würdig wäre. Er ruft, um zurückzuführen, zu retten, zu verwandeln und zu formen.
Dieser Ruf ist kostbar. Er darf nicht leichtfertig behandelt werden. Aber er darf niemals zur Quelle religiöser Überheblichkeit werden. Wer gerufen wurde, hat keinen Grund erhalten, sich über andere zu erheben; er hat eine Verantwortung vor Gott empfangen.
3. Der Ruf verlangt eine Antwort
Gottes Ruf hebt die menschliche Verantwortung nicht auf. Wer den Ruf hört, muss antworten.
Jesus sagte:
„Viele sind berufen, aber wenige sind auserwählt.“ (Matthäus 22,14)
Gerufen zu sein ist daher ernst. Es verlangt eine wirkliche Antwort: Glauben, Umkehr, Gehorsam, Ausdauer und ein Leben, das danach strebt, in Christus zu bleiben.
Jesus sagte:
„Bleibt in mir, und ich in euch.“ (Johannes 15,4)
Paulus drückt dieses Gleichgewicht tiefgehend aus:
„Wirkt euer Heil mit Furcht und Zittern; denn Gott ist es, der in euch sowohl das Wollen als auch das Vollbringen wirkt nach seinem Wohlgefallen.“ (Philipper 2,12-13)
Gott wirkt in uns, doch dieses Wirken hebt unsere Antwort nicht auf. Es macht sie möglich. Das christliche Leben ist daher weder Selbstvertrauen noch geistliche Passivität. Es ist ein Weg mit Gott, auf dem Seine Gnade in uns eine lebendige Antwort hervorbringt.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVI. Die Erlösung geschieht aus Gnade, nicht durch religiöses Verdienst
1. Das Heil ist ein Geschenk
Wenn wir darüber sprechen, uns auf das Reich vorzubereiten, müssen wir eine gefährliche Verwechslung vermeiden: Niemand verdient das Heil durch seine eigenen Verdienste.
Paulus schreibt:
„Aus Gnade seid ihr gerettet durch Glauben; und das nicht aus euch: Gottes Gabe ist es.“ (Epheser 2,8)
Das Heil ist ein Geschenk. Es wird nicht durch religiöse Leistungen verdient. Gott rettet aus Gnade durch den Glauben an Jesus Christus.
Diese Wahrheit macht Gehorsam nicht unnötig, sondern weist ihm seinen richtigen Platz zu. Gehorsam dient nicht dazu, das Heil zu kaufen. Er ist die Frucht eines lebendigen Glaubens und eines Herzens, das Gott verwandelt.
2. Eine Organisation rettet nicht
Das Heil beruht nicht auf der Zugehörigkeit zu einer Organisation, auf Loyalität gegenüber einem Leiter, auf dem Zehnten, dem Sabbat, den Festen oder der Beobachtung des mosaischen Gesetzes als System der Rechtfertigung.
Paulus schreibt:
„Der Mensch wird nicht aus Werken des Gesetzes gerechtfertigt, sondern durch den Glauben an Jesus Christus.“ (Galater 2,16)
Ein Gläubiger kann persönliche Überzeugungen zu bestimmten Fragen haben. Er kann vor Gott den Sabbat halten, an bestimmten biblischen Festen teilnehmen, großzügig geben oder diszipliniert leben. Doch diese Praktiken dürfen nicht zur Grundlage des Heils oder zu absoluten Kriterien dafür werden, wer wirklich zu Gott gehört.
Im Mittelpunkt des Heils steht keine religiöse Praxis. Im Mittelpunkt steht Jesus Christus.
3. Werke sind die Frucht des Heils
Paulus fügt hinzu:
„Wir sind sein Werk, geschaffen in Christus Jesus zu guten Werken.“ (Epheser 2,10)
Gute Werke sind nicht die Wurzel des Heils. Sie sind seine Frucht.
Wir gehorchen nicht, um unseren Platz im Reich zu kaufen. Wir gehorchen, weil Gott uns gerufen hat, weil Christus uns rettet und weil Gottes Geist unser Herz verwandelt.
Menschliche Religion kann jemanden dazu treiben, aus Angst zu gehorchen, seinen Wert zu beweisen oder zu zeigen, dass er zur richtigen Gruppe gehört. Gottes Gnade bringt einen anderen Gehorsam hervor: den Gehorsam eines Herzens, das berührt, vergeben, aufgerichtet und zu Gott zurückgeführt wurde.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVII. Das Gesetz Christi: die Lebensweise derer, die das Reich erwarten
1. Das Gesetz Christi betrifft unsere Beziehungen
Wenn das Heil aus Gnade kommt, bedeutet das nicht, dass der Gläubige ohne Orientierung lebt. Das Neue Testament spricht klar vom Gesetz Christi.
Paulus schreibt:
„Einer trage des andern Last, so werdet ihr das Gesetz Christi erfüllen.“ (Galater 6,2)
Unmittelbar davor spricht er davon, den Gefallenen im Geist der Sanftmut zurechtzubringen:
„Wenn ein Mensch von einer Verfehlung ereilt wird, so helft ihr, die ihr geistlich seid, einem solchen im Geist der Sanftmut wieder zurecht.“ (Galater 6,1)
Diese Verse zeigen, dass das Gesetz Christi unsere Art betrifft, mit anderen umzugehen. Es geht nicht nur um äußere Regeln. Es betrifft Herz, Beziehungen, Haltung und die Weise, wie wir korrigieren, tragen, wiederherstellen und lieben.
Man kann viel biblisches Wissen haben und dennoch das Gesetz Christi verfehlen, wenn man andere mit Härte, Verachtung oder Herrschsucht behandelt.
2. Es zeigt sich in Liebe und Sanftmut
Jesus gab das Herz dieses Gesetzes:
„Ein neues Gebot gebe ich euch: Liebt einander; wie ich euch geliebt habe.“ (Johannes 13,34)
Liebe nach Christus ist nicht bloß ein Gefühl. Sie ist eine Lebensweise. Sie zeigt sich in Sanftmut, Geduld, Vergebung, Barmherzigkeit, Dienst und Wiederherstellung.
Diese Liebe leugnet die Wahrheit nicht. Sie rechtfertigt Sünde nicht. Sie hebt die Notwendigkeit der Umkehr nicht auf. Aber sie weigert sich, Wahrheit als Werkzeug zu benutzen, um Schwache zu zerschlagen.
Das Gesetz Christi verbindet daher Wahrheit und Liebe. Es ruft zu Treue, aber mit Sanftmut. Es korrigiert, um aufzurichten. Es führt zum Gehorsam, ohne Gnade durch Angst zu ersetzen.
3. Es kennzeichnet die Jünger Christi
Jesus sagte:
„Daran werden alle erkennen, dass ihr meine Jünger seid, wenn ihr Liebe untereinander habt.“ (Johannes 13,35)
Das Kennzeichen der Jünger Christi ist also nicht zuerst der Name einer Organisation, prophetisches Wissen oder äußerliche Beobachtung. Nach Jesus ist das sichtbare Kennzeichen Seiner Jünger die Liebe.
Diese Liebe ist nicht schwach. Sie verschließt die Augen nicht vor dem Bösen. Sie ersetzt nicht die Umkehr. Aber sie spiegelt den Charakter Christi wider. Sie dient, statt zu beherrschen, vergibt, statt Bitterkeit zu nähren, und richtet auf, statt zu zerschlagen.
Das ist das Gesetz Christi. Und dieses Gesetz ist die Lebensweise derer, die sich auf das Reich vorbereiten.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisVIII. Das mosaische Gesetz ist nicht der rechtliche Rahmen der Erlösung
1. Das mosaische Gesetz hatte eine wirkliche Rolle
Wir müssen klar zwischen dem mosaischen Gesetz, dem Gesetz Christi und dem Heil aus Gnade unterscheiden.
Das mosaische Gesetz hatte eine wirkliche Rolle in Gottes Plan. Es wurde Israel gegeben. Es offenbarte Gottes Heiligkeit, die Wirklichkeit der Sünde und die Notwendigkeit eines Retters.
Es geht daher nicht darum, das Gesetz, das Israel gegeben wurde, geringzuschätzen. Es geht darum, seine Rolle im Licht Jesu Christi und des Neuen Bundes zu verstehen. Der Gläubige soll das Alte Testament mit Respekt lesen, aber auch anerkennen, dass Christus erfüllt hat, worauf das Gesetz hinwies.
Die Frage ist nicht, ob das mosaische Gesetz wichtig war. Das war es. Die Frage ist, ob es den rechtlichen Rahmen des Heils für den Gläubigen in Christus bildet. Das Neue Testament antwortet darauf klar mit Nein.
2. Der Gläubige wird nicht durch das mosaische Gesetz gerettet
Paulus schreibt:
„Ihr seid nicht unter dem Gesetz, sondern unter der Gnade.“ (Römer 6,14)
Das bedeutet nicht, dass Gott keinen moralischen Willen mehr hätte. Es bedeutet, dass der Gläubige nicht unter dem mosaischen Gesetz als rechtlichem Rahmen des Heils steht.
Paulus schreibt auch:
„Der Mensch wird nicht aus Werken des Gesetzes gerechtfertigt, sondern durch den Glauben an Jesus Christus.“ (Galater 2,16)
Der Gläubige ist vor Gott nicht gesetzlos. Aber er steht nicht unter dem mosaischen Gesetz als System der Rechtfertigung. Er ist berufen, unter der Gnade, durch den Geist geführt und nach dem Gesetz Christi zu leben.
Das Gesetz Christi senkt den geistlichen Anspruch nicht. Im Gegenteil, es geht tiefer. Es betrifft Herz, Beweggründe, Beziehungen, Liebe, Wahrheit und innere Veränderung.
3. Praktiken dürfen nicht zu Bedingungen des Heils werden
Der Sabbat kann aus persönlicher Überzeugung vor Gott gehalten werden. Aber er darf nicht zu einer Bedingung des Heils oder zu einem absoluten Kriterium dafür werden, wer wirklich zu Gott gehört.
Ebenso stellt das Neue Testament den Zehnten nicht als verpflichtende Forderung an den Gläubigen unter dem Neuen Bund dar. Es betont vielmehr freies, aufrichtiges und freudiges Geben.
Paulus schreibt:
„Jeder gebe, wie er es sich im Herzen vorgenommen hat, nicht mit Unwillen oder aus Zwang; denn einen fröhlichen Geber hat Gott lieb.“ (2. Korinther 9,7)
Christliches Geben soll nicht aus Angst, Druck oder Schuld entstehen. Es soll aus einem Herzen kommen, das vor Gott frei ist.
Diese Unterscheidung schützt das Gewissen des Gläubigen. Sie ermöglicht es, Gott ernst zu nehmen, ohne äußere Praktiken zu Bedingungen des Heils zu machen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisIX. Was bedeutet es, für das Reich „qualifiziert“ zu sein?
1. Gott macht fähig
In manchen religiösen Kreisen spricht man davon, für das Reich Gottes „qualifiziert“ zu sein.
Dieser Ausdruck kann hilfreich sein, wenn er richtig verstanden wird. Er kann aber auch gefährlich werden, wenn er den Eindruck erweckt, der Mensch mache sich durch seine Werke selbst des Reiches würdig.
Paulus schreibt, dass der Vater uns fähig gemacht hat, am Erbe der Heiligen teilzuhaben (Kolosser 1,12). Das bedeutet: Gott macht fähig. Gott bereitet vor. Gott wirkt.
Die Bereitschaft für das Reich beginnt daher nicht mit Selbstvertrauen. Sie beginnt mit der Gnade Gottes und mit dem Werk, das Er in einem Menschen vollbringt.
2. Der Gläubige qualifiziert sich nicht selbst
Wir qualifizieren uns nicht selbst, als könnten wir das Reich verdienen.
Gott ruft. Christus rettet. Der Geist verwandelt. Der Gläubige antwortet. Früchte zeigen einen lebendigen Glauben. Ausdauer offenbart Treue.
Dieses Gleichgewicht ist wichtig. Einerseits darf der Gläubige nie denken, dass seine religiösen Leistungen Gott verpflichten würden, ihm das Reich zu geben. Andererseits darf er Gottes Ruf auch nicht passiv behandeln, als wäre seine Antwort bedeutungslos.
Die Gnade Gottes bringt eine lebendige Antwort hervor. Sie lehrt uns, Nein zur Sünde zu sagen, in Christus zu bleiben und treu zu wandeln.
3. Bereit sein heißt, treu auf Gottes Ruf zu antworten
Bereit für das Reich zu sein bedeutet nicht, religiöse Leistungen anzuhäufen, um den eigenen Wert zu beweisen. Es bedeutet, treu auf Gottes Ruf zu antworten.
Petrus schreibt:
„Darum, Brüder, bemüht euch umso mehr, eure Berufung und Erwählung festzumachen.“ (2. Petrus 1,10)
Gott bereitet diejenigen vor, die Er ruft, indem Er ihren Charakter verwandelt. Diese Vorbereitung zeigt sich im Glauben, in der Umkehr, im Gehorsam, in der Liebe, im Durchhalten und in der Frucht.
Jesus sagte:
„Wer aber bis ans Ende beharrt, der wird gerettet werden.“ (Matthäus 24,13)
Ausdauer ist wichtig. Aber es ist keine Ausdauer in Angst. Es ist lebendige Treue zu Gott, genährt von Glauben, Gnade, Liebe und der Hoffnung auf das Reich.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisX. Die erwarteten Früchte bei denen, die das Reich erwarten
1. Jesus lädt uns ein, die Früchte zu prüfen
Jesus sagte:
„An ihren Früchten werdet ihr sie erkennen.“ (Matthäus 7,16)
Früchte zählen. Man kann über das Reich, Prophezeiung, Wahrheit und Gehorsam sprechen. Doch wenn die Früchte den Geist Gottes nicht widerspiegeln, muss man innehalten und prüfen.
Jesus lädt uns nicht ein, nach Erscheinung, Titeln oder behaupteter Autorität zu urteilen. Er fordert uns auf, auf die Früchte zu sehen. Welche Früchte bringt eine Lehre hervor? Welche Früchte bringt eine Praxis hervor? Welche Früchte bringt eine Autorität im Leben von Menschen hervor?
Diese Fragen sind notwendig, denn das Reich Gottes bereitet nicht nur eine neue Welt vor. Es bereitet auch ein verwandeltes Volk vor.
2. Die Frucht des Geistes zeigt Gottes Wirken
Paulus beschreibt die Frucht des Geistes so:
„Die Frucht des Geistes aber ist Liebe, Freude, Friede, Geduld, Freundlichkeit, Güte, Treue, Sanftmut, Selbstbeherrschung.“ (Galater 5,22)
Diese Früchte sind nicht nebensächlich. Sie zeigen Gottes Wirken in einem Leben.
Gott sucht Glauben, aber keinen harten und stolzen Glauben. Er sucht Umkehr, aber keine dauernde Schuld. Er sucht Gehorsam, aber keinen Gehorsam, der auf Menschenfurcht beruht. Er sucht Wahrheit, aber keine Wahrheit, die zum Zerschlagen benutzt wird. Er sucht Liebe, aber keine Liebe, die von Seinem Wort getrennt ist.
Christliche Veränderung betrifft nicht nur das, was wir äußerlich tun. Sie betrifft auch das, was wir innerlich werden.
3. Erkenntnis ersetzt die Liebe nicht
Erkenntnis ist wichtig. Lehre ist wichtig. Wahrheit ist wichtig. Doch ohne Liebe kann selbst große Erkenntnis leer werden.
Paulus schreibt:
„Wenn ich Weissagung hätte und wüsste alle Geheimnisse und alle Erkenntnis [...] und hätte die Liebe nicht, so wäre ich nichts.“ (1. Korinther 13,2)
Dieses Wort sollte uns nüchtern machen. Prophetisches Wissen ersetzt die Liebe nicht. Biblische Wahrheit darf niemals vom Charakter Christi getrennt werden.
Wer das Reich erwartet, kann sich daher einfache Fragen stellen: Bringt mein Glaube mich näher zu Christus? Wachse ich in Liebe, Sanftmut, Geduld und Vergebung? Trage ich die Lasten anderer? Gehorche ich Gott aus Liebe oder nur aus Angst?
Diese Fragen sind nicht nebensächlich. Sie berühren unmittelbar die Art, wie Gott diejenigen formt, die Sein Reich erwarten.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXI. Die Gefahr: das Reich verkünden, ohne das Gesetz Christi zu leben
1. Man kann vom Reich sprechen und dabei den Geist des Königs vergessen
Es gibt eine wirkliche Gefahr: viel über das Reich Gottes zu sprechen und dabei den Geist des Königs zu vergessen.
Man kann das Reich verkünden und durch Angst regieren. Man kann von Wahrheit sprechen und aufrichtige Fragen nicht ertragen. Man kann Gehorsam predigen und Barmherzigkeit vernachlässigen. Man kann von der Wiederkunft Christi sprechen und Gewissen durch Dringlichkeit und Datensetzungen unter Druck setzen.
Das Reich Gottes kann nicht vom Charakter Jesu Christi getrennt werden. Wenn man vom Reich spricht und dabei Liebe, Sanftmut, Geduld, Barmherzigkeit und Wahrheit verlässt, muss etwas geprüft werden.
Die Botschaft vom Reich muss zu Christus führen, nicht zur Angst vor Menschen. Sie muss aufrichtige Umkehr hervorbringen, nicht dauernde Schuld. Sie soll Jünger formen, nicht zerbrochene Menschen oder Menschen, die von menschlicher Autorität abhängig sind.
2. Autorität nach Christus sieht wie Dienst aus
Jesus warnte Seine Jünger:
„Ihr wisst, dass die Herrscher der Völker sie niederhalten und die Großen Gewalt über sie ausüben. So soll es nicht unter euch sein.“ (Matthäus 20,25-26)
Dieses Wort ist stark: „So soll es nicht unter euch sein.“ Autorität nach Christus darf nicht wie menschliche Herrschaft aussehen. Sie muss wie Dienst aussehen.
Jesus fügt hinzu:
„Wer unter euch groß sein will, der sei euer Diener.“ (Matthäus 20,26)
Im Reich Gottes wird Größe nicht wie in menschlichen Systemen gemessen. Sie zeigt sich im Dienst, in Demut, Treue, Liebe und Fürsorge für andere.
Geistliche Autorität, die zerschlägt, isoliert oder beherrscht, spiegelt den Geist Christi nicht wider. Korrektur nach Christus sucht Wiederherstellung. Wahrheit nach Christus führt zu Licht, Umkehr und Freiheit vor Gott, nicht zu knechtischer Angst.
3. Jede Botschaft vom Reich muss geprüft werden
Johannes schreibt:
„Furcht ist nicht in der Liebe, sondern die vollkommene Liebe treibt die Furcht aus.“ (1. Johannes 4,18)
Paulus schreibt ebenfalls:
„Gott hat uns nicht einen Geist der Furchtsamkeit gegeben, sondern der Kraft und der Liebe und der Besonnenheit.“ (2. Timotheus 1,7)
Wenn eine Botschaft vom Reich vor allem Angst, Verwirrung, Isolation, ständige Schuld oder Abhängigkeit von einem Menschen hervorbringt, verdient sie es, im Licht der Schrift geprüft zu werden.
Das bedeutet nicht, dass jede Gottesfurcht schlecht wäre. Die Bibel spricht von ehrfürchtiger Furcht, die mit Demut und Ehrfurcht verbunden ist. Aber das ist keine knechtische Angst, die den Frieden zerstört und das Gewissen gefangen hält.
Die Botschaft vom Reich muss Umkehr, Glauben, Liebe, Wahrheit, Freiheit vor Gott, geistliche Wachsamkeit und die Veränderung des Herzens hervorbringen.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXII. Auf die Wiederkunft Christi wachen, ohne in Angst zu fallen
1. Christus wird wiederkommen
Christus wird wiederkommen. Das Reich Gottes wird auf der Erde errichtet werden. Die Jünger sollen wachen.
Diese Hoffnung ist wesentlich. Die gegenwärtige Welt ist nicht die Erfüllung von Gottes Plan. Ungerechtigkeit, Leid, Verwirrung und Tod werden nicht das letzte Wort haben. Die Wiederkunft Christi kündigt Gottes Sieg, die Wiederherstellung aller Dinge und die Errichtung Seiner Herrschaft an.
Doch diese Hoffnung muss nüchtern bewahrt werden. Sie darf nicht zu einer Quelle dauernder Angst, menschlicher Berechnungen oder geistlichen Drucks werden.
Christus zu erwarten bedeutet, in Hoffnung und Treue zu leben, nicht in Aufregung oder Panik.
2. Wachen bedeutet nicht, Daten festzulegen
Jesus sagte:
„Von jenem Tag aber und der Stunde weiß niemand.“ (Matthäus 24,36)
„Darum wacht, denn ihr wisst nicht, an welchem Tag euer Herr kommt.“ (Matthäus 24,42)
Nach Seiner Auferstehung fragten die Jünger Jesus:
„Herr, wirst du in dieser Zeit Israel das Reich wiederherstellen?“ (Apostelgeschichte 1,6)
Jesus antwortete:
„Es gebührt euch nicht, Zeit oder Stunde zu wissen, die der Vater seiner Macht vorbehalten hat.“ (Apostelgeschichte 1,7)
Diese Antwort sollte uns demütig halten. Zu wachen bedeutet nicht, zu behaupten, wir wüssten, was der Vater nicht offenbart hat. Es bedeutet nicht, von einem Datum zum nächsten zu leben. Es bedeutet nicht, Gewissen unter Druck zu setzen.
Prophezeiung soll zu Umkehr, Hoffnung und Treue führen, nicht zu Angst und Kontrolle.
3. Wachen bedeutet, Christus treu zu bleiben
Wachen bedeutet, mit Christus verbunden zu bleiben. Es bedeutet umzukehren, wenn Gott uns etwas zeigt, den Glauben zu bewahren, Brüder und Schwestern zu lieben, Frucht zu bringen, nüchtern zu bleiben und nicht zuzulassen, dass Angst den Frieden Gottes ersetzt.
Petrus schreibt:
„Wenn nun dies alles so aufgelöst wird, wie sehr solltet ihr euch auszeichnen durch heiligen Wandel und Gottesfurcht.“ (2. Petrus 3,11)
Die Erwartung der Wiederkunft Christi soll ein nüchternes, treues und hoffnungsvolles Leben hervorbringen. Der wahre Jünger versucht nicht, genauer zu sein als sein Meister. Er hört auf das, was Christus gesagt hat, nimmt die von Gott gesetzten Grenzen an und bleibt treu.
Zu wachen bedeutet daher nicht, unter dem ständigen Druck eines Datums zu leben. Es bedeutet, heute mit Gott zu gehen — in Glauben, Umkehr, Liebe und dem Gesetz Christi.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisXIII. Schluss — Heute auf Gottes Ruf antworten
Die Botschaft Jesu Christi bestand nicht einfach darin, dass eines Tages ein Reich kommen würde. Seine Botschaft war direkter, dringlicher und persönlicher:
„Das Reich Gottes ist nahe. Tut Buße und glaubt an die gute Botschaft.“ (Markus 1,15)
Das Reich Gottes wird bei der Wiederkunft Christi auf der Erde errichtet werden. Diese Hoffnung bleibt im Mittelpunkt des Evangeliums. Doch die Erwartung des Reiches darf nicht zu bloßer prophetischer Neugier, zu einer Quelle der Angst oder zu einem Mittel werden, Gewissen unter Druck zu setzen. Sie soll zu einer lebendigen Antwort vor Gott führen.
Gott allein ruft. Niemand kommt aus eigener Kraft zum Vater. Das Heil wird aus Gnade durch den Glauben an Jesus Christus geschenkt. Doch diese Gnade bleibt niemals unfruchtbar. Sie führt den Gläubigen zu Gott zurück, lädt zur Umkehr ein, lehrt, in Christus zu bleiben, und bringt nach und nach die Früchte eines verwandelten Lebens hervor.
Bereit für das Reich zu sein bedeutet daher nicht, sich durch Werke selbst zu retten. Es bedeutet, Gottes Ruf demütig anzunehmen und Christus in uns ein neues Herz formen zu lassen. Das Gesetz Christi wird dann zum konkreten Weg dieser Veränderung: lieben, vergeben, dienen, Lasten tragen, mit Sanftmut wiederherstellen, in der Wahrheit gehen und sich weigern, Angst an die Stelle der Liebe Gottes treten zu lassen.
Das Reich Gottes ist nicht nur eine Prophezeiung, die man kennen soll. Es ist eine Wirklichkeit, die man suchen soll. Es geht nicht nur darum zu wissen, was Gott morgen auf der Erde tun wird, sondern auch darum, Gott heute in unserem Herzen herrschen zu lassen.
Die eigentliche Frage lautet daher nicht nur: „Wann wird das Reich kommen?“ Sie lautet auch: „Wie antworte ich jetzt auf Gottes Ruf?“
Diese Antwort wird nicht an religiösem Stolz, Angst oder Leistung gemessen. Sie ist in einem Leben zu erkennen, das zuerst Gottes Reich und Seine Gerechtigkeit sucht — aus Liebe zu Gott, durch den Glauben an Jesus Christus und durch das Werk der Veränderung, das Gott in denen vollbringt, die Er zu sich ruft.
↑ Zurück zum InhaltsverzeichnisHinweis zu den Bibelzitaten
Sofern nicht anders angegeben, folgen die Bibelzitate anerkannten Übersetzungen. Die französische Ausgangsfassung verwendet hauptsächlich die Louis Segond 1910; in den übersetzten Fassungen wurden die Zitate sinngemäß und leserfreundlich wiedergegeben.
Królestwo Boże na ziemi, nawrócenie i prawo Chrystusa
Jak przygotować się na Królestwo, które Jezus Chrystus przyszedł głosić?
Badajcie wszystko; zachowujcie to, co dobre.
Autor: Christophe Binette | Opublikowano 26 lipca 2026 r. | Założyciel Examine All Things — Studia biblijne oparte na Piśmie Świętym
Wstęp
Przesłanie o Królestwie Bożym znajduje się w centrum nauczania Jezusa Chrystusa. Od samego początku swojej służby Jezus głosił:
„Czas się wypełnił i przybliżyło się Królestwo Boże. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
To przesłanie nie zniknęło po Jego śmierci i zmartwychwstaniu. Apostołowie nadal głosili Królestwo Boże, zwiastowali Jezusa Chrystusa i wzywali do nawrócenia, wiary oraz przemienionego życia przed Bogiem.
Pod koniec Dziejów Apostolskich Paweł wciąż jest przedstawiony jako ten, który głosi Królestwo Boże i naucza o Jezusie Chrystusie:
„Głosił Królestwo Boże i nauczał o Panu Jezusie Chrystusie z całą odwagą, bez przeszkód.” (Dzieje Apostolskie 28:31)
Królestwo Boże nie jest więc tematem drugorzędnym ani jedynie doktryną proroczą. Zapowiada panowanie Boga, powrót Jezusa Chrystusa i odnowienie wszystkich rzeczy, ale także wezwanie skierowane już teraz do tych, których Bóg pociąga do siebie.
Królestwo to zostanie w pełni ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Już dziś jednak wzywa każdego wierzącego, aby wrócił do Boga, przyjął Jego łaskę, trwał w Chrystusie, przynosił owoc i uczył się żyć według ducha Królestwa.
Niniejsze studium nie ma na celu przedstawienia nowej organizacji ani sprawowania duchowej władzy nad sumieniami. Jego celem jest po prostu zbadanie w świetle Pisma, jak wiernie odpowiedzieć na przesłanie o Królestwie, które głosili Jezus Chrystus i apostołowie.
Główne pytanie brzmi zatem: skoro Królestwo Boże znajdowało się w centrum przesłania Jezusa Chrystusa i apostołów, jak powinniśmy dziś na to przesłanie odpowiedzieć?
I. Wprowadzenie — Przesłanie, które Jezus naprawdę przyniósł
Gdy Jezus Chrystus rozpoczął swoją służbę, nie przedstawił najpierw organizacji, tradycji religijnej ani systemu zewnętrznych praktyk. Ogłosił Królestwo Boże.
„Czas się wypełnił i przybliżyło się Królestwo Boże. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
To zdanie streszcza istotę Jego przesłania. Jezus ogłasza, że Bóg działa, że Jego Królestwo się przybliża i że ta wiadomość domaga się osobistej odpowiedzi. Nie chodzi jedynie o usłyszenie proroctwa czy zaakceptowanie religijnej idei. Chodzi o powrót do Boga, wiarę w Ewangelię i pozwolenie, aby Jego wola przemieniała życie.
Dlatego Królestwa Bożego nie można sprowadzić do jednego z wielu tematów proroczych. Jest ono związane z nawróceniem, wiarą, łaską, powrotem Chrystusa oraz sposobem, w jaki wierzący już dziś żyje przed Bogiem.
Naturalnie pojawia się pytanie: jak człowiek powołany przez Boga powinien odpowiedzieć na to przesłanie? Biblijnej odpowiedzi nie znajdziemy ani w zaufaniu do samego siebie, ani w przynależności do organizacji, ani w zachowywaniu prawa Mojżeszowego jako środka zbawienia. Znajduje się ona w Jezusie Chrystusie: Bóg powołuje, Chrystus zbawia, Duch przemienia, a wierzący uczy się żyć w wierze, nawróceniu i prawie Chrystusa.
1. Jezus nie przyszedł głosić jedynie religii
Wiele osób spontanicznie kojarzy wiarę chrześcijańską z religią, rytuałami, zasadami, tradycjami lub widzialną przynależnością. Elementy te mogą czasem towarzyszyć życiu wierzących, lecz nie stanowią sedna przesłania Jezusa.
Jezus ogłosił coś większego: Królestwo Boże. Głosił panowanie Boga, Jego ingerencję w historię ludzkości i wezwanie skierowane do ludzi, aby wrócili do Ojca.
Nie oznacza to, że wspólnota wierzących jest nieistotna. Uczniowie potrzebują zachęty, nauczania, wsparcia i braterstwa. Żadna ludzka struktura nie może jednak zająć miejsca Królestwa Bożego ani w sumieniu wierzącego miejsca należącego wyłącznie do Jezusa Chrystusa.
Królestwo głoszone przez Jezusa wykracza poza ludzkie organizacje. Kieruje wzrok ku Bogu, Jego panowaniu, Jego sprawiedliwości i wewnętrznej przemianie, której Bóg pragnie dokonać w tych, których powołuje.
2. Przesłanie o Królestwie wymaga osobistej odpowiedzi
Królestwo Boże nie jest tylko prawdą do poznania. Jest przesłaniem, które wzywa do odpowiedzi.
Jezus nie mówi jedynie, że Królestwo jest blisko. Wzywa także do nawrócenia i wiary. Oznacza to, że głoszenie Królestwa nie powinno budzić jedynie proroczej ciekawości. Powinno prowadzić do rzeczywistego powrotu do Boga.
Można dużo wiedzieć o proroctwach, a mimo to nie odpowiedzieć prawdziwie na Boże powołanie. Można mówić o Królestwie, oczekiwać powrotu Chrystusa i bronić pewnych doktryn, a jednocześnie nie pozwalać Bogu panować we własnym sercu.
Dlatego studium Królestwa musi zawsze pozostać związane z nawróceniem, wiarą, łaską i wewnętrzną przemianą. Królestwo głoszone przez Jezusa dotyczy nie tylko przyszłości świata. Dotyczy również stanu serca przed Bogiem dzisiaj.
3. Królestwo już dziś dotyka naszego życia
Królestwo Boże zostanie w pełni ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Nie oznacza to jednak, że nie ma żadnego związku z obecnym życiem wierzącego.
Ten, kto oczekuje Królestwa, powinien już teraz uczyć się żyć według jego ducha. Dotyczy to sposobu myślenia, mówienia, napominania, przebaczania, służenia, sprawowania odpowiedzialności, traktowania słabych, noszenia ciężarów oraz miłowania braci i sióstr.
Królestwo Boże nie jest więc tylko proroctwem na jutro. Jest także rzeczywistością, która już dziś wzywa nas do życia pod władzą Boga. Oczekiwanie Królestwa to nie tylko pytanie, kiedy ono przyjdzie. To także proszenie Boga, aby już teraz panował w naszym sercu, wyborach i relacjach.
↑ Powrót do spisu treściII. Królestwo Boże było w centrum przesłania Jezusa
1. Jezus przyszedł głosić Królestwo
Łukasz przytacza słowa Jezusa:
„Muszę i innym miastom głosić dobrą nowinę o Królestwie Bożym, bo po to zostałem posłany.” (Łukasza 4:43)
Sam Jezus mówi, że właśnie w tym celu został posłany: aby głosić dobrą nowinę o Królestwie Bożym. Królestwo nie jest więc tematem pobocznym. Znajduje się w centrum Jego przesłania.
Jezus uzdrawiał, nauczał, napominał, pocieszał, przebaczał i ostrzegał. Wszystko to było jednak częścią większego przesłania: Bóg panuje, Jego Królestwo nadchodzi, a ludzie powinni wrócić do Niego.
W Ewangeliach Królestwo Boże nie jest abstrakcyjną ideą. Jest związane z obecnością Chrystusa, władzą Boga, nawróceniem, sprawiedliwością, miłosierdziem i przemianą życia. Jezus nie głosił wiary oddzielonej od Królestwa. Głosił Ewangelię Królestwa.
2. Królestwo należy do Boga
Królestwo Boże nie pochodzi z ludzkiej organizacji. Nie zależy od siedziby administracyjnej, religijnego przywódcy ani projektu zbudowanego przez ludzi.
Jezus powiedział:
„Królestwo moje nie jest z tego świata.” (Jana 18:36)
Jego Królestwo nie ma źródła w ludzkich systemach. Pochodzi od Boga. Nie oznacza to, że Bóg nie może posługiwać się ludźmi, zgromadzeniami czy wspólnotami. Żadnej ludzkiej struktury nie można jednak utożsamiać z samym Królestwem Bożym.
To rozróżnienie jest ważne. Gdy przesłanie o Królestwie prowadzi przede wszystkim do zależności od organizacji, człowieka czy jednej jedynej struktury, należy się zatrzymać i zbadać sprawę. Królestwo Boże powinno prowadzić do Boga, do Ojca i do Jezusa Chrystusa, Króla zapowiedzianego w Piśmie.
Organizacja może służyć, nauczać, wspierać i gromadzić. Nie może jednak zająć miejsca Chrystusa ani stać się centrum wiary wierzącego.
3. Szukanie Królestwa zaczyna się już dziś
Jezus powiedział:
„Szukajcie najpierw Królestwa Bożego i jego sprawiedliwości.” (Mateusza 6:33)
Szukać Królestwa nie znaczy tylko oczekiwać przyszłego wydarzenia. Oznacza stawiać Boga ponad wszystkim już teraz.
Szukać Królestwa to szukać woli Boga, pragnąć Jego sprawiedliwości, pozwalać, aby Jego słowo korygowało nasz sposób myślenia, i uczyć się żyć pod władzą Chrystusa.
Królestwo dotyczy przyszłości, ale już teraz dotyka teraźniejszości. Wierzący oczekujący Królestwa nie może żyć tak, jakby Bóg nie miał nic do powiedzenia o jego obecnym życiu. Nie może oddzielać nadziei Królestwa od posłuszeństwa Chrystusowi.
To posłuszeństwo trzeba jednak właściwie rozumieć. Nie służy ono do kupienia zbawienia. Jest odpowiedzią serca, które Bóg powołał, dotknął i przyprowadził z powrotem do siebie.
↑ Powrót do spisu treściIII. Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi
1. Królestwo Boże jest przyszłą rzeczywistością
Biblia zapowiada, że Bóg ustanowi swoje Królestwo.
Prorok Daniel pisze:
„Za dni tych królów Bóg niebios wzbudzi królestwo, które nigdy nie zostanie zniszczone.” (Daniela 2:44)
Ludzkie królestwa przemijają. Zmieniają się, dzielą, psują albo znikają. Nawet najpotężniejsze imperia pokazują swoje granice. Królestwo Boże natomiast nigdy nie zostanie zniszczone.
Daniel zapowiada również, że „Syn Człowieczy” otrzyma władzę, chwałę i królestwo:
„Dano mu władzę, chwałę i królestwo, aby służyły mu wszystkie ludy, narody i języki.” (Daniela 7:14)
Królestwo Boże nie jest więc jedynie wewnętrznym przeżyciem. Będzie miało widzialną i konkretną rzeczywistość. Bóg wkroczy w historię ludzkości, a Jego panowanie zostanie ustanowione przez Jezusa Chrystusa.
2. Królestwo będzie również rzeczywistym rządem
Królestwo Boże nie jest tylko rzeczywistością wewnętrzną ani duchowym sposobem mówienia o obecności Boga w sercu wierzącego. Biblia przedstawia je także jako prawdziwe królestwo ustanowione przez Boga pod władzą Jezusa Chrystusa.
Daniel zapowiada, że to Królestwo zastąpi ludzkie królestwa:
„Za dni tych królów Bóg niebios wzbudzi królestwo, które nigdy nie zostanie zniszczone.” (Daniela 2:44)
Będzie ono zatem konkretną rzeczywistością. Nie będzie po prostu stopniowym ulepszaniem obecnego świata ani końcowym rezultatem ludzkich wysiłków. Ustanowi je sam Bóg.
Daniel pokazuje również, że Syn Człowieczy otrzymuje powszechne panowanie:
„Dano mu władzę, chwałę i królestwo, aby służyły mu wszystkie ludy, narody i języki.” (Daniela 7:14)
Królestwo Boże będzie więc sprawiedliwym rządem kierowanym przez Chrystusa, w którym wola Boga będzie wykonywana na ziemi. O to właśnie Jezus uczy nas się modlić:
„Przyjdź Królestwo Twoje; bądź wola Twoja jak w niebie, tak i na ziemi.” (Mateusza 6:10)
Ta prawda jest ważna. Chroni nas przed sprowadzaniem Królestwa do osobistego doświadczenia, ale także przed utożsamianiem go z obecną ludzką organizacją. Królestwo należy do Boga. Zostanie ustanowione przez Chrystusa, a ci, których Bóg dziś powołuje, są zaproszeni, aby przygotowywać się do niego, ucząc się już teraz żyć według ducha Królestwa.
3. Chrystus powróci, aby panować
W Objawieniu czytamy:
„Królestwo świata stało się królestwem naszego Pana i Jego Chrystusa, i będzie królował na wieki wieków.” (Objawienie 11:15)
Chrystus powróci. Panowanie Boga zostanie ustanowione. Królestwa tego świata nie będą wieczne.
Ta nadzieja jest cenna w świecie naznaczonym niesprawiedliwością, zamętem, przemocą i cierpieniem. Ludzie szukają rozwiązań, a pewne projekty mogą przynieść czasową poprawę. Żaden ludzki system nie może jednak trwale ustanowić doskonałej sprawiedliwości, prawdziwego pokoju i pełnej prawdy.
Królestwo Boże nie będzie zwieńczeniem ludzkiego postępu. Będzie interwencją Boga przez Jezusa Chrystusa. Dlatego chrześcijańska nadzieja nie opiera się na ludzkim optymizmie, lecz na wierności Boga.
4. Tylko Bóg może uzdrowić ludzkie serce
Ludzie mogą poprawiać warunki życia, organizować społeczeństwa, budować, uczyć się, leczyć i rozwijać. Nie należy lekceważyć tego, co pożyteczne. Trzeba jednak uznać fundamentalne ograniczenie: człowiek nie jest w stanie sam uzdrowić ludzkiego serca.
Jeremiasz mówi:
„Serce jest zdradliwsze niż wszystko inne i niepoprawne.” (Jeremiasza 17:9)
Jezus również naucza, że złe rzeczy wychodzą z ludzkiego serca:
„Z serca bowiem pochodzą złe myśli, zabójstwa, cudzołóstwa, nierząd, kradzieże, fałszywe świadectwa, bluźnierstwa.” (Mateusza 15:19)
Dlatego Królestwa Bożego nie można zastąpić ludzkim projektem. Człowiek może zmieniać pewne struktury, ale tylko Bóg może przemienić serce. Królestwo przyjdzie na ziemię, lecz ustanowi je Bóg przez Jezusa Chrystusa, a nie siła, pycha czy ograniczona mądrość człowieka.
↑ Powrót do spisu treściIV. Królestwo przede wszystkim wzywa do nawrócenia
1. Jezus łączy Królestwo z nawróceniem
Jezus nie powiedział tylko, że Królestwo Boże jest blisko. Dodał:
„Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
Nawrócenie jest więc bezpośrednio związane z przesłaniem o Królestwie. Nie można oddzielić ogłoszenia panowania Boga od wezwania do zmiany serca.
Królestwo nie jest tylko przyszłą obietnicą. Jest także obecnym wezwaniem. Jezus nie prosi ludzi jedynie, aby czekali na to, co Bóg uczyni później. Wzywa ich, aby wrócili do Boga teraz.
Nawrócenie nie jest drugorzędnym dodatkiem do Ewangelii. Jest częścią dobrej nowiny, ponieważ otwiera drogę powrotu do Ojca.
2. Nawrócenie oznacza powrót do Boga
Nawrócenie to coś więcej niż żal. Nie jest tylko chwilowym poczuciem winy. Nie oznacza także dołączenia do grupy religijnej, aby poczuć się bezpieczniej.
Nawrócić się to wrócić do Boga. To uznać, że Bóg ma rację, zaakceptować, że On powinien korygować nasz sposób myślenia i życia, oraz odwrócić się nie tylko od widocznego grzechu, ale również od pychy, lęku, zatwardziałości, obłudy i polegania na sobie.
Piotr powiedział:
„Nawróćcie się więc i odwróćcie, aby wasze grzechy zostały zgładzone.” (Dzieje Apostolskie 3:19)
Biblijne nawrócenie nie jest jedynie emocją. Oznacza rzeczywisty powrót do Boga. Dotyka kierunku życia, motywacji serca i sposobu, w jaki człowiek staje przed Bogiem.
3. Prawdziwe nawrócenie prowadzi z powrotem do Ojca
Nawrócenia nie należy mylić z nieustannym poczuciem winy. Bóg nie powołuje ludzi po to, aby ich zmiażdżyć, lecz aby przyprowadzić ich z powrotem do siebie. Ukazuje grzech, ale otwiera też drogę przebaczenia, łaski i odnowienia.
Paweł pokazuje, że nawrócenie jest związane z dobrocią Boga:
„Dobroć Boga prowadzi cię do nawrócenia.” (Rzymian 2:4)
Nawrócenie oparte wyłącznie na strachu może wytworzyć zewnętrzne posłuszeństwo, ale nie zawsze uzdrawia serce. Może prowadzić do wstydu, duchowego wyczerpania lub nadmiernej zależności od ludzi.
Biblijne nawrócenie jest inne. Oddala od grzechu, lecz przybliża do Boga. Nie pozostawia wierzącego zamkniętego w potępieniu; prowadzi go do Ojca przez Jezusa Chrystusa.
↑ Powrót do spisu treściV. Tylko Bóg powołuje, ale człowiek musi odpowiedzieć
1. Bóg podejmuje inicjatywę
Jezus powiedział:
„Nikt nie może przyjść do mnie, jeśli go nie pociągnie Ojciec, który mnie posłał.” (Jana 6:44)
Nikt nie przychodzi do Boga własną siłą. To Bóg powołuje, pociąga, otwiera umysł i serce.
Ta prawda powinna prowadzić do pokory. Jeśli rozumiemy coś z Bożych spraw, nie dzieje się tak dlatego, że jesteśmy lepsi od innych, lecz dlatego, że Bóg zadziałał. Boże powołanie jest łaską, a nie powodem do chluby.
Zmienia to także nasze spojrzenie na innych. Ten, kto otrzymał duchowe zrozumienie, nie powinien używać go do pogardzania tymi, którzy jeszcze nie widzą. Powinien raczej przyjąć powołanie z wdzięcznością, powagą i pokorą.
2. Boże powołanie nie jest zasługą
Jeśli Bóg nas powołuje, nie dzieje się tak dlatego, że na to zasłużyliśmy.
Paweł pisze:
„Bóg nas zbawił i powołał świętym powołaniem, nie na podstawie naszych uczynków, lecz według swojego zamysłu i łaski.” (2 Tymoteusza 1:9)
Boże powołanie zaczyna się od Jego łaski, a nie od ludzkiej wydajności. Chroni to wierzącego przed duchową pychą, ale także przed rozpaczą. Bóg nie powołuje dlatego, że człowiek jest już godny. Powołuje, aby przyprowadzić, zbawić, przemienić i ukształtować.
To powołanie jest cenne. Nie wolno traktować go lekko. Nie może jednak stać się źródłem religijnej wyższości. Ten, kto został powołany, nie otrzymał powodu, by wynosić się nad innych; otrzymał odpowiedzialność przed Bogiem.
3. Powołanie wymaga odpowiedzi
Boże powołanie nie usuwa ludzkiej odpowiedzialności. Ten, kto słyszy wezwanie, musi odpowiedzieć.
Jezus powiedział:
„Wielu jest powołanych, lecz mało wybranych.” (Mateusza 22:14)
Bycie powołanym jest więc sprawą poważną. Wymaga realnej odpowiedzi: wiary, nawrócenia, posłuszeństwa, wytrwałości i życia, które dąży do trwania w Chrystusie.
Jezus powiedział:
„Trwajcie we mnie, a ja w was.” (Jana 15:4)
Paweł wyraża tę równowagę bardzo głęboko:
„Z bojaźnią i drżeniem sprawujcie swoje zbawienie; albowiem Bóg to według upodobania sprawia w was i chcenie, i wykonanie.” (Filipian 2:12-13)
Bóg działa w nas, lecz Jego działanie nie usuwa naszej odpowiedzi. Czyni ją możliwą. Życie chrześcijańskie nie jest więc ani poleganiem na sobie, ani duchową biernością. Jest chodzeniem z Bogiem, w którym Jego łaska rodzi w nas żywą odpowiedź.
↑ Powrót do spisu treściVI. Zbawienie jest z łaski, a nie z zasług religijnych
1. Zbawienie jest darem
Mówiąc o przygotowaniu do Królestwa, trzeba uniknąć niebezpiecznego pomieszania pojęć: nikt nie zdobywa zbawienia własnymi zasługami.
Paweł pisze:
„Łaską jesteście zbawieni przez wiarę. I to nie z was: Boży to dar.” (Efezjan 2:8)
Zbawienie jest darem. Nie zdobywa się go dzięki religijnym osiągnięciom. Bóg zbawia z łaski, przez wiarę w Jezusa Chrystusa.
Ta prawda nie czyni posłuszeństwa niepotrzebnym, lecz umieszcza je na właściwym miejscu. Posłuszeństwo nie służy do kupienia zbawienia. Jest owocem żywej wiary i serca, które Bóg przemienia.
2. Organizacja nie zbawia
Zbawienie nie opiera się na przynależności do organizacji, lojalności wobec przywódcy, dziesięcinie, szabacie, świętach ani zachowywaniu prawa Mojżeszowego jako systemu usprawiedliwienia.
Paweł pisze:
„Człowiek nie zostaje usprawiedliwiony z uczynków prawa, lecz przez wiarę w Jezusa Chrystusa.” (Galatów 2:16)
Wierzący może mieć osobiste przekonania w pewnych sprawach. Może zachowywać szabat przed Bogiem, uczestniczyć w niektórych biblijnych świętach, hojnie dawać lub prowadzić zdyscyplinowane życie. Praktyki te nie mogą jednak stać się podstawą zbawienia ani absolutnym kryterium określającym, kto naprawdę należy do Boga.
Centrum zbawienia nie jest praktyka religijna. Centrum zbawienia jest Jezus Chrystus.
3. Uczynki są owocem zbawienia
Paweł dodaje:
„Jesteśmy bowiem Jego dziełem, stworzeni w Chrystusie Jezusie do dobrych uczynków.” (Efezjan 2:10)
Dobre uczynki nie są korzeniem zbawienia. Są jego owocem.
Nie jesteśmy posłuszni po to, aby kupić sobie miejsce w Królestwie. Jesteśmy posłuszni, ponieważ Bóg nas powołał, Chrystus nas zbawia, a Duch Boży przemienia nasze serce.
Ludzka religia może popychać człowieka do posłuszeństwa ze strachu, aby udowodnić swoją wartość lub pokazać, że należy do właściwej grupy. Łaska Boga rodzi inne posłuszeństwo: posłuszeństwo serca dotkniętego, przebaczonego, podniesionego i przyprowadzonego z powrotem do Boga.
↑ Powrót do spisu treściVII. Prawo Chrystusa: sposób życia tych, którzy oczekują Królestwa
1. Prawo Chrystusa dotyczy naszych relacji
Skoro zbawienie jest z łaski, nie oznacza to, że wierzący żyje bez kierunku. Nowy Testament wyraźnie mówi o prawie Chrystusa.
Paweł pisze:
„Jedni drugich brzemiona noście, a tak wypełnicie prawo Chrystusa.” (Galatów 6:2)
Chwilę wcześniej mówi o przywracaniu upadłego w duchu łagodności:
„Jeśli człowiek zostanie przyłapany na jakimś upadku, wy, którzy jesteście duchowi, poprawiajcie takiego w duchu łagodności.” (Galatów 6:1)
Wersety te pokazują, że prawo Chrystusa dotyczy sposobu, w jaki traktujemy innych. Nie chodzi wyłącznie o zewnętrzne reguły. Chodzi o serce, relacje, postawę, sposób napominania, noszenia ciężarów, przywracania i miłowania.
Można mieć wielką wiedzę biblijną, a jednak uchybiać prawu Chrystusa, jeśli traktuje się innych z surowością, pogardą lub dominacją.
2. Objawia się w miłości i łagodności
Jezus podał serce tego prawa:
„Nowe przykazanie daję wam: miłujcie się wzajemnie; tak jak ja was umiłowałem.” (Jana 13:34)
Miłość według Chrystusa nie jest jedynie uczuciem. Jest sposobem życia. Widać ją w łagodności, cierpliwości, przebaczeniu, miłosierdziu, służbie i przywracaniu.
Miłość ta nie zaprzecza prawdzie. Nie usprawiedliwia grzechu. Nie usuwa potrzeby nawrócenia. Odmawia jednak używania prawdy jako narzędzia do miażdżenia słabych.
Prawo Chrystusa łączy więc prawdę i miłość. Wzywa do wierności, lecz z łagodnością. Koryguje, aby podnieść. Prowadzi do posłuszeństwa, nie zastępując łaski strachem.
3. Objawia uczniów Chrystusa
Jezus powiedział:
„Po tym wszyscy poznają, że jesteście moimi uczniami, jeśli będziecie mieli miłość jedni ku drugim.” (Jana 13:35)
Znakiem uczniów Chrystusa nie jest więc przede wszystkim nazwa organizacji, wiedza prorocza czy zewnętrzna praktyka. Według Jezusa widzialnym znakiem Jego uczniów jest miłość.
Ta miłość nie jest słaba. Nie zamyka oczu na zło. Nie zastępuje nawrócenia. Odbija jednak charakter Chrystusa. Służy zamiast dominować, przebacza zamiast karmić gorycz i podnosi zamiast miażdżyć.
To jest prawo Chrystusa. I właśnie ono jest sposobem życia tych, którzy przygotowują się do Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściVIII. Prawo Mojżeszowe nie jest prawną podstawą zbawienia
1. Prawo Mojżeszowe miało rzeczywistą rolę
Trzeba wyraźnie rozróżnić prawo Mojżeszowe, prawo Chrystusa i zbawienie z łaski.
Prawo Mojżeszowe miało rzeczywistą rolę w Bożym planie. Zostało dane Izraelowi. Objawiało świętość Boga, rzeczywistość grzechu oraz potrzebę Zbawiciela.
Nie chodzi więc o lekceważenie prawa danego Izraelowi. Chodzi o zrozumienie jego roli w świetle Jezusa Chrystusa i Nowego Przymierza. Wierzący powinien czytać Stary Testament z szacunkiem, ale również uznać, że Chrystus wypełnił to, na co wskazywało prawo.
Pytanie nie brzmi, czy prawo Mojżeszowe było ważne. Było. Pytanie brzmi, czy stanowi ono prawną podstawę zbawienia wierzącego w Chrystusa. Nowy Testament wyraźnie odpowiada, że nie.
2. Wierzący nie jest zbawiony przez prawo Mojżeszowe
Paweł pisze:
„Nie jesteście pod prawem, lecz pod łaską.” (Rzymian 6:14)
Nie oznacza to, że Bóg nie ma już moralnej woli. Oznacza to, że wierzący nie znajduje się pod prawem Mojżeszowym jako prawną podstawą zbawienia.
Paweł pisze również:
„Człowiek nie zostaje usprawiedliwiony z uczynków prawa, lecz przez wiarę w Jezusa Chrystusa.” (Galatów 2:16)
Wierzący nie jest bez prawa wobec Boga. Nie znajduje się jednak pod prawem Mojżeszowym jako systemem usprawiedliwienia. Jest powołany, aby żyć pod łaską, prowadzony przez Ducha i według prawa Chrystusa.
Prawo Chrystusa nie obniża wymagań duchowych. Przeciwnie, sięga głębiej. Dotyka serca, motywacji, relacji, miłości, prawdy i wewnętrznej przemiany.
3. Praktyki nie mogą stawać się warunkami zbawienia
Szabat może być zachowywany z osobistego przekonania przed Bogiem. Nie powinien jednak stać się warunkiem zbawienia ani absolutnym kryterium rozstrzygającym, kto naprawdę należy do Boga.
Podobnie Nowy Testament nie przedstawia dziesięciny jako obowiązku narzuconego wierzącemu w Nowym Przymierzu. Kładzie raczej nacisk na hojność dobrowolną, szczerą i radosną.
Paweł pisze:
„Każdy niech daje tak, jak postanowił w sercu, nie z żalem ani z przymusu; gdyż ochotnego dawcę Bóg miłuje.” (2 Koryntian 9:7)
Chrześcijańskie dawanie nie powinno wynikać ze strachu, presji ani poczucia winy. Powinno wypływać z serca wolnego przed Bogiem.
To rozróżnienie chroni sumienie wierzącego. Pozwala traktować Boga poważnie, nie czyniąc z zewnętrznych praktyk warunków zbawienia.
↑ Powrót do spisu treściIX. Co znaczy być „uzdolnionym” do Królestwa?
1. Bóg czyni nas zdolnymi
W pewnych środowiskach religijnych mówi się czasem o byciu „zakwalifikowanym” do Królestwa Bożego.
Określenie to może być pomocne, jeśli jest właściwie rozumiane. Może jednak stać się niebezpieczne, jeśli sugeruje, że człowiek sam czyni się godnym Królestwa przez swoje uczynki.
Paweł pisze, że Ojciec uczynił nas zdolnymi do udziału w dziedzictwie świętych (Kolosan 1:12). Oznacza to, że to Bóg uzdalnia. Bóg przygotowuje. Bóg działa.
Gotowość do Królestwa nie zaczyna się więc od zaufania do siebie. Zaczyna się od łaski Boga i od dzieła, którego On dokonuje w człowieku.
2. Wierzący nie „kwalifikuje” sam siebie
Nie kwalifikujemy samych siebie tak, jakbyśmy mogli zasłużyć na Królestwo.
Bóg powołuje. Chrystus zbawia. Duch przemienia. Wierzący odpowiada. Owoce ukazują żywą wiarę. Wytrwałość objawia wierność.
Ta równowaga jest ważna. Z jednej strony wierzący nie może myśleć, że jego religijne osiągnięcia zobowiązują Boga do dania mu Królestwa. Z drugiej strony nie powinien traktować Bożego powołania biernie, jakby jego odpowiedź nie miała znaczenia.
Łaska Boga rodzi żywą odpowiedź. Uczy nas odrzucać grzech, trwać w Chrystusie i chodzić wiernie.
3. Być gotowym to wiernie odpowiedzieć na Boże powołanie
Gotowość do Królestwa nie oznacza gromadzenia religijnych osiągnięć, aby udowodnić swoją wartość. Oznacza wierne odpowiadanie na Boże powołanie.
Piotr pisze:
„Tym bardziej starajcie się umocnić wasze powołanie i wybranie.” (2 Piotra 1:10)
Bóg przygotowuje tych, których powołuje, przemieniając ich charakter. To przygotowanie widać w wierze, nawróceniu, posłuszeństwie, miłości, wytrwałości i owocach.
Jezus powiedział:
„Kto wytrwa do końca, ten będzie zbawiony.” (Mateusza 24:13)
Wytrwałość ma znaczenie. Nie jest to jednak wytrwałość w strachu. Jest to żywa wierność Bogu, karmiona wiarą, łaską, miłością i nadzieją Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściX. Oczekiwane owoce u tych, którzy czekają na Królestwo
1. Jezus zachęca nas, by badać owoce
Jezus powiedział:
„Po ich owocach poznacie ich.” (Mateusza 7:16)
Owoce mają znaczenie. Można mówić o Królestwie, proroctwach, prawdzie i posłuszeństwie. Jeśli jednak owoce nie odzwierciedlają Ducha Bożego, trzeba się zatrzymać i zbadać sprawę.
Jezus nie zachęca, by sądzić według pozorów, tytułów czy deklarowanej władzy. Zachęca, by patrzeć na owoce. Jakie owoce wydaje nauczanie? Jakie owoce wydaje praktyka? Jakie owoce wydaje władza w życiu ludzi?
Pytania te są konieczne, ponieważ Królestwo Boże przygotowuje nie tylko nowy świat. Przygotowuje również przemieniony lud.
2. Owoc Ducha ukazuje działanie Boga
Paweł opisuje owoc Ducha następująco:
„Owocem Ducha jest miłość, radość, pokój, cierpliwość, uprzejmość, dobroć, wierność, łagodność, opanowanie.” (Galatów 5:22)
Te owoce nie są drugorzędne. Ukazują działanie Boga w życiu człowieka.
Bóg szuka wiary, lecz nie wiary twardej i pełnej pychy. Szuka nawrócenia, ale nie nieustannego poczucia winy. Szuka posłuszeństwa, ale nie posłuszeństwa opartego na strachu przed ludźmi. Szuka prawdy, ale nie prawdy używanej do miażdżenia. Szuka miłości, ale nie miłości oddzielonej od Jego słowa.
Chrześcijańska przemiana dotyczy nie tylko tego, co robimy na zewnątrz. Dotyczy także tego, kim stajemy się wewnątrz.
3. Wiedza nie zastępuje miłości
Wiedza jest ważna. Doktryna jest ważna. Prawda jest ważna. Lecz bez miłości nawet wielka wiedza może stać się pusta.
Paweł pisze:
„Gdybym miał dar prorokowania, znał wszystkie tajemnice i posiadał wszelką wiedzę [...] a miłości bym nie miał, byłbym niczym.” (1 Koryntian 13:2)
Słowo to powinno prowadzić nas do trzeźwości. Wiedza prorocza nie zastępuje miłości. Prawdy biblijnej nie wolno oddzielać od charakteru Chrystusa.
Ci, którzy oczekują Królestwa, mogą więc zadawać sobie proste pytania: Czy moja wiara przybliża mnie do Chrystusa? Czy wzrastam w miłości, łagodności, cierpliwości i przebaczeniu? Czy noszę ciężary innych? Czy jestem posłuszny Bogu z miłości, czy tylko ze strachu?
Pytania te nie są drugorzędne. Dotykają bezpośrednio sposobu, w jaki Bóg kształtuje tych, którzy oczekują Jego Królestwa.
↑ Powrót do spisu treściXI. Niebezpieczeństwo: głosić Królestwo, nie żyjąc prawem Chrystusa
1. Można mówić o Królestwie, zapominając o duchu Króla
Istnieje realne niebezpieczeństwo: dużo mówić o Królestwie Bożym, a jednocześnie zapominać o duchu Króla.
Można głosić Królestwo, a rządzić strachem. Można mówić o prawdzie, a nie znosić szczerych pytań. Można głosić posłuszeństwo, a zaniedbywać miłosierdzie. Można mówić o powrocie Chrystusa, a wywierać presję na sumienia za pomocą poczucia nagłości i wyznaczania dat.
Królestwa Bożego nie można oddzielić od charakteru Jezusa Chrystusa. Jeśli mówi się o Królestwie, porzucając miłość, łagodność, cierpliwość, miłosierdzie i prawdę, należy coś zbadać.
Przesłanie o Królestwie powinno prowadzić do Chrystusa, a nie do strachu przed ludźmi. Powinno rodzić szczere nawrócenie, a nie stałe poczucie winy. Powinno formować uczniów, a nie ludzi złamanych czy zależnych od ludzkiej władzy.
2. Władza według Chrystusa przypomina służbę
Jezus ostrzegł swoich uczniów:
„Wiecie, że władcy narodów panują nad nimi, a wielcy sprawują nad nimi władzę. Nie tak będzie między wami.” (Mateusza 20:25-26)
To mocne słowa: „Nie tak będzie między wami”. Władza według Chrystusa nie powinna przypominać ludzkiej dominacji. Powinna przypominać służbę.
Jezus dodaje:
„Kto chce być wielkim wśród was, niech będzie waszym sługą.” (Mateusza 20:26)
W Królestwie Bożym wielkości nie mierzy się tak jak w ludzkich systemach. Rozpoznaje się ją w służbie, pokorze, wierności, miłości i trosce o innych.
Władza duchowa, która miażdży, izoluje lub dominuje, nie odzwierciedla ducha Chrystusa. Napomnienie według Chrystusa powinno szukać odnowienia. Prawda według Chrystusa powinna prowadzić do światła, nawrócenia i wolności przed Bogiem, a nie do niewolniczego lęku.
3. Każde przesłanie o Królestwie trzeba badać
Jan pisze:
„W miłości nie ma lęku, lecz doskonała miłość usuwa lęk.” (1 Jana 4:18)
Paweł również pisze:
„Bóg nie dał nam ducha bojaźni, lecz mocy, miłości i trzeźwego myślenia.” (2 Tymoteusza 1:7)
Jeżeli przesłanie o Królestwie rodzi przede wszystkim strach, zamęt, izolację, stałe poczucie winy lub zależność od człowieka, zasługuje na zbadanie w świetle Pisma.
Nie oznacza to, że wszelka bojaźń Boża jest zła. Biblia mówi o pełnym szacunku lęku związanym z pokorą i czcią. Nie jest to jednak niewolniczy strach, który niszczy pokój i więzi sumienie.
Przesłanie o Królestwie powinno rodzić nawrócenie, wiarę, miłość, prawdę, wolność przed Bogiem, duchową czujność i przemianę serca.
↑ Powrót do spisu treściXII. Czuwać na powrót Chrystusa, nie popadając w strach
1. Chrystus powróci
Chrystus powróci. Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi. Uczniowie powinni czuwać.
Ta nadzieja jest zasadnicza. Obecny świat nie jest spełnieniem Bożego planu. Niesprawiedliwość, cierpienie, zamęt i śmierć nie będą miały ostatniego słowa. Powrót Chrystusa zapowiada zwycięstwo Boga, odnowienie wszystkich rzeczy i ustanowienie Jego panowania.
Nadzieję tę trzeba jednak zachowywać z trzeźwością. Nie może stać się źródłem stałego strachu, ludzkich kalkulacji czy duchowej presji.
Oczekiwać Chrystusa to żyć w nadziei i wierności, a nie w niepokoju czy panice.
2. Czuwać nie znaczy wyznaczać daty
Jezus powiedział:
„O tym dniu i godzinie nikt nie wie.” (Mateusza 24:36)
„Czuwajcie więc, ponieważ nie wiecie, którego dnia przyjdzie wasz Pan.” (Mateusza 24:42)
Po zmartwychwstaniu uczniowie zapytali Jezusa:
„Panie, czy w tym czasie przywrócisz królestwo Izraelowi?” (Dzieje Apostolskie 1:6)
Jezus odpowiedział:
„Nie wasza to rzecz znać czasy i chwile, które Ojciec ustanowił swoją władzą.” (Dzieje Apostolskie 1:7)
Ta odpowiedź powinna utrzymywać nas w pokorze. Czuwać nie znaczy twierdzić, że wiemy to, czego Ojciec nie objawił. Nie znaczy żyć od jednej daty do następnej. Nie znaczy wywierać presji na sumienia.
Proroctwo powinno prowadzić do nawrócenia, nadziei i wierności, a nie do strachu i kontroli.
3. Czuwać znaczy pozostać wiernym Chrystusowi
Czuwać znaczy pozostawać związanym z Chrystusem. To nawracać się, gdy Bóg coś nam pokazuje, zachowywać wiarę, miłować braci i siostry, przynosić owoc, pozostawać trzeźwym i nie pozwalać, aby strach zastąpił pokój Boży.
Piotr pisze:
„Skoro to wszystko ma ulec zagładzie, jakimi powinniście być w świętym postępowaniu i pobożności?” (2 Piotra 3:11)
Oczekiwanie powrotu Chrystusa powinno rodzić życie trzeźwe, wierne i pełne nadziei. Prawdziwy uczeń nie próbuje być bardziej precyzyjny niż jego Mistrz. Słucha tego, co powiedział Chrystus, przyjmuje granice wyznaczone przez Boga i pozostaje wierny.
Czuwać nie znaczy więc żyć pod stałą presją daty. Oznacza chodzić z Bogiem dzisiaj — w wierze, nawróceniu, miłości i prawie Chrystusa.
↑ Powrót do spisu treściXIII. Zakończenie — Odpowiedzieć dziś na Boże powołanie
Przesłanie Jezusa Chrystusa nie brzmiało po prostu: „Pewnego dnia przyjdzie Królestwo”. Było bardziej bezpośrednie, pilne i osobiste:
„Królestwo Boże jest blisko. Nawróćcie się i wierzcie dobrej nowinie.” (Marka 1:15)
Królestwo Boże zostanie ustanowione na ziemi przy powrocie Chrystusa. Ta nadzieja pozostaje w centrum Ewangelii. Oczekiwanie Królestwa nie powinno jednak stawać się jedynie proroczą ciekawością, źródłem strachu ani środkiem nacisku na sumienia. Powinno prowadzić do żywej odpowiedzi przed Bogiem.
Tylko Bóg powołuje. Nikt nie przychodzi do Ojca własną siłą. Zbawienie jest dane z łaski, przez wiarę w Jezusa Chrystusa. Łaska ta jednak nigdy nie jest bezowocna. Przyprowadza wierzącego z powrotem do Boga, wzywa do nawrócenia, uczy trwania w Chrystusie i stopniowo rodzi owoce przemienionego życia.
Być gotowym na Królestwo nie znaczy zbawić samego siebie przez uczynki. Oznacza pokornie przyjąć Boże powołanie i pozwolić Chrystusowi ukształtować w nas nowe serce. Prawo Chrystusa staje się wtedy konkretną drogą tej przemiany: miłować, przebaczać, służyć, nosić ciężary, przywracać z łagodnością, chodzić w prawdzie i nie pozwalać, aby strach zastąpił miłość Boga.
Królestwo Boże nie jest tylko proroctwem do poznania. Jest rzeczywistością, której należy szukać. Nie chodzi tylko o wiedzę, co Bóg uczyni jutro na ziemi, lecz także o pozwolenie Bogu, aby panował w naszym sercu dzisiaj.
Prawdziwe pytanie nie brzmi więc jedynie: „Kiedy przyjdzie Królestwo?” Brzmi również: „Jak odpowiadam teraz na Boże powołanie?”
Odpowiedzi tej nie mierzy się religijną pychą, strachem ani osiągnięciami. Rozpoznaje się ją w życiu, które szuka najpierw Królestwa Bożego i Jego sprawiedliwości — z miłości do Boga, przez wiarę w Jezusa Chrystusa i dzięki dziełu przemiany, którego Bóg dokonuje w tych, których powołuje do siebie.
↑ Powrót do spisu treściUwaga dotycząca cytatów biblijnych
O ile nie zaznaczono inaczej, cytaty biblijne oparto na uznanych przekładach. Francuska wersja źródłowa korzysta głównie z Biblii Louis Segond 1910; w wersjach tłumaczonych cytaty zostały oddane wiernie znaczeniowo i w formie ułatwiającej lekturę.